12
Los Beneficios de Contemplar a Ksitigarbha
En aquel momento, cuando la enseñanza sobre la protección de la tierra y de los hogares había llegado a su fin, el Palacio del Cielo Trayastrimsha volvió a quedar sumido en una quietud tan profunda que parecía abarcar no sólo los cielos, sino también los innumerables mundos situados por debajo de ellos. Prithivi, la gran Deidad de la Tierra, había regresado respetuosamente a su lugar después de prometer que custodiaría día y noche a quienes conservaran la imagen de Ksitigarbha, recitaran su Sutra y vivieran de acuerdo con sus votos. Los devas permanecían atentos; los reyes fantasma se mantenían inmóviles; los dragones celestiales enrollaban sus cuerpos luminosos entre las nubes; los yakshas, gandharvas, asuras, garudas, kinnaras y mahoragas guardaban silencio. Todos presentían que una nueva revelación estaba por comenzar. Entonces ocurrió algo extraordinario.
Desde la ushnisha del Buda, la protuberancia sagrada que coronaba su cabeza y simbolizaba la sabiduría suprema e inconmensurable, comenzó a brotar una luz de una pureza imposible de comparar con ningún resplandor mundano. No era semejante al fuego, porque no quemaba; no era como la luz del sol, porque no deslumbraba; no era como la luna, porque no pertenecía a la noche. Era una claridad surgida del despertar mismo, semejante a la luz emitida por la marca blanca situada entre las cejas del Tathagata, pero multiplicada en innumerables formas, colores y significados. De aquella corona luminosa surgieron billones de rayos, y cada uno de ellos penetró las diez direcciones, atravesó los cielos, recorrió las tierras humanas, descendió hasta los mundos de los espíritus y alcanzó incluso los dominios donde los seres permanecían sumidos en el sufrimiento.
Primero apareció un rayo de luz blanca, puro como la nieve que jamás ha tocado el polvo, seguido por un gran rayo blanco que se extendió como una inmensa corriente de sabiduría. Surgió después un rayo auspicioso y, tras él, un gran rayo auspicioso, cuyos resplandores parecían anunciar que incontables seres establecerían nuevas causas de felicidad y liberación. Brotó un rayo semejante al jade, de una transparencia serena y profunda, seguido por un gran rayo jade que cubrió los mundos con la frescura de una piedra preciosa recién lavada por la lluvia. Apareció luego un rayo púrpura, majestuoso y solemne, y un gran rayo púrpura que parecía reunir en sí la dignidad de todos los reyes virtuosos. Surgieron un rayo índigo y un gran rayo índigo, profundos como el cielo antes del amanecer; un rayo azul y un gran rayo azul, vastos como un océano sin orillas; un rayo rojo y un gran rayo rojo, llenos de energía compasiva; un rayo verde y un gran rayo verde, semejantes a la vida que brota de los campos en primavera; un rayo dorado y un gran rayo dorado, espléndidos como la luz de incontables Budas reunidos.
Cada rayo poseía su propio significado. Algunos aliviaban el sufrimiento de los seres infernales; otros calmaban la sed de los fantasmas hambrientos; otros extinguían el odio de quienes habían renacido entre los asuras; otros iluminaban la conciencia de los animales y despertaban en ellos semillas de futuros renacimientos humanos. Algunos fortalecían la fe de los hombres y mujeres virtuosos; otros advertían a quienes se habían apartado del Dharma; otros renovaban los méritos agotados de los devas. Allí donde la luz tocaba, los seres experimentaban por un instante una disminución de sus tormentos, una claridad inesperada o un recuerdo remoto de la bondad.
Cuando aquellos billones de rayos habían llenado todos los mundos, el Buda habló con una voz maravillosa. No necesitó elevarla, pues cada sílaba alcanzó simultáneamente a todos los presentes. Los devas la escucharon como música celestial; los seres humanos la percibieron como una palabra clara y cercana; los espíritus la recibieron como un llamado capaz de atravesar sus cuerpos sutiles; y los seres de los reinos de sufrimiento la sintieron como una brisa que por un instante aliviaba el fuego de sus karmas.
