Bienvenido a la Tierra Pura de la Luz Serena, un recurso sobre el Verdadero Budismo (一乘佛教), y sus posteriores ramificaciones, a la luz de las Enseñanzas Perfectas y Completas (圓教). Aquí presentamos el Budismo como religión, filosofía y estilo de vida, con énfasis en la Budología (Teología Budista), aspirando a presentar el Budismo balanceadamente entre la academia (estudios budistas) y la devoción, desde el punto de vista de una escuela tradicional de Budismo Japonés (Tendai-Escuela del Loto Reformada) y las enseñanzas universales del Sutra del Loto (法華経).


martes, 9 de junio de 2026

El Sutra de los Votos Pasados del Bodhisattva Kshitigarbha: Séptimo Capítulo - Beneficiando a los Vivos y a los Muertos (Resumido y Recontado)

 


7

Beneficiando a los Vivos y a los Muertos

Después de que el Bodhisattva Samantavipula recibiera las enseñanzas sobre los méritos inconcebibles de Ksitigarbha, la gran asamblea permaneció reunida en el Palacio Celestial del Cielo Trayastrimsas. Los devas seguían derramando flores celestiales. Los Bodhisattvas permanecían inmóviles en profunda contemplación. El Buda irradiaba una serenidad que parecía envolver todos los mundos.

Entonces el Bodhisattva Ksitigarbha se levantó lentamente de su asiento. Inclinándose ante el Honrado por el Mundo, habló con voz profunda y llena de compasión:

—Honrado por el Mundo, observo constantemente a los seres de Jambudvipa. Veo cómo cada pensamiento que surge en sus corazones produce semillas de karma. Veo cómo luchan por avanzar hacia la virtud y cómo, una y otra vez, son arrastrados nuevamente hacia la confusión.

Mientras hablaba, parecía contemplar simultáneamente millones de vidas humanas. Veía comerciantes dominados por la codicia. Veía gobernantes cegados por el poder. Veía familias consumidas por disputas. Veía personas sinceras que comenzaban a practicar el Dharma y luego abandonaban su esfuerzo. Veía hombres y mujeres que obtenían una oportunidad para despertar, pero que terminaban distraídos por los placeres pasajeros del mundo. Entonces dijo:

—Aquellos que logran obtener algún mérito suelen apartarse de sus aspiraciones originales. Aquellos que encuentran influencias negativas ven cómo sus corazones son lentamente seducidos. Casi nunca caen de golpe; se desvían paso a paso.

El Buda escuchaba atentamente. Y toda la asamblea permanecía en silencio. Entonces Ksitigarbha utilizó una imagen extraordinariamente vívida.

—Los seres son como viajeros que cargan enormes piedras sobre sus espaldas mientras atraviesan un camino cubierto de barro.

Muchos devas levantaron la mirada.

—Con cada paso se hunden más profundamente. Cuanto más avanzan, más pesado se vuelve el fardo. Cuanto más pesado es el fardo, más difícil resulta caminar.

Mientras pronunciaba estas palabras, parecía que todos podían ver aquella escena. Un viajero agotado. Cubierto de sudor. Con las piernas hundidas en el lodo. Llevando una carga que aumenta a cada instante. 

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Sin embargo, algunas veces aparece una persona virtuosa.

La imagen cambió.  Ahora el viajero encontraba a alguien compasivo. Alguien más fuerte. Alguien que comprendía su sufrimiento.

—Esta persona puede ayudarlo a sostener la carga. Puede retirar algunas piedras. O incluso, gracias a su gran fuerza, puede cargar temporalmente todo el peso por él.

Muchos comprendieron inmediatamente la metáfora. La persona virtuosa representa a los Budas. A los Bodhisattvas. A los maestros espirituales. A los amigos de virtud. A todos aquellos que ayudan a los seres a liberarse de sus cargas kármicas. Pero Ksitigarbha añadió algo importante.

—Cuando el viajero finalmente alcanza tierra firme, debe recordar el sufrimiento que experimentó en el barro. Debe recordar las consecuencias de sus errores. Debe evitar volver voluntariamente al mismo camino.

Entonces el Bodhisattva dirigió la mirada hacia toda la asamblea.

—Del mismo modo, los seres suelen comenzar con pequeñas faltas.

Su voz se volvió grave.

—Una pequeña mentira. Una pequeña crueldad. Un pequeño robo. Un pequeño acto de ira.

La asamblea escuchaba atentamente.

—Pero si estas semillas no son detenidas, crecen. Y aquello que comenzó siendo pequeño se convierte en algo inmenso.

Entonces Ksitigarbha habló de la muerte. Y al hacerlo, el silencio se hizo aún más profundo.

—Por esta razón, cuando una persona está a punto de morir, sus familiares deberían realizar buenas obras en su nombre.

Muchos devas inclinaron la cabeza. Porque conocían la importancia de aquel momento. Ksitigarbha explicó que los familiares podían encender lámparas, ofrecer flores, levantar estandartes sagrados, recitar sutras y pronunciar los nombres de Budas y Bodhisattvas cerca del moribundo.

—Que los escuche —dijo—. Que esos nombres lleguen a su conciencia. Que la mente del moribundo sea tocada por las causas de la iluminación antes de abandonar este mundo.

Y entonces reveló algo profundamente consolador. Incluso si la persona había acumulado suficiente karma negativo para caer en los reinos del sufrimiento, aquellas causas virtuosas generadas por familiares sinceros podían aliviar enormemente las consecuencias futuras. 

Cuando el Bodhisattva Ksitigarbha terminó de explicar cómo las buenas obras realizadas en nombre de los moribundos podían ayudarlos en su tránsito hacia la próxima existencia, toda la asamblea quedó profundamente conmovida. Muchos devas recordaban a familiares que habían perdido en vidas pasadas. Muchos Bodhisattvas recordaban los incontables seres a quienes habían acompañado en el momento de la muerte. Y el propio Buda observaba a la multitud con una compasión que parecía abarcar todos los mundos. 

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Honrado por el Mundo, también deseo advertir a los seres de Jambudvipa acerca de algo que frecuentemente hacen por ignorancia cuando mueren sus seres queridos.

Su voz se volvió más grave. 

—Cuando un padre muere, cuando una madre abandona este mundo, cuando un esposo, una esposa o un hijo fallecen, muchas familias, dominadas por el dolor, realizan actos que creen beneficiosos, pero que en realidad sólo aumentan el sufrimiento de los difuntos.

La asamblea escuchó atentamente.

—Algunos sacrifican animales. Algunos derraman sangre. Algunos realizan ofrendas a espíritus errantes. Algunos buscan ayuda de demonios y entidades oscuras. Otros consultan prácticas equivocadas creyendo que así ayudarán a los muertos.

Ksitigarbha negó lentamente con la cabeza.

—Nada de esto beneficia al difunto.

El silencio se hizo más profundo.

—Por el contrario, estas acciones generan nuevo karma negativo precisamente en el momento en que el fallecido más necesita ayuda.

Entonces utilizó otra imagen.

—Es como un viajero agotado que ha caminado durante días llevando una carga inmensa. Apenas puede mantenerse en pie. Y cuando está a punto de llegar a un lugar seguro, alguien añade nuevas piedras sobre sus hombros.

Muchos de los presentes comprendieron inmediatamente. El difunto ya carga con el peso de su propio karma. Añadir nuevos actos negativos en su nombre sólo hace más difícil su camino. Entonces Ksitigarbha explicó algo extraordinariamente importante. Después de la muerte, la conciencia de muchos seres no encuentra inmediatamente un nuevo renacimiento. Existe un período de incertidumbre. Un período de transición. Un período durante el cual las consecuencias del karma están madurando.

—Durante cuarenta y nueve días —explicó— muchos de estos seres permanecen en gran ansiedad.

Los devas escuchaban atentamente.

—No saben con certeza cuál será su destino. Ignoran dónde renacerán. Perciben las fuerzas de sus acciones pasadas aproximándose. Y mientras los resultados de su karma son evaluados, viven en gran inquietud.

Muchos espíritus presentes en la asamblea recordaban haber atravesado aquel estado. Era una condición de incertidumbre. Una espera angustiosa. Una sensación de estar suspendidos entre dos vidas. Entonces Ksitigarbha reveló algo profundamente conmovedor.

—Durante esos cuarenta y nueve días, estos seres esperan constantemente ayuda de sus familiares.

La asamblea quedó en silencio.

—Esperan que alguien rece por ellos. Esperan que alguien genere mérito. Esperan que alguien realice actos virtuosos en su nombre. Porque incluso una pequeña luz resulta preciosa cuando uno se encuentra rodeado de oscuridad.

Entonces el Bodhisattva volvió la mirada hacia todos los presentes.

—Por eso digo que los familiares deben aprovechar esos cuarenta y nueve días para generar méritos sinceros. Deben recitar Sutras. Deben hacer ofrendas. Deben practicar la generosidad. Deben apoyar a la Sangha. Deben ayudar a los necesitados. Deben crear causas de virtud. Y luego dedicar esos méritos al difunto. Cada acto de bondad se convierte entonces en una lámpara encendida en medio de la oscuridad. Cada acto de generosidad se convierte en una ayuda para el viajero que atraviesa el valle de la muerte. Cada recitación del Dharma se convierte en una voz que llama al ser perdido hacia caminos más luminosos.

Pero entonces ocurrió algo interesante. De entre la asamblea se levantó un anciano extraordinario. Su apariencia era la de un hombre muy viejo, pero sus ojos brillaban con la sabiduría de incontables kalpas. Y tenía una pregunta que beneficiaría a innumerables generaciones futuras. No era un anciano ordinario. Era un gran Bodhisattva que había elegido manifestarse bajo aquella apariencia para beneficiar a los seres. Su nombre era Mahapratibhana, el Anciano de la Gran Elocuencia. Durante incontables kalpas había recorrido los Diez Mundos enseñando el Dharma y ayudando a innumerables seres a despertar la Mente de la Iluminación. 

Con las palmas juntas, inclinó respetuosamente la cabeza ante Ksitigarbha y preguntó:

—Gran Bodhisattva, cuando los seres de Jambudvipa mueren y sus familias realizan actos virtuosos en su nombre, ¿realmente reciben ellos algún beneficio? Si los familiares ofrecen alimentos vegetarianos a la Sangha, imprimen Sutras, realizan ofrendas o generan méritos, ¿pueden los difuntos abandonar los reinos del sufrimiento?

La pregunta era importante. Muchos devas escucharon atentamente. Muchos espíritus se acercaron. Porque era una duda que incontables seres humanos se harían durante generaciones. 

Entonces Ksitigarbha respondió:

—Anciano, mediante el poder del Buda explicaré brevemente esta cuestión para beneficio de los seres presentes y futuros.

La asamblea guardó silencio.

—Cuando una persona se encuentra próxima a morir, si logra escuchar aunque sea una sola vez el nombre de un Buda, de un Bodhisattva o de un Pratyekabuddha, ese contacto con la santidad genera una causa inmensamente poderosa. 

Muchos devas asintieron. Porque conocían el poder transformador de la mente en los últimos momentos de la vida.

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Incluso una persona que haya cometido numerosos errores puede recibir ayuda gracias a esa conexión con los seres iluminados.

 Pero inmediatamente añadió una enseñanza muy importante.

—Sin embargo, cuando los familiares realizan actos virtuosos después de la muerte, sólo una parte del mérito alcanza directamente al difunto.

Muchos quedaron sorprendidos. Entonces el Bodhisattva explicó:

—El difunto recibe aproximadamente una séptima parte del mérito generado.

Mahapratibhana escuchó atentamente.

—Las otras seis partes permanecen con quienes realizaron las buenas acciones.

Muchos comprendieron entonces una verdad profunda. Nadie puede transferir completamente su mérito a otro. El karma sigue siendo personal. La responsabilidad sigue siendo individual. La ayuda existe. La dedicación existe. La compasión existe. Pero cada ser debe finalmente caminar con sus propios pies.

Por ello Ksitigarbha dijo:

—Los seres no deberían esperar hasta la muerte para acumular méritos. Deben practicar mientras gozan de salud y poseen capacidad para hacerlo.

La asamblea aprobó estas palabras. Porque muchos seres pasan toda su vida posponiendo la práctica espiritual. Dicen: "Lo haré más adelante." "Lo haré cuando tenga tiempo." "Lo haré cuando sea viejo." Pero la muerte rara vez anuncia su llegada. Y precisamente entonces Ksitigarbha habló acerca de uno de los grandes misterios del tránsito entre vidas.

