
Entre los tratados Tierra Pura en el Canon Budista, se encuentra la obra del Maestro Tan-luan llamado "Comentario Condensado sobre el Significado de la Tierra Pura de la Bienaventuranza". Nacido en la China del Siglo V, en una época de intensa fermentación doctrinal y de traducciones de textos fundamentales, Tan-luan inició su camino como erudito en diversas disciplinas, incluidas corrientes no budistas que prometían longevidad o inmortalidad. Sin embargo, su encuentro decisivo con las enseñanzas del Gran Vehículo (Mahayana), especialmente a través de la influencia del traductor Bodhiruci, marcó un giro radical en su vida espiritual. Fue precisamente al recibir el Tratado sobre la Tierra Pura —la exposición del camino hacia la Tierra de la Bienaventuranza— que Tan-luan abandonó toda búsqueda de inmortalidad mundana y se entregó por completo al sendero del Renacimiento en la Tierra Pura del Buda Amitabha (Amida), comprendiendo que la verdadera “Vida Infinita” no es la prolongación del Samsara, sino la participación en la Vida Iluminada del Buda. Desde entonces, su obra se convirtió en un puente entre la profunda metafísica del Mahayana y la práctica concreta de la fe, la aspiración y la recitación, sentando las bases de lo que posteriormente sería desarrollado por grandes maestros de la tradición de la Tierra Pura.
Sin embargo, desde la perspectiva del Budismo del Loto —tal como es custodiado y proclamado en la Escuela del Loto Reformada— la figura de Tan-luan no puede ser comprendida simplemente como un maestro devocional entre otros, sino como un exponente de los Medios Hábiles del Buda Eterno, manifestados en un momento histórico preciso para responder a las capacidades espirituales de los seres. En la economía del Dharma, tal como es expuesta en el Sutra del Loto y sistematizada por el Gran Maestro Chih-i, toda enseñanza debe ser leída a la luz del Vehículo Único (Ekayana), donde incluso aquellas doctrinas que parecen parciales o provisionales encuentran su plena significación dentro del designio salvífico total del Buda. La enseñanza de la Tierra Pura no es una vía separada ni inferior, sino una expresión compasiva del mismo Dharma que conduce a la realización de la Budeidad, adaptada a seres cuya mente, agitada por las impurezas del mundo, no puede sostener fácilmente las prácticas más elevadas de contemplación. En este sentido, Tan-luan aparece como un instrumento del Buda Eterno, quien, en su incesante predicación, se manifiesta bajo múltiples formas y doctrinas para guiar a los seres, tal como se declara en el capítulo de la Duración de la Vida del Tathagata del Sutra del Loto, donde el Buda revela que su actividad es perpetua y no limitada por el tiempo histórico.
El tratado que ahora se presenta, el “Comentario Condensado sobre el Significado de la Tierra Pura de la Bienaventuranza”, que es un comentario breve o un resumen de su obra magna, “Tratado sobre la Tierra Pura de la Bienaventuranza” (un comentario al “Tratado sobre la Tierra Pura de Vasubandhu”) debe ser leído, por tanto, no sólo como una exposición doctrinal sobre las condiciones del Renacimiento en la Tierra Pura, sino como una pieza dentro del gran tejido del Plan Dhármico de Salvación en los Cinco Periodos. En él, Tan-luan recoge y sistematiza las enseñanzas de los Sutras de la Tierra Pura, particularmente aquellos relacionados con el Buda Amitabha, y las articula en un lenguaje filosófico que busca resolver las dudas más profundas del practicante: la relación entre karma y Gracia, la posibilidad real de liberación en una sola vida, la naturaleza de la sabiduría búdica y el alcance de la compasión universal. Pero, desde la óptica del Budismo del Loto, estas cuestiones no son meramente especulativas, sino que tocan el núcleo mismo de la fe en el Buda Eterno. Pues si el Buda es verdaderamente omnipresente, omnisciente y activo en todos los mundos, entonces la Tierra Pura no es simplemente un lugar distante, sino una manifestación del Reino del Buda que puede ser realizado, anticipado y, en cierto modo, experimentado ya en esta misma existencia mediante la fe, la práctica y la correcta comprensión del Dharma.
