Bienvenido a la Tierra Pura de la Luz Serena, un recurso sobre el Verdadero Budismo (一乘佛教), y sus posteriores ramificaciones, a la luz de las Enseñanzas Perfectas y Completas (圓教). Aquí presentamos el Budismo como religión, filosofía y estilo de vida, con énfasis en la Budología (Teología Budista), aspirando a presentar el Budismo balanceadamente entre la academia (estudios budistas) y la devoción, desde el punto de vista de una escuela tradicional de Budismo Japonés (Tendai-Escuela del Loto Reformada) y las enseñanzas universales del Sutra del Loto (法華経).


domingo, 2 de agosto de 2026

El Linaje Zen Original de la Escuela Tendai: Niutou Farong y la Escuela de la Cabeza de Buey - Parte II - La Inscripción sobre la Mente

 


La Inscripción sobre la Mente

(Xin Ming - Niutou Farong/Gozu Hoyu)

La naturaleza de la mente jamás ha nacido; ¿para qué multiplicar entonces los conocimientos y las opiniones? En su origen no existe una sola cosa: ¿qué habría, pues, que cultivar o corregir? El ir y el venir no poseen comienzo ni término; aunque uno los persiga y los busque, nunca podrá apresarlos. No fabriques nada, no añadas nada: la claridad silenciosa se revelará por sí misma.

Lo que precede a todo pensamiento es vasto como el espacio vacío; pero, tan pronto como se pretende señalarlo y decir: "Aquí se encuentra", ya se ha perdido el principio verdadero. Cuando la atención se dirige hacia un objeto y se aferra a su propia iluminación, esa misma luz se convierte nuevamente en oscuridad. Basta que una sola cosa obstruya la mente para que los diez mil fenómenos dejen de circular libremente. El venir y el partir acontecen por sí mismos, de acuerdo con las circunstancias; ¿por qué empeñarse en perseguirlos hasta el agotamiento?

El nacimiento carece, en verdad, de la naturaleza del nacimiento; por ello, nacer y despertar no son dos realidades separadas. Si deseas que la mente sea pura, practica sin albergar una mente que se considere practicante. Permanece libre en todas direcciones, sin aferrarte siquiera a la idea de iluminación: allí se encuentra lo más profundo y maravilloso. Conocer el Dharma consiste en alcanzar el no-conocimiento, y ese no-conocimiento es precisamente la sabiduría verdadera.

Emplear la mente para conservar la quietud significa no haberse liberado aún de la enfermedad. Cuando se abandona toda ansiedad respecto del nacimiento y de la muerte, se manifiesta la naturaleza original. El principio supremo no puede encerrarse en palabras: no es liberación ni cautiverio. Su luminosidad espiritual responde a cada circunstancia y, sin embargo, se encuentra siempre aquí, directamente ante nuestros ojos.

Ante nuestros ojos no hay cosa alguna; no obstante, esa ausencia de cosas se manifiesta con perfecta claridad. No es necesario agotarse en distinciones y razonamientos: la esencia es, desde el principio, vacía, profunda y misteriosa. Los pensamientos aparecen y desaparecen, pero entre el pensamiento anterior y el posterior no existe una sustancia continua. Cuando el pensamiento que habría de seguir no llega a nacer, el pensamiento precedente se extingue naturalmente.

En los tres tiempos —pasado, presente y futuro— no puede encontrarse cosa alguna; no existe una mente sustancial ni existe un Buda separado que pueda ser poseído. Los seres vivientes carecen de una mente fija y surgen precisamente apoyándose en aquello que no puede llamarse mente. Distinguir entre lo ordinario y lo santo solo incrementa las aflicciones. Medir, comparar y calcular se aparta de lo constante; buscar una verdad como objeto exterior es alejarse de la rectitud.

Cuando los dos extremos y todo intento de corregirlos se extinguen al mismo tiempo, permanece una claridad serena y diáfana. No se necesitan artificios ni esfuerzos extraordinarios: basta conservar la sencillez de un niño recién nacido. Mantenerse deliberadamente alerta, pensando: «Ahora conozco con claridad», solo extiende aún más la red de las opiniones. Pero hundirse en una quietud muda, sin visión ni comprensión, equivale a permanecer inmóvil en una habitación oscura.

La lucidez debe estar libre de engaño, y la quietud ha de permanecer plenamente luminosa. Las diez mil formas son, en su talidad, eternamente verdaderas; toda la multiplicidad del universo participa de una única naturaleza. Al caminar, regresar, sentarse o permanecer de pie, no te aferres a nada. La verdadera estabilidad no posee dirección ni lugar determinado; ¿quién podría, entonces, entrar en ella o salir de ella?

No hay reunión ni separación, ni lentitud ni rapidez. La claridad silenciosa brota espontáneamente y no puede alcanzarse mediante palabras. La mente no contiene una segunda mente, y tampoco es necesario combatir violentamente la codicia o el deseo. Puesto que su naturaleza es vacía, las pasiones se disuelven por sí mismas cuando uno deja de alimentarlas y responde libremente a las circunstancias.

La mente no es pura ni impura, superficial ni profunda. Aquello que existe originariamente no pertenece al pasado, y lo que se manifiesta ahora tampoco queda limitado al presente. Lo que aparece en este instante no mora en ningún lugar fijo; sin embargo, esto mismo que ahora aparece es la mente original. Lo originario no permanece como una entidad aparte: lo originario se manifiesta precisamente en este mismo ahora.

La Iluminación está originalmente presente; no es necesario custodiarla como si pudiera perderse. Las aflicciones carecen originalmente de sustancia; no es preciso destruirlas como si fueran realidades permanentes. La sabiduría espiritual resplandece por sí misma, y las diez mil cosas retornan naturalmente a la Talidad. Pero no existe un lugar al cual regresar ni una realidad que pueda recibirse o poseerse. Abandona, por tanto, la contemplación artificiosa y olvida incluso la idea de conservar la mente.

Las Cuatro Virtudes no son producidas, y los Tres Cuerpos se hallan originalmente completos. Cuando las seis facultades entran en contacto con sus objetos, la discriminación que surge no posee una conciencia sustancial. Cuando la mente única está libre de engaño, las innumerables condiciones se armonizan y encuentran su justa disposición. La naturaleza de la mente es originalmente igual en todos; convive con las cosas, pero no es arrastrada por ellas.

Sin producir nada por voluntad propia, responde compasivamente a todos los seres; dondequiera que se encuentre, permanece en un retiro silencioso. Se habla del despertar únicamente porque existe el no-despertar; pero cuando el despertar es completo, ya no queda nada que pueda llamarse despertar. Ganancia y pérdida constituyen dos extremos opuestos; ¿quién podría entonces establecer definitivamente lo bueno y lo malo? Todos los fenómenos condicionados carecen originalmente de un hacedor.

Conocer la mente significa comprender que no existe una mente sustancial que pueda ser encontrada. Cuando esto se comprende, no queda enfermedad ni medicina. Mientras se permanece en la ilusión, se desea huir de los asuntos del mundo; una vez realizada la comprensión, se descubre que los asuntos mundanos jamás estuvieron separados del Camino. Originalmente no existe nada que pueda ser tomado; ¿qué necesidad habría, por consiguiente, de rechazar cosa alguna?

Cuando se afirma obstinadamente que algo existe, surgen los demonios del apego; cuando se sostiene que todo es meramente vacío, aparecen incontables imágenes y concepciones. No intentes destruir los sentimientos ordinarios: permite simplemente que cese la intención discriminadora. Cuando la intención deja de apoyarse en una mente concebida como sustancia, se extingue; cuando la mente ya no opera mediante propósitos artificiales, toda fabricación llega a su fin. No es necesario probar o certificar el vacío: la claridad penetrante se manifiesta por sí misma.

Extinguir el nacimiento y la muerte y sumergir la mente en el principio verdadero no significa cerrar los ojos y apartarse del mundo. Al abrir los ojos y contemplar las formas, parece que la mente surge siguiendo a los objetos; sin embargo, donde se busca la mente no existe objeto alguno, y donde se busca el objeto no se encuentra una mente separada. Cuando se utiliza la mente para destruir los objetos, mente y objetos se invaden y se fortalecen mutuamente.

Cuando la mente está en silencio, los objetos permanecen en su Talidad, sin necesidad de expulsarlos ni conservarlos. Cuando los objetos desaparecen con la mente y la mente desaparece con los objetos, ninguno de los dos ámbitos produce ya una existencia separada. Entonces permanece una quietud vacía y luminosa; allí se refleja la imagen del Despertar, mientras las aguas de la mente se vuelven transparentes y serenas.

La virtud de la naturaleza puede parecer torpeza, pues no establece cercanía ni distancia. El honor y la humillación no consiguen alterarla, y ella no escoge un lugar especial donde habitar. Cuando todas las condiciones cesan repentinamente, ya no queda nada que deba recordarse. El día eterno es semejante a la noche, y la noche eterna es tan clara como el día.

Exteriormente, uno puede parecer sencillo, torpe e incapaz de hablar; interiormente, la mente permanece vacía, íntegra y recta. Al encontrarse con los objetos, no es sacudida por ellos: esta es la fuerza del verdadero ser humano del Camino. No hay una persona separada ni una visión que pueda poseerse; y precisamente esta ausencia de visión se manifiesta sin interrupción. Ella penetra y comprende todos los fenómenos, sin haber dejado jamás de estar presente en todas partes.

Cuanto más se piensa y se discurre, más oscura se torna la mente, y la corriente turbulenta de los conceptos perturba la esencia espiritual. Cuando se pretende utilizar la mente para detener su propio movimiento, cuanto más se intenta detenerla, con mayor violencia se precipita. Las diez mil cosas carecen de un lugar propio; solo existe una puerta. Pero esta puerta no admite entrada ni salida, y no puede definirse como quietud ni como movimiento.

Los Shravakas y los Pratyekabuddhas no pueden comprenderla únicamente mediante su sabiduría discriminativa. En verdad, no existe una sola cosa que pueda ser encontrada; solo permanece la sabiduría maravillosa. El fundamento original es vacío, profundo y abierto, y no puede ser agotado por la mente conceptual. El Despertar correcto no contiene algo llamado despertar; el verdadero vacío tampoco es una nada estéril.

Todos los Budas de los tres tiempos han recorrido este mismo principio. En la más diminuta partícula de esta verdad se contienen mundos innumerables como las arenas del Ganges. No te inquietes por cosa alguna; establece la mente allí donde no existe lugar en que establecerla. Cuando la mente reposa en el no-lugar, la claridad vacía se revela espontáneamente.

En la quietud silenciosa nada nace, y, sin embargo, uno se mueve libremente en todas direcciones. Ninguna actividad encuentra impedimento; permanecer y partir son igualmente serenos. El sol de la sabiduría brilla en medio del silencio, y la luz de la concentración resplandece clara y manifiesta. Ella ilumina el jardín carente de características y hace resplandecer la ciudad del Nirvana.

Cuando todas las condiciones han sido olvidadas, la esencia espiritual permanece firme y la naturaleza verdadera descansa en paz. Sin abandonar el asiento del Dharma, uno duerme serenamente en la morada vacía. Allí se deleita en el Camino y vaga libremente por la Realidad Verdadera.

No hay nada que fabricar ni nada que obtener. Apoyándose en el no-apoyo, todo surge espontáneamente. Las Cuatro Mentes Inmensurables y las Seis Perfecciones recorren el mismo sendero del Vehículo Único. Cuando la mente no nace, entre los fenómenos no existe oposición ni diferencia sustancial. Conocer que el nacimiento es, en su esencia, no-nacimiento es morar eternamente en la presencia inmediata de la Realidad.

Solo quien posee verdadera sabiduría puede comprenderlo. No es algo que pueda realizarse mediante explicaciones, conceptos o palabras.

El Linaje Zen Original de la Escuela Tendai: Niutou Farong y la Escuela de la Cabeza de Buey - Parte I - Biografía e Influencia en el Budismo del Loto

 


Desde sus inicios en el Siglo VIII con el Gran Maestro Saicho (Dengyo Daishi 767-822), la escuela Tendai japonesa ha incluído entre sus enseñanzas el Zen (Chan), pues es parte del sistema Enmitsuzenkai (que yo llamo Enmitsujozenkai), que abarca las Enseñanzas Perfectas del Sutra del Loto (En), el Budismo Esotérico o Vajrayana (Mitsu), el Zen, y los Preceptos del Bodhisattva (Kai).