—Escuchad todos —proclamó el Honrado por el Mundo—. Escuchad los devas, los dragones, los espíritus, los hombres, las mujeres, los seres visibles y los invisibles. Hoy, en este Palacio del Cielo Trayastrimsha, alabaré al Bodhisattva-Mahasattva Ksitigarbha. Hablaré de los beneficios que concede a los seres de los mundos humanos y celestiales, de los medios hábiles mediante los cuales los guía, de su poder inconcebible, de su sabiduría y de la fuerza de sus votos. Explicaré cómo conduce a los seres hacia el despertar, cómo los ayuda a progresar hasta los altos niveles del Camino del Bodhisattva y cómo aquellos que siguen sinceramente sus enseñanzas dejan de retroceder de la Suprema y Perfecta Iluminación.
Al oír estas palabras, toda la asamblea dirigió la mirada hacia Ksitigarbha. El Bodhisattva permanecía sentado con una expresión serena, sosteniendo en su corazón el sufrimiento de innumerables seres. No mostraba orgullo por las alabanzas del Buda. Parecía más bien inclinarse interiormente ante todos aquellos que todavía aguardaban salvación en los caminos del Samsara.
Entonces, entre los grandes Bodhisattvas presentes, Avalokiteshvara se levantó de su asiento. Su figura irradiaba una compasión apacible y penetrante. En incontables mundos se le conocía como aquel que escucha los sonidos y lamentos de los seres. Ningún grito de dolor escapaba a su oído, ningún sufrimiento sincero quedaba fuera de su atención. Se adelantó, se arrodilló sobre una rodilla y juntó las palmas ante el Buda.
—Honrado por el Mundo —dijo—, conozco bien la compasión de Ksitigarbha. Él contempla a los seres cargados de karma, a quienes sufren sin comprender las causas de su sufrimiento y a quienes, atrapados en la ignorancia, crean nuevos motivos para caer una y otra vez. Por ellos ha manifestado billones de cuerpos en billones de mundos. Su poder es inconcebible y también lo son los méritos que ha acumulado mediante la liberación de los seres.
Avalokiteshvara volvió la mirada hacia Ksitigarbha y continuó:
—Durante edades incontables he escuchado al Honrado por el Mundo y a los Budas de las diez direcciones alabar juntos a este gran Bodhisattva. Todos han declarado que ni siquiera la totalidad de los Budas del pasado, del presente y del futuro podría expresar completamente la grandeza de sus votos y sus obras. Ahora el Venerable del Mundo ha anunciado ante esta asamblea que desea proclamar nuevamente los beneficios de venerarlo. Por el bien de los seres presentes y futuros, ruego que exponga esta enseñanza ampliamente, para que los devas, los dragones, los espíritus, los hombres y las mujeres sepan cómo rendir homenaje a Ksitigarbha y cómo recibir el auxilio de su compasión.
El Buda contempló a Avalokiteshvara con afecto.
—Tú también —respondió— posees una afinidad inmensa con los seres del Mundo Saha. Cuando hombres, mujeres, devas, dragones, espíritus o seres de los seis caminos oyen tu nombre, contemplan tu imagen, te rinden homenaje o te alaban con sinceridad, ya no se apartan fácilmente del camino hacia el despertar. Renacen repetidamente entre los seres humanos y celestiales, reciben condiciones favorables, encuentran el Dharma y, cuando sus causas maduran, se encuentran con los Budas y reciben la predicción de su futura Budeidad.
Avalokiteshvara escuchó con humildad, sin aceptar aquellas palabras como alabanza personal, sino como confirmación del poder del voto compasivo. Entonces el Buda añadió:
—Precisamente porque sientes una misericordia tan profunda por los seres y porque puedes comprender la grandeza de Ksitigarbha, escucha atentamente. Te explicaré los beneficios que obtienen quienes contemplan su imagen, oyen su nombre, se refugian en él y le hacen ofrendas.
