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Los Nombres de los Infiernos
En aquel momento, cuando la gran asamblea del Cielo Trayastrimsas permanecía todavía recogida bajo la luz del Buda, se levantó el gran Bodhisattva Samantabhadra, el Señor de la Práctica Universal, aquel cuya virtud se extiende como un océano y cuyas acciones abarcan todos los mundos. Con las palmas unidas, inclinándose respetuosamente ante Ksitigarbha, habló con voz grave y compasiva: “Oh Compasivo, tú que has descendido tantas veces a los abismos del sufrimiento y conoces los caminos ocultos del karma, te ruego que, por el bien de las ocho clases de seres, de los monjes, monjas, laicos y laicas, y de todos los seres del presente y del futuro, reveles los nombres de los infiernos donde los seres maliciosos reciben las consecuencias de sus acciones. Explica, aunque sea brevemente, los lugares de dolor y los sufrimientos que allí se padecen, para que los seres de la Era Final del Dharma escuchen, teman las malas acciones, despierten la conciencia y busquen refugio en los Budas”.
El Bodhisattva Ksitigarbha, al escuchar esta petición, no respondió con orgullo ni con rapidez. Permaneció en silencio, como quien mira hacia regiones que nadie desea contemplar. Su rostro era sereno, pero detrás de esa serenidad habitaba una tristeza inmensa: la tristeza de quien ha visto innumerables seres caer, sufrir, arrepentirse tarde y volver a ser arrastrados por sus propios hábitos. Entonces dijo: “Oh Compasivo, sostenido por el Poder divino del Buda y por tu propia virtud inconcebible, hablaré brevemente de los nombres de estos Infiernos y de las retribuciones que allí se manifiestan. Mas debes saber que lo que diré es apenas una gota tomada de un océano sin orilla”.
Entonces Ksitigarbha señaló hacia el este de Jambudvipa, más allá de las tierras habitadas por los seres humanos, más allá de las montañas visibles, más allá de los valles donde aún canta el viento. Allí se alzan las Grandes Montañas Cakravada, inmensas, oscuras y profundas. No son montañas como las que conocen los hombres, cubiertas de árboles, niebla y nieve, sino cordilleras cósmicas que rodean mundos y ocultan en sus entrañas regiones donde ni el sol ni la luna pueden penetrar. Sus profundidades no conocen amanecer, ni crepúsculo, ni estaciones; sólo el peso de los karmas acumulados por los seres.
Y allí, dijo Ksitigarbha, se encuentran los grandes infiernos. Nombró primero a Avihci y Mahavichi, los Infiernos del Sufrimiento Ininterrumpido, aquellos cuyos nombres estremecen incluso a los espíritus poderosos. Luego enumeró otros: el Infierno de las Cuatro Esquinas, donde no hay escape hacia ninguna dirección; el de las Dagas Voladoras, donde el aire mismo se convierte en cuchilla; el de las Flechas de Fuego, donde cada movimiento despierta una lluvia ardiente; el del Aplastamiento entre Montañas, donde las rocas se cierran como mandíbulas de hierro; el de las Lanzas Perforadoras, donde el cuerpo se vuelve blanco de dolor; el de los Carros de Hierro, que pasan una y otra vez sobre los condenados; el de los Estantes de Hierro, de los Bueyes de Hierro, de las Vestiduras de Hierro, de las Mil Espadas, del Bronce Fundido y de los Pilares Abrasadores.
El Bodhisattva Samantabhadra escuchaba con la cabeza inclinada. No preguntaba por curiosidad, sino por misericordia. Quería que los seres futuros supieran que el karma no es una metáfora vacía, sino una ley que madura con precisión inexorable. Y Ksitigarbha continuó, nombrando Infiernos como quien recita una letanía terrible: Rocas de Lava Voladoras, Lenguas Aradoras, Cabezas Cortantes, Pies Abrasadores, Ojos Picadores, Bolas de Hierro, Peleas Furiosas, Segadores de Hierro y Muchos Odios. Cada nombre era como una puerta; cada puerta, un espejo del pecado que la había creado.