La presencia del Chan (Zen) en la formación de Saicho comenzó antes de su viaje a China. Su primer maestro japonés, Gyohyo, había sido discípulo del monje chino Daoxuan, llegado al Japón en el Siglo VIII. Daoxuan transmitió un conjunto complejo de enseñanzas que incluía prácticas meditativas del Chan temprano, doctrina Tiantai, pensamiento Huayan y los Preceptos del Bodhisattva. Por medio de la sucesión Daoxuan–Gyohyo–Saicho, el fundador del Tendai japonés, recibió una tradición contemplativa que todavía no se encontraba separada rígidamente en "escuelas" autónomas. El Chan que alcanzó a Saicho por esta vía era la corriente de la Cabeza de Buey (Niutou Zong). 

Biografía del Maestro Chan Niutou Farong

El maestro Chan Farong, que la tradición recuerda como Niutou Farong (Gozu Hoyu), "Farong del Monte Cabeza de Buey", nació en el año 594 y murió en 657. Su apellido secular era Wei, procedía de Yanling, en la prefectura de Runzhou, dentro de la región del bajo Yangzi, y aparece también en algunas fuentes bajo los nombres de Huirong, Lanrong o, sencillamente, Niutou. Con el paso del tiempo llegaría a ser venerado como el Primer Patriarca de la Escuela de la Cabeza de Buey, una de las corrientes más originales y filosóficamente refinadas del Chan temprano fundado por Bodhidharma (Daruma). 

Farong nació en una región donde el Budismo llevaba ya varias generaciones dialogando con la cultura literaria china. Desde joven mostró una inteligencia extraordinaria. Las biografías tradicionales afirman que, hacia los diecinueve años, había alcanzado un amplio dominio de los clásicos, de la historia y de la literatura secular. Sin embargo, aquella erudición no logró satisfacer su búsqueda más íntima. Al aproximarse a la literatura Prajnaparamita, habría comprendido que las doctrinas confucianas y daoístas, aunque elevadas y valiosas dentro del mundo, no ofrecían por sí solas la nave capaz de cruzar el océano del nacimiento y de la muerte. La tradición le atribuye entonces una declaración que resume su conversión espiritual: los clásicos mundanos no constituyen la enseñanza última, mientras que la contemplación correcta del Prajna es la embarcación que conduce más allá del mundo. Esta convicción lo llevó a abandonar la vida secular y recibir la ordenación monástica en el entorno de Maoshan bajo la guía de un maestro llamado Jiong o Ming, cuya identidad exacta ha sido objeto de discusión. Algunos estudios han relacionado a este instructor con los círculos de la escuela de los Tres Tratados, aunque la documentación conservada no permite demostrar una filiación institucional directa.

La formación inicial de Farong parece haber reunido tres dimensiones que después caracterizarían el espíritu de la Escuela de la Cabeza de Buey: el estudio de los Sutras Mahayana, la disciplina contemplativa y la asimilación del lenguaje filosófico propio de China. No fue un maestro que rechazara los textos en nombre de una experiencia inmediata concebida de manera antiintelectual. Las fuentes le atribuyen estudios y comentarios sobre el Sutra de Vimalakirti, el Sutra Avatamsaka, el Sutra del Loto y otros tratados doctrinales. Su pensamiento muestra afinidades con el Prajnaparamita, el Madhyamaka chino, la no-dualidad de Vimalakirti y ciertos modos de expresión asociados al Laozi y al Zhuangzi. Esta combinación no debe entenderse como una simple mezcla de Budismo y Taoísmo, sino como una etapa decisiva en la formación de un lenguaje Chan propiamente chino.

Durante aproximadamente veinte años, según las narraciones tradicionales, Farong se dedicó con gran perseverancia a la meditación. Comprendía que una inteligencia brillante, si no era estabilizada mediante la concentración, podía dispersarse en opiniones y razonamientos interminables. La sabiduría debía abrir el tesoro de la mente, pero la mente, si permanecía agitada, no podía penetrar la fuente de los pensamientos. Por ello se retiró a lugares solitarios, aquietó el cuerpo, recogió la atención y profundizó en la contemplación. La tradición describe esta etapa como un largo período de disciplina en el que su mente fue penetrando gradualmente la puerta maravillosa. No se trataba todavía de la formulación madura de la "contemplación trascendida", sino de la preparación rigurosa que haría posible comprender que incluso el acto de contemplar debe finalmente quedar libre de sujeto, objeto y propósito.

En el año 643, Farong se trasladó al Monte Niutou, hoy conocido como Niushou, situado en las cercanías de la actual Nankín. Allí se estableció cerca del templo Youqi, en una zona rocosa y boscosa que ofrecía el retiro adecuado para la meditación. Construyó una sencilla cabaña de hierba junto a una pared del monte y se entregó día y noche a la contemplación. La montaña, cuya forma recordaba los cuernos o la cabeza de un buey, daría su nombre no solo al maestro, sino también a la corriente que posteriormente se organizó en torno a su memoria. Su retiro no permaneció solitario por mucho tiempo. La reputación de su disciplina, su conocimiento de los sutras y su serenidad atrajeron a numerosos discípulos, y las fuentes tradicionales afirman que más de cien practicantes llegaron a reunirse a su alrededor. Así, una morada destinada inicialmente al silencio se convirtió en un centro de estudio, contemplación y enseñanza.

Las hagiografías rodearon la residencia de Farong en Niutou con relatos de animales pacificados y respuestas extraordinarias de la naturaleza. Se cuenta que una gran serpiente, con ojos semejantes a llamas, apareció ante la cueva donde meditaba. Farong permaneció inmóvil durante toda la noche y el animal terminó retirándose sin causarle daño. También se decía que los tigres, antes temidos por los leñadores, dejaron de atacar desde que el maestro se estableció en la montaña; que ciervos se aproximaban a escuchar sus enseñanzas y que las aves ofrecían flores. Estas historias no pueden ser leídas como datos historiográficos en sentido moderno, pero expresan simbólicamente una idea central de su tradición: la mente que ha dejado de contender no despierta enemistad, y la naturaleza responde a la ausencia de miedo, apropiación y violencia. La santidad de Farong fue representada como una fuerza de reconciliación por la cual incluso lo salvaje encontraba reposo.

Otro relato afirma que la comunidad sufría por la dificultad de obtener agua, pues el lugar de residencia se encontraba junto a un profundo barranco. Farong contempló el terreno y recordó antiguas historias en las que la sinceridad espiritual de grandes hombres había hecho brotar manantiales. Declaró que, si aquel lugar era verdaderamente apto para el cultivo del Camino, una fuente debía manifestarse espontáneamente. Al día siguiente habría brotado agua clara, dulce, tibia en invierno y fresca en verano. También aquí la leyenda posee un significado interior: cuando el lugar de práctica se establece en concordancia con el Dharma, la fuente escondida aparece. En el lenguaje de Niutou, esa fuente no es solamente agua exterior, sino la naturaleza originalmente pura que brota cuando cesa la fabricación de la mente.

La tradición Chan posterior introduce en este período el célebre encuentro entre Farong y el Cuarto Patriarca Daoxin. Según los relatos del linaje, Daoxin habría sabido que en el Monte Niutou residía un practicante de gran profundidad y viajó para conocerlo. Al llegar, preguntó por el maestro Farong, pero los monjes le indicaron que aquel que meditaba inmóvil entre las rocas era probablemente la persona que buscaba. Algunas versiones desarrollan una escena simbólica en la que Farong se mostraba todavía apegado a la pureza de la concentración. Daoxin habría observado señales de animales cerca de su asiento o habría escrito el carácter "Buda" en la piedra donde Farong debía sentarse. Cuando Farong dudó en sentarse sobre el nombre sagrado, Daoxin le señaló que aún conservaba dentro de sí una medida de discriminación. Después le habría transmitido una enseñanza sobre la mente, mostrando que el verdadero Camino no consiste en custodiar una quietud separada, sino en permanecer libre tanto de la agitación como del apego a la serenidad. Este encuentro llegó a interpretarse como la transmisión por la cual Farong se convirtió en discípulo lateral de Daoxin, mientras Hongren heredaba la línea principal que conduciría al Chan de la Montaña Oriental. 

Farong fue también un maestro público y un protector activo de la comunidad budista. La imagen del ermitaño apartado del mundo debe equilibrarse con las noticias que lo presentan enseñando Sutras, recibiendo discípulos, interviniendo en situaciones de crisis y defendiendo a los monjes. Las tradiciones recuerdan que, durante períodos de disturbios en la región de Muzhou, ofreció refugio y apoyo a religiosos desplazados. También habría viajado a la capital para presentar peticiones contra medidas que amenazaban con reducir o expulsar a miembros de la comunidad monástica. Estas acciones revelan que su "no-acción" no significaba indiferencia. Farong podía retirarse a la montaña y, al mismo tiempo, responder cuando las circunstancias exigían compasión, protección institucional o enseñanza pública. La no-acción era, para él, ausencia de apropiación y cálculo egoísta, no ausencia de responsabilidad.

La enseñanza que la tradición Niutou asoció con Farong se organiza alrededor de varios temas inseparables. El primero es que el Camino tiene la Vacuidad como fundamento. Esto no significa que el Camino sea una nada inerte, sino que carece de límites, centro, propietario y obstrucción. Como el espacio, no se aferra a ninguna forma y, precisamente por ello, permite que todas las formas aparezcan. El segundo tema es la ausencia de mente. La expresión "no-mente" (Mushin) no designa inconsciencia, torpeza o supresión psicológica, sino la ausencia de una mente que se apropie de los fenómenos y se establezca como sujeto separado. Cuando no se levanta tal centro apropiador, la visión, la audición y el conocimiento continúan operando, pero ya no producen la oposición rígida entre quien conoce y lo conocido. El tercer tema es el no-logro: el santo no corta un fenómeno ni obtiene otro, porque tanto aquello que se rechaza como aquello que se busca han surgido dentro de la misma discriminación. El cuarto es la vacuidad última, que no está separada de la forma y no debe convertirse en una realidad metafísica opuesta al mundo. El quinto es la trascendencia de la contemplación: cuando la práctica ha cumplido su función, incluso la vigilancia, la custodia y la idea de una mente pacificada deben ser abandonadas.

Estas doctrinas aparecen de manera especialmente clara en el Jueguan lun, el Tratado sobre la Trascendencia de la Contemplación, transmitido en manuscritos de Dunhuang y estructurado como un diálogo entre el maestro Penetración en el Principio y el discípulo Puerta de las Condiciones. El tratado fue conservado bajo atribuciones relacionadas con Bodhidharma, pero importantes investigadores japoneses lo relacionaron estrechamente con Farong o con el círculo doctrinal de la Escuela de la Cabeza de Buey. 

En el Tratado sobre la Trascendencia de la Contemplación, el discípulo pregunta qué es la mente y cómo debe pacificarse. El maestro responde que no es necesario establecer una mente ni esforzarse por pacificarla. Esta afirmación condensa el espíritu de Farong: toda mente que pretende dominar otra mente reproduce la dualidad de sujeto y objeto. La verdadera pacificación no se alcanza mediante una nueva construcción, sino al comprender que la mente establecida como sustancia nunca existió. Cuando el discípulo pregunta cómo se extinguen los pensamientos ilusorios, el maestro explica que ver las ilusiones y ver a alguien que desea extinguirlas todavía pertenece a la ilusión. Cuando pregunta qué debe cortar el santo y qué debe obtener, se responde que no corta ni obtiene un solo fenómeno. La santidad no es acumulación, sino libertad respecto de la compulsión de adquirir y rechazar.

Sin embargo, esta doctrina no debe confundirse con antinomianismo moral o indiferencia ante el sufrimiento. Algunos pasajes del Tratado sobre la Trascendencia de la Contemplación emplean formulaciones deliberadamente extremas sobre matar, robar, sexualidad y falsedad para mostrar que el karma depende de la apropiación, la intención y la visión dualista. Tales expresiones, aisladas de su contexto, podrían parecer una negación de la ética; dentro de la lógica del tratado, buscan describir el estado imposible de fabricar en el que la acción carece completamente de yo, deseo y discriminación. El mismo texto advierte que, mientras exista la visión de un ser, de alguien que actúa y de algo realizado, hasta la vida de una hormiga queda ligada a quien la destruye. La libertad verdadera no consiste en justificar los impulsos, sino en extinguir la raíz egocéntrica que convierte los actos en acumulación kármica.

