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Las Innumerables Emanaciones que Ascendían desde los Mundos del Sufrimiento
El Cielo Trayastrimsa permanecía envuelto en aquella atmósfera sagrada creada por las palabras del Buda. El Palacio Celestial resplandecía con colores imposibles de describir con lenguaje humano; perfumes celestiales flotaban en el aire como nubes suaves, y flores luminosas descendían lentamente desde los jardines de los devas. Toda la asamblea permanecía en profundo recogimiento después de escuchar los votos y las obras del gran Kshitigarbha. Sin embargo, aquello que estaba por ocurrir sobrepasaría incluso lo que ya habían contemplado. De pronto, los espacios entre los mundos comenzaron a abrirse.
Desde los Infiernos de innumerables universos, desde regiones tan lejanas que ni siquiera los dioses podían nombrarlas, aparecieron incontables emanaciones del Bodhisattva Kshitigarbha. Surgían desde los abismos del Samsara como estrellas naciendo en medio de una noche eterna. Algunas aparecían rodeadas de fuego purificador; otras emergían envueltas en nubes de incienso; otras parecían caminar directamente desde los mares del sufrimiento. Cada emanación era distinta, pero todas poseían la misma mirada compasiva y la misma determinación silenciosa. Y no venían solas. Cada una estaba acompañada por innumerables seres liberados: hombres y mujeres que habían escapado de los caminos infernales; espíritus atormentados que habían dejado atrás el hambre insaciable de los fantasmas; criaturas que alguna vez vagaron en ignorancia entre los reinos animales; devas que habían despertado del orgullo y la complacencia; incluso antiguos seres violentos, endurecidos por el odio y el karma, que ahora avanzaban humildemente llevando flores y ofrendas hacia el Buda.
Aquellos seres habían sufrido durante incontables kalpas. Habían nacido y muerto una y otra vez sin hallar descanso. Habían conocido guerras, enfermedades, pérdidas, hambre, desesperación y oscuridad. Algunos habían pasado edades enteras sin escuchar jamás el nombre de un Buda. Otros habían caído tantas veces en los infiernos que ya ni siquiera recordaban que existiera esperanza. Y, sin embargo, Kshitigarbha había descendido hasta ellos. Allí donde los gritos llenaban el vacío. Allí donde el karma parecía una cadena imposible de romper. Allí donde incluso los dioses apartaban la mirada. Allí había aparecido el Bodhisattva, enseñando pacientemente, soportando insultos, guiando lentamente a los perdidos hacia una sola chispa de virtud.
Por eso, cuando aquellos seres llegaron al Palacio Trayastrimsa y contemplaron al Buda Shakyamuni, sus corazones rebosaron de una alegría que parecía demasiado grande para sus cuerpos. Miraban al Tathāagata sin querer apartar la vista ni un instante, como viajeros que, después de una eternidad perdida en tormentas, finalmente contemplan la luz de un puerto seguro.
Entonces ocurrió algo profundamente conmovedor. El Buda extendió su brazo dorado. en un gesto lleno de ternura y reconocimiento. Y, mediante su poder inconcebible, tocó simultáneamente las cabezas de todas las emanaciones de Kshitigarbha que habían llegado desde los mundos innumerables.
Toda la asamblea comprendió el significado de aquel acto. Era el reconocimiento de un trabajo realizado durante edades infinitas. Era el gesto de un Buda que reconoce la compasión incansable de otro gran ser. Era como si el universo entero alabara silenciosamente a aquel Bodhisattva que jamás había abandonado a los seres sufrientes.
Entonces el Honrado por el Mundo habló. Y sus palabras fueron como una confesión de la dificultad misma de salvar a los seres en el mundo impuro. El Buda explicó cómo, durante innumerables kalpas, había descendido al mundo de las Cinco Impurezas, donde la ignorancia, el deseo, la violencia y las visiones erróneas oscurecen constantemente el corazón humano. Dijo que muchos seres aceptaban el Dharma al escucharlo, pero otros necesitaban largos periodos de enseñanza y sufrimiento antes de despertar. Y también existían aquellos cuyos karmas eran tan pesados que ni siquiera podían sentir respeto por las enseñanzas sagradas. Por esa razón, el Buda explicó que había adoptado incontables formas para salvarlos.
A veces aparecía como rey, otras como humilde mendigo. A veces como monje, anciana, niño, médico o maestro. En ocasiones se manifestaba incluso como montañas, ríos, puentes, fuentes, árboles o caminos, utilizando cualquier forma que pudiera beneficiar a los seres y conducirlos poco a poco hacia la liberación. Nada era demasiado pequeño para la compasión de un Buda.
Y mientras hablaba, toda la asamblea comprendía algo inmenso: los Budas y Bodhisattvas jamás permanecen alejados del sufrimiento del mundo. Constantemente descienden hacia él, adoptando las formas necesarias para alcanzar a cada ser según sus capacidades.
Pero entonces, la voz del Tathagata adquirió un tono aún más profundo. Porque estaba a punto de entregar a Kshitigarbha una responsabilidad que abarcaría las edades futuras.
El silencio llenó el Palacio Celestial. Ni siquiera los vientos de los cielos parecían moverse. Los devas permanecían inmóviles; los Bodhisattvas observaban con atención absoluta; incluso los espíritus y guardianes invisibles inclinaban la cabeza. Todos comprendían que el Honrado por el Mundo estaba a punto de pronunciar palabras que resonarían durante incontables kalpas.