Y entonces el Bodhisattva dijo algo que toda la asamblea debía recordar: “Estos Infiernos no fueron fabricados por una divinidad cruel. Son la manifestación de las acciones de los seres. Donde hubo violencia, aparece hierro. Donde hubo odio, aparece fuego. Donde hubo mentira, aparece lengua arrancada. Donde hubo codicia, aparece hambre. Donde hubo crueldad, aparece tormento. Los mundos inferiores son el eco visible de lo que la mente sembró en secreto”.
Después de nombrar aquellos grandes infiernos que yacen ocultos en las profundidades de las Montañas Cakravada, el Bodhisattva Ksitigarbha permaneció unos instantes en silencio.
La inmensa asamblea celestial escuchaba con absoluta atención. Los devas ya no contemplaban únicamente los jardines celestiales que los rodeaban; sus pensamientos parecían dirigirse hacia los reinos oscuros donde innumerables seres sufrían las consecuencias de sus acciones. Los Bodhisattvas escuchaban con compasión. Los espíritus guardianes escuchaban con gravedad. Incluso muchos de los seres recién liberados por Ksitigarbha recordaban los lugares de los que habían sido rescatados.
Entonces Ksitigarbha continuó:
—Lo que he descrito hasta ahora son solamente algunos de los grandes infiernos. Pero dentro de las Montañas Cakravada existen muchos más.
Su voz era tranquila, pero cada palabra parecía abrir una nueva puerta hacia los mundos del karma.
—Existe el Infierno de los Lamentos, donde los gritos de dolor nunca cesan. Existe el Infierno de las Lenguas Arrancadas, donde aquellos que utilizaron sus palabras para engañar, calumniar y destruir a otros ven cómo sus propias lenguas son extraídas una y otra vez. Existe el Infierno de los Excrementos, donde quienes vivieron con mentes impuras permanecen sumergidos en inmundicias sin fin.
Muchos en la asamblea bajaron la mirada. Porque comprendían que los castigos descritos no eran arbitrarios. Cada sufrimiento reflejaba una acción previa, como una sombra sigue al cuerpo.
Ksitigarbha continuó enumerando:
—Existe el Infierno de los Elefantes de Fuego. El de los Perros de Fuego. El de los Caballos de Fuego. El de los Bueyes de Fuego. El de las Montañas de Fuego. El de las Rocas de Fuego. El de las Casas de Hierro Ardiente. El de los Lobos de Fuego.
Parecía que el elemento del fuego dominaba muchas de aquellas regiones. Y no era casualidad. Porque el fuego simbolizaba las pasiones descontroladas que habían consumido la mente de los seres durante la vida: la ira, la codicia, el deseo y la crueldad. Pero entonces Ksitigarbha reveló algo aún más profundo.
—Y dentro de cada uno de estos Infiernos existen otros infiernos menores. Algunos son decenas. Otros cientos. Otros miles. Cada uno posee su propio nombre y su propio tipo de sufrimiento.
El Bodhisattva Samantabhadra escuchó atentamente. Y entonces comprendió algo terrible. El sufrimiento no era uniforme. Los seres no caían simplemente en un único lugar llamado “Infierno”. Más bien, las infinitas variedades de acciones negativas producían infinitas variedades de consecuencias. Del mismo modo que no existen dos hojas exactamente iguales en un bosque, tampoco existen dos karmas exactamente idénticos.
Entonces Ksitigarbha dirigió la mirada hacia toda la asamblea y pronunció una enseñanza que constituye el corazón de ese momento.
—Los seres del mundo suelen cometer pequeñas faltas pensando que carecen de importancia.
Muchos devas levantaron la vista. Porque sabían que aquello era una debilidad común entre los seres humanos.
—Dicen para sí mismos: “Es sólo una pequeña mentira”. “Es sólo una pequeña crueldad”. “Es sólo un pequeño robo”. “Es sólo una palabra hiriente”. Y pensando así, continúan acumulando causas negativas día tras día.
El Bodhisattva guardó silencio durante un momento. Luego continuó:
—Pero ninguna semilla desaparece.
La asamblea quedó inmóvil.
—Una pequeña semilla puede convertirse en un árbol gigantesco. Una chispa puede incendiar una montaña entera. Una gota de veneno puede contaminar un río. Del mismo modo, una pequeña acción negativa, repetida una y otra vez, termina generando consecuencias inmensas.