—Escucharé con alegría y reverencia —respondió Avalokiteshvara.
El Buda comenzó hablando de los devas. Aunque los seres humanos los imaginaban rodeados eternamente de placer, también ellos permanecían sujetos a la impermanencia. Sus palacios celestiales, sus ornamentos de flores, sus cuerpos luminosos y sus largas vidas no eran eternos. Cuando el mérito que había producido su renacimiento celestial comenzaba a agotarse, aparecían los cinco signos de decadencia. Las guirnaldas que adornaban sus cabezas perdían el perfume y se marchitaban; sus ropas, siempre limpias y radiantes, comenzaban a ensuciarse; sus cuerpos emitían un sudor desconocido; las axilas despedían un olor desagradable; y, por primera vez durante su larga existencia, ya no podían permanecer tranquilos en sus asientos celestiales. Una ansiedad profunda se apoderaba de ellos, porque comprendían que su tiempo de felicidad estaba llegando a su fin.
El Buda describió a uno de estos devas. Durante eras había vivido en un palacio formado por piedras preciosas, rodeado de música, perfumes y compañeros celestiales. Nunca había conocido el cansancio ni el hambre, y había llegado a creer que aquella dicha no terminaría jamás. Pero un día observó que las flores de su corona comenzaban a inclinarse. Poco después descubrió una mancha en su vestidura. Sus compañeros evitaron mirarlo, porque todos reconocían las señales. El deva sintió entonces un terror mucho mayor que cualquier miedo humano: podía contemplar vagamente el lugar donde renacería y comprendía que sus antiguos méritos se habían agotado. Tal vez caería al reino humano, donde encontraría enfermedad, vejez y muerte; tal vez, debido a acciones negativas que aún no habían madurado, descendería a un reino de hambre, animalidad o tormento.
—Cuando un deva manifieste estos signos —explicó el Buda—, si llega a ver una imagen de Ksitigarbha o a escuchar su nombre, y aunque sea por una sola vez dirige hacia él una mirada de respeto y realiza una reverencia sincera, su mérito celestial aumentará. Podrá continuar disfrutando de felicidad y no caerá en los reinos de sufrimiento.
Estas palabras causaron asombro en la asamblea. Una sola mirada reverente, un solo homenaje hecho en un instante de fe verdadera, podía alterar la dirección de un destino que parecía inevitable. No porque el Bodhisattva destruyera arbitrariamente la ley del karma, sino porque el encuentro con su nombre despertaba una poderosa raíz de virtud. El miedo del deva se transformaba en humildad; su apego al placer celestial se convertía en refugio; y aquella transformación interior creaba una nueva causa capaz de sostenerlo.
—Mucho mayores serán los méritos —continuó el Buda— si además ofrece incienso, flores, vestiduras, alimentos, joyas, collares o adornos. Los beneficios obtenidos mediante tales ofrendas serán ilimitados e inconmensurables.
El Buda habló después de los seres humanos que se acercaban a la muerte. En una casa humilde, un anciano yacía sobre su lecho, rodeado por hijos y nietos. Su respiración era débil y entrecortada; sus manos apenas podían moverse; su mente oscilaba entre la claridad y la confusión. Durante su vida había realizado algunas obras buenas, pero también había acumulado acciones negativas que ahora se aproximaban como sombras. Sus familiares lloraban y no sabían cómo ayudarlo. Algunos deseaban conservar sus bienes; otros discutían en voz baja acerca de la herencia. Pero una hija, recordando las enseñanzas del Sutra, se acercó al oído del moribundo y pronunció lentamente:
—Namo Ksitigarbha Bodhisattva.
Aunque los ojos del anciano permanecían cerrados, su conciencia escuchó. El nombre descendió en su mente como una campana en medio de la niebla. Luego lo oyó nuevamente, y una tercera vez. Por un instante recordó un acto de bondad realizado en su juventud, una ofrenda de alimento entregada a un monje viajero, y aquella memoria virtuosa se unió al nombre del Bodhisattva.