—La muerte llega de manera inesperada.

Muchos devas bajaron la mirada. Todos conocían esa verdad.

—Cuando una persona abandona el cuerpo, a menudo se encuentra confundida. No sabe dónde está. No comprende qué ha ocurrido. No conoce todavía cuál será su próximo destino.

El Bodhisattva hizo una pausa.

—Durante los cuarenta y nueve días posteriores a la muerte, muchos seres permanecen en estados de gran incertidumbre.

La asamblea escuchaba con total atención. 

—Su conciencia parece envuelta en niebla. No saben si ascenderán o descenderán. No saben qué karma prevalecerá. No saben qué destino les espera.

Entonces Ksitigarbha describió una escena conmovedora. Aquellos seres observan constantemente. Esperan. Buscan ayuda. Recuerdan a sus familias. Recuerdan a quienes amaron. Y desean desesperadamente que alguien genere méritos en su favor.

—Cada pensamiento de ellos —dijo Ksitigarbha— espera la llegada de una ayuda virtuosa.

Aquellas palabras llenaron de emoción a la asamblea. Porque mostraban la importancia de las acciones realizadas por los vivos. Una recitación. Una ofrenda. Una lámpara. Una obra de caridad. Una impresión de Sutras. Todo ello podía convertirse en una luz para quien atravesaba la oscuridad de la transición.

 El anciano Mahapratibhana permanecía inmóvil, escuchando cada palabra del Bodhisattva Ksitigarbha. A su alrededor, la inmensa asamblea celestial guardaba un silencio reverente. Nadie quería perder una sola sílaba de aquellas enseñanzas que revelaban los misterios del tránsito entre la vida y la muerte.

Entonces el Bodhisattva continuó:

—Anciano, existe además otro método mediante el cual los vivos pueden beneficiar a quienes han partido.

Su voz era suave y compasiva.

—Después de la muerte de padres, madres, hermanos, hermanas, esposos, esposas o cualquier ser querido, las familias pueden ofrecer alimentos puros al Buda y a la Sangha.

Muchos devas asintieron. Desde tiempos antiguos, las ofrendas de alimentos habían sido consideradas una de las formas más nobles de generosidad. Pero Ksitigarbha explicó que tales ofrendas debían realizarse con una actitud especial.

—La preparación de los alimentos debe hacerse con respeto y atención. No debe desperdiciarse nada.

Entonces comenzó a describir algo aparentemente simple, pero profundamente significativo.

—Ni siquiera las hojas de las verduras deben ser arrojadas negligentemente. Ni siquiera el agua utilizada para lavar el arroz debe desperdiciarse descuidadamente.

Muchos miembros de la asamblea comprendieron inmediatamente la enseñanza oculta. La diligencia espiritual no se expresa solamente en grandes ceremonias. También se manifiesta en los pequeños actos cotidianos. En la atención. En el cuidado. En la gratitud. En la reverencia hacia aquello que se ofrece.

Luego Ksitigarbha continuó:

—Nadie debe probar los alimentos antes de que hayan sido ofrecidos al Buda y a la Sangha.

El anciano Mahapratibhana escuchaba atentamente. Entonces el Bodhisattva explicó por qué.

—Si alguien consume las ofrendas antes de presentarlas adecuadamente, la pureza de la intención se debilita y el beneficio para los difuntos disminuye.

No se trataba simplemente de una regla ceremonial. Era una cuestión de sinceridad. La ofrenda debía realizarse con un corazón completamente entregado. Sin egoísmo. Sin apropiación. Sin distracción. Porque aquello que verdaderamente generaba mérito no era la comida en sí misma. Era la intención compasiva que la acompañaba. Entonces Ksitigarbha reveló nuevamente una enseñanza que había mencionado anteriormente.

—Cuando estas ofrendas se realizan correctamente, el difunto recibe una séptima parte del mérito generado.

Muchos devas reflexionaron sobre ello. Parecía una porción pequeña. Pero para un ser que se encontraba atravesando la incertidumbre de los estados posteriores a la muerte, incluso una pequeña cantidad de mérito podía convertirse en una diferencia inmensa. Una lámpara puede parecer pequeña. Pero para quien se encuentra perdido en una caverna oscura, una sola lámpara puede mostrar el camino. Así también sucede con el mérito. Una sola acción virtuosa realizada con sinceridad puede producir consecuencias mucho mayores de lo que los seres imaginan. Entonces Ksitigarbha volvió a dirigirse a toda la asamblea.

—Por ello, cuando vuestros padres, madres o seres queridos abandonen este mundo, no os consumáis únicamente en el llanto.

Muchos espíritus presentes inclinaron la cabeza. Porque conocían la profundidad del dolor humano.

—Las lágrimas nacidas del amor son naturales. Pero transformad también vuestro dolor en virtud.

Su voz parecía abrazar a todos los seres. 

—Recitad sutras. Haced ofrendas. Ayudad a los necesitados. Apoyad a la Sangha. Encended lámparas. Imprimid enseñanzas. Generad mérito. Y luego dedicad todo ello a quienes han partido. Porque el verdadero amor no termina en la tumba. El verdadero amor continúa actuando. Continúa ayudando. Continúa iluminando el camino de quienes han partido antes que nosotros.

Cuando Ksitigarbha terminó de hablar, ocurrió algo extraordinario. Toda la inmensa multitud de devas, espíritus, guardianes celestiales y seres sobrenaturales procedentes de Jambudvipa sintió una profunda transformación interior. Las palabras del Bodhisattva habían penetrado hasta lo más profundo de sus corazones. Comprendieron la fragilidad de la vida. Comprendieron la realidad del karma. Comprendieron la importancia de la compasión. Comprendieron el valor de cada acto virtuoso. Y entonces, como una sola mente, innumerables seres despertaron el Bodhicitta. El Gran Corazón de la Iluminación. El deseo supremo de alcanzar la Budeidad para liberar a todos los seres.

Los cielos parecieron iluminarse aún más. Flores celestiales descendieron nuevamente desde las alturas. Los sonidos de instrumentos invisibles llenaron el espacio. Y el anciano Mahapratibhana, profundamente conmovido, juntó las palmas de sus manos y realizó una reverencia ante Ksitigarbha. No formuló más preguntas. Porque había recibido exactamente la enseñanza que buscaba. Había comprendido que la muerte no es el final. Que el karma continúa. Que el mérito puede compartirse. Que la compasión puede atravesar los mundos. Y que incluso después de la muerte, los lazos de bondad y amor pueden convertirse en puentes hacia la liberación.

Entonces el anciano se retiró silenciosamente. Y la gran asamblea permaneció contemplando al Bodhisattva Ksitigarbha, cuya compasión descendía hasta los infiernos y cuya misericordia alcanzaba incluso a aquellos que ya habían abandonado este mundo.

domingo, 7 de junio de 2026

Budismo de Fe Sola: Las Enseñanzas Tierra Pura del Maestro Seikaku - Traducción

 


Tratado de la Fe Sola

Seikaku

Cuando las personas aspiran a liberarse del nacimiento y la muerte y alcanzar la Iluminación, se abren ante ellas dos rutas: la puerta del Camino de los Sabios y la puerta de la Tierra Pura. El Camino de los Sabios consiste en realizar prácticas y acumular méritos mientras se vive en este Mundo Saha, esforzándose por alcanzar la iluminación en esta misma vida. Quienes practican la enseñanza Shingon aspiran a elevarse al estado de la Iluminación con este mismo cuerpo; todos los seguidores que se esfuerzan en la escuela Tendai buscan alcanzar en esta vida la Iluminación conocida como “el estado de purificación de los seis órganos sensoriales”. Aunque tal es, ciertamente, el objetivo final de la enseñanza del Camino de los Sabios, puesto que el mundo ha llegado a la edad del Dharma corrompido y ha entrado en el período de impureza, ni siquiera una sola persona entre millones puede alcanzar la Iluminación en esta vida presente. Por ello, quienes se esfuerzan en la puerta del Camino de los Sabios en la era actual se fatigan y retroceden en su intento de alcanzar la iluminación de convertirse en Buda con este mismo cuerpo. En remota expectativa del nacimiento en este mundo de Maitreya, el Compasivo, miran hacia el cielo del amanecer de cinco mil seiscientos setenta millones de años en el futuro; o, aguardando la aparición de Budas aún posteriores, se pierden en las nubes de la noche de incontables transmigraciones durante innumerables kalpas. O simplemente anhelan los lugares sagrados del Pico del Buitre o del Monte Potalaka, donde mora Avalokiteshvara, o la pequeña recompensa de otro nacimiento como seres celestiales o humanos. Aunque cualquier vínculo espiritual con la enseñanza budista es admirable, la iluminación inmediata parece completamente fuera de esperanza. Aquello que se anhela permanece dentro de los tres mundos, y aquello que se espera sigue siendo vida dentro de la transmigración. ¿Por qué habrían de emprender mucha práctica y cultivar entendimiento buscando una recompensa tan pequeña? En verdad, ¿no es esto resultado de que el Dharma sea demasiado profundo y nuestro entendimiento demasiado superficial, habiéndonos alejado tanto del Gran Sabio Shakyamuni?

La segunda es la puerta de la Tierra Pura, en la cual, dirigiendo el mérito de la práctica en esta vida presente, uno aspira a renacer en la próxima vida en la Tierra Pura, para cumplir allí las prácticas del Bodhisattva y convertirse en Buda. Esta puerta responde a las necesidades de las personas de estos últimos días; es verdaderamente un camino maravilloso. Pero esta puerta se divide a su vez en dos: el nacimiento mediante diversas prácticas y el nacimiento mediante el Nembutsu.

“Nacimiento mediante diversas prácticas” significa aspirar a nacer en la Tierra Pura mediante la observancia de la piedad filial hacia los padres, el servicio al maestro y a los mayores, el mantenimiento de los cinco preceptos o los ocho preceptos, y la práctica de la caridad y la paciencia, así como también mediante prácticas tales como los Tres Actos Místicos del Shingon o el ejercicio meditativo del Vehículo Único del Tendai. Uno puede alcanzar el nacimiento mediante estas prácticas, pues todas ellas, sin excepción, no son otra cosa que prácticas para el nacimiento en la Tierra Pura. Pero en todas ellas uno aspira al nacimiento aplicándose incesantemente a las prácticas, por lo cual se las llama “nacimiento mediante el poder propio”. Si las prácticas se realizan de manera insuficiente, es imposible alcanzar el renacimiento. No concuerdan con el Voto Primal del Buda Amida; no son iluminadas por el resplandor del abrazo del Buda Amida.

“Nacimiento mediante el Nembutsu” es aspirar al Renacimiento diciendo el Santo Nombre del Buda Amida. Debido a que esto concuerda con el Voto Primal del Buda, se le llama el acto de verdadero establecimiento; puesto que uno es atraído únicamente por el poder del Voto de Amida, se le llama Renacimiento mediante el Otro Poder. Si alguien pregunta por qué la pronunciación del Santo Nombre concuerda con el Voto Primal del Buda, debemos recordar el origen del Voto. En el pasado remoto, antes de que Amida se convirtiera en Buda, era llamado el Bhikshu Dharmakara. En aquel tiempo había un Buda llamado Buda Lokeshvararaja. Cuando el Bhikshu Dharmakara ya había despertado el pensamiento de la Iluminación, deseó morar en una Tierra Pura y beneficiar a los seres sintientes, y presentándose ante el Buda dijo: “Ya he despertado el pensamiento de la iluminación y deseo establecer una tierra búdica de pureza. Que el Buda, por mi bien, enseñe plenamente las innumerables y maravillosas prácticas para adornar la Tierra Pura”. Entonces el Buda Lokeshvararaja enseñó completamente lo bueno y lo malo de los seres humanos y celestiales en las tierras puras de veintiún mil millones de Budas, así como los aspectos burdos y maravillosos de cada una de las tierras, revelando plenamente cada una de ellas.

El Bhikshu Dharmakara escuchó y contempló aquellas tierras, y discerniendo lo malo tomó lo bueno; rechazando lo burdo, aspiró a lo maravilloso. Por ejemplo, discernió y rechazó las tierras que contenían los Tres Malos Caminos, y pidió y seleccionó en el Primer Voto un mundo en el cual esos tres caminos no existieran. Debemos comprender que todos los demás Votos fueron establecidos de esta manera. Así, eligió las cualidades supremas de entre las tierras puras de veintiún mil millones de Budas y estableció la Tierra Pura de la Bienaventuranza. Es como si las flores de cerezo fueran hechas florecer sobre las ramas de los sauces, o como si aquellos paisajes renombrados, la Playa de Kiyomi y la Bahía de Futami, fuesen colocados juntos. Esta selección no fue hecha a partir de una consideración breve; fue el resultado de una contemplación durante el transcurso de cinco kalpas.