Otro tema característico de la enseñanza atribuida a Farong es la universalidad del Camino. Cuando se le pregunta si el Camino se encuentra únicamente en los seres conscientes o también en las hierbas y los árboles, la respuesta declara que no existe lugar donde el Camino no esté presente. Esta afirmación se relacionó posteriormente con las discusiones acerca de la Naturaleza Búdica de los seres insensibles. Para Farong y su tradición, las hierbas y los árboles no debían imaginarse necesariamente como sujetos psicológicos que cultivarían la Budeidad del mismo modo que los humanos; más bien, su existencia mostraba que la vacuidad y el Reino del Dharma no quedan limitados por la conciencia discriminativa. Todas las cosas son Talidad y carecen de una esencia independiente.

A Farong se atribuye también el texto titulado Inscripción sobre la Mente, el Xinming, un poema doctrinal de gran belleza que comienza declarando que la naturaleza de la mente no nace y que, desde el origen, no existe ni un solo fenómeno que deba cultivarse. La obra enseña que la claridad silenciosa aparece cuando cesa toda fabricación; advierte contra el apego tanto a la vigilancia consciente como a una quietud oscura; afirma que la Iluminación está originalmente presente y que las aflicciones carecen de sustancia; y exhorta a caminar, sentarse, permanecer y actuar sin aferrarse a nada. 

El linaje tradicional de la Cabeza de Buey comienza con Farong y continúa a través de varios maestros hasta llegar a Niutou Huizhong, generalmente contado como el sexto patriarca. Pero la influencia de Niutou no terminó con la desaparición de su linaje independiente. Sus enseñanzas fueron absorbidas gradualmente por las corrientes que más tarde se identificarían con el Chan del Sur. La insistencia en que el Camino no se encuentra fuera de las actividades ordinarias, la desconfianza hacia la construcción de estados meditativos, la espontaneidad libre de intención y la superación de toda posición fija se convertirían en rasgos centrales de la literatura Chan. La tradición Niutou dejó de sobrevivir como una escuela separada, pero parte de su sangre doctrinal continuó circulando dentro de la gran corriente del Chan chino.

Farong murió en el año 657, alrededor de los sesenta y tres o sesenta y cuatro años. Las fuentes preservan diferentes detalles acerca de sus últimos días, pero coinciden en que su vida había transformado el Monte Niutou en un centro de práctica reconocido. Tras su muerte, sus discípulos conservaron su memoria, sus enseñanzas y los lugares asociados con su retiro. La montaña continuó siendo venerada como cuna de una corriente cuya fama, durante ciertos períodos de la dinastía Tang, rivalizó con otras formas del Chan. Más tarde se le otorgaron títulos honoríficos y se lo llamó incluso "el Bodhidharma del Oriente de China", expresión que refleja la enorme reverencia que llegó a despertar su figura.

Su legado puede comprenderse como una llamada a abandonar no solo las pasiones manifiestas, sino también los apegos espirituales más refinados. El practicante puede dejar el mundo y apegarse a la montaña; abandonar el ruido y apegarse al silencio; rechazar la impureza y apegarse a la pureza; renunciar al pensamiento ordinario y apegarse a la contemplación. Farong dirigió la espada del Prajna precisamente contra estas últimas moradas. La mente que custodia la mente todavía está dividida. La conciencia que observa la Vacuidad todavía conserva un observador. La persona que se considera iluminada ha convertido la Iluminación en una cosa. Por ello la contemplación debe trascenderse, no para regresar a la negligencia, sino para que la claridad opere sin apropiación. En esta perspectiva, la ausencia de mente no significa destrucción de la experiencia. Los ojos ven, los oídos oyen, el cuerpo siente y la inteligencia responde. Sin embargo, no se establece detrás de estas funciones una entidad fija que diga: "Yo veo, yo conozco, yo poseo". El mundo continúa apareciendo, pero deja de convertirse en prisión. La montaña es montaña, el agua es agua, el sonido es sonido; cada cosa permanece libre cuando la mente no la encierra en nombre, deseo y oposición. La verdadera quietud no exige inmovilidad exterior, y la verdadera actividad no destruye la serenidad. En el lenguaje atribuido a Farong, el santo actúa sin agente, conoce sin una mente apropiadora y responde a todos los seres como la luna aparece en el agua sin descender del cielo.

Influencia en el Budismo Tendai

La afinidad entre el pensamiento de Saicho y la tradición de la Cabeza de Buey se manifiesta especialmente en la comprensión de la Mente Original, la Vacuidad y la presencia universal de la Budeidad. El Chan Niutou enseñaba que la mente verdadera no debe ser producida mediante artificio, que el Camino no se alcanza estableciendo un objeto contemplado y que la pureza no existe como una sustancia separada de los fenómenos. La contemplación culmina cuando se trasciende incluso la idea de una mente que contempla, de una impureza que deba eliminarse y de una Iluminación que pueda obtenerse. Esta orientación podía integrarse con gran naturalidad en el sistema del Gran Maestro Chih-i (Tendai Daishi 538-597), pues la contemplación Tendai tampoco busca escapar de los fenómenos para refugiarse en un vacío separado: contempla cada pensamiento como Vacío, Provisional y Camino Medio; reconoce los Tres Mil Reinos en un Solo Instante de la Mente y descubre que las aflicciones y la Iluminación no constituyen dos sustancias independientes. 

Esta integración queda simbolizada por una obra transmitida bajo el título Tendai Hokkeshu Gozu Homon Yosan, o "Compendio Esencial de la Puerta del Dharma de la Cabeza de Buey de la Escuela Tendai del Loto", tradicionalmente atribuida a Saicho. Esto muestra que la tradición japonesa no percibía el Chan de Niutou como una enseñanza exterior o incompatible con Tiantai, sino como una Puerta del Dharma perteneciente a la propia escuela Tendai del Loto. Para Saicho, por tanto, el Chan no era una alternativa a la Meditación Shikan (Samatha - Vipassana) de Chih-i, sino una manera de penetrar vivencialmente su significado. El Shikan ofrece la forma sistemática y doctrinal de la contemplación: Calma y Contemplación, los Cuatro Samadhis, las Tres Contemplaciones y la observación de los Tres Mil Reinos en un Solo Pensamiento. El Chan aporta el énfasis inmediato en la no-aprehensión de la mente, en la ausencia de apoyo y en la superación de toda búsqueda exterior. Uno establece cuidadosamente la práctica, pero no convierte la práctica en sustancia; contempla la mente, pero descubre que la mente no puede ser encontrada; reconoce la Vacuidad, pero no se apega al vacío; manifiesta compasión y actividad, pero no establece un yo que actúe. Desde esta perspectiva, el Chan Niutou puede ser entendido como la dimensión desnuda e inmediata de una verdad que el sistema Tendai despliega de manera doctrinal y contemplativa. La diferencia no es necesariamente de objeto, sino de lenguaje, método y grado de explicitación.

La originalidad de Saicho consistió precisamente en no tratar la Enseñanza Perfecta, lo Esotérico, el Zen y los Preceptos como compartimentos cerrados. En su comprensión, ellas se encontraban unidas como manifestaciones del Vehículo Único. La Enseñanza Perfecta revelaba la universalidad de la Budeidad; el Zen realizaba interiormente la mente no nacida; el Esoterismo hacía presente corporal y ritualmente el Misterio del Buda; los Preceptos del Bodhisattva convertían esa realización en una forma ética y comunitaria de vida. En, Mitsu, Zen y Kai deben ser comprendidos como una unidad dentro del Vehículo Único, no como cuatro religiones independientes artificialmente reunidas. Esta unidad permite comprender por qué la contemplación de la Cabeza de Buey podía ser recibida sin desplazar la centralidad del Sutra del Loto. Para Saicho, el Zen verdadero no podía contradecir la revelación del Vehículo Único, pues el despertar directo a la mente debía ser el despertar a la misma realidad universal proclamada por el Buda Eterno. La mente vacía y no nacida no era una conciencia individual aislada, sino la puerta por la cual se manifestaba el Reino del Dharma. La ausencia de características no negaba las formas; las liberaba de toda naturaleza fija. Del mismo modo, el Sutra del Loto no establecía una Budeidad remota que debiera alcanzarse después de incontables existencias, sino que revelaba la obra presente del Buda en todos los reinos y en todas las condiciones. La enseñanza Niutou sobre la inexistencia de una mente que pueda obtener la Iluminación se integraba así con la afirmación Tendai de que todos los fenómenos son ya expresiones de la verdadera característica y de que cada reino contiene a los demás.

También existe una profunda correspondencia entre el Chan de la Cabeza de Buey y el proyecto de Saicho sobre los Preceptos Perfectos del Bodhisattva. El Chan Niutou insistía en que la auténtica libertad no consiste en quebrantar arbitrariamente las normas, sino en extinguir la mente egocéntrica que se apropia de la acción. Saicho, por su parte, buscó establecer en el Monte Hiei una comunidad ordenada conforme a los Preceptos del Bodhisattva del Mahayana, fundada no solo en prohibiciones externas, sino en la Naturaleza Búdica y en la responsabilidad universal del practicante. La mente que no se apega a sí misma se abre espontáneamente a los demás; la Vacuidad verdadera se manifiesta como compasión; el no-logro destruye la arrogancia espiritual; la no-dualidad impide excluir a cualquier ser de la promesa de la Budeidad. En este sentido, contemplación y precepto no eran dos disciplinas: la contemplación revelaba la ausencia de un yo separado y el precepto encarnaba esa revelación como conducta compasiva.

La influencia Niutou dentro de la escuela Tendai no produjo en el Japón de Saicho una institución Chan independiente comparable a las escuelas Zen de los siglos posteriores. El elemento Chan quedó absorbido dentro de la totalidad del sistema Tendai, especialmente dentro de su práctica contemplativa y de su discurso sobre la transmisión interior. La escuela de Saicho conservó como centro doctrinal el Sutra del Loto y los comentarios de Chih-i; el Chan funcionó como una corriente interior, una confirmación experiencial y una forma de expresar la realización inmediata. Por ello, sería inexacto afirmar que Saicho fundó una escuela Zen en el sentido institucional posterior. Más adecuado es decir que incorporó una transmisión y una sensibilidad Chan en la constitución misma del Tendai japonés. El documento genealógico de 819 muestra que esta transmisión era considerada por él una de las dimensiones legítimas del Dharma recibido y no un elemento marginal.

Con el paso de los siglos, esta semilla contribuiría al carácter maternal del Monte Hiei. Antes de que Eisai introdujera y organizara el Rinzai (Linji) japonés y antes de que Dogen estableciera la tradición Soto (Caodong), el Tendai había preservado en Japón una memoria de la transmisión Chan, una disciplina de retiro montañés, una contemplación de la mente y una comprensión de la Budeidad universal capaces de preparar el terreno para desarrollos posteriores. El Zen medieval japonés no surgió simplemente de Tendai, pues recibió nuevas transmisiones directas de China y elaboró instituciones propias; sin embargo, muchos de sus grandes fundadores habían sido formados inicialmente en el Monte Hiei. El papel del Tendai consistió en conservar un horizonte Mahayana integrado dentro del cual todas las enseñanzas y prácticas dadas por el Buda en sus más de cuarenta años de predicación en la Tierra volvían a ser una, el Ekayana: el Vehículo Único

Desde la perspectiva doctrinal del Budismo del Loto, la integración de la Cabeza de Buey dentro de Tendai puede comprenderse como la reunión de dos movimientos complementarios. El Chan Niutou conduce hacia el silencio anterior a toda fabricación: no establecer mente, no tomar fenómeno alguno, no convertir la Iluminación en objeto. Tendai conduce desde ese silencio hacia la contemplación perfecta de la totalidad: el vacío es también provisionalidad; la ausencia de forma se manifiesta en todas las formas; un solo pensamiento contiene los Tres Mil Reinos; el Buda Eterno despliega su obra en cada instante del universo. El primero corta el aferramiento a toda posición; el segundo muestra la plenitud de la realidad liberada de ese aferramiento. El primero dice que no existe una sola cosa que pueda obtenerse; el segundo revela que, precisamente por ello, ninguna cosa queda fuera del Vehículo Único.