Así, al iniciar la lectura de este tratado, uno no debe situarse como un mero observador académico, sino como un peregrino del Dharma que, tomando de la mano al Maestro Tan-luan, es conducido a través de las dudas, los temores y las aparentes contradicciones del camino espiritual, hacia una comprensión más profunda de la actividad salvífica del Buda. En cada pregunta y respuesta del texto resuena, de forma velada, la gran enseñanza del Sutra del Loto: que todos los seres, sin excepción, poseen la capacidad de alcanzar la Budeidad, y que el Buda, en su infinita compasión, ha dispuesto innumerables medios para hacer efectiva esa promesa. La Tierra de la Bienaventuranza, en este contexto, no es un refugio de escape, sino un ámbito de perfeccionamiento, una extensión del campo de actividad del Bodhisattva, donde aquellos que han sido conducidos por la fe continúan su camino hacia la plena realización del Cuerpo del Dharma. Por ello, este tratado no debe ser leído como una doctrina aislada, sino como un eco del mismo corazón del Mahayana, donde fe, sabiduría y compasión convergen en la luminosa promesa del Despertar Universal.
La intención del Maestro Tan-luan no es meramente descriptiva ni devocional en un sentido superficial, sino rigurosamente soteriológica: busca responder, con precisión casi quirúrgica, a las inquietudes fundamentales del practicante que se encuentra atrapado entre la ley del karma y la aspiración a la liberación. Es precisamente en este punto donde la lectura desde la perspectiva del Budismo del Loto se vuelve no sólo útil, sino necesaria, pues sin el horizonte del Vehículo Único, las afirmaciones de Tan-luan podrían ser interpretadas como una ruptura con la lógica kármica o como una concesión simplificada para espíritus incapaces. Sin embargo, a la luz de la enseñanza Tendai, se revela que lo que aquí se presenta es una manifestación perfecta del principio de los medios hábiles (upaya), en el cual el Buda Eterno adapta la expresión del Dharma sin alterar su esencia, conduciendo a los seres desde su situación concreta hacia la realización de la Verdad Ultima.
En este sentido, la insistencia del tratado en resolver las dudas —particularmente aquellas relacionadas con la eficacia de la recitación del Santo Nombre del Buda, la aparente desproporción entre causa y efecto, y la naturaleza de la sabiduría búdica— debe ser entendida como una pedagogía espiritual profundamente enraizada en la doctrina de la Triple Verdad (Vacío, Provisionalidad y Camino Medio). Cuando el texto afirma que incluso diez pensamientos pueden conducir al Renacimiento en la Tierra de la Bienaventuranza, no está negando la causalidad kármica, sino revelando su dimensión más profunda: que el karma mismo, en su naturaleza última, no es una cadena rígida e inmutable, sino una red interdependiente abierta a la intervención de la compasión búdica. Así, lo que a primera vista parece una “excepción” a la ley del karma, es en realidad su cumplimiento más elevado, en el cual la causa suprema —la fe dirigida hacia el Buda— produce un efecto supremo —la entrada en la corriente irreversible hacia la Iluminación. Esta comprensión armoniza perfectamente con la enseñanza del Sutra del Loto, donde se declara que todos los caminos, aun los más diversos, convergen finalmente en la realización de la Budeidad, y que incluso las prácticas aparentemente limitadas contienen en sí el germen del despertar completo.
Asimismo, la exposición de las distintas formas de sabiduría —inconcebible, indescriptible, vasta y suprema— debe ser leída como un desmantelamiento progresivo de la mente discriminativa que intenta medir lo inconmensurable con categorías finitas. Tan-luan, al presentar estas distinciones, no busca establecer una jerarquía intelectual, sino llevar al lector a un punto de ruptura donde el pensamiento discursivo se reconoce incapaz de abarcar la actividad del Buda. En términos tiantai, esto equivale a la disolución de las visiones parciales y a la apertura hacia la contemplación de la realidad tal como es, donde las oposiciones entre existencia y no-existencia, entre salvación y no-salvación, quedan trascendidas en el Camino Medio. Desde la perspectiva de la Escuela del Loto Reformada, esta enseñanza adquiere una resonancia particular, pues reafirma que la fe en el Buda Amida no es un acto ciego, sino una participación en la sabiduría misma del Buda Eterno, quien, conociendo perfectamente las capacidades de los seres en la era de la decadencia del Dharma, ha dispuesto un camino accesible que, sin embargo, no carece de profundidad ontológica.