—Avalokiteshvara —dijo el Buda—, si un ser de cualquiera de los seis caminos escucha el nombre de Ksitigarbha en el momento de la muerte, no caerá en los reinos dolorosos.
Sin embargo, el beneficio podía ser todavía mayor. Los familiares podían tomar parte de los bienes del moribundo —una casa, una porción de dinero, joyas, ropas u otras posesiones— y emplearlos para encargar una imagen pintada o fundida del Bodhisattva. No se trataba de privar injustamente a la familia ni de realizar una ceremonia por apariencia, sino de transformar la riqueza acumulada por aquella persona en una causa de liberación.
El Buda explicó que, si el enfermo todavía conservaba conciencia, era especialmente valioso hacerle saber lo que estaba ocurriendo.
—Padre —podían decirle—, emplearemos parte de tus bienes para crear una imagen de Ksitigarbha en tu nombre. Ofreceremos incienso, flores y lámparas, y dedicaremos el mérito a tu recuperación y a tu liberación.
Al escuchar esto, el enfermo participaba interiormente del acto. Aunque ya no pudiera levantarse ni hablar, podía sentir alegría, desprenderse de sus posesiones y aprobar la ofrenda. Ese pensamiento de generosidad y refugio poseía un poder inmenso.
—Si el karma de esa persona dispone que su enfermedad no sea mortal —continuó el Buda—, gracias a los méritos creados en su nombre recuperará la salud y su vida se prolongará. Si su karma dispone que deba morir, entonces, mediante esas ofrendas, sus acciones negativas se aliviarán y podrá renacer en los cielos para disfrutar de felicidad.
Los presentes comprendieron que el beneficio no consistía siempre en impedir la muerte. A veces la vida se extendía; otras veces, la muerte llegaba, pero el destino posterior se transformaba. En ambos casos, la devoción a Ksitigarbha convertía un momento de terror en una oportunidad de mérito, desprendimiento y confianza.
Entonces el Buda guardó un breve silencio. La luz continuaba irradiándose desde su corona, atravesando mundos incontables. Avalokiteshvara permanecía arrodillado, escuchando. Ksitigarbha contemplaba en silencio a todos los seres que algún día perderían a sus padres, hermanos o seres queridos y quedarían atormentados por una sola pregunta: “¿Dónde habrán renacido?”.
Entonces el Buda habló de aquellos que habían perdido a sus padres, hermanos o seres queridos durante la infancia. Describió a los niños que apenas conservaban un recuerdo difuso de quienes los habían sostenido en brazos, a los jóvenes que habían crecido escuchando sólo algunas historias sobre una madre fallecida demasiado pronto, y a los adultos que, pese al paso de los años, seguían experimentando un vacío imposible de llenar. Algunos habían perdido a sus padres antes de cumplir tres años; otros, a los cinco, a los siete o a los diez. Muchos no recordaban ya los rasgos del rostro de sus seres queridos. Otros retenían apenas una voz, una canción o el calor de una mano. Sin embargo, la ausencia permanecía.
—Avalokiteshvara —dijo el Buda—, en las generaciones futuras habrá hombres y mujeres que preguntarán durante toda su vida: “¿Dónde habrá renacido mi madre? ¿Qué destino habrá recibido mi padre? ¿Mi hermano estará sufriendo? ¿Habrá alcanzado un mundo de paz?”.
La asamblea pudo contemplar entonces la imagen de una joven que había perdido a su madre siendo niña. Había crecido en casa de unos parientes que hablaban poco del pasado. Sólo conservaba una pequeña prenda bordada y una vaga memoria del perfume que acompañaba a la mujer que la había traído al mundo. Durante años, cada vez que veía a otras madres caminar junto a sus hijas, sentía renacer en ella una pregunta que nadie podía responder. Al llegar a la edad adulta encontró un templo donde se veneraba a Ksitigarbha. Frente a la imagen del Bodhisattva, observó su mirada compasiva, la joya luminosa que sostenía y el báculo con anillos destinado a abrir las puertas de los reinos dolorosos. Entonces comprendió que, si existía algún ser capaz de encontrar a los muertos en los caminos del samsara, era aquel cuyo voto abarcaba precisamente a quienes se hallaban perdidos entre la oscuridad y el sufrimiento.