La Escuela de la Cabeza de Buey debe ser vista como una de las corrientes que Saicho recibió, ordenó y elevó dentro de su visión unificadora del Dharma. Su contemplación de la mente no nacida halló un hogar en el Shikan; su Vacuidad no dual encontró explicación en las Tres Verdades; su espontaneidad quedó disciplinada por los Preceptos del Bodhisattva; su ausencia de apoyo se orientó mediante el Vehículo Único; su silencio fue abrazado por la Voz Eterna del Sutra del Loto. En esta integración, Chan y Tendai no se anulan ni se confunden. El Chan preserva la inmediatez de la experiencia; Tendai preserva su significado universal, canónico y salvífico. Una sola Vía, una sola Mente y un solo Vehículo, manifestados en innumerables métodos para conducir a todos los seres hacia la Budeidad.

Veamos ahora una traducción original de la Inscripción sobre la Mente (Xin Ming) del Maestro Niutou Farong.

viernes, 31 de julio de 2026

El Sutra de los Votos Pasados del Bodhisattva Kshitigarbha: Duodécimo Capítulo - Los Beneficios de Contemplar a Kshitigarbha (Resumido y Recontado)

 


12

Los Beneficios de Contemplar a Ksitigarbha

En aquel momento, cuando la enseñanza sobre la protección de la tierra y de los hogares había llegado a su fin, el Palacio del Cielo Trayastrimsha volvió a quedar sumido en una quietud tan profunda que parecía abarcar no sólo los cielos, sino también los innumerables mundos situados por debajo de ellos. Prithivi, la gran Deidad de la Tierra, había regresado respetuosamente a su lugar después de prometer que custodiaría día y noche a quienes conservaran la imagen de Ksitigarbha, recitaran su Sutra y vivieran de acuerdo con sus votos. Los devas permanecían atentos; los reyes fantasma se mantenían inmóviles; los dragones celestiales enrollaban sus cuerpos luminosos entre las nubes; los yakshas, gandharvas, asuras, garudas, kinnaras y mahoragas guardaban silencio. Todos presentían que una nueva revelación estaba por comenzar. Entonces ocurrió algo extraordinario.

Desde la ushnisha del Buda, la protuberancia sagrada que coronaba su cabeza y simbolizaba la sabiduría suprema e inconmensurable, comenzó a brotar una luz de una pureza imposible de comparar con ningún resplandor mundano. No era semejante al fuego, porque no quemaba; no era como la luz del sol, porque no deslumbraba; no era como la luna, porque no pertenecía a la noche. Era una claridad surgida del despertar mismo, semejante a la luz emitida por la marca blanca situada entre las cejas del Tathagata, pero multiplicada en innumerables formas, colores y significados. De aquella corona luminosa surgieron billones de rayos, y cada uno de ellos penetró las diez direcciones, atravesó los cielos, recorrió las tierras humanas, descendió hasta los mundos de los espíritus y alcanzó incluso los dominios donde los seres permanecían sumidos en el sufrimiento.

Primero apareció un rayo de luz blanca, puro como la nieve que jamás ha tocado el polvo, seguido por un gran rayo blanco que se extendió como una inmensa corriente de sabiduría. Surgió después un rayo auspicioso y, tras él, un gran rayo auspicioso, cuyos resplandores parecían anunciar que incontables seres establecerían nuevas causas de felicidad y liberación. Brotó un rayo semejante al jade, de una transparencia serena y profunda, seguido por un gran rayo jade que cubrió los mundos con la frescura de una piedra preciosa recién lavada por la lluvia. Apareció luego un rayo púrpura, majestuoso y solemne, y un gran rayo púrpura que parecía reunir en sí la dignidad de todos los reyes virtuosos. Surgieron un rayo índigo y un gran rayo índigo, profundos como el cielo antes del amanecer; un rayo azul y un gran rayo azul, vastos como un océano sin orillas; un rayo rojo y un gran rayo rojo, llenos de energía compasiva; un rayo verde y un gran rayo verde, semejantes a la vida que brota de los campos en primavera; un rayo dorado y un gran rayo dorado, espléndidos como la luz de incontables Budas reunidos.

Cada rayo poseía su propio significado. Algunos aliviaban el sufrimiento de los seres infernales; otros calmaban la sed de los fantasmas hambrientos; otros extinguían el odio de quienes habían renacido entre los asuras; otros iluminaban la conciencia de los animales y despertaban en ellos semillas de futuros renacimientos humanos. Algunos fortalecían la fe de los hombres y mujeres virtuosos; otros advertían a quienes se habían apartado del Dharma; otros renovaban los méritos agotados de los devas. Allí donde la luz tocaba, los seres experimentaban por un instante una disminución de sus tormentos, una claridad inesperada o un recuerdo remoto de la bondad.

Cuando aquellos billones de rayos habían llenado todos los mundos, el Buda habló con una voz maravillosa. No necesitó elevarla, pues cada sílaba alcanzó simultáneamente a todos los presentes. Los devas la escucharon como música celestial; los seres humanos la percibieron como una palabra clara y cercana; los espíritus la recibieron como un llamado capaz de atravesar sus cuerpos sutiles; y los seres de los reinos de sufrimiento la sintieron como una brisa que por un instante aliviaba el fuego de sus karmas.

—Escuchad todos —proclamó el Honrado por el Mundo—. Escuchad los devas, los dragones, los espíritus, los hombres, las mujeres, los seres visibles y los invisibles. Hoy, en este Palacio del Cielo Trayastrimsha, alabaré al Bodhisattva-Mahasattva Ksitigarbha. Hablaré de los beneficios que concede a los seres de los mundos humanos y celestiales, de los medios hábiles mediante los cuales los guía, de su poder inconcebible, de su sabiduría y de la fuerza de sus votos. Explicaré cómo conduce a los seres hacia el despertar, cómo los ayuda a progresar hasta los altos niveles del Camino del Bodhisattva y cómo aquellos que siguen sinceramente sus enseñanzas dejan de retroceder de la Suprema y Perfecta Iluminación.

Al oír estas palabras, toda la asamblea dirigió la mirada hacia Ksitigarbha. El Bodhisattva permanecía sentado con una expresión serena, sosteniendo en su corazón el sufrimiento de innumerables seres. No mostraba orgullo por las alabanzas del Buda. Parecía más bien inclinarse interiormente ante todos aquellos que todavía aguardaban salvación en los caminos del Samsara.

Entonces, entre los grandes Bodhisattvas presentes, Avalokiteshvara se levantó de su asiento. Su figura irradiaba una compasión apacible y penetrante. En incontables mundos se le conocía como aquel que escucha los sonidos y lamentos de los seres. Ningún grito de dolor escapaba a su oído, ningún sufrimiento sincero quedaba fuera de su atención. Se adelantó, se arrodilló sobre una rodilla y juntó las palmas ante el Buda.

—Honrado por el Mundo —dijo—, conozco bien la compasión de Ksitigarbha. Él contempla a los seres cargados de karma, a quienes sufren sin comprender las causas de su sufrimiento y a quienes, atrapados en la ignorancia, crean nuevos motivos para caer una y otra vez. Por ellos ha manifestado billones de cuerpos en billones de mundos. Su poder es inconcebible y también lo son los méritos que ha acumulado mediante la liberación de los seres.

Avalokiteshvara volvió la mirada hacia Ksitigarbha y continuó:

—Durante edades incontables he escuchado al Honrado por el Mundo y a los Budas de las diez direcciones alabar juntos a este gran Bodhisattva. Todos han declarado que ni siquiera la totalidad de los Budas del pasado, del presente y del futuro podría expresar completamente la grandeza de sus votos y sus obras. Ahora el Venerable del Mundo ha anunciado ante esta asamblea que desea proclamar nuevamente los beneficios de venerarlo. Por el bien de los seres presentes y futuros, ruego que exponga esta enseñanza ampliamente, para que los devas, los dragones, los espíritus, los hombres y las mujeres sepan cómo rendir homenaje a Ksitigarbha y cómo recibir el auxilio de su compasión.

El Buda contempló a Avalokiteshvara con afecto.

—Tú también —respondió— posees una afinidad inmensa con los seres del Mundo Saha. Cuando hombres, mujeres, devas, dragones, espíritus o seres de los seis caminos oyen tu nombre, contemplan tu imagen, te rinden homenaje o te alaban con sinceridad, ya no se apartan fácilmente del camino hacia el despertar. Renacen repetidamente entre los seres humanos y celestiales, reciben condiciones favorables, encuentran el Dharma y, cuando sus causas maduran, se encuentran con los Budas y reciben la predicción de su futura Budeidad.

Avalokiteshvara escuchó con humildad, sin aceptar aquellas palabras como alabanza personal, sino como confirmación del poder del voto compasivo. Entonces el Buda añadió:

—Precisamente porque sientes una misericordia tan profunda por los seres y porque puedes comprender la grandeza de Ksitigarbha, escucha atentamente. Te explicaré los beneficios que obtienen quienes contemplan su imagen, oyen su nombre, se refugian en él y le hacen ofrendas.

—Escucharé con alegría y reverencia —respondió Avalokiteshvara.

El Buda comenzó hablando de los devas. Aunque los seres humanos los imaginaban rodeados eternamente de placer, también ellos permanecían sujetos a la impermanencia. Sus palacios celestiales, sus ornamentos de flores, sus cuerpos luminosos y sus largas vidas no eran eternos. Cuando el mérito que había producido su renacimiento celestial comenzaba a agotarse, aparecían los cinco signos de decadencia. Las guirnaldas que adornaban sus cabezas perdían el perfume y se marchitaban; sus ropas, siempre limpias y radiantes, comenzaban a ensuciarse; sus cuerpos emitían un sudor desconocido; las axilas despedían un olor desagradable; y, por primera vez durante su larga existencia, ya no podían permanecer tranquilos en sus asientos celestiales. Una ansiedad profunda se apoderaba de ellos, porque comprendían que su tiempo de felicidad estaba llegando a su fin.

El Buda describió a uno de estos devas. Durante eras había vivido en un palacio formado por piedras preciosas, rodeado de música, perfumes y compañeros celestiales. Nunca había conocido el cansancio ni el hambre, y había llegado a creer que aquella dicha no terminaría jamás. Pero un día observó que las flores de su corona comenzaban a inclinarse. Poco después descubrió una mancha en su vestidura. Sus compañeros evitaron mirarlo, porque todos reconocían las señales. El deva sintió entonces un terror mucho mayor que cualquier miedo humano: podía contemplar vagamente el lugar donde renacería y comprendía que sus antiguos méritos se habían agotado. Tal vez caería al reino humano, donde encontraría enfermedad, vejez y muerte; tal vez, debido a acciones negativas que aún no habían madurado, descendería a un reino de hambre, animalidad o tormento.

—Cuando un deva manifieste estos signos —explicó el Buda—, si llega a ver una imagen de Ksitigarbha o a escuchar su nombre, y aunque sea por una sola vez dirige hacia él una mirada de respeto y realiza una reverencia sincera, su mérito celestial aumentará. Podrá continuar disfrutando de felicidad y no caerá en los reinos de sufrimiento.

Estas palabras causaron asombro en la asamblea. Una sola mirada reverente, un solo homenaje hecho en un instante de fe verdadera, podía alterar la dirección de un destino que parecía inevitable. No porque el Bodhisattva destruyera arbitrariamente la ley del karma, sino porque el encuentro con su nombre despertaba una poderosa raíz de virtud. El miedo del deva se transformaba en humildad; su apego al placer celestial se convertía en refugio; y aquella transformación interior creaba una nueva causa capaz de sostenerlo.

—Mucho mayores serán los méritos —continuó el Buda— si además ofrece incienso, flores, vestiduras, alimentos, joyas, collares o adornos. Los beneficios obtenidos mediante tales ofrendas serán ilimitados e inconmensurables.