También, es crucial comprender que la Tierra de la Bienaventuranza, tal como es descrita en este tratado, no debe ser reducida a una geografía espiritual distante, sino entendida como una manifestación del Reino del Buda en su dimensión pura, donde las condiciones son óptimas para la realización del Camino del Bodhisattva. Desde la óptica del Sutra del Loto, todas las tierras son, en última instancia, tierras del Buda; la diferencia radica en la capacidad de los seres para percibirlas como tales. En este sentido, el Renacimiento en la Tierra Pura no es un escape del mundo, sino una reubicación dentro del mismo cosmos búdico, donde la ilusión ha sido atenuada y la verdad se hace más evidente. Así, el tratado de Tan-luan se revela como una invitación a confiar en la actividad salvífica del Buda, a abandonar la arrogancia de la autosuficiencia y a abrir el corazón a una forma de práctica que, siendo sencilla en apariencia, contiene en sí la profundidad insondable del Dharma. En esta luz, el lector es preparado no sólo para comprender el texto, sino para dejarse transformar por él, reconociendo que, en última instancia, la enseñanza de la Tierra Pura es una de las innumerables puertas a través de las cuales el Buda Eterno conduce a todos los seres hacia la realización de su propia Naturaleza Iluminada.
Por otra parte, la exposición sobre los distintos tipos de nacimiento —incluyendo el llamado “nacimiento en matriz” debido a la duda— ofrece una visión matizada del proceso de salvación, en la cual se reconoce tanto la universalidad de la compasión búdica como la diversidad de las disposiciones humanas. Desde la óptica del Budismo del Loto, incluso este estado intermedio no debe ser visto como un castigo, sino como una expresión adicional de los medios hábiles, mediante la cual el Buda permite que aquellos cuya fe aún no es completa maduren gradualmente hasta poder acceder plenamente a la visión del Dharma. Así, el tratado evita tanto el exclusivismo como el simplismo, mostrando que la salvación es a la vez gratuita y exigente, accesible a todos pero condicionada por la apertura del corazón. En este equilibrio se manifiesta la sabiduría del Camino Medio, que no niega la ley del karma ni absolutiza la gracia, sino que las integra en una visión más amplia donde ambas encuentran su sentido último.
Finalmente, se debe recordar que la Tierra de Bienaventuranza no es simplemente el destino de un viaje post mortem, sino una dimensión del Reino del Buda que se entrelaza misteriosamente con nuestra propia existencia. El Sutra del Loto revela que el mundo en el que vivimos, con todas sus impurezas, es en realidad una Tierra Pura cuando es vista con los ojos de la sabiduría; sin embargo, para aquellos cuya visión aún está velada, el Buda, en su infinita compasión, ha dispuesto otros campos donde el Dharma puede ser recibido sin obstáculos. En este contexto, el tratado de Tan-luan se presenta como una puerta de acceso, un llamado a confiar en la actividad constante del Buda Eterno, quien, sin cesar, extiende su mano a los seres para conducirlos hacia la Iluminación. Leer este texto, por tanto, no es sólo comprender una doctrina, sino responder a una invitación: la de entrar en la corriente de la salvación, de dejar atrás la duda paralizante y de caminar, con fe y determinación, hacia la realización plena de la Naturaleza Búdica que ya habita en lo más profundo de nuestro ser.
Veamos ahora una traducción del tratado, la primera en una lengua occidental.
Comentario Condensado sobre el Significado de la Tierra Pura de la Bienaventuranza
Pregunta: La Tierra de Bienaventuranza y Paz, dentro de los Tres Mundos, ¿a cuál de ellos pertenece?