Así, Dharmakara juró crear una Tierra Pura sumamente maravillosa y adornada de pureza, y además contempló: “La creación de esta tierra tiene por fin guiar a todos los seres sintientes. Aunque la tierra sea exquisita, si resulta difícil para los seres nacer allí, ello iría contra la intención de la gran compasión y del gran voto. Al buscar determinar la causa especial para nacer en la Tierra Pura de la Bienaventuranza, ninguna entre todas las diversas prácticas es fácil de realizar. Si yo eligiera la piedad filial hacia los padres, quienes carecen de piedad no podrían nacer; si adoptara la recitación de los Sutras Mahayana, los analfabetos no tendrían esperanza; si determinara que la caridad y la observancia de los Preceptos fueran el acto causal, los seguidores tacaños y codiciosos o aquellos que quebrantan los Preceptos quedarían excluidos; si hiciera de la paciencia o del esfuerzo el acto que resulta en el nacimiento, aquellos dados a la ira o a la pereza serían completamente abandonados. Las demás prácticas son todas igualmente así. Por tanto, a fin de que todos los seres necios, tanto buenos como malos, puedan nacer igualmente y todos puedan aspirar a la Tierra Pura de la Bienaventuranza, haré simplemente de la pronunciación de los tres caracteres del Nombre, A-mi-da, la causa especial para nacer allí”.

Así completó cinco kalpas de profunda contemplación y, ante todo, estableció el Decimoséptimo Voto: que todos los Budas pronunciaran y alabaran el Santo Nombre. Es importante comprender esto a fondo con respecto al Voto. Puesto que buscaba guiar a los seres sintientes en todas partes mediante su Santo Nombre, juró que su Nombre fuese alabado como primer paso. Si no fuera así, dado que el Buda no desea renombre, ¿qué necesidad habría de ser alabado por todos los Budas? Por ello se dice:

"El Nombre Sagrado del Tathagata es sumamente distinto y claro;
a través de los mundos en las diez direcciones prevalece.
Solamente aquellos que dicen el Santo Nombre alcanzan todos el Renacimiento;
Avalokiteshvara y Mahasthamaprapta vienen ellos mismos a recibirlos."

Luego estableció el Decimoctavo Voto, el Voto del nacimiento mediante el Nembutsu, en el cual declaró que guiaría incluso a las personas de diez pronunciaciones. Cuando reflexionamos cuidadosamente sobre ello, este Voto es verdaderamente vasto y profundo. Puesto que el Nombre está compuesto solo de tres caracteres, es fácil conservarlo incluso para alguien tan necio como Panthaka, discípulo de Shakyamuni; y en su pronunciación no hay diferencia alguna si uno está caminando, de pie, sentado o acostado, ni se discrimina respecto al tiempo, lugar o circunstancia, ni se hace distinción entre laico y monje, hombre y mujer, anciano y joven, bueno y malo. ¿Quién, entonces, queda excluido? Por eso se dice:

"El Buda, en la etapa causal, hizo el Voto universal:
cuando los seres escuchen mi Nombre y piensen en mí, vendré a recibir a cada uno de ellos,
sin discriminar en absoluto entre pobres y ricos, entre humildes y bien nacidos,
sin discriminar entre los inferiores y los altamente dotados;

"Sin elegir a los eruditos y a quienes mantienen Preceptos puros,
ni rechazar a quienes quebrantan los Preceptos y cuyo karma maligno es profundo.
Cuando los seres simplemente vuelven su corazón y dicen a menudo el Nembutsu,
es como si fragmentos de escombros se transformaran en oro.

"Esto es el nacimiento mediante el Nembutsu".

El Bodhisattva Nagarjuna afirma en su Comentario sobre las Diez Etapas del Bodhisattva: "En la práctica del Camino del Buda hay un camino de práctica difícil y un camino de práctica fácil. El camino de práctica difícil es como ir por tierra a pie; el camino fácil es como recibir un viento favorable en las rutas del mar. El camino difícil consiste en buscar alcanzar el estado de no retroceso dentro del mundo de las cinco impurezas; el camino fácil consiste en renacer en la Tierra Pura por virtud de simplemente confiarse al Buda."

El camino difícil es la puerta del Camino de los Sabios; el camino fácil es la puerta de la Tierra Pura. Al pensar en ello, me parece que quienes entran por la puerta de la Tierra Pura y, sin embargo, se esfuerzan en diversas prácticas para el nacimiento, son como aquellos que viajan en una barca por las rutas del mar, pero, al no recibir viento favorable, empujan los remos y gastan sus fuerzas, yendo contra las mareas y forzando su paso entre las olas.

Además, en esta puerta del nacimiento mediante el Nembutsu se distinguen dos prácticas: la práctica única y la práctica miscelánea. La práctica única consiste simplemente en realizar la única práctica del Nembutsu, despertando la aspiración por la Tierra Pura de la Bienaventuranza y la fe de confiarse al Voto Primal, sin mezclar ninguna otra práctica con ella. Decir solo el Santo Nombre de Amida y pensar de todo corazón en este único Buda, sin sostener otras fórmulas ni pensar en otros Budas y Bodhisattvas, se llama práctica única. La práctica miscelánea, aunque toma el Nembutsu como principal, coloca otras prácticas junto a él e incluye otras formas de actos buenos. De estas dos, la práctica única debe considerarse superior. La razón es la siguiente. Si uno ya aspira de todo corazón a la Tierra Pura de la Bienaventuranza, ¿por qué incluir otras cosas además de contemplar al señor de esa tierra? La vida es como un relámpago o como una gota de rocío al amanecer, y el cuerpo como el árbol de plátano o una burbuja; sin embargo, uno busca, en una mera vida de práctica religiosa, partir inmediatamente de su larga morada en los cinco cursos. ¿Cómo puede uno combinar tranquilamente prácticas diversas?

Para asegurar vínculos espirituales con los Budas y Bodhisattvas, uno debe esperar la mañana en que pueda hacer ofrendas a los Budas como desee; para los principios esenciales de las Escrituras Mahayana y Hinayana, uno debe esperar la tarde en que todas las enseñanzas serán iluminadas. Aparte de aspirar a una sola tierra y pensar en un solo Buda, no hay otra necesidad. Las personas que entran por la puerta del Nembutsu pero lo combinan con otras prácticas están apegadas a sus prácticas anteriores y encuentran difícil abandonarlas. Quienes sostienen el Vehículo Único o practican los Tres Actos Místicos no cambian su aspiración de alcanzar el nacimiento en la Tierra Pura dirigiendo los méritos de tales prácticas, y se preguntan qué puede haber de malo en seguirlas junto con el Nembutsu. Sin esforzarse en el Nembutsu de práctica fácil que concuerda con el Voto Primal, carece de sentido seguir diversas prácticas rechazadas por el Voto Primal. Así declaró el Maestro Shandao: “Entre quienes abandonan la práctica única y se inclinan hacia lo misceláneo, ni uno entre mil puede nacer; entre quienes practican la práctica única, cien de cien, mil de mil, pueden nacer”. Se dice:

"La Tierra Pura de la Bienaventuranza es el Reino del Nirvana, lo increado;
temo que sea difícil nacer allí haciendo diversos actos buenos según nuestras distintas condiciones.
Por ello, el Tathagata seleccionó el Dharma esencial,
instruyendo a los seres a decir el Santo Nombre de Amida con unicidad, una y otra vez con unicidad."

Aquello que se rechaza como “diversos actos buenos hechos según las propias condiciones” es el apego a la propia práctica anterior. Por ejemplo, al servir como vasallo, uno debe servir a su señor, depender de él y serle leal de todo corazón. Sin embargo, supongamos que una persona, aunque aparentemente sirve a su señor, además alberga intenciones respecto a una persona desconocida y distante, y arreglando que esta se encuentre con su señor, busca que ella hable bien de él. Comparado con servir directamente, cuál es superior y cuál inferior se conoce con claridad. Ser de dos mentes y ser de una sola mente son tan vastamente diferentes como el cielo y la tierra.

Con respecto a esto, alguien pregunta: “Supongamos que hay una persona que practica el Nembutsu, recitándolo diez mil veces cada día, y aparte de eso no hace nada sino jugar todo el día y dormir toda la noche; y otra persona que lo dice diez mil veces y después lee Sutras y recita los nombres de otros Budas: ¿cuál es superior? En el Sutra del Loto aparece la frase: ‘por virtud de este sutra uno nace en la tierra de paz’. ¿Puede la lectura de este sutra ser lo mismo que jugar y divertirse? En el Sutra de Yakushi se encuentra la guía de ocho Bodhisattvas. Pensar en el Buda Yakushi ciertamente no es como dormir inútilmente. Aún no puedo comprender que se alabe una cosa como práctica única y se rechace la otra como práctica miscelánea”.

Al considerar nuevamente este asunto, la práctica única sigue siendo superior. La razón es que somos esencialmente seres necios de este mundo contaminado, que experimentamos obstáculos en todas las cosas. Amida, observando esto, enseñó el camino de práctica fácil. Quien juega y se divierte todo el día es una persona de gran distracción y confusión. Quien duerme toda la noche es una persona de gran letargo. Todo ello son consecuencias de las pasiones ciegas, difíciles de cortar y difíciles de controlar. Cuando haya terminado el juego, di el Nembutsu; cuando despiertes del sueño, recuerda el Voto Primal. Esto no viola la realización de la práctica única.

Recitar el Nembutsu diez mil veces y después mantener en la mente otros Sutras y otros Budas parece espléndido al escucharlo por primera vez, pero ¿quién determinó que el Nembutsu debía limitarse a diez mil veces? Si eres una persona diligente, entonces recita todo el día. Si tomas el rosario, entonces pronuncia el Santo Nombre de Amida. Si miras hacia un objeto de veneración, entonces escoge la imagen de Amida. Espera directamente la venida de Amida; ¿por qué depender de los ocho Bodhisattvas para que dirijan tu camino? Debes apoyarte únicamente en la guía del Voto Primal. No luches por emprender los ejercicios del Vehículo Único de Tendai. En las capacidades de los practicantes del Nembutsu hay superiores, ordinarios e inferiores. Los de naturaleza superior dicen constantemente el Nembutsu tanto de noche como de día; ¿en qué intervalo, entonces, podrían volver su atención hacia otros Budas? Debes reflexionar profundamente sobre esto y no quedar enredado en dudas dispersoras.

Luego, al decir el Nembutsu, debes poseer los tres corazones. Con la simple pronunciación del Nombre, ¿quién no podría obtener la virtud de una o de diez pronunciaciones? Sin embargo, aquellos que alcanzan el Renacimiento son sumamente raros, y la razón es que las personas no poseen los tres corazones. El Sutra de la Contemplación afirma: “La persona que posee los tres corazones nacerá sin falta en aquella tierra”. Shandao dice en su comentario: “Si uno posee estos tres corazones, alcanzará infaliblemente el Renacimiento. Si falta uno de estos corazones, entonces no se alcanza el nacimiento”. Esto significa que, si a una persona le falta uno de los tres corazones, no puede nacer. Aunque son muchos los que dicen el Santo Nombre de Amida en este mundo, raros son quienes realmente alcanzan el Renacimiento. Debes saber que esto se debe a que no poseen los tres corazones.

En cuanto a estos tres corazones: el primero es el corazón de sinceridad; este es el corazón y la mente verdaderos y reales. Al entrar en el Camino del Buda, uno debe, ante todo, tener un corazón sincero; si el corazón no es sincero, es imposible avanzar. En el pasado, el Buda Amida cumplió las prácticas del Bodhisattva y estableció la Tierra Pura; al hacer esto, despertó el corazón sincero. Por tanto, si deseas nacer en aquella tierra, también debes despertar un corazón sincero. En cuanto a este corazón y mente verdaderos y reales, uno debe abandonar aquello que es falso e irreal, y manifestar aquello que es verdadero y real. En efecto, aunque no tengamos una aspiración profunda por la Tierra Pura, al encontrarnos con otros hablamos como si tuviéramos aspiraciones profundas. Aunque interiormente estamos hondamente apegados a la fama y al provecho en esta vida, exteriormente mostramos rechazo por este mundo. Aunque en la superficie actuamos como si tuviéramos un buen corazón y fuéramos nobles, dentro tenemos un corazón maligno y un corazón entregado a la autocomplacencia. Esto se llama un corazón y una mente vacíos y transitorios, lo opuesto al corazón y la mente verdaderos y reales. Debes apartarte de esto y aferrar firmemente el corazón y la mente verdaderos y reales.