El Buda habló después de los seres humanos que se acercaban a la muerte. En una casa humilde, un anciano yacía sobre su lecho, rodeado por hijos y nietos. Su respiración era débil y entrecortada; sus manos apenas podían moverse; su mente oscilaba entre la claridad y la confusión. Durante su vida había realizado algunas obras buenas, pero también había acumulado acciones negativas que ahora se aproximaban como sombras. Sus familiares lloraban y no sabían cómo ayudarlo. Algunos deseaban conservar sus bienes; otros discutían en voz baja acerca de la herencia. Pero una hija, recordando las enseñanzas del Sutra, se acercó al oído del moribundo y pronunció lentamente:

—Namo Ksitigarbha Bodhisattva.

Aunque los ojos del anciano permanecían cerrados, su conciencia escuchó. El nombre descendió en su mente como una campana en medio de la niebla. Luego lo oyó nuevamente, y una tercera vez. Por un instante recordó un acto de bondad realizado en su juventud, una ofrenda de alimento entregada a un monje viajero, y aquella memoria virtuosa se unió al nombre del Bodhisattva.

—Avalokiteshvara —dijo el Buda—, si un ser de cualquiera de los seis caminos escucha el nombre de Ksitigarbha en el momento de la muerte, no caerá en los reinos dolorosos.

Sin embargo, el beneficio podía ser todavía mayor. Los familiares podían tomar parte de los bienes del moribundo —una casa, una porción de dinero, joyas, ropas u otras posesiones— y emplearlos para encargar una imagen pintada o fundida del Bodhisattva. No se trataba de privar injustamente a la familia ni de realizar una ceremonia por apariencia, sino de transformar la riqueza acumulada por aquella persona en una causa de liberación.

El Buda explicó que, si el enfermo todavía conservaba conciencia, era especialmente valioso hacerle saber lo que estaba ocurriendo.

—Padre —podían decirle—, emplearemos parte de tus bienes para crear una imagen de Ksitigarbha en tu nombre. Ofreceremos incienso, flores y lámparas, y dedicaremos el mérito a tu recuperación y a tu liberación.

Al escuchar esto, el enfermo participaba interiormente del acto. Aunque ya no pudiera levantarse ni hablar, podía sentir alegría, desprenderse de sus posesiones y aprobar la ofrenda. Ese pensamiento de generosidad y refugio poseía un poder inmenso.

—Si el karma de esa persona dispone que su enfermedad no sea mortal —continuó el Buda—, gracias a los méritos creados en su nombre recuperará la salud y su vida se prolongará. Si su karma dispone que deba morir, entonces, mediante esas ofrendas, sus acciones negativas se aliviarán y podrá renacer en los cielos para disfrutar de felicidad.

Los presentes comprendieron que el beneficio no consistía siempre en impedir la muerte. A veces la vida se extendía; otras veces, la muerte llegaba, pero el destino posterior se transformaba. En ambos casos, la devoción a Ksitigarbha convertía un momento de terror en una oportunidad de mérito, desprendimiento y confianza.

Entonces el Buda guardó un breve silencio. La luz continuaba irradiándose desde su corona, atravesando mundos incontables. Avalokiteshvara permanecía arrodillado, escuchando. Ksitigarbha contemplaba en silencio a todos los seres que algún día perderían a sus padres, hermanos o seres queridos y quedarían atormentados por una sola pregunta: “¿Dónde habrán renacido?”.

Entonces el Buda habló de aquellos que habían perdido a sus padres, hermanos o seres queridos durante la infancia. Describió a los niños que apenas conservaban un recuerdo difuso de quienes los habían sostenido en brazos, a los jóvenes que habían crecido escuchando sólo algunas historias sobre una madre fallecida demasiado pronto, y a los adultos que, pese al paso de los años, seguían experimentando un vacío imposible de llenar. Algunos habían perdido a sus padres antes de cumplir tres años; otros, a los cinco, a los siete o a los diez. Muchos no recordaban ya los rasgos del rostro de sus seres queridos. Otros retenían apenas una voz, una canción o el calor de una mano. Sin embargo, la ausencia permanecía.

—Avalokiteshvara —dijo el Buda—, en las generaciones futuras habrá hombres y mujeres que preguntarán durante toda su vida: “¿Dónde habrá renacido mi madre? ¿Qué destino habrá recibido mi padre? ¿Mi hermano estará sufriendo? ¿Habrá alcanzado un mundo de paz?”.

La asamblea pudo contemplar entonces la imagen de una joven que había perdido a su madre siendo niña. Había crecido en casa de unos parientes que hablaban poco del pasado. Sólo conservaba una pequeña prenda bordada y una vaga memoria del perfume que acompañaba a la mujer que la había traído al mundo. Durante años, cada vez que veía a otras madres caminar junto a sus hijas, sentía renacer en ella una pregunta que nadie podía responder. Al llegar a la edad adulta encontró un templo donde se veneraba a Ksitigarbha. Frente a la imagen del Bodhisattva, observó su mirada compasiva, la joya luminosa que sostenía y el báculo con anillos destinado a abrir las puertas de los reinos dolorosos. Entonces comprendió que, si existía algún ser capaz de encontrar a los muertos en los caminos del samsara, era aquel cuyo voto abarcaba precisamente a quienes se hallaban perdidos entre la oscuridad y el sufrimiento.

El Buda explicó que quienes experimentaran tal dolor podían encargar una pintura o una estatua de Ksitigarbha. Podían ofrecer los recursos necesarios para fundirla en metal, tallarla en madera o modelarla en arcilla. Si carecían de riquezas, podían realizar una imagen sencilla o contribuir con una parte mínima a una obra colectiva. Lo importante era que la acción surgiera de una intención sincera y no de la ostentación. Después debían contemplar la imagen con respeto, escuchar o recitar el nombre del Bodhisattva, postrarse y hacer ofrendas sin abandonar el propósito original de beneficiar a sus familiares fallecidos.

—Durante un período de uno a siete días —dijo el Buda—, cada vez que oigan el nombre de Ksitigarbha o contemplen su imagen, deben mantener una actitud constante de reverencia. No deben practicar con intensidad durante unas horas y luego olvidar su intención. Deben perseverar con la misma sinceridad con que comenzaron.

En aquellos días, la joven acudió cada mañana al santuario. Encendía incienso, ofrecía agua limpia y colocaba una flor ante la imagen. Después juntaba las palmas y pronunciaba lentamente el nombre del Bodhisattva. No lo hacía como quien exige una respuesta inmediata, sino como quien abre una puerta y espera con paciencia. Por la noche regresaba, encendía una lámpara y dedicaba el mérito a su madre. Con cada reverencia repetía en silencio: “Dondequiera que hayas renacido, que este mérito te alcance. Si sufres, que seas liberada. Si ya has encontrado felicidad, que tu camino hacia la Iluminación se fortalezca”.

El Buda explicó que, si aquellos familiares habían caído en los reinos de sufrimiento debido a acciones negativas y estaban destinados a permanecer allí durante kalpas, el mérito generado por la creación de la imagen, la contemplación respetuosa, las ofrendas y las postraciones podía llegar hasta ellos. Las cadenas de su karma comenzarían a debilitarse. Las condiciones que sostenían su sufrimiento se transformarían y podrían abandonar aquellos destinos para renacer en los mundos humanos o celestiales.

Pero la acción no era inútil aun cuando los difuntos ya hubieran alcanzado renacimientos favorables.

—Si los padres, hermanos u otros familiares ya se encuentran entre los devas o los seres humanos debido a sus propias buenas acciones —continuó el Buda—, entonces el mérito ofrecido por los vivos aumentará sus causas de santidad. Recibirán mayor felicidad, encontrarán más fácilmente el Dharma y avanzarán hacia la liberación.

La joven del relato no podía saber cuál de esas situaciones correspondía a su madre. Sin embargo, comprendió que su práctica jamás sería desperdiciada. Si su madre sufría, recibiría alivio. Si se encontraba en paz, su virtud aumentaría. Si ya había renacido en otro lugar y carecía de memoria de su vida anterior, el mérito aún podría alcanzarla como una corriente invisible que fortalece una semilla bajo la tierra.

Entonces el Buda reveló una práctica más intensa.

—Si estas personas desean conocer el lugar donde han renacido sus familiares, deben rendir homenaje devotamente ante la imagen de Ksitigarbha y recitar su nombre diez mil veces durante veintiún días.

La asamblea escuchó con atención. Veintiún días no eran una cifra escogida al azar. Era un período suficiente para que la mente atravesara sus primeras fluctuaciones, para que el entusiasmo inicial fuese sometido a prueba y para que la devoción dejara de ser un impulso momentáneo y se convirtiera en disciplina. Durante esos días, el practicante debía mantener su propósito con firmeza. No bastaba con contar sonidos de manera mecánica. Cada invocación debía surgir como un llamado verdadero.

La joven comenzó entonces aquella práctica. Se levantaba antes del amanecer, lavaba sus manos y su rostro, ordenaba el altar y encendía incienso. Después pronunciaba el nombre de Ksitigarbha una vez tras otra. Al principio su mente permanecía concentrada, pero pronto aparecieron recuerdos, preocupaciones y cansancio. A veces dudaba. Se preguntaba si realmente recibiría una respuesta. En otras ocasiones se sentía culpable por no haber recordado a su madre con mayor frecuencia. Sin embargo, cada vez que surgía la confusión, contemplaba la imagen del Bodhisattva y regresaba a la recitación.

Los días transcurrieron lentamente. En el séptimo día tuvo un sueño confuso que no pudo comprender. En el decimocuarto sintió una profunda tristeza, como si todas las emociones retenidas desde su infancia hubieran surgido al mismo tiempo. Lloró ante la imagen y continuó recitando. En el vigésimo primer día, agotada pero serena, completó el número de invocaciones y se acostó después de dedicar el mérito.

Aquella noche soñó que caminaba por un lugar vasto, iluminado por una luz que no procedía del sol ni de la luna. Frente a ella apareció una figura inmensa. Su cuerpo parecía abarcar el cielo, pero su rostro era cercano y compasivo. Era Ksitigarbha manifestando su cuerpo inconmensurable. El Bodhisattva no habló con palabras ordinarias. Extendió su báculo y el espacio se abrió como una cortina. La joven contempló entonces un mundo donde su madre había renacido. No vio sufrimiento. La vio rodeada de condiciones pacíficas, más joven de lo que la recordaba y cubierta por una luz suave. Comprendió que había alcanzado un destino favorable y que las ofrendas realizadas durante aquellas semanas habían fortalecido aún más su camino.

El Buda explicó que no todos recibirían exactamente la misma visión. Algunos verían a sus familiares directamente; otros escucharían una voz que les revelaría el lugar de renacimiento; otros serían conducidos en sueños a diferentes mundos y reconocerían allí a quienes buscaban. Algunos no recordarían imágenes claras, pero despertarían con una certeza serena y una disminución profunda de su angustia.

—Ksitigarbha —declaró el Buda— puede manifestar su cuerpo ilimitado para mostrar a los practicantes dónde se encuentran sus seres queridos. También puede desplegar su poder en los sueños y guiarlos personalmente a través de los distintos reinos.

Aquello no significaba que toda visión nocturna debiera tomarse como revelación. El verdadero signo de la presencia del Bodhisattva era la transformación de la mente: la disminución del miedo, el aumento de la compasión y el fortalecimiento de la práctica. Una visión que alimentara la arrogancia, la obsesión o la confusión no debía confundirse con la guía de Ksitigarbha. Su intervención siempre conducía hacia la serenidad, la gratitud y una mayor confianza en el Dharma.

El Buda habló entonces de una disciplina todavía más prolongada.

—Si un hombre o una mujer recita devotamente el nombre de Ksitigarbha mil veces cada día durante mil días, el Bodhisattva enviará a las deidades locales de la tierra para protegerlo durante el resto de su vida.

Avalokiteshvara comprendió la inmensidad de aquella práctica. Mil días representaban casi tres años de constancia. Quien mantuviera durante tanto tiempo la invocación cotidiana habría transformado por completo su relación con el Bodhisattva. El nombre de Ksitigarbha ya no sería un sonido ocasional, sino un ritmo integrado en la respiración, el trabajo, la enfermedad, la alegría y el descanso.

El Buda describió a un hombre que emprendió aquella disciplina después de experimentar numerosas pérdidas. Había vivido durante años dominado por el temor. Su casa sufría constantes dificultades; sus cosechas se arruinaban; sus hijos enfermaban; y cada viaje le parecía lleno de peligros. Al conocer la práctica, comenzó a recitar el nombre del Bodhisattva antes de salir el sol. Marcaba cada día en una tablilla y no se permitía abandonar la disciplina ni siquiera cuando estaba cansado o enfermo. En ocasiones recitaba mientras caminaba; otras veces lo hacía junto al lecho de un familiar. Poco a poco, su carácter comenzó a cambiar. Se volvió menos irritable, más atento a las necesidades de los demás y más cuidadoso en sus decisiones.