Respuesta: Tal como se expone en los tratados: ‘Esta Tierra Pura no está comprendida dentro de los tres mundos.’ ¿Por qué razón? Porque carece de deseo, no pertenece al Mundo del Deseo; aunque tiene base donde morar, no pertenece al Mundo de la Forma; y puesto que posee forma y apariencia, no pertenece al Mundo Sin Forma. El Sutra dice: ‘El Buda Amitabha, cuando en el pasado practicaba el camino del Bodhisattva, se hizo monje y fue llamado Dharmakara. Ante el Buda Lokeshvararaja preguntó acerca de las prácticas de las Tierras Puras de los Budas. Entonces aquel Buda le expuso doscientos diez mil millones de tierras de Buda, mostrando completamente a su vista los seres celestiales y humanos, el bien y el mal, la pureza y la impureza de cada tierra. En ese momento, el Bodhisattva Dharmakara, delante del Buda, formuló grandes y vastos votos, aspirando a tomar para sí las tierras de los Budas.’ Durante inconmensurables e incalculables kalpas, conforme a esos votos, practicó las perfecciones, consumó las miríadas de virtudes y alcanzó el supremo despertar. Aquello que obtuvo por su karma particular no pertenece a los Tres Mundos.
Pregunta: ¿Cuántos tipos de adornos posee la Tierra de Bienaventuranza para ser llamada Tierra Pura?
Respuesta: Si se fundamenta en los sutras y en su significado, los cuarenta y ocho votos del Bodhisattva Dharmakara constituyen precisamente este asunto; examinando sus elogios se puede comprender, por lo cual no se repite aquí en detalle. Si se sigue el ‘Tratado de la Vida Infinita’, mediante dos tipos de pureza se abarcan veintinueve clases de realizaciones de adornos. Estas dos purezas son: la pureza del mundo recipiente y la pureza del mundo de los seres sintientes.
La pureza del mundo recipiente posee diecisiete clases de realizaciones de adornos: primero, la excelencia de la tierra supera el camino de los tres mundos; segundo, su extensión es vasta como el espacio, sin límites; tercero, surge de las raíces de bien del gran camino del Bodhisattva, nacido de la gran compasión; cuarto, está adornada con luz pura y perfecta; quinto, está dotada de la naturaleza de los más excelsos tesoros, produciendo joyas maravillosas; sexto, su pureza y luminosidad iluminan constantemente el mundo; séptimo, los objetos preciosos de esa tierra son suaves y agradables al tacto, produciendo suprema dicha; octavo, innumerables flores preciosas adornan estanques, palacios, pabellones y árboles de joya, cuyos colores y luces se reflejan por todo el mundo, y redes de tesoros cubren el cielo con campanas que constantemente emiten el sonido del Dharma; noveno, en el espacio descienden de forma natural flores celestiales, vestiduras y fragancias que lo impregnan todo; décimo, la luz de la sabiduría del Buda disipa la oscuridad de la ignorancia; undécimo, la voz pura del Brahma proclama el despertar y se oye en las diez direcciones; duodécimo, el Buda Amitābha, supremo rey del Dharma, sostiene todas las virtudes con su poder; decimotercero, los seres nacen por transformación en flores puras del Tathagata; decimocuarto, se deleitan en el sabor del Dharma y toman como alimento el samādhi y la meditación; decimoquinto, están eternamente libres de sufrimientos corporales y mentales, gozando de felicidad ininterrumpida; decimosexto, ni siquiera se oyen los nombres de los dos vehículos, de las mujeres ni de los seres con facultades incompletas; decimoséptimo, todo aquello que los seres desean se cumple conforme a su mente. Estas son las diecisiete clases de pureza del mundo recipiente.
La pureza del mundo de los seres sintientes posee doce clases de realizaciones de adornos: primero, existen tronos de flores sutiles y preciosas que sirven de asiento al Buda; segundo, el cuerpo del Buda está adornado con infinitas marcas y luces; tercero, el Buda posee elocuencia ilimitada y predica el Dharma según las capacidades, siendo puro y claro, de modo que quienes lo escuchan comprenden necesariamente; cuarto, su sabiduría de talidad es como el espacio, iluminando la totalidad y las particularidades de todos los dharmas sin discriminación; quinto, la asamblea de dioses y humanos es estable y majestuosa como el monte Sumeru; sexto, realiza el fruto supremo sin que nadie pueda igualarlo; séptimo, es maestro de dioses y humanos, rodeado y venerado como un rey león entre leones; octavo, mediante el poder de sus votos originales sostiene todos los méritos, de modo que quien lo encuentra no pasa en vano y alcanza rápidamente el océano de virtudes; incluso los Bodhisattvas que aún no han alcanzado la pureza mental logran finalmente el cuerpo de Dharma en igualdad con los más elevados; noveno, los Bodhisattvas de esa tierra permanecen sin moverse y, sin embargo, llegan a las diez direcciones para realizar obras búdicas; décimo, sus cuerpos de manifestación irradian luz en un solo instante, alcanzando todos los mundos para beneficiar a los seres; undécimo, realizan ofrendas ilimitadas a todos los Budas; duodécimo, donde no existen los Tres Tesoros, los establecen y manifiestan.