Una persona que comprende esto erróneamente, diciendo que, si todas las cosas no son como parecen ser, entonces bien podrían ser vacías y transitorias, expone ante otros incluso aquello que debería ser asunto de reserva y vergüenza, y, por el contrario, invita las faltas de la autocomplacencia y de la desvergüenza. En cuanto al corazón y la mente verdaderos y reales, al buscar la Tierra Pura, rechazar este mundo contaminado y confiarse al Voto del Buda, uno debe poseer tal corazón y mente. Esto no significa necesariamente manifestar abiertamente la vergüenza ni hacer exhibición de las propias faltas. Debes reflexionar profundamente sobre esto en todas las circunstancias y en todas las ocasiones. El comentario de Shandao afirma: “No expreses exteriormente signos de sabiduría, bondad o diligencia, mientras interiormente posees falsedad”.

El segundo es el corazón profundo, el corazón de confianza. Primero debes conocer las características del corazón de confianza. El corazón de confianza consiste en tener fe profunda en las palabras de alguien, sin dudar de ellas. Por ejemplo, supongamos que un hombre en quien confías profundamente y de quien no tienes causa alguna de sospecha te habla de un lugar que conoce bien de primera mano, diciendo que allí hay una montaña y allí un río. Tú crees profundamente lo que dice, y después de haber aceptado estas palabras te encuentras con otras personas que dicen que todo eso es falso. No hay ninguna montaña ni ningún río. No obstante, puesto que lo que oíste fue dicho por una persona de quien no puedes pensar que diría una mera invención, aunque cien mil personas te dijeran lo contrario, no lo aceptarías. Más bien, confiarías profundamente en lo que escuchaste primero. A esto se le llama confianza. Ahora bien, creer en lo que Shakyamuni enseñó, confiarte al Voto de Amida y estar sin ninguna duda debe ser así.

Hay dos aspectos concernientes a este corazón de confianza: el primero es creer que uno mismo es un ser necio de karma contaminado, sujeto al nacimiento y la muerte, que desde incalculables kalpas pasados se hunde constantemente y gira constantemente, sin ninguna condición que pudiera conducirlo a la liberación. El segundo es creer profunda y decisivamente que, puesto que uno no duda que los Cuarenta y Ocho Votos de Amida abrazan a los seres sintientes, uno cabalga sobre el poder de ese Voto y alcanzará sin falta el nacimiento. Las personas dicen a menudo: “No es que no crea en el Voto del Buda, pero cuando reflexiono sobre mí mismo veo que mis obstáculos kármicos se han acumulado grandemente y que la aparición de un buen corazón es rara. Mi mente está siempre distraída y es imposible alcanzar la concentración unificada. Siempre soy negligente y carezco de diligencia. Aunque se diga que el Voto del Buda es profundo, ¿cómo podría el Buda recibirme a mí?”. Tales pensamientos parecen verdaderamente sensatos; no surge arrogancia y no existe presunción. Sin embargo, allí está la falta de dudar del poder inconcebible del Buda. ¿Acaso se conoce qué poder posee el Buda cuando uno dice que, debido a su mal kármico, es imposible ser salvado? Incluso aquellos malhechores que cometen las cinco ofensas graves, debido a diez pronunciaciones, alcanzan el nacimiento en un instante; cuánto más aquellos que nunca llegan a cometer las Cinco Ofensas Graves, y cuyo mérito supera con mucho el de diez pronunciaciones.

Si el mal kármico es profundo, aspira aún más a la Tierra Pura de la Bienaventuranza. Se dice: “Ni rechazar a quienes quebrantan los preceptos y cuyo karma maligno es profundo”. Si tu bien es escaso, piensa aún más en Amida. Se dice: “Con tan solo tres o cinco pronunciaciones, el Buda viene a recibirnos”. No te desprecies inútilmente, no debilites tu corazón ni dudes de la sabiduría del Buda, que supera la comprensión conceptual. Supongamos que hay un hombre al pie de un alto precipicio, incapaz de escalarlo, pero hay un hombre fuerte en lo alto del precipicio que baja una cuerda y, pensando hacer que el hombre de abajo la tome, le dice que lo atraerá hasta la cima. Sin embargo, el hombre de abajo retira los brazos y se niega a tomar la cuerda, dudando de la fuerza del hombre que tira y temiendo que la cuerda sea débil. Así, le resulta completamente imposible subir hasta la cima. Si siguiera sin vacilar las palabras del hombre, extendiera las manos y aferrara la cuerda, podría subir de inmediato. Es difícil para las personas que dudan del Poder del Buda y que no se confían al poder del Voto subir el precipicio de la iluminación. Uno debe simplemente extender la mano de la confianza y tomar la cuerda del Voto.

El poder del Buda no tiene límites; incluso la persona hondamente cargada de mal kármico nunca es demasiado pesada. La sabiduría del Buda no tiene confines; incluso aquellos cuyas mentes están distraídas y entregadas a la autocomplacencia nunca son rechazados. Solo el corazón de confianza es esencial. No hay necesidad de considerar nada más. Cuando la confianza se ha establecido, los tres corazones son poseídos naturalmente. Cuando el confiarse al Voto Primal es verdadero y sincero, no hay corazón vacío y transitorio. Cuando no hay duda en la anticipación del propio nacimiento en la Tierra Pura, surge el pensamiento de dirigir el mérito hacia ella. Por tanto, aunque los tres corazones parezcan diferir entre sí, todos están incluidos en el corazón de confianza.

El tercero es el corazón que aspira a renacer en la Tierra Pura mediante la dirección del mérito. El término se explica por sí mismo; por tanto, no necesito explicarlo en detalle. Consiste en transferir el mérito de los tres modos de acción del pasado y del presente, y aspirar a nacer en la Tierra Pura de la Bienaventuranza.

Luego, el texto del Voto Primal dice: “Si los seres sintientes dicen mi Santo Nombre incluso diez veces y, sin embargo, no alcanzan el nacimiento, que yo no alcance la suprema iluminación”. En cuanto a estos diez nen, algunas personas tienen dudas y dicen: “La persona que tiene un pensamiento de regocijo en el Sutra del Loto alcanza profundamente la verdad última, que no es ni acomodada ni real. ¿Por qué se entiende que los ‘diez nen’ del Voto son pronunciaciones del Santo Nombre?”. Para responder a esta pregunta: al describir la naturaleza de las personas del grado inferior en el rango inferior, el Sutra de la Contemplación afirma: “Al llegar el momento de la muerte, una persona culpable de las cinco ofensas graves y de las diez transgresiones, y cargada con toda clase de mal, sigue por primera vez el aliento de un verdadero maestro, apenas dice el Santo Nombre diez veces y nace de inmediato en la Tierra Pura”. Esto no significa en absoluto contemplación silenciosa ni reflexión profunda; es simplemente decir el Santo Nombre con los labios. El Sutra afirma: “Si no puedes pensar...”. Esto tiene el sentido de no pensar profundamente. También afirma: “Di el Nombre del Buda de Vida Inmensurable”. Esto nos anima simplemente a decir el Nombre del Buda. El sutra afirma: “Cuando dices Namu Muryoju Butsu —literalmente, ‘Me Refugio en el Buda de la Vida Inmensurable’— diez veces, debido a que dices el Santo Nombre del Buda, con cada pronunciación se elimina el karma maligno de ocho mil millones de kalpas de nacimiento y muerte”. Las palabras “diez veces” significan simplemente decir el Nombre diez veces. Debes comprender de esta manera el texto del Voto Primal. El Maestro Shandao realizó profundamente este sentido y reformuló el Voto Primal: “Si, cuando alcance la Budeidad, los seres sintientes de las diez direcciones dicen mi Santo Nombre tan solo diez veces y, sin embargo, no nacen, que yo no alcance la Suprema Iluminación”. Las palabras “diez veces” significan recitar con los labios.

Luego, algunas personas dicen también: “El Nembutsu en el momento de la muerte contiene una virtud profunda. Extinguir las Cinco Ofensas Graves en diez pronunciaciones es el poder del Nembutsu en el momento de la muerte. El Nembutsu de los tiempos ordinarios carece de tal poder”.

Al reflexionar sobre esto: es verdad que el Nembutsu en el momento de la muerte es particularmente excelente en virtud. Sin embargo, es necesario comprender esto plenamente. Cuando las personas están a punto de morir, cien sufrimientos las asaltan y la rectitud de la mente se perturba fácilmente. En tal momento, ¿cómo es que pensar en el Buda posee gran virtud? Al considerar esto, cuando uno está gravemente enfermo, se acerca al final y su vida está en peligro, es fácil que la confianza surja naturalmente. Al observar realmente los hábitos de las personas, vemos que cuando no tienen problemas no confían en médicos ni adivinos, pero cuando están gravemente enfermas ponen plena confianza en ellos. Si se les dice que la enfermedad será curada con cierto tratamiento, las personas creen que verdaderamente será curada; incluso tragarán medicina amarga y se someterán a tratamientos dolorosos. Cuando se les dice que vivirán más tiempo si realizan cierta ceremonia, no escatiman gasto alguno y gastan sus energías en ceremonias y oraciones. Así, debido a que su apego a la vida es profundo, si se les dice que pueden prolongarla, tienen una confianza profunda.

El Nembutsu en el momento de la muerte debe comprenderse de esta manera. Cuando sientes que ha llegado el momento final de la vida y que no vivirás, el sufrimiento de tu próxima vida aparece de pronto: el carro ardiente del infierno se acerca, o demonios atormentadores llenan tus ojos. Pensando en cómo evitar tal sufrimiento y escapar de tal terror, oyes de un verdadero maestro acerca del logro del nacimiento mediante diez pronunciaciones; de pronto surge en ti un corazón de confianza profundo y decisivo, y no tienes duda alguna. Debido a que la revulsión contra el sufrimiento es fuerte y el deseo de felicidad intenso, uno despierta inmediatamente el corazón de confianza al oír que el nacimiento en la Tierra Pura de la Bienaventuranza está cercano. Es como confiar en un médico o en un exorcista al escucharlos decir que la vida será prolongada. Si uno posee este corazón, aunque no sea su último momento —si el corazón de confianza está establecido— la virtud de cada pronunciación en tiempos ordinarios es igual al Nembutsu en el momento de la muerte.

Luego, las personas dicen a menudo: “Aunque me confíe al poder del Voto de Amida y aspire a nacer en la Tierra Pura de la Bienaventuranza, es difícil conocer mi karma contaminado de vidas pasadas. ¿Cómo puedo alcanzar el nacimiento con tanta facilidad? Existen diversas clases de obstáculos kármicos. El karma ‘subsiguiente’ no necesariamente produce su efecto durante la vida en la cual fue creado, sino que puede dar fruto en vidas futuras. Así, aunque ahora hayamos recibido nacimiento en una vida humana, podemos poseer, sin saberlo, el karma que conduce a los malos caminos. Si el poder de tal karma es fuerte y ocasiona nacimiento en los malos cursos, ¿no será difícil alcanzar el Renacimiento en la Tierra Pura?”.

Aunque el sentido de esto parece bastante razonable, tales personas son incapaces de cortar la red de la duda y crean por sí mismas visiones engañosas. El karma, en mayor o menor medida, puede compararse con una balanza. Esta se inclina hacia el peso más pesado. Si el poder de mi karma para nacer en los malos cursos fuera fuerte, entonces no habría nacido en una vida humana, sino que habría caído primero en los malos caminos. Esto queda claro por el hecho de haber recibido ya nacimiento en una vida humana: aunque podamos poseer karma para los malos cursos, ese karma es más débil que la observancia de los cinco preceptos que produjo nuestro nacimiento en una vida humana. Si esto es así, tal karma no puede obstruir siquiera los cinco preceptos; ¿cómo podría obstruir la virtud de diez pronunciaciones? Los Cinco Preceptos son actos de seres contaminados; el Nembutsu es una virtud libre de contaminación. En los Cinco Preceptos no se encuentra ayuda alguna del Voto del Buda, pero somos guiados a decir el Nembutsu por el Voto Primal de Amida. Además, la virtud del Nembutsu es superior incluso a los diez preceptos y supera todo el bien de los Tres Mundos. ¿Cuánto más supera, entonces, el escaso bien de los cinco preceptos? Si el mal karma no obstruye siquiera los Cinco Preceptos, jamás puede ser un obstáculo para el Renacimiento.