Las deidades de la tierra que habitaban las regiones cercanas recibieron entonces la instrucción del Bodhisattva. Algunas custodiaban los caminos; otras vigilaban los límites de su hogar; otras apartaban influencias dañinas. No se manifestaban necesariamente ante sus ojos, pero su protección se expresaba en encuentros oportunos, peligros evitados, advertencias inesperadas y condiciones favorables que surgían en momentos decisivos.

—Durante la vida actual —dijo el Buda—, quienes practiquen así tendrán alimento y vestido suficientes. No padecerán enfermedades graves con facilidad, y los accidentes no se acercarán a sus hogares. Mucho menos llegarán a destruirlos.

Esto no significaba que la vida estuviera libre de toda dificultad. La protección del Bodhisattva no convertía el mundo condicionado en un paraíso permanente. Sin embargo, numerosos karmas podían suavizarse, muchos peligros podían desviarse y las dificultades inevitables podían enfrentarse con una mente más estable. La mayor protección no consistía solamente en evitar el sufrimiento exterior, sino en impedir que éste destruyera la fe y condujera a nuevas acciones negativas.

—Finalmente —continuó el Buda—, Ksitigarbha tocará la cabeza de estas personas y les concederá una predicción de Iluminación.

Aquella imagen conmovió profundamente a la asamblea. Después de años de invocar su nombre, el practicante contemplaría al Bodhisattva acercarse, quizá en sueños, en meditación o en el instante de la muerte. Ksitigarbha extendería su mano y tocaría suavemente su coronilla. Aquel gesto no era una simple bendición. Era la confirmación de que las raíces de virtud habían madurado y de que, aunque todavía quedara camino por recorrer, el practicante no se apartaría finalmente de la Budeidad.

Entonces el Honrado por el Mundo se dirigió nuevamente a Avalokiteshvara.

—En el futuro habrá hombres y mujeres virtuosos que despertarán una gran compasión y decidirán rescatar a todos los seres. Algunos aspirarán a cultivar la suprema Bodhi; otros desearán abandonar los tres mundos de la existencia condicionada. Cuando vean una imagen de Ksitigarbha o escuchen su nombre, deben refugiarse en él, hacer reverencias y ofrecer incienso, vestidos, joyas o alimentos.

El Buda describió a una mujer que, después de presenciar el sufrimiento de los pobres y los enfermos, hizo el voto de dedicar su vida a ayudarlos. Sin embargo, al comenzar su obra encontró obstáculos. Carecía de recursos, sus familiares no comprendían su decisión y algunos la acusaban de buscar reconocimiento. Desanimada, acudió ante una imagen de Ksitigarbha y ofreció una pequeña lámpara. No pidió riqueza ni fama. Sólo dijo:

—Bodhisattva, deseo servir a los seres, pero mi fuerza es insuficiente. Ayúdame a no abandonar este voto.

A partir de entonces, no desaparecieron todos sus problemas, pero comenzó a encontrar aliados, oportunidades y medios que antes no había visto. Su propósito se hizo más claro. Aprendió a actuar con paciencia, sin esperar resultados inmediatos. Así, el refugio en Ksitigarbha no sustituyó su esfuerzo: lo ordenó, lo protegió y lo volvió constante.

—Quienes practiquen de este modo —dijo el Buda— cumplirán rápidamente sus propósitos y no serán obstaculizados en sus aspiraciones.

Habló también de quienes poseían incontables deseos y buscaban ayuda en numerosos asuntos. Algunas personas necesitaban salud; otras, alimento; otras deseaban reconciliar a su familia, encontrar un lugar seguro donde vivir, concluir un trabajo virtuoso o superar una dificultad que amenazaba con destruir su estabilidad.

—Deben refugiarse sinceramente en Ksitigarbha —explicó—, rendir homenaje ante su imagen, hacer ofrendas y alabarlo. Sus deseos rectos y sus necesidades legítimas encontrarán cumplimiento.

Sin embargo, el Buda enseñaba implícitamente que la cercanía al Bodhisattva también purificaba los deseos. Quien acudía inicialmente buscando una solución material podía descubrir que algunas de sus peticiones surgían del apego o la codicia. A través de la práctica aprendía a pedir con mayor sabiduría. En lugar de exigir éxito a cualquier precio, comenzaba a pedir condiciones para hacer el bien; en lugar de desear la derrota de un enemigo, pedía liberarse del odio; en lugar de buscar únicamente riqueza, aspiraba a tener lo suficiente para sostenerse y ayudar a otros.

—Si además suplican a Ksitigarbha que los proteja siempre con su gran compasión —añadió el Buda—, el Bodhisattva aparecerá en sus sueños, tocará sus cabezas y les concederá la predicción de la Iluminación.

Avalokiteshvara guardó estas palabras en su corazón. Comprendía que todos aquellos beneficios —conocer el destino de los fallecidos, recibir protección, obtener sustento y ver realizados los deseos virtuosos— no eran fines separados. Todos eran medios hábiles para acercar a los seres a la confianza, la práctica y el despertar. Ksitigarbha respondía a sus necesidades inmediatas porque sabía que una mente dominada por el terror, el hambre o la desesperación encontraba difícil escuchar el Dharma. Primero ofrecía refugio; después guiaba hacia la sabiduría.

Los rayos continuaban expandiéndose desde la corona del Buda. Algunos alcanzaban hogares donde las personas lloraban a familiares muertos; otros tocaban a practicantes que repetirían el nombre del Bodhisattva durante veintiún días; otros iluminaban caminos que aún no habían sido recorridos. Y, en la quietud del Palacio de Trayastrimsas, el Honrado por el Mundo se preparó para explicar cómo Ksitigarbha podía disipar las obstrucciones de quienes amaban los Sutras Mahayana pero eran incapaces de recordarlos, cómo transformaba la pobreza y las desgracias, y cómo protegía a los viajeros que debían atravesar montañas, bosques, ríos y mares llenos de peligros.

El Honrado por el Mundo permaneció rodeado por los innumerables rayos que todavía surgían de su ushnisha y llenaban el Palacio del Cielo de Trayastrimsha con una claridad imposible de describir. Algunos de aquellos resplandores parecían formar ruedas enjoyadas; otros se extendían como nubes multicolores; otros iluminaban los mundos con la frescura de la luna o con la fuerza del sol. Sin embargo, a pesar de aquella magnificencia, la voz del Buda continuaba siendo serena y cercana, como si hablara individualmente a cada ser presente. Avalokiteshvara seguía arrodillado ante él, con las palmas juntas, y escuchaba no sólo por sí mismo, sino por todos los hombres y mujeres que en las edades futuras encontrarían obstáculos en el estudio, sufrirían pobreza, temerían por sus hogares o tendrían que atravesar caminos peligrosos.

—Además, Avalokiteshvara —dijo el Buda—, en las generaciones futuras habrá hombres y mujeres virtuosos que sentirán un profundo amor por los Sutras Mahayana. Al escuchar las palabras de la Gran Vía, sus corazones se llenarán de reverencia y despertarán el deseo sincero de memorizar, recitar y transmitir las enseñanzas. Algunos querrán conservarlas para que no se pierdan; otros desearán enseñarlas a sus hijos, a sus discípulos o a comunidades enteras; otros se propondrán estudiar cada frase hasta comprender su significado más profundo. Sin embargo, a pesar de su buena intención, encontrarán una dificultad dolorosa: aquello que lean se borrará rápidamente de su memoria.

La asamblea contempló entonces la imagen de un joven estudiante del Dharma que había viajado desde muy lejos para aprender junto a un maestro célebre. Se levantaba antes del amanecer, limpiaba el salón de estudio y se sentaba con el Sutra abierto ante él. Repetía una estrofa veinte veces, cincuenta veces, cien veces. Por la noche creía finalmente haberla retenido, pero al despertar descubría que las palabras se habían desordenado en su mente. Volvía a comenzar, copiaba el pasaje, lo recitaba en voz alta y escuchaba pacientemente las explicaciones del maestro. Sin embargo, días después apenas recordaba unas pocas frases. No era perezoso ni indiferente. Su deseo de aprender era sincero, y precisamente por ello cada olvido le producía mayor tristeza.

Con el paso de los años, aquel estudiante comenzó a pensar que carecía de capacidad espiritual. Observaba cómo otros compañeros aprendían rápidamente capítulos enteros, mientras él continuaba luchando con las mismas líneas. Algunos lo juzgaban; otros le aconsejaban abandonar el estudio. Él mismo llegó a preguntarse si el Dharma estaba cerrado para alguien como él.

Entonces el Buda explicó la causa.

—Estas personas no fracasan necesariamente por falta de inteligencia ni porque sus votos sean falsos. En muchas ocasiones, sus dificultades proceden de obstrucciones kármicas acumuladas en vidas anteriores. Tal vez despreciaron los Sutras, ocultaron enseñanzas, impidieron que otros estudiaran o usaron sus conocimientos para fomentar la arrogancia. Los frutos de aquellas acciones todavía no se han agotado, y por eso, aunque encuentren buenos maestros y se esfuercen durante años, no pueden conservar lo aprendido.

Aquellas palabras no fueron pronunciadas como condena, sino como diagnóstico compasivo. Si el obstáculo tenía una causa, también podía transformarse mediante nuevas causas. El Buda instruyó entonces:

—Cuando tales hombres y mujeres vean una imagen de Ksitigarbha o escuchen su nombre, deben dirigirse a él con respeto y revelar sinceramente su dificultad. Deben ofrecer incienso, flores, vestiduras, alimentos y objetos hermosos destinados a dignificar el santuario. Después colocarán ante la imagen una pequeña copa de agua limpia y la dejarán allí durante un día y una noche.

El estudiante preparó entonces un sencillo altar. No poseía riquezas, por lo que ofreció una flor silvestre, un pequeño cuenco de arroz y un trozo de tela limpia. Lavó cuidadosamente una copa, la llenó con agua fresca y la colocó frente a la imagen de Ksitigarbha. Durante todo aquel día continuó recitando el nombre del Bodhisattva. Por la noche encendió una lámpara y confesó en silencio su desánimo.

—Gran Bodhisattva —dijo—, no deseo aprender para ser admirado. Quiero conservar estas enseñanzas para beneficiar a otros. Si mis acciones pasadas han oscurecido mi memoria, ayúdame a purificarlas. Permíteme recordar siquiera una frase si esa frase puede aliviar algún día el sufrimiento de un ser.

A la mañana siguiente juntó las palmas, hizo reverencias y tomó la copa con ambas manos. Siguiendo la instrucción, se volvió hacia el sur, dirección vinculada a la morada pura de Ksitigarbha, y bebió el agua con un corazón reverente. No la consideró una sustancia mágica independiente de la conducta. El agua había permanecido frente al Bodhisattva como soporte de su voto; al beberla, asumía también una disciplina.

El Buda explicó que, durante siete días o durante tres períodos de siete días, el practicante debía abstenerse de las cinco plantas picantes, del alcohol y de la carne. Debía abandonar la mala conducta sexual, la mentira y toda acción de matar. No bastaba con pedir sabiduría mientras se continuaba oscureciendo la mente mediante hábitos perjudiciales. El cuerpo, la palabra y la intención debían alinearse con el propósito de la práctica.

El joven cumplió aquellas instrucciones. Los primeros días experimentó irritación y cansancio. Algunas costumbres parecían más difíciles de abandonar de lo que había imaginado. Sin embargo, cada vez que surgía una tentación, recordaba la copa de agua y el voto pronunciado ante la imagen. Continuó recitando el nombre de Ksitigarbha y dedicó cada jornada a purificar las causas de su olvido.

Al llegar la vigésima primera noche, soñó que se encontraba en una vasta sala construida con piedras preciosas. En el centro se alzaba Ksitigarbha con un cuerpo tan inmenso que parecía tocar los límites del cielo. El Bodhisattva extendió una mano luminosa y colocó un dedo sobre la coronilla del estudiante. De aquel contacto surgió una corriente fresca que atravesó su cabeza, su garganta y su corazón. Luego escuchó una voz:

—No estudies para engrandecerte. Estudia para abrir caminos a quienes todavía no pueden ver.