El Buda explicó que quienes experimentaran tal dolor podían encargar una pintura o una estatua de Ksitigarbha. Podían ofrecer los recursos necesarios para fundirla en metal, tallarla en madera o modelarla en arcilla. Si carecían de riquezas, podían realizar una imagen sencilla o contribuir con una parte mínima a una obra colectiva. Lo importante era que la acción surgiera de una intención sincera y no de la ostentación. Después debían contemplar la imagen con respeto, escuchar o recitar el nombre del Bodhisattva, postrarse y hacer ofrendas sin abandonar el propósito original de beneficiar a sus familiares fallecidos.
—Durante un período de uno a siete días —dijo el Buda—, cada vez que oigan el nombre de Ksitigarbha o contemplen su imagen, deben mantener una actitud constante de reverencia. No deben practicar con intensidad durante unas horas y luego olvidar su intención. Deben perseverar con la misma sinceridad con que comenzaron.
En aquellos días, la joven acudió cada mañana al santuario. Encendía incienso, ofrecía agua limpia y colocaba una flor ante la imagen. Después juntaba las palmas y pronunciaba lentamente el nombre del Bodhisattva. No lo hacía como quien exige una respuesta inmediata, sino como quien abre una puerta y espera con paciencia. Por la noche regresaba, encendía una lámpara y dedicaba el mérito a su madre. Con cada reverencia repetía en silencio: “Dondequiera que hayas renacido, que este mérito te alcance. Si sufres, que seas liberada. Si ya has encontrado felicidad, que tu camino hacia la Iluminación se fortalezca”.
El Buda explicó que, si aquellos familiares habían caído en los reinos de sufrimiento debido a acciones negativas y estaban destinados a permanecer allí durante kalpas, el mérito generado por la creación de la imagen, la contemplación respetuosa, las ofrendas y las postraciones podía llegar hasta ellos. Las cadenas de su karma comenzarían a debilitarse. Las condiciones que sostenían su sufrimiento se transformarían y podrían abandonar aquellos destinos para renacer en los mundos humanos o celestiales.
Pero la acción no era inútil aun cuando los difuntos ya hubieran alcanzado renacimientos favorables.
—Si los padres, hermanos u otros familiares ya se encuentran entre los devas o los seres humanos debido a sus propias buenas acciones —continuó el Buda—, entonces el mérito ofrecido por los vivos aumentará sus causas de santidad. Recibirán mayor felicidad, encontrarán más fácilmente el Dharma y avanzarán hacia la liberación.
La joven del relato no podía saber cuál de esas situaciones correspondía a su madre. Sin embargo, comprendió que su práctica jamás sería desperdiciada. Si su madre sufría, recibiría alivio. Si se encontraba en paz, su virtud aumentaría. Si ya había renacido en otro lugar y carecía de memoria de su vida anterior, el mérito aún podría alcanzarla como una corriente invisible que fortalece una semilla bajo la tierra.
Entonces el Buda reveló una práctica más intensa.
—Si estas personas desean conocer el lugar donde han renacido sus familiares, deben rendir homenaje devotamente ante la imagen de Ksitigarbha y recitar su nombre diez mil veces durante veintiún días.
La asamblea escuchó con atención. Veintiún días no eran una cifra escogida al azar. Era un período suficiente para que la mente atravesara sus primeras fluctuaciones, para que el entusiasmo inicial fuese sometido a prueba y para que la devoción dejara de ser un impulso momentáneo y se convirtiera en disciplina. Durante esos días, el practicante debía mantener su propósito con firmeza. No bastaba con contar sonidos de manera mecánica. Cada invocación debía surgir como un llamado verdadero.