Luego, las personas dicen nuevamente: “El logro del Renacimiento mediante diez pronunciaciones por parte de personas culpables de las Cinco Ofensas Graves se produce gracias a su bien pasado. Es difícil poseer tal bien pasado. ¿Cómo podemos nosotros alcanzar el Renacimiento?”.

También aquí, porque están perdidas en la oscuridad de la necedad, entretienen vanamente tales dudas inútiles. La razón es que aquellos llenos de bien pasado cultivarán también el bien en esta vida y temerán cometer actos malos. Aquellos escasos de bien pasado preferirán los actos malos en esta vida y no realizarán el bien. Conocemos claramente lo bueno y lo malo del karma pasado por el modo en que esta vida es llevada. Sin embargo, carecemos de un corazón puro, y por eso sabemos que nuestro bien pasado es mínimo. Pero aunque nuestro mal kármico sea pesado, no cometemos las Cinco Ofensas Graves; y aunque nuestros actos buenos sean pocos, nos confiamos profundamente al Voto Primal. Incluso las diez pronunciaciones de alguien culpable de las Cinco Ofensas Graves se producen gracias al bien pasado de esa persona. ¿Cómo podría ser, entonces, que decir el Santo Nombre durante toda la vida no se deba también al bien pasado? ¿Cómo podemos pensar que las diez pronunciaciones de alguien culpable de las Cinco Ofensas Graves se deben al bien pasado, mientras que nuestro propio decir el Nombre durante toda una vida procede de un bien pasado superficial? Un poco de sabiduría es un obstáculo para la iluminación, así se dice; verdaderamente, aquí tenemos un ejemplo.

Luego, algunos que siguen el camino del Nembutsu dicen: “La esencia del camino hacia el Renacimiento en la Tierra Pura es un corazón confiado. Una vez que este corazón de confianza ha quedado establecido, no siempre es necesario recitar el Nembutsu. El Sutra enseña: ‘decirlo incluso una vez’; por tanto, se entiende que una sola pronunciación es suficiente. Cuando uno busca acumular muchas pronunciaciones, eso es, por el contrario, una falta de confianza en el Voto del Buda”. Así, se burlan grandemente y calumnian gravemente a quienes recitan el Nembutsu, diciendo que son personas que no creen verdaderamente en el Nembutsu.

Estas personas, ante todo, abandonan todas las prácticas Mahayana en nombre de la “práctica única del Nembutsu”, y luego, adhiriéndose a la doctrina de la “llamada única”, dejan de decir el Nembutsu. Este es el medio que los demonios han usado para engañar a los seres sintientes de esta Era final del Dharma. En tales explicaciones hay puntos buenos y malos. En principio, la afirmación de que una sola pronunciación basta como acto para el Renacimiento en la Tierra Pura es perfectamente verdadera; sin embargo, es ir demasiado lejos decir que la acumulación de un gran número de pronunciaciones muestra la falta de un corazón confiado. Sí muestra, no obstante, una falta de corazón confiado si uno cree que una pronunciación es insuficiente y que el Renacimiento requiere acumular un gran número de pronunciaciones. Aunque una sola pronunciación basta como acto para el nacimiento, algunos pueden pensar que es importante acumular más y más mérito mientras pasan sus días y sus noches; y así, si dicen el Santo Nombre, lo recitan día y noche, y el mérito aumenta más y más, y la causa para el nacimiento queda aún más determinada. El Maestro Shandao afirmó que mientras uno esté vivo debe decir constantemente el Nembutsu. ¿Hemos de decir que tales personas carecen de confianza? Descartarlas con burla sería incorrecto. “Una pronunciación” aparece realmente en un pasaje del Sutra. No creerlo es no creer la palabra del Buda. Así, uno debe creer en el establecimiento del nacimiento con una sola pronunciación, y además continuar diciendo el Santo Nombre sin negligencia durante toda la vida. Este es el verdadero significado de la enseñanza.

Aunque hay muchas doctrinas importantes concernientes al Nembutsu, pueden resumirse de la manera precedente. Algunas personas que lean esto seguramente lo ridiculizarán. No obstante, tanto la creencia como la calumnia se convertirán en causa para el Renacimiento de cada uno en la Tierra Pura. Con los compromisos de amistad de esta vida —breve como un sueño— como guía, atamos los vínculos para encontrarnos ante la iluminación en la vida venidera. Si yo quedo atrás, seré guiado por otros; si voy primero, guiaré a otros. Convirtiéndonos en verdaderos amigos a través de muchas vidas, nos llevaremos unos a otros a la práctica del Camino del Buda; y como verdaderos maestros en cada vida, juntos cortaremos toda ilusión y apego.


Honrado Shakyamuni, el maestro,
Buda Amida, madre compasiva,
Avalokiteshvara, a la izquierda,
Mahasthamaprapta, a la derecha,

Gran océano de seres inmaculados,
océano de los Tres Tesoros,
a través de todo el Reino del Dharma:
con un solo corazón pienso en vuestro testimonio;
tened piedad de mí, consoladme y escuchad mi oración.

Budismo de Fe Sola: Las Enseñanzas Tierra Pura del Maestro Seikaku - Introducción

 


Entre los monjes Tierra Pura de la escuela Tendai, encontramos al monje Seikaku (1167–1235), una de las figuras más interesantes y, a la vez, más malinterpretadas del Budismo japonés de comienzos del Periodo Kamakura. Su nombre suele aparecer en la historia religiosa como el de un discípulo de Honen, como autor del Yuishinsho —“Tratado sobre la Fe Sola”— y como una influencia importante en la formación doctrinal de Shinran. Sin embargo, cuando lo contemplamos desde el horizonte propio de la escuela Tendai, descubrimos una imagen más completa, más justa y más luminosa: Seikaku no fue simplemente un hombre que se apartó del Monte Hiei para convertirse en representante de una nueva secta independiente, sino un monje Tendai que, sin abandonar la amplitud doctrinal de su formación original, abrazó con profunda devoción la fe en el Buda Amida, encontró en el Voto Primal la puerta más compasiva para los seres de la Era Final del Dharma, y defendió la fe sola como el corazón vivo de la práctica Tierra Pura.

Seikaku nació en el año 1167, en un Japón que se hallaba entre dos edades. El refinado mundo aristocrático del Periodo Heian, con sus palacios, poemas, ceremonias y liturgias, comenzaba a oscurecerse bajo las sombras de la guerra, la inestabilidad política y el ascenso del poder militar. La sensibilidad religiosa de la época estaba profundamente marcada por la conciencia de Mappo, la Era Final del Dharma, en la cual los seres, aunque todavía rodeados por los textos sagrados, los templos, las imágenes y los rituales, se sentían incapaces de realizar por sus propias fuerzas la profundidad del camino budista. El ideal antiguo del monje perfecto, sostenido por disciplina, meditación, estudio y austeridad, parecía cada vez más lejano para la mayoría. La pregunta que ardía en el corazón de la época era sencilla y terrible: ¿cómo puede salvarse el ser humano común, lleno de pasiones, dudas, cansancio, karma acumulado y debilidad espiritual, cuando las condiciones del mundo ya no sostienen fácilmente la práctica perfecta?

La escuela Tendai, precisamente por su amplitud, poseía dentro de sí los elementos necesarios para responder a esa angustia. No era una tradición estrecha ni unilateral. Había recibido y organizado las enseñanzas del Buda mediante la gran hermenéutica de los Cinco Períodos y las Ocho Enseñanzas; había proclamado la supremacía del Sutra del Loto como revelación definitiva del Vehículo Único; había afirmado que todos los seres poseen la capacidad de alcanzar la Budeidad; había integrado la contemplación meditativa, la disciplina, la liturgia, el esoterismo, la devoción, la recitación, la práctica de los Bodhisattvas y las enseñanzas de la Tierra Pura. En ese universo Tendai, el Buda Amida no era una figura ajena, ni la Tierra Pura una doctrina marginal, sino una de las formas compasivas mediante las cuales el Buda responde a las necesidades concretas de los seres. En Tendai, la devoción a Amida podía coexistir con la veneración del Buda Eterno del Sutra del Loto, con la contemplación de la Triple Verdad, con la doctrina de la Budeidad innata y con la comprensión del cosmos como manifestación del Dharma.

Seikaku nació dentro de una familia profundamente vinculada al mundo cortesano, literario y religioso. Era descendiente de un linaje de gran cultura, y su padre, Choken, fue uno de los predicadores budistas más notables de su tiempo. Esto es esencial para entenderlo, porque Seikaku no fue formado únicamente como un estudioso encerrado en los textos, sino como heredero de una tradición de predicación sagrada, donde la palabra debía instruir la mente, conmover el corazón y conducir a los oyentes hacia el Dharma. La predicación en el Japón medieval no era una simple explicación doctrinal; era un arte religioso completo. El predicador debía conocer los sutras, los tratados, las historias ejemplares, los recursos retóricos, los ritmos de la voz, la sensibilidad del público y las angustias concretas de la época. En Seikaku, esta tradición alcanzó una forma especialmente poderosa: su enseñanza Tierra Pura no fue fría especulación, sino palabra encarnada, palabra pastoral, palabra dirigida al ser humano real que se sabe incapaz de sostener por sí solo la montaña entera de las prácticas.

Como monje Tendai, Seikaku fue heredero de la Tradición del Loto, de Enryakuji y de aquella vasta visión que veía en el Dharma una totalidad orgánica. En el Monte Hiei, el monje no era formado únicamente en una práctica aislada, sino en una constelación de caminos: el estudio del Sutra del Loto, la contemplación de la realidad, la disciplina monástica, las liturgias, los ritos esotéricos, la recitación, la veneración de múltiples Budas y Bodhisattvas, y la comprensión de que todas las enseñanzas del Buda son medios hábiles ordenados hacia la salvación universal. Desde esta óptica, la fe de Seikaku en Amida no fue una negación de Tendai, sino una flor que brotó de su propio jardín. En él, la Tierra Pura no debe verse como ruptura, sino como maduración pastoral de la compasión Tendai: allí donde el camino de la propia fuerza se vuelve inaccesible para los seres comunes, el Voto de Amida se manifiesta como barca luminosa sobre las aguas del nacimiento y la muerte.

La relación de Seikaku con Honen debe comprenderse también en esta clave. Honen mismo fue formado originalmente en el ambiente Tendai del Monte Hiei, y su enseñanza del Nembutsu exclusivo surgió como respuesta radical a la angustia de Mappo. Seikaku recibió de Honen el énfasis en la confianza absoluta en el Voto Primal de Amida, pero no por ello dejó de ser un monje Tendai en identidad, sensibilidad y formación. Su adhesión a la Tierra Pura fue la de un hombre que, habiendo conocido la amplitud doctrinal del Budismo, reconoce que para los seres de su tiempo la puerta más urgente no es la acumulación de méritos difíciles ni la perfección de prácticas inaccesibles, sino la entrega confiada al poder salvífico de Amida. Así, Seikaku no aparece como un desertor del Loto, sino como un intérprete compasivo de su intención: porque si el Sutra del Loto revela que el Buda adapta su enseñanza a las capacidades de todos los seres, entonces la puerta de Amida puede ser comprendida como uno de los medios más misericordiosos del Buda para conducir a los seres comunes hacia la liberación.

Su obra más famosa, el Yuishinsho, expresa precisamente esta orientación. El título mismo —“Tratado sobre la Fe Sola”— muestra el centro de su enseñanza: la salvación no descansa en la vanidad espiritual del practicante, ni en la pretensión de acumular méritos como quien construye una torre hacia el cielo, sino en la fe profunda, confiada y entregada al Voto de Amida. Para Seikaku, la fe no era una opinión, ni una mera emoción piadosa, ni un simple asentimiento doctrinal. Era el acto interior por el cual el ser humano, reconociendo su propia limitación, se abandona al poder compasivo del Buda. Esta fe sola no significaba desprecio por las prácticas, ni negación del Dharma, ni rechazo de la disciplina, sino reconocimiento de que, en la raíz de la salvación Tierra Pura, no está el cálculo egoico del mérito personal, sino la inconcebible compasión de Amida que llama a los seres desde el Voto Primal.