Así, la tierra de Bienaventuranza posee estas veintinueve realizaciones de mérito y adorno, y por ello se llama Tierra Pura.
Pegunta: Aquellos que nacen en la Tierra de Bienaventuranza, ¿en cuántas clases se dividen? ¿Y cuáles son las causas y condiciones?
Respuesta: En el ‘Sutra de la Vida Infinita’ solamente se establecen tres clases: superior, media e inferior; mientras que en el ‘Sutra de la Contemplación de la Vida Infinita’, cada una de estas clases se subdivide a su vez en superior, media e inferior, formando tres por tres, es decir, nueve grados. Ahora, siguiendo principalmente el ‘Sutra de la Vida Infinita’ para la exposición, se explicarán estas tres clases.
Los que nacen en la clase superior poseen cinco causas y condiciones: primero, abandonan el hogar y los deseos, haciéndose monjes; segundo, despiertan la mente del supremo bodhi; tercero, se dedican exclusivamente a la contemplación del Buda de la Vida Infinita; cuarto, practican diversas virtudes; quinto, aspiran a nacer en la Tierra de Bienaventuranza. Aquellos que reúnen estas condiciones, en el momento de la muerte, el Buda de la Vida Infinita, acompañado de la gran asamblea, se manifiesta ante ellos; de inmediato siguen al Buda y nacen en la Tierra de la Bienaventuranza, donde surgen espontáneamente en flores de siete joyas, permaneciendo en el estado de no-retroceso, con sabiduría vigorosa y poderes espirituales libres.
Los que nacen en la clase media poseen siete causas y condiciones: primero, despiertan la Mente del Supremo Bodhi; segundo, se dedican exclusivamente a la contemplación del Buda de la Vida Infinita; tercero, practican el bien en mayor o menor medida y observan los preceptos; cuarto, erigen estupas e imágenes; quinto, ofrecen alimento a los monjes; sexto, cuelgan telas, encienden lámparas, esparcen flores y queman incienso; séptimo, dedican todos estos méritos con el voto de nacer en la Tierra de la Bienaventuranza. En el momento de la muerte, el Buda de la Vida Infinita se manifiesta en forma transformada, con luz y características iguales a las del verdadero Buda, y junto a la gran asamblea aparece ante esa persona; entonces sigue a este Buda transformado y nace en la Tierra de la Bienaventuranza, permaneciendo en el estado de no-retroceso, siendo sus méritos y sabiduría ligeramente inferiores a los de la clase superior.
Los que nacen en la clase inferior poseen tres causas y condiciones: primero, aun cuando no puedan realizar muchas virtudes, deben despertar la Mente del Supremo Bodhi; segundo, concentrar su mente en el Buda de la Vida Infinita, aunque sea hasta diez pensamientos; tercero, con corazón sincero, aspirar a nacer en la Tierra de la Bienaventuranza. En el momento de la muerte, ven en sueños al Buda de Vida Infinita y también logran renacer allí, siendo sus méritos y sabiduría inferiores a los de la clase media.
Además, existe otro tipo de nacimiento en la Tierra de la Bienaventuranza que no se incluye en estas tres clases: es aquel de quienes, con mente de duda, practican diversas virtudes y aspiran a nacer allí. No comprenden la sabiduría del Buda, ni la sabiduría inconcebible, ni la sabiduría incomparable del Gran Vehículo; dudan de estas sabidurías y no tienen fe en ellas, aunque aún creen en el bien y el mal, practican raíces de mérito y así nacen en la Tierra de la Bienaventuranza. Nacen en palacios de siete joyas, de cien o quinientos yojanas de extensión, y allí disfrutan de placeres como en el cielo de Trayastrimsha, todo ello de manera espontánea. Sin embargo, durante quinientos años no ven al Buda, ni escuchan el Dharma, ni ven a los Bodhisattvas ni a la comunidad de los santos Shravakas. En la Tierra de la Bienaventuranza, esto se denomina ‘región fronteriza’, y también ‘nacimiento en matriz’.