La joven comenzó entonces aquella práctica. Se levantaba antes del amanecer, lavaba sus manos y su rostro, ordenaba el altar y encendía incienso. Después pronunciaba el nombre de Ksitigarbha una vez tras otra. Al principio su mente permanecía concentrada, pero pronto aparecieron recuerdos, preocupaciones y cansancio. A veces dudaba. Se preguntaba si realmente recibiría una respuesta. En otras ocasiones se sentía culpable por no haber recordado a su madre con mayor frecuencia. Sin embargo, cada vez que surgía la confusión, contemplaba la imagen del Bodhisattva y regresaba a la recitación.
Los días transcurrieron lentamente. En el séptimo día tuvo un sueño confuso que no pudo comprender. En el decimocuarto sintió una profunda tristeza, como si todas las emociones retenidas desde su infancia hubieran surgido al mismo tiempo. Lloró ante la imagen y continuó recitando. En el vigésimo primer día, agotada pero serena, completó el número de invocaciones y se acostó después de dedicar el mérito.
Aquella noche soñó que caminaba por un lugar vasto, iluminado por una luz que no procedía del sol ni de la luna. Frente a ella apareció una figura inmensa. Su cuerpo parecía abarcar el cielo, pero su rostro era cercano y compasivo. Era Ksitigarbha manifestando su cuerpo inconmensurable. El Bodhisattva no habló con palabras ordinarias. Extendió su báculo y el espacio se abrió como una cortina. La joven contempló entonces un mundo donde su madre había renacido. No vio sufrimiento. La vio rodeada de condiciones pacíficas, más joven de lo que la recordaba y cubierta por una luz suave. Comprendió que había alcanzado un destino favorable y que las ofrendas realizadas durante aquellas semanas habían fortalecido aún más su camino.
El Buda explicó que no todos recibirían exactamente la misma visión. Algunos verían a sus familiares directamente; otros escucharían una voz que les revelaría el lugar de renacimiento; otros serían conducidos en sueños a diferentes mundos y reconocerían allí a quienes buscaban. Algunos no recordarían imágenes claras, pero despertarían con una certeza serena y una disminución profunda de su angustia.
—Ksitigarbha —declaró el Buda— puede manifestar su cuerpo ilimitado para mostrar a los practicantes dónde se encuentran sus seres queridos. También puede desplegar su poder en los sueños y guiarlos personalmente a través de los distintos reinos.
Aquello no significaba que toda visión nocturna debiera tomarse como revelación. El verdadero signo de la presencia del Bodhisattva era la transformación de la mente: la disminución del miedo, el aumento de la compasión y el fortalecimiento de la práctica. Una visión que alimentara la arrogancia, la obsesión o la confusión no debía confundirse con la guía de Ksitigarbha. Su intervención siempre conducía hacia la serenidad, la gratitud y una mayor confianza en el Dharma.
El Buda habló entonces de una disciplina todavía más prolongada.
—Si un hombre o una mujer recita devotamente el nombre de Ksitigarbha mil veces cada día durante mil días, el Bodhisattva enviará a las deidades locales de la tierra para protegerlo durante el resto de su vida.
Avalokiteshvara comprendió la inmensidad de aquella práctica. Mil días representaban casi tres años de constancia. Quien mantuviera durante tanto tiempo la invocación cotidiana habría transformado por completo su relación con el Bodhisattva. El nombre de Ksitigarbha ya no sería un sonido ocasional, sino un ritmo integrado en la respiración, el trabajo, la enfermedad, la alegría y el descanso.
El Buda describió a un hombre que emprendió aquella disciplina después de experimentar numerosas pérdidas. Había vivido durante años dominado por el temor. Su casa sufría constantes dificultades; sus cosechas se arruinaban; sus hijos enfermaban; y cada viaje le parecía lleno de peligros. Al conocer la práctica, comenzó a recitar el nombre del Bodhisattva antes de salir el sol. Marcaba cada día en una tablilla y no se permitía abandonar la disciplina ni siquiera cuando estaba cansado o enfermo. En ocasiones recitaba mientras caminaba; otras veces lo hacía junto al lecho de un familiar. Poco a poco, su carácter comenzó a cambiar. Se volvió menos irritable, más atento a las necesidades de los demás y más cuidadoso en sus decisiones.