Desde la perspectiva Tendai, esta enseñanza puede comprenderse con particular profundidad. La escuela Tendai siempre sostuvo que las enseñanzas del Buda son múltiples en forma, pero una en intención; variadas en método, pero unificadas en el Vehículo Único. Así, cuando Seikaku habla de la fe sola, no está destruyendo la pluralidad de prácticas budistas, sino señalando cuál es el punto decisivo para el practicante ordinario que busca renacer en la Tierra Pura. La fe, en este sentido, es la apertura del corazón a la actividad salvífica del Buda. Allí donde el ego desea apropiarse del camino, la fe lo desarma; allí donde el practicante se mide a sí mismo y desespera, la fe lo coloca en las manos de Amida; allí donde la mente calcula, compara y teme, la fe descansa en la promesa del Buda. Por eso, la fe sola no es pobreza doctrinal, sino concentración espiritual: todo el océano de la compasión se recibe en una sola gota.

Seikaku adoró al Buda Amida con devoción sincera, no como un gesto secundario, sino como el centro vivo de su piedad religiosa. Para él, Amida era el Buda que había formulado el Gran Voto para salvar precisamente a aquellos que no podían salvarse por sus propias fuerzas. Esta visión posee una fuerza inmensa. En lugar de presentar la religión como privilegio de los fuertes, de los eruditos, de los disciplinados o de los espiritualmente heroicos, Seikaku proclamó que el corazón del Dharma se abre también —y quizá sobre todo— para el ser común, para el pecador arrepentido, para el monje débil, para el laico atribulado, para el anciano, para la mujer, para el enfermo, para el trabajador, para el moribundo, para el que ya no puede sostener largas meditaciones ni complejas disciplinas. En la fe en Amida, el Dharma descendía como una lámpara hacia las casas, los caminos, los lechos de muerte y los corazones quebrados.

Sin embargo, sería un error imaginar que esta concentración en Amida lo apartaba necesariamente de la visión Tendai. En realidad, la tradición Tendai japonesa había cultivado por siglos la devoción a Amida, especialmente a través de figuras como el Gran Maestro Genshin, autor del Ojoyoshu, quien sistematizó con profundidad literaria y doctrinal la aspiración al nacimiento en la Tierra Pura. Seikaku debe ser visto en continuidad con esa corriente. Genshin había mostrado la gravedad del Samsara, los terrores de los malos destinos, la belleza de Sukhavati (Tierra Pura de la Bienaventuranza) y la urgencia de la práctica devocional. Seikaku, en una época posterior y aún más marcada por la ansiedad de Mappō, radicalizó pastoralmente esa orientación: si el ser humano común no puede apoyarse en su propia pureza, entonces debe confiar en Amida; si las prácticas múltiples confunden al débil, entonces debe abrazar el corazón del Voto; si la muerte se acerca y el mundo se desmorona, entonces la fe sola se vuelve la respiración última del alma budista.

La grandeza de Seikaku está, por tanto, en haber unido tres mundos: el mundo Tendai del Monte Hiei, el mundo de la predicación religiosa y el mundo naciente de la devoción Tierra Pura de Kamakura. Como Tendai, conocía la amplitud del Dharma; como predicador, sabía traducir esa amplitud al lenguaje vivo del pueblo y de la aristocracia; como discípulo de Honen, comprendió la urgencia de una enseñanza directa, accesible y salvífica. En él, la doctrina no se volvió abstracción, sino medicina. En él, la fe no se volvió sentimentalismo, sino confianza radical. En él, Amida no apareció como escape del mundo budista clásico, sino como el rostro misericordioso del Dharma para una época herida. Y fue precisamente su fidelidad a la escuela Tendai lo que hizo que Seikaku escapara las persecuciones que terminaron con el exhilio de Honen y muchos de sus discípulos, como Shinran.

Por eso, cuando recordamos a Seikaku, debemos verlo como un monje Tendai hasta el final de sus días: un hombre formado en la totalidad del Dharma, pero atraído irresistiblemente por la luz occidental de Amida; un predicador cuya palabra buscó salvar, no impresionar; un heredero del Loto que reconoció que el Buda, en su compasión, ofrece distintas puertas según la capacidad de los seres; un devoto de la Tierra Pura que defendió la fe sola porque sabía que, para muchos, esa fe era la única barca posible en el océano turbulento de Mappo. Su vida nos enseña que la verdadera amplitud Tendai no consiste en sostener muchas doctrinas como ornamentos intelectuales, sino en discernir cuál de ellas se vuelve medicina suprema para los seres concretos de una época concreta. Y para Seikaku, esa medicina fue Amida; ese refugio fue el Voto Primal; esa puerta fue la fe sola.

El fruto más precioso de la vida religiosa de Seikaku es, sin duda, el Tratado sobre la Fe Sola. Esta obra breve, pero doctrinalmente poderosa, condensa la visión Tierra Pura de Seikaku y nos permite escuchar la voz interior de un monje Tendai que, habiendo heredado la amplitud del Monte Hiei, llegó a proclamar que, para los seres ordinarios de la Era Final del Dharma, la puerta decisiva de la salvación no descansa en la complejidad de las prácticas acumuladas, ni en la confianza orgullosa en la propia capacidad espiritual, sino en la fe confiada en el Voto Primal del Buda Amida. El título mismo es una llave doctrinal: yui significa “solo”, “únicamente”; shin significa “fe”, “confianza”, “corazón creyente”; y shō significa “tratado”, “ensayo”, “exposición breve”. No se trata, por tanto, de un tratado sobre la negación de la práctica, sino de una exposición sobre aquello que, en la práctica Tierra Pura, es raíz, centro y fundamento: la fe que recibe el poder salvífico de Amida.

El Yuishinsho debe situarse dentro de un contexto histórico muy preciso. Seikaku vivió en una época en la cual la enseñanza del Nembutsu exclusivo de Honen era objeto de controversia, sospecha y ataque por parte de sectores establecidos del mundo budista. El movimiento de Honen, nacido en gran parte desde el propio ambiente Tendai, sostenía que el ser ordinario, incapaz de realizar las prácticas difíciles del Camino de los Sabios, debía apoyarse completamente en el Nembutsu del Voto Primal, es decir, en la invocación confiada del Santo Nombre del Buda Amida. Seikaku, como discípulo de Honen y como monje Tendai de gran prestigio, desempeñó un papel importante en la defensa, explicación y transmisión de esa enseñanza. De hecho, fuentes japonesas recuerdan que Honen le encargó escribir el Tozanjo, también conocido como Genkyu Hogo, una carta dirigida al Monte Hiei para suavizar las críticas contra el Nembutsu exclusivo y mostrar que la comunidad de Honen podía coexistir con las demás escuelas budistas. Esa tarea revela la posición singular de Seikaku: estaba lo suficientemente cerca de Hōnen para defender su enseñanza, y lo suficientemente enraizado en Tendai para hablar al Monte Hiei en su propio lenguaje doctrinal y religioso.

Desde esta perspectiva, el Tratado sobre la Fe Sola no debe leerse como un manifiesto sectario contra Tendai, sino como una obra nacida dentro del gran drama Tendai de la salvación universal. La Escuela Tendai había enseñado, desde los Grandes Maestros Chih-i y Saicho, que el Dharma del Buda es uno en intención aunque múltiple en método; que el Buda predica según las capacidades de los seres; que el Vehículo Único contiene y supera todos los caminos; y que incluso los seres más oscurecidos poseen la capacidad última de alcanzar la Budeidad. Seikaku aplica esta lógica al campo de la Tierra Pura: si los seres son diversos en capacidades, si el Buda abre puertas distintas por compasión, si en Mappo muchos ya no pueden atravesar con éxito las prácticas arduas del Camino de los Sabios, entonces la fe en Amida no es una disminución del Dharma, sino su adaptación misericordiosa. En este sentido, la fe sola no contradice la amplitud Tendai; más bien la concreta pastoralmente. El océano doctrinal del Monte Hiei encuentra aquí una desembocadura: el corazón sencillo que se confía a Amida.

El tratado comienza estableciendo una división fundamental que fue central en la tradición Tierra Pura: existen, para quienes desean liberarse del nacimiento y la muerte, dos grandes puertas o rutas espirituales: el Camino de los Sabios y la Puerta de la Tierra Pura. El Camino de los Sabios consiste en practicar, acumular mérito y buscar la iluminación dentro de este mundo Sahā, mediante disciplina, meditación, sabiduría y esfuerzo prolongado. La Puerta de la Tierra Pura, en cambio, consiste en aspirar al nacimiento en la Tierra Pura de Amida, apoyándose en el Voto del Buda, para allí alcanzar la maduración espiritual que conduce a la iluminación. Esta distinción, presente en la tradición transmitida por los maestros Tierra Pura, aparece claramente en las traducciones del Yuishinsho, donde Seikaku presenta las dos rutas como caminos orientados a la liberación, pero diferentes en su adecuación a las capacidades de los seres.

Esta división no debe entenderse de forma simplista, como si Seikaku despreciara el Camino de los Sabios. Como monje Tendai, él conocía la grandeza de la disciplina, de la contemplación, de la exégesis, del ritual y de la práctica. Sin embargo, su realismo espiritual le impedía idealizar la condición humana. El hombre común de Mappo no vive como un Bodhisattva de las etapas superiores; no mantiene una contemplación perfecta de la Triple Verdad; no atraviesa sin tropiezo las pasiones; no domina los samādhis; no purifica instantáneamente las semillas kármicas de incontables existencias. El ser ordinario nace y muere entre deseos, confusión, miedo, enfermedad, orgullo, arrepentimiento y debilidad. Para ese ser, el Camino de los Sabios, aunque sublime, puede volverse una montaña demasiado empinada. La Puerta de la Tierra Pura aparece entonces como el descenso compasivo del Buda hacia aquellos que no pueden ascender por sí mismos.

Aquí se encuentra el punto más delicado del Yuishinsho: la fe sola no es pereza religiosa, sino sinceridad radical. Seikaku no enseña que la persona deba abandonar la reverencia, la moralidad, la gratitud o la recitación. Lo que enseña es que ninguna de esas cosas debe convertirse en fundamento egoico de salvación. La práctica, cuando se apoya en el orgullo, se convierte en cálculo; la recitación, cuando se mide como mérito propio, se convierte en moneda espiritual; la virtud, cuando se mira a sí misma, se vuelve sutil vanidad. La fe sola corta esta raíz de apropiación. El devoto ya no se salva porque “merece” ser salvado, sino porque Amida ha formulado el Voto para salvar a los seres. El Nembutsu no es entonces una obra humana que compra el nacimiento en la Tierra Pura, sino la respuesta agradecida al llamado del Buda. El Santo Nombre no es simplemente sonido producido por la boca; es presencia del Voto en la vida del creyente.

Desde el lente Tendai, esta enseñanza posee una belleza particular. La escuela Tendai contempla el Cosmos entero como una trama de interpenetración: cada pensamiento contiene los tres mil mundos; cada instante está abierto a la Budeidad; lo relativo y lo absoluto no son dos realidades separadas; lo provisional, lo vacío y el Camino Medio se abrazan en una sola visión. En tal horizonte, la fe en Amida puede ser comprendida como la actualización concreta de la compasión búdica en la mente del ser ordinario. La fe no es algo meramente psicológico; es el lugar donde el Voto se vuelve presente. El corazón que confía no produce la salvación como causa autónoma, sino que se abre a la actividad inconcebible del Buda. Así, la fe sola no es una reducción de la vida religiosa a una emoción subjetiva, sino la revelación de que la Gracia de Amida penetra el corazón cuando el corazón deja de apoyarse en sí mismo. Por eso Seikaku insiste, en espíritu, en que el creyente no debe dividir su confianza. La mente ordinaria desea apoyarse un poco en Amida y un poco en sí misma; un poco en el Voto y un poco en su mérito; un poco en la compasión del Buda y un poco en su propia imagen espiritual. Esta mezcla produce inquietud. El devoto mira su interior y ve impureza; mira su práctica y ve inconsistencia; mira su pasado y ve karma; mira su muerte y siente temor. Entonces duda: “¿Cómo podría yo nacer en la Tierra Pura?” El Tratado sobre la Fe Sola responde: precisamente porque no puedes salvarte por tu propia pureza, debes confiar en Amida. El Voto no fue hecho para seres ya perfectos, sino para seres necesitados de salvación. La Tierra Pura no es premio de los impecables, sino medicina para los enfermos del Samsara.