Se llama región fronteriza porque, durante quinientos años, no ven ni escuchan los Tres Tesoros, lo cual es equivalente a las dificultades de estar en un lugar remoto; o también porque, dentro de esa tierra, habitan en su extremo más apartado. Se llama nacimiento en matriz porque es como el nacimiento de un ser en el vientre materno, en el que al inicio las facultades aún no están plenamente formadas. ‘Frontera’ indica la dificultad; ‘matriz’ indica la oscuridad. Ambos nombres se toman como analogías para describir esa condición, pero no se trata de la ‘región fronteriza’ entre las ocho dificultades, ni de un nacimiento real en el vientre. ¿Cómo se sabe esto? Porque en la Tierra de Bienaventuranza todos nacen por transformación, y por ello no es un nacimiento verdadero en matriz; además, después de quinientos años vuelven a ver y escuchar los Tres Tesoros, por lo que tampoco corresponde a la dificultad de las regiones fronterizas de las ocho adversidades.
Pregunta: Aquellos que nacen en matriz, estando en los palacios de siete joyas, ¿experimentan felicidad? ¿Y en qué ocupan su pensamiento?
Respuesta: El Sutra ofrece una analogía: ‘Es como el hijo de un rey que, habiendo cometido una falta contra el rey, es recluido en el palacio interior y encadenado con cadenas de oro. Aunque no carece de nada en cuanto a alimentos y comodidades, siendo tratado como un rey, en ese momento, aun teniendo múltiples objetos placenteros, su corazón no siente alegría; sólo piensa en todos los medios posibles para liberarse y salir.’ Así también ocurre con aquellos nacidos en matriz: aunque habitan en palacios de siete joyas y poseen formas, fragancias, sabores y sensaciones placenteras, no los consideran felicidad; al no ver los Tres Tesoros ni poder hacer ofrendas ni practicar las raíces del bien, sienten esto como sufrimiento. Reconocen la falta que lo causó, se reprochan profundamente y se arrepienten, deseando abandonar ese lugar; y cuando lo hacen, obtienen lo que desean. Entonces llegan a ser iguales a aquellos nacidos en las tres clases, y es sólo al final de esos quinientos años cuando reconocen su falta y se arrepienten.
Pregunta: Aquellos que, con mente de duda, nacen en la Tierra de la Bienaventuranza y son llamados ‘nacidos en matriz’, ¿cómo surge tal duda?
Respuesta: El Sutra únicamente dice: ‘dudan y no creen’, sin exponer la causa de esa duda. Examinando esto, al no comprender cinco enunciados, me atrevo a explicarlo mediante sus correspondientes remedios. ‘No comprender la sabiduría del Buda’ significa no poder creer ni comprender la omnisciencia del Buda; al no comprenderla, surge la duda. Esta primera frase establece en general el objeto de la duda; las cuatro siguientes responden, una por una, a cada aspecto de dicha duda.
La duda tiene cuatro aspectos. Primero, se duda de que simplemente recordando al Buda Amitabha se pueda necesariamente renacer en la Tierra de la Bienaventuranza. ¿Por qué? Porque el sutra dice: ‘El camino del karma es como una balanza: lo más pesado es lo que primero arrastra.’ ¿Cómo es posible que alguien que durante toda su vida, ya sea cien años, diez años o incluso un mes, ha cometido toda clase de males, con tan solo diez pensamientos continuos pueda renacer inmediatamente, entrar en la asamblea de la recta determinación, no retroceder jamás y separarse para siempre de los sufrimientos de los tres destinos? Si esto fuera así, ¿cómo se sostiene el principio de que lo más pesado es lo que primero arrastra? Además, desde tiempos sin principio se han acumulado acciones contaminadas, ligadas a los Tres Mundos; ¿cómo, sin romper los nudos de las pasiones, simplemente con un breve tiempo de recitación del Buda Amitabha se podría salir de los tres mundos? ¿Qué sería entonces del principio de la sujeción kármica? Para contrarrestar esta duda se habla de la ‘sabiduría inconcebible’.