Entonces añadió una reflexión profundamente conmovedora:
—Cuando llega la muerte, incluso el padre y el hijo deben separarse. Incluso la madre y la hija deben seguir caminos diferentes. Aunque desearan cargar con el karma del otro, no podrían hacerlo.
Muchos recordaron entonces las historias que el propio Ksitigarbha había relatado anteriormente: la mujer brahmánica que buscó salvar a su madre, y la joven de los Ojos Brillantes que hizo votos por la liberación de todos los seres. Porque si bien los méritos pueden dedicarse y la compasión puede ayudar, nadie puede eliminar mágicamente las consecuencias de las acciones ajenas. Cada ser debe finalmente encontrarse con las semillas que sembró.
Por ello, Ksitigarbha insistió:
—No despreciéis las pequeñas faltas. Porque las pequeñas faltas se convierten en hábitos. Los hábitos se convierten en carácter. Y el carácter se convierte en destino.
Al escuchar estas palabras, Samantabhadra inclinó la cabeza. Sabía que aquello debía ser escuchado por los seres del futuro. Especialmente por aquellos que vivirían durante la Era Final del Dharma, cuando la fe sería débil y las distracciones innumerables. Por eso respondió:
—Conozco desde hace mucho tiempo los sufrimientos de los tres reinos dolorosos. Sin embargo, deseo que continúes explicándolos para beneficio de los seres futuros, para que al escuchar estas verdades despierten del engaño y busquen refugio en los Budas.
El Bodhisattva Ksitigarbha asintió lentamente. Y entonces comenzó a describir con mayor detalle las formas concretas del sufrimiento infernal. Entonces el Bodhisattva Ksitigarbha guardó silencio durante unos instantes. No porque desconociera lo que debía decir, sino porque incluso para un Bodhisattva de tan vasta compasión resultaba doloroso describir los sufrimientos que los seres crean para sí mismos.
La gran asamblea permanecía inmóvil. El viento celestial había cesado. Las flores que caían desde los cielos parecían descender más lentamente. Y en medio de aquel silencio, Ksitigarbha comenzó a hablar nuevamente:
—Compasivo, escucha ahora algunos de los sufrimientos que experimentan los seres en los Infiernos.
Su voz era serena. No había ira. No había condena. Sólo tristeza. Porque el Bodhisattva no contemplaba a los condenados como enemigos, sino como hijos perdidos.
—Existe un Infierno donde las lenguas de los pecadores son arrancadas.
Al decir esto, muchos de los presentes comprendieron inmediatamente el significado. Aquellos que utilizaron la palabra para mentir, dividir, calumniar, engañar o destruir la reputación de otros terminan encontrando una manifestación física de las consecuencias de su habla.
Pero Ksitigarbha continuó:
—Existe otro Infierno donde los yaksas arrancan los corazones de los pecadores y los devoran.
No era un castigo arbitrario. Era el reflejo de vidas enteras dedicadas a la crueldad, a la indiferencia y a la destrucción del corazón ajeno. Aquellos que consumieron la felicidad de otros terminan contemplando la destrucción de aquello mismo que simboliza la compasión. Luego habló de otro lugar.
—Existe un Infierno donde los seres son hervidos en líquidos abrasadores.
La asamblea recordó inmediatamente las incontables criaturas hervidas vivas por seres humanos a lo largo de generaciones. Peces. Cangrejos. Tortugas. Animales innumerables. Los mismos sufrimientos infligidos regresaban ahora como reflejo kármico para aquellos que desperdiciaron esas vidas sin dedicar las propias, y su sacrificio, a algo superior, como el Camino del Bodhisattva.
Después describió otro infierno.
—Existe un lugar donde los condenados son obligados a abrazar pilares de bronce al rojo vivo.
Muchos comprendieron que aquello representaba los deseos descontrolados. Aquellos que durante la vida abrazaron obsesivamente los objetos del deseo terminaban abrazando ahora aquello que parecía atractivo desde lejos pero que en realidad sólo producía dolor.
Entonces Ksitigarbha continuó revelando más regiones.
—Existe un Infierno consumido por llamas eternas. Existe un Infierno de frío insoportable. Existe un Infierno donde los seres permanecen sumergidos en excrementos y corrupción. Existe un Infierno donde lanzas de fuego atraviesan los cuerpos. Existe un Infierno donde las manos arden. Existe un Infierno donde los pies arden. Existe un Infierno donde serpientes de hierro se enrollan alrededor de los cuellos de los pecadores. Existe un Infierno donde perros de hierro despedazan los cuerpos. Existe un Infierno donde mulas de hierro aplastan a los condenados una y otra vez.