Esta intuición tiene raíces profundas en el Budismo Mahayana. El Buda no aparece en el mundo para confirmar la autosuficiencia del ego, sino para romperla. En el Sutra del Loto, el Buda revela que los medios hábiles son desplegados para conducir a todos los seres al Vehículo Único; en el Sutra del Nirvana, la naturaleza búdica es afirmada como posibilidad universal; en las enseñanzas de la Tierra Pura, Amida manifiesta esa universalidad bajo la forma de un Voto compasivo que abraza a quienes invocan su Nombre con confianza. Seikaku, como monje Tendai, puede ser entendido como alguien que traduce la universalidad del Loto en lenguaje de Amida: todos pueden entrar, no porque todos sean fuertes, sino porque el Buda es compasivo; todos pueden aspirar al nacimiento, no porque todos hayan acumulado méritos incalculables, sino porque el Voto fue hecho para penetrar incluso la oscuridad de los seres comunes.

La importancia del Yuishinsho se acrecentó enormemente por su recepción posterior. Shinran, discípulo de Honen y una de las figuras más influyentes del Budismo Tierra Pura japonés, leyó con gran reverencia el tratado de Seikaku y compuso sobre él el Yuishinsho Mon’i, o “Notas sobre el Tratado de la Fe Sola”, en 1255, dos décadas después de la muerte de Seikaku. Las fuentes modernas y tradicionales coinciden en que el texto de Seikaku influyó profundamente en Shinran, aunque este último no comenta necesariamente cada sección de la obra, sino que toma elementos significativos para explicar la fe, el Nombre y la intención del Voto.

Esta recepción por Shinran es importante, pero también ha contribuido a que Seikaku sea leído retrospectivamente desde el desarrollo posterior del Jodo Shinshu. Para una lectura Tendai, debemos hacer un trabajo más fino: reconocer la influencia real de Seikaku en Shinran sin arrancar a Seikaku de su propio suelo. Seikaku no fue simplemente una estación previa hacia Shinran; fue una figura plena en sí misma, un monje Tendai, predicador de la línea Agui, discípulo de Honen, devoto de Amida y expositor de la fe. Que Shinran haya encontrado en él una autoridad espiritual muestra precisamente la riqueza de Seikaku: su enseñanza era capaz de hablar tanto al mundo Tendai como a la nueva sensibilidad Tierra Pura de Kamakura. Su palabra estaba en el umbral, y por eso pudo ser recibida en varias casas del Dharma.

El Tratado sobre la Fe Sola posee también un carácter profundamente pastoral. No es un tratado sistemático al modo de las grandes obras escolásticas; no pretende desarrollar una arquitectura doctrinal exhaustiva. Es una obra breve, directa, medicinal. Su finalidad es liberar al devoto de la ansiedad religiosa. Aquel que teme no recitar suficientemente, no purificarse suficientemente, no concentrarse suficientemente, no comprender suficientemente, es conducido hacia una verdad más honda: el nacimiento en la Tierra Pura depende del Voto de Amida, recibido por la fe. Esto no elimina la práctica del Nembutsu, sino que la reubica. La recitación ya no es una escalera construida por el ego para alcanzar el cielo occidental; es el eco del Voto en la boca del creyente. Cada invocación es gratitud, entrega, memoria, presencia y confianza.

En esta doctrina, Seikaku se muestra como un maestro de gran sensibilidad espiritual. Él sabe que el ser humano religioso puede convertir incluso el camino de liberación en carga. Puede contar sus recitaciones con ansiedad, comparar su fervor con el de otros, angustiarse por sus distracciones, pensar que el Buda solo escucha al devoto perfecto. Contra esa enfermedad, Seikaku ofrece la medicina de la fe sola. La confianza no significa indiferencia; significa reposo. La mente deja de girar alrededor de sí misma y se vuelve hacia Amida. Allí donde había cálculo, surge gratitud; donde había temor, surge abandono; donde había autoacusación estéril, surge esperanza; donde había orgullo sutil, surge humildad. Esta es la verdadera función del tratado: no solo enseñar una doctrina, sino transformar el modo en que el devoto habita su relación con el Buda.

Para nosotros en la Escuela del Loto Reformada, el Tratado de la Fe Sola forma parte del corpus canónico japonés que complementa los escritos del Gran Maestro Genshin y los escritos de los Maestros Tierra Pura de la India y China. 

Así, cuando abrimos el Yuishinsho, no debemos leerlo como un documento frío del pasado, sino como una guía para el corazón que reconoce su incapacidad y, precisamente por ello, puede recibir la compasión. Seikaku nos conduce, con voz de predicador y corazón de devoto, hacia una verdad humilde y luminosa: el ser ordinario no necesita fingir que es un sabio para ser abrazado por el Buda. Basta con volver el corazón hacia el Buda Amida, confiar en la Gracia del Voto Primal, pronunciar el Santo Nombre con gratitud y descansar en aquella compasión que fue prometida antes de nuestro nacimiento, antes de nuestra caída, antes de nuestro arrepentimiento, antes incluso de que supiéramos buscar la luz. Ahí se encuentra la grandeza del Tratado sobre la Fe Sola: no en empobrecer el Dharma, sino en hacerlo llegar, como lluvia suave, hasta el último rincón del alma necesitada.

martes, 2 de junio de 2026

El Sutra de los Votos Pasados del Bodhisattva Kshitigarbha: Sexto Capítulo - Elogios al Tathagata (Resumido y Recontado)

 


6

Elogios al Tathagata

La asamblea permanecía reunida en el Cielo Trayastrimsas. Los innumerables Bodhisattvas seguían contemplando al Buda, y los devas permanecían inmóviles como si temieran perturbar la serenidad de aquel momento. Entonces ocurrió algo extraordinario. El cuerpo del Buda Shakyamuni comenzó a irradiar una luz inconcebible. No era una luz ordinaria. No era la luz del sol, ni la de la luna, ni siquiera la de los cielos más elevados. Era una luminosidad nacida de la sabiduría perfecta y de la compasión ilimitada del Tathagata. Aquella radiancia se expandió en todas las direcciones. Atravesó montañas y océanos. Cruzó continentes y sistemas de mundos. Penetró los cielos de los devas y las profundidades de los infiernos. Iluminó mundos tan numerosos como los granos de arena contenidos en billones de ríos Ganges. 

Dondequiera que aquella luz llegaba, los seres levantaban la mirada. Los devas abandonaban momentáneamente sus placeres celestiales. Los espíritus interrumpían sus vagabundeos. Los Bodhisattvas suspendían sus meditaciones. Incluso los seres que sufrían en los caminos dolorosos percibían una claridad repentina en medio de la oscuridad.

Entonces el Buda habló. Y su voz fue escuchada simultáneamente en innumerables universos. Era como un trueno lleno de ternura. Como el sonido de una campana capaz de atravesar el tiempo. La voz misma del Dharma llamando a todos los seres.

—Escuchad, Bodhisattvas de las Diez Direcciones. Escuchad, devas, nagas, yakshas, gandharvas, asuras, garudas, kinnaras y mahoragas. Escuchad, hombres y espíritus de todos los mundos.

La asamblea entera se inclinó. Y el Buda continuó:

—Hoy alabo al Bodhisattva-Mahasattva Ksitigarbha. A través de innumerables kalpas ha manifestado poderes inconcebibles y una compasión que desafía toda descripción. Ha descendido a los lugares donde nadie desea ir. Ha buscado a los seres olvidados. Ha protegido a quienes estaban aterrorizados. Ha guiado a quienes habían perdido el camino.

Mientras hablaba, muchos recordaron las historias narradas anteriormente. La mujer brahmánica. La hija Ojos Brillantes. El rey que renunció a la Budeidad. Las innumerables visitas de Ksitigarbha a los infiernos. Los rescates realizados en los lugares más oscuros del Samsara.

Entonces el Buda añadió:

—Después de que yo entre en el Parinirvana, vosotros debéis proteger este Sutra. Debéis preservarlo, difundirlo y ayudar a quienes lo practiquen. De este modo innumerables seres podrán encontrar el camino hacia el Nirvana.

Al escuchar estas palabras, la asamblea sintió el peso de una responsabilidad sagrada. Porque comprendieron que el tiempo del Buda histórico no sería eterno. Llegaría un día en que Shakyamuni abandonaría este mundo. Y cuando eso ocurriera, las enseñanzas de Ksitigarbha serían aún más necesarias para los seres de la Era Final del Dharma.

En ese momento, un gran Bodhisattva llamado Samantavipula se levantó respetuosamente. Con las palmas juntas, preguntó:

—Venerable del Mundo, hemos escuchado tus alabanzas hacia Ksitigarbha. Hemos oído hablar de sus votos y de sus poderes. Pero para beneficio de los seres futuros, te ruego que expliques concretamente qué beneficios reciben quienes veneran a este Bodhisattva.

La pregunta fue recibida con aprobación por toda la asamblea. Porque innumerables seres del futuro necesitarían saber cómo acercarse a Ksitigarbha y cómo participar en sus méritos. El gran Bodhisattva Samantavipula permaneció arrodillado ante el Buda mientras toda la asamblea aguardaba la respuesta. Los innumerables devas guardaban silencio. Los Bodhisattvas observaban atentamente. Incluso los espíritus protectores parecían inclinarse para escuchar mejor.

Entonces el Honrado por el Mundo comenzó a hablar. Su voz era suave, pero cada palabra parecía resonar simultáneamente en incontables mundos.

—Escuchad atentamente. Explicaré brevemente los méritos y bendiciones que obtienen los seres humanos y celestiales mediante su relación con el Bodhisattva Ksitigarbha.

Samantavipula respondió:

—Venerable del Mundo, escucharemos con alegría.

Entonces el Buda comenzó a revelar algo extraordinario. No habló primero de complejas meditaciones. No habló de prácticas reservadas para sabios. No habló de austeridades imposibles. Comenzó con algo que incluso el más humilde de los seres podía realizar.

—En los mundos futuros —dijo— habrá hombres y mujeres virtuosos que escucharán el nombre de Ksitigarbha. Al oírlo, sentirán respeto. Unirán las palmas de sus manos. Lo alabarán. Se inclinarán ante él. Admirarán sus votos y su compasión.

El Buda hizo una pausa.

—Aquellos que hagan esto se liberarán de karmas negativos que de otro modo les habrían causado sufrimiento durante treinta kalpas.

La asamblea quedó maravillada. Porque el simple acto de escuchar el nombre del Bodhisattva con fe sincera ya comenzaba a transformar el destino de los seres. Entonces el Buda continuó.

—Habrá quienes pinten imágenes de Ksitigarbha. Habrá quienes esculpan sus estatuas en arcilla, madera, piedra, hierro, plata u oro. Habrá quienes las contemplen con respeto y les rindan homenaje.

Mientras hablaba, muchos imaginaban a los devotos del futuro. Algunos serían ricos y construirían grandes imágenes. Otros serían pobres y apenas podrían ofrecer una pequeña figura de barro. Pero el Buda no estaba observando el valor material de la ofrenda. Observaba el corazón.

—Quienes hagan esto —continuó— renacerán repetidamente en el Cielo de los Treinta y Tres (Trayastrimsas). Incluso cuando agoten las bendiciones celestiales, renacerán como reyes y gobernantes virtuosos entre los seres humanos.

Los devas escucharon con aprobación. Sabían que aquellas bendiciones no eran recompensas arbitrarias. Eran la maduración natural de la fe, la gratitud y la reverencia hacia la compasión.

Entonces el Buda habló sobre algo que reflejaba las preocupaciones de la sociedad de aquella época. Explicó que algunas mujeres sufrían profundamente debido a las limitaciones y dificultades que enfrentaban en el mundo antiguo. Muchas deseaban escapar de condiciones sociales difíciles, inseguridades o sufrimientos asociados a sus circunstancias. Por ello dijo:

—Si una mujer realiza ofrendas sinceras al Bodhisattva Ksitigarbha, ofreciendo incienso, flores, telas, lámparas o alimentos con profunda devoción, podrá liberarse de muchas condiciones dolorosas en sus futuras existencias.

Pero el significado profundo de estas palabras iba más allá del género. El Sutra estaba enseñando que la práctica sincera transforma las condiciones futuras del karma. La devoción cambia el curso de la existencia. La fe se convierte en una causa de renacimientos más favorables. Entonces el Buda añadió algo aún más conmovedor.

—Si hay mujeres que sufren debido a enfermedades, deformidades o una apariencia que les causa tristeza, y contemplan devotamente al Bodhisattva Ksitigarbha aunque sea durante el tiempo que tarda en consumirse una comida, obtendrán belleza, dignidad y bienestar durante muchas vidas futuras.

Muchos de los presentes comprendieron inmediatamente la enseñanza oculta. Ksitigarbha no sólo ayuda a los seres después de la muerte. También los ayuda a sanar heridas del corazón. Porque muchos sufrimientos humanos nacen de la vergüenza, la inseguridad y el rechazo de uno mismo. Y el Bodhisattva trabaja precisamente allí donde la compasión es más necesaria. 