La ‘sabiduría inconcebible’ significa que el poder de la sabiduría del Buda puede hacer que lo poco se vuelva mucho, lo mucho se vuelva poco; lo cercano se vuelva lejano, lo lejano se vuelva cercano; lo ligero se vuelva pesado, lo pesado se vuelva ligero; lo largo se vuelva corto, lo corto se vuelva largo. Tales son las sabidurías del Buda, ilimitadas, infinitas e inconcebibles.
Es como si cien hombres, durante cien años, acumularan leña hasta formar una pila de mil alturas; basta una pequeña chispa del tamaño de un frijol para consumirla por completo en medio día. ¿Acaso se podría decir que la leña acumulada durante cien años no podría ser consumida en medio día?
Es también como un inválido que se embarca en la nave de otro; gracias al viento y a la vela, en un solo día recorre mil li. ¿Se podría decir que un inválido no puede recorrer mil li en un día?
Es como un hombre pobre y humilde que obtiene un objeto precioso y lo presenta al soberano; el soberano, alegrándose, le concede grandes recompensas, y en un instante se ve colmado de riqueza y honor. ¿Se podría decir que quien sirve durante décadas con esfuerzo no logra tal recompensa, y que por tanto esa riqueza no puede existir?
Es como un hombre débil que no puede montar un burro por su propia fuerza, pero al seguir al rey que hace girar la rueda, asciende al espacio y vuela naturalmente. ¿Se puede decir que por ser débil no puede volar?
Es como una cuerda gruesa que mil hombres no pueden romper, pero un niño la corta en dos con un solo golpe de espada. ¿Se puede afirmar que un niño no puede cortar la cuerda?
Es como un ave venenosa que entra en el agua y hace morir peces y moluscos, o como un cuerno de rinoceronte que toca el barro y hace revivir a los muertos. ¿Se puede decir que una vez extinguida la vida no puede volver a surgir?
Es como el ave amarilla que llama a su cría y ésta revive. ¿Se puede afirmar que alguien enterrado durante mil años no puede volver a la vida?
Todos los dharmas poseen fuerza propia y fuerza ajena, autosustentación y sustentación por otros; existen mil aperturas y diez mil cierres, innumerables e infinitos. ¿Cómo, con una mente limitada y obstructiva, se puede dudar de un Dharma sin obstrucción?
Entre las cinco cosas inconcebibles, el Dharma del Buda es la más inconcebible. Si se considera que cien años de mal son pesados y se duda de que diez pensamientos de recitación del Buda sean ligeros, negando así el renacimiento en la Tierra de Bienaventuranza y la entrada en la asamblea de la recta determinación, tal pensamiento no es correcto.
Segundo, se duda de que la sabiduría del Buda sea verdaderamente superior a la humana. ¿Por qué? Porque todos los nombres surgen en relación con otros; la sabiduría surge en relación con la ignorancia. Así, la confusión surge en relación con la comprensión. Si la confusión se extinguiera totalmente, ya no habría nada que comprender; y si puede ser comprendida, entonces también se podría decir que quien comprende puede caer en confusión. Confusión y comprensión se invierten como la palma y el dorso de la mano; por ello sólo se diferencian en claridad y oscuridad. ¿Cómo podría haber una trascendencia absoluta? Por esta duda, se desconfía de la sabiduría del Buda. Para contrarrestarla se habla de la ‘sabiduría indescriptible’.
La ‘sabiduría indescriptible’ significa que la sabiduría del Buda trasciende toda designación y no depende de comparaciones. Si los dharmas fueran existentes, habría una sabiduría que los conoce como existentes; si fueran inexistentes, habría una sabiduría que los conoce como inexistentes. Pero los dharmas trascienden tanto el ser como el no-ser; por ello la sabiduría del Buda también trasciende toda dualidad. El ejemplo de la confusión y la comprensión sigue siendo una forma de confusión, no es verdadera comprensión. Conocer al Buda mediante el conocimiento no es conocer al Buda; conocerlo mediante el no-conocimiento tampoco es conocerlo; conocerlo mediante lo que no es ni conocimiento ni no-conocimiento tampoco es conocerlo; ni siquiera mediante lo que no es ni no-conocimiento ni no-no-conocimiento. La sabiduría del Buda está más allá de estas cuatro proposiciones; quien intenta aprehenderla, ve cesar el movimiento de su mente; quien intenta expresarla, ve cesar sus palabras. Por eso el tratado dice: ‘Si alguien ve la prajñā, está atado; si no la ve, también está atado. Si alguien ve la prajñā, está liberado; si no la ve, también está liberado.’ En este verso se enseña que permanecer en las cuatro proposiciones es atadura; trascenderlas es liberación. Por lo tanto, dudar de que la sabiduría del Buda sea superior es incorrecto.