Al despertar, el joven sintió una claridad desconocida. Abrió el Sutra y leyó una estrofa. Horas después podía repetirla con exactitud. Leyó una segunda y luego una tercera. Las frases ya no se desvanecían. Cada palabra parecía encontrar un lugar preciso en su mente. Con el tiempo, llegó a comprender que el beneficio no consistía solamente en adquirir una memoria extraordinaria, sino en recordar el Dharma sin convertirlo en motivo de vanidad.

—Quienes practiquen así —dijo el Buda— contemplarán en sueños el cuerpo inconmensurable de Ksitigarbha y recibirán su poder. Al despertar, obtendrán gran agudeza y sabiduría. Cuando escuchen un Sutra una sola vez, lo conservarán en su memoria. No olvidarán ni siquiera una estrofa o una frase durante incontables vidas.

Avalokiteshvara comprendió que este beneficio tenía un alcance inmenso. Una persona capaz de conservar fielmente las enseñanzas podía transmitirlas a generaciones futuras. El auxilio concedido a un solo estudiante podía transformarse en la salvación de miles de seres que escucharían algún día aquellas palabras.

El Buda continuó:

—Habrá también personas cuya vida esté dominada por la escasez y la desgracia. No tendrán suficiente alimento ni vestido. Sus aspiraciones se verán frustradas una y otra vez. Padecerán enfermedades, disputas familiares y accidentes. Algunos verán dispersarse a sus seres queridos. Otros vivirán en hogares donde nunca hay paz. Incluso durante el sueño serán perseguidos por pesadillas y despertarán con miedo.

La escena cambió ante la conciencia de la asamblea. Apareció una familia que habitaba una casa deteriorada en las afueras de una ciudad. El padre había perdido su trabajo; la madre estaba enferma; uno de los hijos se había marchado después de una discusión y nadie conocía su paradero. Las lluvias entraban por el techo, las deudas se acumulaban y cada nueva jornada parecía traer una dificultad diferente. Por las noches, la madre soñaba con figuras oscuras que rondaban la vivienda. El padre apenas dormía, atormentado por la vergüenza de no poder sostener a los suyos. Los hermanos discutían por cosas pequeñas porque el miedo había consumido su paciencia.

Un día, una anciana vecina les habló de Ksitigarbha. Les entregó una imagen sencilla y les enseñó a recitar su nombre. Al principio lo hicieron sólo porque ya no sabían a quién recurrir. Colocaron la imagen en una mesa limpia, ofrecieron agua y encendieron una pequeña lámpara. Luego comenzaron a repetir juntos la invocación.

Durante los primeros días nada extraordinario ocurrió. La casa continuó necesitando reparaciones, la enfermedad no desapareció de inmediato y el dinero siguió siendo escaso. Sin embargo, la recitación introdujo un instante de calma en medio de cada jornada. Mientras pronunciaban el nombre del Bodhisattva, dejaban de acusarse mutuamente. La madre dormía con menos temor. El padre recuperó la claridad suficiente para buscar nuevas posibilidades de trabajo. Uno de los hijos decidió visitar a un familiar que podía ayudarles. La devoción comenzó a reorganizar sus acciones y a abrir caminos que la desesperación les impedía ver.

—Si estas personas —explicó el Buda— escuchan el nombre de Ksitigarbha, contemplan su imagen y recitan devotamente su nombre diez mil veces, las desgracias que las rodean comenzarán a desaparecer gradualmente. Alcanzarán condiciones más felices, tendrán alimento y vestido suficientes y disfrutarán de tranquilidad tanto al dormir como al soñar.

El cambio podía ser paulatino. Una enfermedad encontraba tratamiento; una deuda podía renegociarse; un miembro de la familia regresaba; surgía una oportunidad de trabajo; un peligro era evitado. Pero, junto a estos beneficios visibles, ocurría algo todavía más importante: la mente dejaba de estar completamente sometida al miedo. Quien ya no vivía dominado por la desesperación era menos propenso a mentir, robar, herir o abandonar a los demás. Así, la protección del Bodhisattva no sólo modificaba circunstancias externas, sino que interrumpía la creación de nuevas causas de sufrimiento.

Después el Buda habló de los viajeros.

—Avalokiteshvara, en el futuro habrá hombres y mujeres que, por razones de sustento, obligaciones oficiales, asuntos familiares, emergencias o necesidad de escapar de algún desastre, tendrán que atravesar lugares peligrosos. Algunos cruzarán montañas remotas y bosques salvajes. Otros viajarán por ríos traicioneros o mares agitados. Algunos pasarán por regiones donde actúan ladrones, soldados, animales feroces o espíritus hostiles.

La asamblea contempló entonces a un mercader que debía cruzar una cordillera antes de que comenzara el invierno. Llevaba medicinas y provisiones destinadas a una aldea aislada. El camino atravesaba desfiladeros estrechos, bosques donde se habían visto tigres y regiones frecuentadas por bandidos. Sus familiares le suplicaron que no viajara, pero si permanecía en casa muchas personas quedarían sin ayuda.

La noche anterior a su partida, el mercader acudió a un pequeño templo. Se postró ante la imagen de Ksitigarbha, ofreció incienso y recitó su nombre con sinceridad. No pidió que el camino se volviera cómodo ni que desapareciera toda dificultad. Suplicó protección suficiente para cumplir su tarea sin causar daño ni recibirlo.

—Quienes deban emprender tales viajes —dijo el Buda— deben recitar devotamente el nombre de Ksitigarbha diez mil veces antes de partir. Entonces las deidades y los espíritus tutelares de cada región por la que pasen recibirán la instrucción de protegerlos.

El mercader inició su camino. Al segundo día encontró un puente destruido por las lluvias. Cuando se disponía a buscar un cruce, un pastor apareció y le mostró una ruta más segura. Más adelante escuchó rugidos en el bosque, pero los animales no se acercaron. Una noche vio luces sospechosas entre los árboles y decidió detenerse antes de avanzar; al amanecer descubrió que una banda de ladrones había esperado en el sendero principal. En otra ocasión, una tormenta repentina obligó a su grupo a refugiarse en una cueva, y poco después un desprendimiento bloqueó el camino que habrían recorrido.

Ninguna figura celestial se manifestó abiertamente ante él, pero la protección apareció mediante intuiciones oportunas, encuentros inesperados y peligros desviados. El mercader llegó finalmente a la aldea, entregó las provisiones y regresó sano a su hogar.

—Aunque encuentren tigres, lobos, leones, serpientes venenosas, espíritus malignos o cualquier otra amenaza —continuó el Buda—, quienes viajen bajo esta protección no sufrirán daño.

Avalokiteshvara escuchó todas estas enseñanzas y comprendió que resultaría imposible enumerar cada forma en que Ksitigarbha ayudaba a los seres. El Bodhisattva se adaptaba a las necesidades de cada uno. A los moribundos les ofrecía una vía para evitar los reinos dolorosos. A quienes lloraban a sus familiares les mostraba su destino. A los estudiantes les ayudaba a recordar los Sutras. A los pobres les abría caminos hacia el sustento. A los viajeros les concedía protección. A quienes aspiraban a la Bodhi les fortalecía los votos. Sin embargo, cada beneficio inmediato estaba dirigido finalmente hacia una misma meta: liberar a los seres del ciclo de nacimientos y muertes.

Entonces el Buda dijo:

—Ksitigarbha posee una afinidad particularmente profunda con los seres de Jambudvipa. Aunque hablara durante cientos de miles de kalpas, no podría enumerar todos los beneficios que reciben quienes contemplan su imagen, escuchan su nombre, le hacen ofrendas o buscan refugio en sus votos.

Luego dirigió su mirada directamente hacia Avalokiteshvara.

—Por ello debes emplear tu poder espiritual para difundir este Sutra. Haz que los seres del Mundo Saha conozcan estas enseñanzas y reciban sus beneficios durante decenas de miles de millones de kalpas.

Avalokiteshvara se inclinó profundamente. Aquel encargo unía ahora los votos de dos grandes Bodhisattvas. Quien escucha los lamentos del mundo ayudaría a difundir las enseñanzas de quien desciende a los reinos más oscuros para salvar a los seres. La compasión adoptaba formas distintas, pero su corazón era uno solo.

Entonces el Honrado por el Mundo expresó nuevamente la enseñanza en versos. Su voz se extendió como música a través del palacio celestial:

—El poder de Ksitigarbha no puede describirse ni siquiera durante tantos kalpas como granos de arena hay en los ríos Ganges. Quien por un solo instante contempla su imagen, escucha su nombre o se inclina con respeto genera beneficios ilimitados entre los hombres y los devas. Cuando las bendiciones celestiales se agotan y los seres están a punto de caer, el refugio sincero en este Mahasattva prolonga su vida virtuosa y disuelve el karma que conduce a los mundos de dolor.

—Quienes perdieron a sus padres, hermanos o seres amados durante la juventud y desconocen el lugar donde han renacido deben crear o venerar una imagen de Ksitigarbha, contemplarla con diligencia y recitar su nombre durante veintiún días. El Bodhisattva manifestará su cuerpo inconmensurable y revelará los mundos donde se encuentran aquellos seres. Si están atrapados en reinos de sufrimiento, recibirán liberación. Si el practicante no abandona su propósito, Ksitigarbha tocará su cabeza y le concederá la predicción de la Iluminación.

—Quienes aspiran al Despertar Supremo, desean abandonar el sufrimiento de los tres mundos o han despertado la gran compasión deben venerar primero al Mahasattva. Sus votos se cumplirán y las obstrucciones kármicas no frustrarán sus propósitos.

—Quienes quieren memorizar los Sutras, pero olvidan cuanto leen debido a acciones pasadas, deben ofrecer incienso, flores, vestiduras, alimentos y objetos dignos ante Ksitigarbha. Deben colocar agua limpia frente a su imagen durante un día y una noche, beberla con reverencia mirando hacia el sur, purificar su conducta y abstenerse de matar, mentir, embriagarse y actuar de manera impura. Entonces verán en sueños el cuerpo ilimitado del Bodhisattva y despertarán con una memoria penetrante. Al escuchar una enseñanza una sola vez, no la olvidarán durante incontables vidas.

—Quienes viven en pobreza, enfermedad y desgracia, quienes ven dispersarse a sus familias, quienes no encuentran paz ni siquiera durante el sueño, deben postrarse ante la imagen de Ksitigarbha y recitar su nombre. Sus dificultades disminuirán, los espíritus virtuosos los protegerán y encontrarán alimento, vestido y serenidad.

—Quienes atraviesen montañas, bosques, ríos o mares; quienes teman a animales feroces, hombres violentos, espíritus malignos, tormentas o caminos funestos, deben hacer ofrendas al Bodhisattva y buscar refugio en su nombre. Los peligros se disiparán y llegarán con seguridad a su destino.

—Avalokiteshvara, escucha con atención. El poder de Ksitigarbha es ilimitado e inconcebible. Ni siquiera decenas de miles de millones de kalpas bastarían para describirlo. Quien escuche su nombre, le rinda homenaje y le ofrezca incienso, flores, vestiduras o alimento recibirá incontables bendiciones. Si dedica ese mérito al Dharmadhatu, finalmente alcanzará la Budeidad y cruzará para siempre más allá del nacimiento y de la muerte. Por ello debes proclamar esta enseñanza en mundos tan numerosos como las arenas de todos los ríos Ganges.

Cuando el Buda terminó de recitar los versos, el Palacio del Cielo Trayastrimsha quedó nuevamente en silencio. Los rayos de su corona continuaron iluminando las diez direcciones, pero ahora cada uno parecía contener la imagen de Ksitigarbha descendiendo hacia una forma distinta de sufrimiento. En un mundo, acompañaba a un moribundo; en otro, consolaba a una hija que buscaba a su madre fallecida; en otro, tocaba la cabeza de un estudiante; en otro, protegía a un viajero en medio de una tormenta. Millones de emanaciones respondían a millones de necesidades, sin que el corazón del Bodhisattva se dividiera ni agotara.