A medida que hablaba, la asamblea comprendía una verdad cada vez más profunda. Los Infiernos no eran simplemente lugares. Eran estados kármicos. Eran la cristalización visible de las fuerzas invisibles acumuladas por la mente. La codicia se convertía en hambre. La violencia se convertía en heridas. La mentira se convertía en mutilación de la palabra. La crueldad se convertía en sufrimiento. Todo regresaba finalmente a su origen.
Entonces Samantabhadra reflexionó profundamente. Y comprendió que la descripción de aquellos tormentos no tenía como propósito producir terror. Su propósito era despertar la conciencia. Porque quien comprende verdaderamente las consecuencias de sus actos comienza a transformar sus actos. Quien comprende el sufrimiento deja de producir sufrimiento. Quien comprende el karma comienza a sembrar causas diferentes. Y precisamente por eso Ksitigarbha seguía describiendo aquellos reinos. No para condenar, sino para salvar.
Después de describir numerosos tormentos, el Bodhisattva Ksitigarbha contempló a la inmensa asamblea reunida en el Cielo Trayastrimsa. Vio devas. Vio Bodhisattvas. Vio espíritus. Vio seres recién liberados de los caminos dolorosos. Y comprendió que todos ellos necesitaban escuchar la enseñanza final sobre los Infiernos.
Entonces dijo:
—Compasivo, todos estos sufrimientos que he descrito son sólo una pequeña parte.
La asamblea quedó sorprendida. Porque las descripciones ya parecían insoportables.
Pero Ksitigarbha continuó:
—Dentro de cada Infierno existen muchos otros Infiernos. Dentro de cada sufrimiento existen innumerables variantes. Dentro de cada consecuencia existen innumerables manifestaciones.
Luego explicó algo extraordinario. Dijo que los instrumentos de castigo estaban hechos principalmente de cuatro elementos: hierro, bronce, roca y fuego. Pero inmediatamente aclaró algo importante. Aquellos materiales no habían sido construidos por dioses. No habían sido fabricados por demonios. No habían sido creados por una voluntad externa. Eran manifestaciones directas del karma de los propios seres. El hierro provenía de la dureza del corazón. El fuego provenía de la ira y las pasiones. La roca provenía de la obstinación y la ignorancia. El bronce provenía de los apegos y deseos endurecidos. En otras palabras, los seres construyen sus propios infiernos.
Entonces el Bodhisattva Ksitigarbha levantó ligeramente la mirada y añadió:
—Si intentara describir completamente todos los sufrimientos de los Infiernos, no podría terminar ni siquiera en un kalpa entero.
Aquellas palabras estremecieron a la asamblea, porque mostraban la inmensidad del Samsara, pero también mostraban la inmensidad de la compasión del Bodhisattva. Pues si los Infiernos eran tan numerosos, también innumerables debían ser sus descensos a ellos. Si los sufrimientos eran infinitos, también infinita debía ser su paciencia.
Entonces, el Bodhisattva Samantabhadra comprendió plenamente el propósito de aquella enseñanza. No era una geografía del castigo. Era una advertencia compasiva. Era un espejo. Era una invitación a contemplar la propia mente antes de que sus tendencias maduraran en sufrimiento. Porque cada Infierno comienza mucho antes de la muerte. Comienza en una acción cruel. En una mentira repetida. En una codicia alimentada. En un odio cultivado. Y del mismo modo, cada liberación comienza también antes de la muerte. Comienza con un acto de bondad. Con una palabra sincera. Con un arrepentimiento genuino. Con una mente que vuelve su rostro hacia el Dharma.
Así concluyó la enseñanza de Ksitigarbha. Y mientras el silencio descendía nuevamente sobre la asamblea celestial, muchos comprendieron algo profundo: los Infiernos revelan el poder del karma. Pero la presencia misma de Ksitigarbha revela algo aún más grande. La compasión del Bodhisattva siempre desciende más profundamente que el sufrimiento de los seres. Y allí donde exista un ser capaz de arrepentirse, aunque sea por un instante, allí también estará presente la posibilidad de la liberación.