Tercero, se duda de que el Buda pueda realmente salvar a todos los seres. Si el Buda pudiera salvarlos a todos, ya no existirían los tres mundos, y no habría necesidad de nuevos Budas. Sin embargo, hay innumerables Budas en el pasado, el presente y las diez direcciones, lo que parece indicar que los Budas no pueden salvar a todos los seres. Por esta duda se concibe al Buda Amitabha como limitado. Para contrarrestarla se habla de la ‘sabiduría vasta del Gran Vehículo’.
La ‘sabiduría vasta del Gran Vehículo’ significa que no hay dharma que el Buda no conozca, ni aflicción que no haya eliminado, ni bien que no haya perfeccionado, ni ser que no pueda salvar. La existencia de Budas en las tres épocas y en las diez direcciones tiene cinco razones: primero, si no hubiera otros Budas, no podría salvar a todos los seres; el hecho de que los salve implica la existencia de innumerables Budas; segundo, si un solo Buda agotara a todos los seres, no habría necesidad de otros; pero como existe la función de salvar a otros, hay múltiples Budas; tercero, la capacidad de los Budas posteriores depende de los anteriores, como reyes que se suceden; cuarto, aunque el poder del Buda es capaz de salvar, es necesario que existan condiciones kármicas; si no hay afinidad, el ser no ve ni escucha al Buda, como el ciego no ve el sol; quinto, si los seres fueran finitos, el mundo sería limitado; por ello hay innumerables seres y, en consecuencia, innumerables Budas.
Pregunta: Si los seres son infinitos, ¿no implicaría esto que el Buda no puede salvarlos a todos?
Respuesta: El mundo no es ni finito ni infinito, trasciende las cuatro proposiciones. El Buda enseña a los seres a liberarse de estas concepciones, y eso es lo que se llama salvación. En realidad, no hay salvación ni no salvación, ni agotamiento ni no agotamiento. Es como en un sueño en el que alguien cruza un gran océano lleno de peligros; al despertar, comprende que no había tal travesía.
Cuarto, se duda de que el Buda posea la omnisciencia completa. Si conoce todos los dharmas, éstos serían limitados; si no los conoce todos, no sería omnisciente. Para contrarrestar esta duda se habla de la ‘sabiduría suprema, sin igual ni par’.
Esta sabiduría significa que la sabiduría de los seres ordinarios es ilusoria, mientras que la del Buda es verdadera, incomparable y suprema. Incluso los Bodhisattvas de alto nivel no la igualan.
Pregunta: En el nacimiento de la clase inferior se dice que ‘con diez pensamientos continuos se obtiene el renacimiento’. ¿Qué significa esto?
Respuesta: Es como una persona que huye de un enemigo armado y llega a un río; sólo piensa en cruzarlo sin distracción alguna. Ese pensamiento único y concentrado es una ‘mente’. Así, recitar al Buda sin distracción, pensamiento tras pensamiento, hasta diez veces, es lo que se llama ‘diez pensamientos continuos’.
Aunque parezca fácil, la mente del hombre es como un caballo salvaje o un mono inquieto. Por ello, debe cultivarse previamente la concentración mediante la fe, para que en el momento de la muerte no se disperse. Además, es conveniente que varios compañeros se apoyen mutuamente, ayudándose a recordar el nombre del Buda en los momentos finales, hasta completar los diez pensamientos.
Es como sellar barro con un sello de cera: el sello se rompe, pero la impresión permanece. Así, cuando la vida termina, es el momento del nacimiento en la Tierra de la Bienaventuranza. Una vez que se entra en la asamblea de la recta determinación, ya no hay nada que temer.