Entonces el Buda continuó describiendo otras prácticas. Habló de quienes cantan alabanzas. De quienes ofrecen flores. De quienes realizan música sagrada. De quienes organizan ceremonias para honrar al Bodhisattva.

—Aquellos que hagan estas cosas —dijo— serán protegidos constantemente por innumerables devas y espíritus virtuosos.

La asamblea escuchaba con creciente admiración. Porque cada nueva enseñanza mostraba un aspecto diferente de la relación entre el Bodhisattva y los seres. Ksitigarbha no era simplemente un salvador de los infiernos. Era también un protector de los vivos. Un amigo de los afligidos. Un guía de quienes buscan acumular méritos. Un refugio para quienes intentan caminar por el sendero del Dharma. Pero entonces el tono del Buda cambió. Su voz se volvió más grave. Porque iba a advertir sobre las terribles consecuencias de burlarse o despreciar la fe sincera de otros.

La gran asamblea permanecía en silencio mientras escuchaba las bendiciones que el Bodhisattva Ksitigarbha otorgaba a quienes lo honraban con sinceridad. Muchos devas sonreían al escuchar aquellos beneficios. Los espíritus protectores asentían con la cabeza. Incluso algunos seres recién liberados de los reinos del sufrimiento derramaban lágrimas de gratitud al recordar cómo habían sido auxiliados por la compasión del Bodhisattva. Sin embargo, el Buda sabía que no todos los seres reaccionan con fe ante las cosas sagradas. Algunos se conmueven. Otros permanecen indiferentes. Y otros, dominados por la arrogancia y la ignorancia, se burlan de aquello que no comprenden. Por ello el tono de la enseñanza cambió. Y el Honrado por el Mundo dijo:

—Samantavipula, en los tiempos futuros habrá hombres y mujeres virtuosos que realizarán ofrendas al Bodhisattva Ksitigarbha. Harán reverencias. Encenderán incienso. Recitarán este Sutra. Construirán imágenes. Difundirán las enseñanzas. Ayudarán a otros a practicar el Dharma.

El Bodhisattva Samantavipula inclinó la cabeza. Pero el Buda continuó:

—Sin embargo, también habrá personas malvadas, demonios y espíritus confundidos que verán estas prácticas y se burlarán de ellas.

La asamblea quedó en silencio.

—Algunos se reirán abiertamente de los devotos. Otros los insultarán a sus espaldas. Otros persuadirán a sus amigos para que también los ridiculicen. Otros dirán que estas prácticas no tienen mérito alguno. Incluso puede haber quienes generen simplemente un pensamiento de desprecio en sus corazones.

Entonces el Buda describió las consecuencias de tales actos. No porque deseara asustar a los seres. Sino porque deseaba mostrar cuán grave es destruir la fe de otros.

—Aquellos que ridiculicen o calumnien sinceramente las prácticas de otros acumularán un karma extremadamente pesado.

Muchos devas bajaron la mirada. Porque comprendían que una persona puede destruir con una sola palabra la fe que otra ha tardado años en cultivar. El Buda explicó que tales seres podrían sufrir largos períodos en los reinos dolorosos, pasando por infiernos, estados de fantasmas hambrientos y nacimientos difíciles. La razón era sencilla. Cuando alguien ridiculiza una práctica virtuosa, no sólo se perjudica a sí mismo. También intenta apartar a otros del camino de la liberación. Y por ello las consecuencias son especialmente graves.

Entonces el Buda guardó silencio por un momento. Y luego comenzó a hablar de otro tema que despertó gran compasión en la asamblea. Habló de los enfermos.

—Samantavipula, en los tiempos futuros habrá hombres y mujeres que permanecerán postrados durante largos años.

Muchos escuchaban atentamente. Porque el sufrimiento de la enfermedad es conocido por todos los seres.

—Desearán vivir, pero no podrán recuperarse. Desearán morir, pero tampoco podrán partir. Verán apariciones extrañas. Tendrán pesadillas aterradoras. Escucharán voces durante la noche. Soñarán con familiares fallecidos. Verán demonios, fantasmas o caminos peligrosos.

Mientras el Buda hablaba, muchos de los presentes recordaban personas que habían experimentado exactamente tales condiciones.

El Buda continuó:

—A veces parecerá que fuerzas invisibles los presionan durante el sueño. Otras veces sentirán que algo les roba la energía vital. Algunas personas gritarán mientras duermen. Otras despertarán aterradas noche tras noche.

Entonces Samantavipula preguntó:

—Venerable del Mundo, ¿por qué ocurren estas cosas?

El Buda respondió:

—Porque muchos de estos casos están relacionados con deliberaciones kármicas aún no resueltas.

La asamblea escuchó con atención.

—Su destino todavía no ha sido determinado. El karma acumulado está madurando. Las condiciones para su próxima existencia aún se están formando.

Por eso el Buda enseñó un método de ayuda. Dijo que los familiares y amigos debían acudir ante imágenes de Budas y Bodhisattvas. Debían recitar devotamente el Sutra de Ksitigarbha. Debían realizar actos de generosidad en nombre del enfermo. Debían ofrecer ropa, joyas, dinero, propiedades o recursos para imprimir sutras, construir templos o apoyar a la Sangha. Y todo ello debía hacerse con sinceridad.

Entonces el Buda explicó algo profundamente hermoso.

—Si el enfermo escucha estas acciones y estas recitaciones, recibirá grandes beneficios. Incluso si ha perdido la conciencia. Incluso si ya ha fallecido. Incluso si se encuentra en estados intermedios difíciles. El mérito generado por familiares sinceros puede ayudar enormemente a aliviar las cargas kármicas y abrir caminos favorables para el renacimiento.

Muchos en la asamblea se sintieron profundamente conmovidos. Porque comprendieron que la compasión no termina cuando alguien enferma. Ni siquiera termina cuando alguien muere. La compasión continúa actuando más allá de la muerte. Y precisamente por ello Ksitigarbha sigue siendo llamado el gran salvador de los seres atrapados entre los mundos.

Pero el Buda aún no había terminado. Todavía quedaban enseñanzas sobre los espíritus de los antepasados, los sueños misteriosos y los extraordinarios beneficios de recitar este Sutra para los recién nacidos y las familias. La gran asamblea permanecía inmóvil. Las palabras del Buda sobre los enfermos habían despertado profunda compasión en todos los presentes. Muchos devas pensaban en los sufrimientos de los seres humanos. Los Bodhisattvas contemplaban silenciosamente la inmensa red de causas y condiciones que une a los vivos y a los muertos.

Entonces el Honrado por el Mundo continuó:

—Samantavipula, también ocurrirá que muchos hombres y mujeres tengan sueños extraños. En los tiempos futuros, algunos verán durante la noche figuras llorando. Verán hombres y mujeres vestidos con harapos. Escucharán sollozos. Verán seres llenos de tristeza, ansiedad y temor.

El Bodhisattva Samantavipula preguntó:

—¿Quiénes son esos seres, Venerable del Mundo?

Entonces el Buda respondió:

—Con frecuencia son padres, madres, hermanos, hermanas, esposos, esposas, hijos o parientes de vidas anteriores. Algunos pertenecen a vidas recientes. Otros proceden de cientos o miles de existencias pasadas.

La asamblea escuchó con atención.

—Estos seres han caído en reinos de sufrimiento. Desean ayuda, pero no encuentran quién los socorra. Por eso buscan a quienes tuvieron vínculos kármicos con ellos. Se presentan en sueños para pedir auxilio.

Muchos devas sintieron compasión. Porque comprendían la desesperación de aquellos espíritus. No podían abandonar fácilmente sus sufrimientos. No podían encontrar por sí mismos el camino hacia la liberación. Y por ello buscaban ayuda entre aquellos con quienes compartieron antiguas conexiones. Entonces el Buda explicó qué debía hacerse.

—Quienes tengan tales sueños deben acudir ante imágenes de Budas y Bodhisattvas. Deben recitar devotamente este Sutra. Deben hacerlo personalmente o pedir a otros que lo hagan en nombre de aquellos seres.

Luego añadió:

—Después de tres o siete recitaciones sinceras, esos espíritus obtendrán liberación. Dejarán de sufrir. Y ya no aparecerán nuevamente en sueños.

Muchos miembros de la asamblea sintieron gran alivio al escuchar esto. Porque el sufrimiento de los muertos no era permanente. La compasión podía alcanzarlos. El mérito podía beneficiarlos. La práctica del Dharma podía abrir puertas incluso en los reinos invisibles. 

Entonces el Buda dirigió su atención hacia otro grupo de seres particularmente vulnerables. Los recién nacidos.

—Samantavipula, en el futuro nacerán niños y niñas en incontables hogares. Durante los primeros siete días después del nacimiento, sus familias deberían recitar este Sutra con devoción. También deberían recitar diez mil veces el nombre del Bodhisattva Ksitigarbha en beneficio del recién nacido.

La asamblea escuchó con profunda atención. El Buda explicó que los recién nacidos llegan al mundo cargando tendencias kármicas acumuladas durante innumerables vidas. Algunos traen consigo antiguas dificultades. Otros poseen grandes bendiciones. Y precisamente por ello las prácticas realizadas durante esos primeros días tienen una influencia especialmente poderosa.

—Si las familias realizan estas prácticas —dijo el Buda— los niños se liberarán de muchos obstáculos kármicos heredados de existencias anteriores. Serán más fáciles de criar. Su esperanza de vida aumentará. Y si ya poseen grandes bendiciones, estas se incrementarán aún más.

Muchos devas sonrieron. Porque comprendían que el Bodhisattva protegía a los seres incluso desde el comienzo mismo de la vida. Pero el Buda aún deseaba revelar otra enseñanza. Entonces habló de ciertos días especiales del mes lunar. Los llamados Diez Días de Abstinencia. Explicó que durante esos días las acciones de los seres son observadas y pesadas particularmente por las fuerzas kármicas del universo.

—En esos días —dijo— los seres deberían recitar este Sutra ante imágenes de Budas y Bodhisattvas.

Y explicó que quienes mantuvieran esta práctica recibirían protección para sus hogares, sus familias y sus comunidades. Las calamidades disminuirían. Las enfermedades graves serían evitadas. Y abundarían el alimento, la ropa y las condiciones favorables para la práctica del Dharma.

Finalmente el Buda volvió a contemplar a toda la asamblea. Entonces dijo:

—Samantavipula, debes comprender que los poderes, méritos y beneficios del Bodhisattva Ksitigarbha son imposibles de describir completamente.

Miró hacia los innumerables seres reunidos.

—Incluso quienes escuchen sólo unas pocas palabras de este Sutra, o el nombre del Bodhisattva, o contemplen una de sus imágenes, recibirán grandes beneficios. En cientos y miles de vidas futuras encontrarán condiciones favorables para avanzar hacia la iluminación.

Al escuchar estas palabras, Samantavipula se sintió profundamente conmovido. Se arrodilló ante el Buda y dijo:

—Venerable del Mundo, desde hace mucho tiempo conozco el poder de este gran Bodhisattva. Sin embargo, he formulado estas preguntas para beneficio de los seres futuros. Ahora deseo preguntar algo más: ¿cómo debe llamarse este Sutra? ¿Y cómo debemos difundirlo?

Entonces el Buda sonrió. Y respondió:

—Este Sutra posee tres nombres.

La asamblea escuchó atentamente.

—Se llama “Los Votos Fundamentales del Bodhisattva Ksitigarbha”.

—También se llama “Las Acciones del Bodhisattva Ksitigarbha”.

—Y también se llama “El Poder de los Juramentos del Bodhisattva Ksitigarbha”.

Luego añadió:

—Durante incontables kalpas este Bodhisattva ha realizado grandes votos para beneficiar a los seres. Por ello, vosotros debéis difundir este Sutra de acuerdo con sus juramentos y ayudar a que permanezca en el mundo.

Samantavipula inclinó profundamente la cabeza. Las flores celestiales comenzaron nuevamente a descender desde los cielos. Los devas alabaron al Buda. Los Bodhisattvas se regocijaron. Y toda la asamblea comprendió que acababa de escuchar no sólo una descripción de méritos y bendiciones, sino una manifestación del corazón mismo de Ksitigarbha: una compasión tan vasta que alcanza a los vivos y a los muertos, a los enfermos y a los sanos, a los recién nacidos y a los ancianos, a los humanos, a los devas y hasta a los habitantes de los infiernos.