Avalokiteshvara se postró ante el Buda y aceptó la responsabilidad de difundir el Sutra. Ksitigarbha permaneció en silencio, pero de su presencia emanaba una promesa más poderosa que cualquier palabra: mientras existiera un ser atrapado en la oscuridad, su voto permanecería activo; mientras alguien pronunciara su nombre con sinceridad, encontraría una puerta abierta; y mientras los seres continuaran girando entre el temor, la pérdida y la incertidumbre, él seguiría manifestándose en las formas necesarias para guiarlos hacia la libertad.

Maitreya: El Futuro Buda - La Continuidad Eterna del Dharma - Parte III: Las Prácticas de Maitreya

 


Habiendo visto la historia, el rol y los Sutras del Bodhisattva Maitreya. veamos las prácticas asociadas a este Bodhisattva. La devoción a Maitreya no se reduce a esperar pasivamente la aparición de un Buda futuro. Los Sutras, como vimos, presentan una vía completa de fe, disciplina, contemplación, mérito y compromiso ético. Sus prácticas se distribuyen entre dos grandes aspiraciones tradicionales: la fe del ascenso, orientada a renacer en el Cielo Tushita junto al Bodhisattva, y la fe del descenso, encaminada a establecer las causas para encontrar a Maitreya cuando descienda a este mundo, alcance la Iluminación y celebre las Tres Asambleas bajo el Árbol de la Flor del Dragón. Pero estas se dividen en muchas otras. Veamos algunas de ellas. 

1. Tomar Refugio en Maitreya como Futuro Buda

La práctica más elemental consiste en reconocer devocionalmente a Maitreya como el Bodhisattva que sucederá a Shakyamuni y que actualmente enseña en el recinto interior del Cielo Tushita y fotoru Buda en la Tierra. El devoto puede inclinarse ante su imagen, juntar las manos y formular conscientemente el deseo de establecer una relación kármica con él. Sin embargo, Maitreya no reemplaza a los Tres Tesoros. La veneración correcta se realiza dentro del refugio en el Buda, el Dharma y la Sangha, y reconoce que Maitreya recibe y continúa la enseñanza de Shakyamuni.

Una fórmula sencilla de homenaje puede ser: "Namu Miroku Bosatsu" ("Me refugio y rindo homenaje al Bodhisattva Maitreya”). También puede emplearse, cuando se contempla su futura Budeidad: "Namu Tōrai Miroku Butsu" ("Homenaje al Buda Maitreya que habrá de venir"). Estas fórmulas funcionan como expresiones devocionales de refugio y memoria; no deben confundirse con un Mantra esotérico recibido mediante transmisión ritual.

2. Recitar y Estudiar los Sutras de Maitreya

La recitación de Sutras constituye una de las prácticas centrales del Budismo. El devoto puede leer íntegramente los Tres Sutras de Maitreya o seleccionar pasajes según la orientación de su voto. El Sutra del Ascenso alimenta la aspiración a Tushita; los sutras del descenso fortalecen el deseo de encontrarse con Maitreya en el mundo futuro; los textos sobre sus votos y preguntas enseñan las cualidades que debe cultivar quien aspira a seguirlo. La recitación no debe limitarse a pronunciar sonidos. En el Budismo, leer un Sutra implica recibirlo mediante el cuerpo, la palabra y la mente: sentarse respetuosamente, articular su enseñanza y reflexionar sobre su significado. El devoto puede recitar primero un homenaje a los Tres Tesoros, leer una sección y concluir transfiriendo los méritos al renacimiento en presencia de Maitreya. 

El estudio resulta inseparable de la recitación. El practicante debe comprender que los magníficos palacios de Tuṣita simbolizan la pureza de los méritos y que el mundo futuro de Maitreya es presentado como la maduración del karma virtuoso colectivo. La lectura correcta no alimenta una fantasía evasiva, sino que transforma la conducta presente.

3. Mantener el Recuerdo Constante (Nembutsu) de Maitreya

La conmemoración de Maitreya consiste en mantener su nombre, sus cualidades y su voto presentes en la mente. El practicante recuerda que Maitreya personifica Maitri, la Benevolencia Universal, y procura no separarse de esa conciencia durante sus actividades cotidianas. Este recuerdo puede realizarse mediante la repetición serena de su Nombre, contando las recitaciones con un Juzu (Nenju, Rosario Budista), o mediante breves pausas contemplativas a lo largo del día. La finalidad no es acumular mecánicamente grandes cifras, sino impregnar la conciencia con la presencia del Bodhisattva. Cuando surge la ira, se recuerda a Maitreya; cuando surge el egoísmo, se recuerda su voto; cuando surge desesperanza ante la condición del mundo, se recuerda que la decadencia del Dharma no es definitiva. La repetición del nombre debe acompañarse por una transformación moral. Invocar al Bodhisattva de la Benevolencia mientras se conserva deliberadamente el resentimiento sería pronunciar su nombre sin recibir su significado.

4. Visualizar a Maitreya y el Cielo Tushita

El Sutra del Ascenso de Maitreya ofrece el fundamento de una práctica contemplativa centrada en el recinto interior de Tushita. El devoto visualiza gradualmente el ámbito celestial: sus palacios, jardines, estanques, árboles preciosos, luces, músicas y asambleas. Finalmente contempla a Maitreya sentado en su trono, rodeado por Bodhisattvas y devas, enseñando continuamente el Dharma. La visualización no debe iniciarse como un esfuerzo violento por producir imágenes minuciosas. Puede desarrollarse en etapas. Primero se contempla una luz pura; luego un loto; después el trono y la figura de Maitreya; finalmente se evoca toda la asamblea de Tuṣita. El practicante puede imaginarse sentado discretamente entre los oyentes, recibiendo la enseñanza sin orgullo ni distracción.

Desde la perspectiva Tendai, esta contemplación puede integrarse dentro del Shikan (Samatha o Calma, y Vipassana o Contemplación). El practicante realiza primero la calma mental —Samatha—, estabilizando la respiración y abandonando la dispersión; después aplica la contemplación —Vipassana—, observando que Maitreya, Tushita y la propia mente surgen mediante causas y condiciones. La imagen es convencionalmente real, vacía de existencia independiente y, en el Camino Medio, manifestación de la Actividad Iluminada.

5. Formular el Voto de Renacer en Tushita

Una de las prácticas características de la devoción ascendente es la formulación explícita del voto de renacer en el recinto interior de Tushita. El practicante no desea allí una existencia de mero placer celestial. Aspira a escuchar personalmente a Maitreya, recibir sus enseñanzas, avanzar sin regresión y acompañarlo cuando descienda al mundo.

El voto puede formularse al final de la práctica diaria: "Por los méritos cultivados mediante la fe, el estudio, los Preceptos y la benevolencia, aspiro a renacer en el recinto interior del Cielo Tushita, contemplar al Bodhisattva Maitreya, escuchar directamente el Dharma y regresar con él para beneficiar a todos los seres." Este voto debe acompañarse de causas concordantes. Los estudios sobre la tradición del Sutra del Ascenso muestran que la aspiración a Tushita fue desarrollada como una práctica ordenada, con diferentes niveles de capacidad y cultivo, no como una esperanza desligada de la disciplina.

6. Seguir los Mandamientos Budistas o Preceptos

Por supuesto, toda práctica dirigida al Bodhisattva Maitreya (y toda práctica budista) debe de incluir seguir los Mandamientos Budistas o Preceptos (Sila). El Sutra del Ascenso vincula la aspiración a Tushita con la conducta virtuosa, mientras los Sutras del Descenso describen la futura era de Maitreya como un mundo en el que han disminuido las diez acciones nocivas. Para los laicos, la base son los Cinco Preceptos: abstenerse de matar, robar, mantener una conducta sexual dañina, mentir y consumir intoxicantes que oscurezcan la mente. Para quienes desean profundizar, pueden observarse temporalmente los Ocho Preceptos en días de retiro. Los Bodhisattvas ordenados o comprometidos pueden asumir los Preceptos del Bodhisattva conforme a su tradición.

Junto con los Preceptos, están las Diez Acciones Virtuosas. Las Diez Acciones Virtuosas constituyen la contrapartida positiva de los diez actos nocivos. Incluyen proteger la vida, respetar lo ajeno, mantener relaciones responsables, hablar con verdad, reconciliar en lugar de dividir, hablar amablemente, utilizar la palabra con sentido, cultivar generosidad, desarrollar benevolencia y sostener una comprensión correcta del karma y del Dharma. Esta práctica posee una dimensión colectiva. Los sutras no presentan el futuro mundo de Maitreya como un regalo inmerecido impuesto desde el exterior. Su paz, fertilidad y longevidad son frutos de la transformación moral de los seres. Cada acto virtuoso contribuye a purificar el campo compartido de existencia. El devoto puede examinar al final del día cuáles de las diez acciones cultivó y cuáles descuidó. Esta revisión convierte la profecía de Maitreya en una disciplina concreta.

7. Practivar la Generosidad

Los Sutras de Maitreya conceden gran valor a actos aparentemente modestos: ofrecer flores, incienso, lámparas, alimentos, vestidos o recursos a los Tres Tesoros. Estas acciones producen afinidad con Maitreya cuando se realizan sin ostentación y se dedican a la Iluminación. Las ofrendas materiales pueden colocarse ante una imagen de Maitreya. Las flores representan la impermanencia y el florecimiento de las virtudes; el incienso, la fragancia de la conducta moral; la lámpara, la sabiduría; el agua, la pureza y la serenidad; el alimento, el sostenimiento de la vida y de la práctica.

Pero la ofrenda superior es ofrecer el Dharma mediante la propia vida. Cuidar a una persona enferma, sostener una comunidad, traducir una enseñanza o ayudar a alguien a abandonar una conducta nociva puede convertirse en una ofrenda a Maitreya si se realiza con benevolencia.

8. Transferir los Méritos al Encuentro con Maitreya

Toda práctica debe concluir con la Transferencia de Méritos (Eko). En lugar de apropiarse espiritualmente de lo realizado, el devoto lo dedica a todos los seres y a su futura relación con Maitreya.

Una fórmula completa puede ser: "Transfiero los méritos de esta práctica a todos los seres de los Diez Reinos. Que quienes sufran encuentren alivio; que quienes hayan perdido el Dharma vuelvan a escucharlo; que la verdadera enseñanza permanezca en el mundo; que todos establezcamos una afinidad con Maitreya, renazcamos donde podamos recibir su instrucción y alcancemos juntos la Suprema Iluminación."

La transferencia evita que la devoción se vuelva egocéntrica. El practicante no busca Tushita únicamente para sí, sino para aprender a regresar y servir.

* * *

Pero la práctica que reúne todas las demás consiste en vivir de manera que uno pueda recibir a Maitreya sin vergüenza. El devoto puede preguntarse al comenzar el día: "¿Qué clase de mundo estoy ayudando a crear?" Esperar a Maitreya significa preparar sus condiciones. No se apresura su llegada mediante cálculos proféticos, sino mediante la purificación del karma. No se construye Tushita con fantasía, sino con Preceptos, contemplación y mérito. No se entra en las Tres Asambleas por curiosidad, sino mediante una afinidad formada a lo largo de la vida.

Una práctica sencilla puede componerse de la siguiente manera:

  1. Purificar el espacio y encender una lámpara o incienso.
  2. Realizar tres postraciones y confesar las faltas.
  3. Tomar Refugio en el Buda, el Dharma y la Sangha.
  4. Recitar "Namu Miroku Bosatsu" 3, 7 o ciento ocho veces.
  5. Leer un breve pasaje de uno de los Sutras de Maitreya.
  6. Meditar durante algunos minutos en Maitri.
  7. Formular el voto de renacer en Tushita o participar en las Tres Asambleas.
  8. Transferir los méritos a todos los seres.

En definitiva, la práctica de Maitreya consiste en recordar al futuro Buda, contemplar su Tierra Pura, guardar los Preceptos, cultivar benevolencia, producir méritos, purificar las faltas y formular el voto de encontrarlo. Pero todas estas prácticas convergen en una sola exigencia: convertir el presente en causa del mundo futuro. Maitreya permanece en Tushita, pero su benevolencia puede descender ahora a nuestras palabras; el Árbol de la Flor del Dragón florecerá en una edad remota, pero sus raíces comienzan en cada Precepto observado; y las Tres Asambleas del futuro se anticipan allí donde una comunidad escucha sinceramente el Dharma y decide caminar unida hacia la Budeidad.