Entonces el Buda Shakyamuni miró profundamente a Kshitigarbha y dijo:
—Todavía quedan innumerables seres cuyos corazones no han sido domados. Continuarán creando karma negativo y, guiados por sus propias acciones, volverán a caer en los reinos del sufrimiento.
Aquellas palabras pesaron sobre la asamblea como nubes densas. Todos sabían que el Samsara no termina fácilmente. Los seres, cegados por el deseo, la ira y la ignorancia, continúan una y otra vez construyendo las causas de su propio dolor. Incluso cuando escuchan el Dharma, muchos lo olvidan rápidamente; otros dudan; otros lo rechazan por completo.
Pero el Buda continuó:
—Cuando esos seres sufran las consecuencias de su karma y caigan en los caminos dolorosos, recuerda mis instrucciones. Desde este momento y hasta la aparición del futuro Buda Maitreya, te encomiendo la liberación de todos los seres sintientes.
Aquello era un encargo imposible para cualquier ser ordinario. El tiempo entre Shakyamuni y Maitreya abarcaría edades inmensas. El Dharma disminuiría gradualmente. Los corazones humanos se volverían más violentos, más confusos y más alejados de la verdad. Millones olvidarían el camino. Otros jamás llegarían a escucharlo. Y, aun así, Kshitigarbha debía permanecer. Debía continuar descendiendo a los infiernos, caminando entre fantasmas hambrientos, apareciendo en mundos oscuros, sosteniendo a los desesperados y guiando incluso a aquellos que apenas conservaban una pequeña semilla de bondad.
Entonces el Buda añadió:
—Libéralos para que nunca más vuelvan a sufrir. Guíalos hasta que encuentren Budas y reciban la profecía de su futura Iluminación.
Al escuchar estas palabras, algo extraordinario ocurrió. Todas las emanaciones separadas de Kshitigarbha comenzaron lentamente a fusionarse. Era como contemplar miles de ríos regresando al mar. Las incontables formas que enseñaban en mundos diferentes —las que salvaban espíritus, protegían viajeros, inspiraban fe o descendían a los infiernos— comenzaron a reunirse en una sola figura luminosa. Y cuando finalmente sólo quedó un único Kshitigarbha en medio de la asamblea, el Bodhisattva cayó de rodillas ante el Buda. Entonces lloró. Sus lágrimas no eran de debilidad ni tristeza ordinaria. Eran lágrimas nacidas de una compasión demasiado vasta para permanecer contenida. Lágrimas de alguien que había contemplado durante kalpas enteros el sufrimiento interminable de los seres.
Con voz profunda y humilde, dijo:
—Durante incontables kalpas he sido guiado por muchos Budas. Gracias a ellos he obtenido poderes y sabiduría inconcebibles. Mis emanaciones llenan todos los mundos, tan numerosas como los granos de arena del Ganges. Y en cada uno de esos mundos adopto formas innumerables para liberar a los seres.
Luego reveló algo profundamente esperanzador. Dijo que incluso si un ser realizaba una acción virtuosa mínima —tan pequeña como una gota de agua, un grano de arena, una mota de polvo o un solo pensamiento puro— él no permitiría que ese mérito se perdiera jamás. Lentamente, con paciencia infinita, conduciría a ese ser hacia grandes beneficios y finalmente hacia la alegría del Nirvana. Así habló el Bodhisattva que jamás abandona ni desprecia las semillas más pequeñas de bondad.
Y entonces, inclinándose nuevamente ante el Buda, repitió varias veces:
—No os preocupéis por los seres de las generaciones futuras cargados de karma negativo. Yo me ocuparé de ellos.
En ese instante, incluso los devas sintieron alivio. Porque comprendieron que mientras exista Ksitigarbha, ningún ser estará completamente abandonado en la oscuridad.
Entonces el Honrado por el Mundo contempló a Kshitigarbha con una mirada llena de aprobación y profunda ternura. Ante él no veía solamente a un Bodhisattva poderoso, sino a un ser que había decidido permanecer voluntariamente junto al sufrimiento del mundo, descendiendo una y otra vez hacia los lugares que todos los demás evitaban.
Y el Buda dijo:
—¡Excelente! ¡Excelente!
Aquellas palabras resonaron como campanas celestiales a través de los mundos innumerables. Porque el elogio de un Buda no es una simple alabanza: es la confirmación de una verdad eterna.
El Tathagata continuó:
—Te ayudaré a completar tu obra. Los grandes votos que has sostenido durante incontables kalpas no serán en vano. La liberación universal llegará a cumplirse y finalmente alcanzarás la Budeidad.
En el instante en que esas palabras fueron pronunciadas, toda la asamblea celestial se llenó de alegría. Flores divinas descendieron desde los cielos superiores como lluvia perfumada. Los devas tocaron instrumentos celestiales cuyos sonidos parecían limpiar las tristezas del corazón. Los Bodhisattvas sonrieron con profunda admiración. Incluso muchos espíritus atormentados sintieron por primera vez una esperanza verdadera. Porque comprendieron algo inmenso: el universo no está abandonado. Mientras existan Budas y Bodhisattvas, siempre habrá alguien dispuesto a descender a los lugares del sufrimiento para tender una mano hacia los seres perdidos.