Las deidades de la tierra que habitaban las regiones cercanas recibieron entonces la instrucción del Bodhisattva. Algunas custodiaban los caminos; otras vigilaban los límites de su hogar; otras apartaban influencias dañinas. No se manifestaban necesariamente ante sus ojos, pero su protección se expresaba en encuentros oportunos, peligros evitados, advertencias inesperadas y condiciones favorables que surgían en momentos decisivos.
—Durante la vida actual —dijo el Buda—, quienes practiquen así tendrán alimento y vestido suficientes. No padecerán enfermedades graves con facilidad, y los accidentes no se acercarán a sus hogares. Mucho menos llegarán a destruirlos.
Esto no significaba que la vida estuviera libre de toda dificultad. La protección del Bodhisattva no convertía el mundo condicionado en un paraíso permanente. Sin embargo, numerosos karmas podían suavizarse, muchos peligros podían desviarse y las dificultades inevitables podían enfrentarse con una mente más estable. La mayor protección no consistía solamente en evitar el sufrimiento exterior, sino en impedir que éste destruyera la fe y condujera a nuevas acciones negativas.
—Finalmente —continuó el Buda—, Ksitigarbha tocará la cabeza de estas personas y les concederá una predicción de Iluminación.
Aquella imagen conmovió profundamente a la asamblea. Después de años de invocar su nombre, el practicante contemplaría al Bodhisattva acercarse, quizá en sueños, en meditación o en el instante de la muerte. Ksitigarbha extendería su mano y tocaría suavemente su coronilla. Aquel gesto no era una simple bendición. Era la confirmación de que las raíces de virtud habían madurado y de que, aunque todavía quedara camino por recorrer, el practicante no se apartaría finalmente de la Budeidad.
Entonces el Honrado por el Mundo se dirigió nuevamente a Avalokiteshvara.
—En el futuro habrá hombres y mujeres virtuosos que despertarán una gran compasión y decidirán rescatar a todos los seres. Algunos aspirarán a cultivar la suprema Bodhi; otros desearán abandonar los tres mundos de la existencia condicionada. Cuando vean una imagen de Ksitigarbha o escuchen su nombre, deben refugiarse en él, hacer reverencias y ofrecer incienso, vestidos, joyas o alimentos.
El Buda describió a una mujer que, después de presenciar el sufrimiento de los pobres y los enfermos, hizo el voto de dedicar su vida a ayudarlos. Sin embargo, al comenzar su obra encontró obstáculos. Carecía de recursos, sus familiares no comprendían su decisión y algunos la acusaban de buscar reconocimiento. Desanimada, acudió ante una imagen de Ksitigarbha y ofreció una pequeña lámpara. No pidió riqueza ni fama. Sólo dijo:
—Bodhisattva, deseo servir a los seres, pero mi fuerza es insuficiente. Ayúdame a no abandonar este voto.
A partir de entonces, no desaparecieron todos sus problemas, pero comenzó a encontrar aliados, oportunidades y medios que antes no había visto. Su propósito se hizo más claro. Aprendió a actuar con paciencia, sin esperar resultados inmediatos. Así, el refugio en Ksitigarbha no sustituyó su esfuerzo: lo ordenó, lo protegió y lo volvió constante.
—Quienes practiquen de este modo —dijo el Buda— cumplirán rápidamente sus propósitos y no serán obstaculizados en sus aspiraciones.
Habló también de quienes poseían incontables deseos y buscaban ayuda en numerosos asuntos. Algunas personas necesitaban salud; otras, alimento; otras deseaban reconciliar a su familia, encontrar un lugar seguro donde vivir, concluir un trabajo virtuoso o superar una dificultad que amenazaba con destruir su estabilidad.
—Deben refugiarse sinceramente en Ksitigarbha —explicó—, rendir homenaje ante su imagen, hacer ofrendas y alabarlo. Sus deseos rectos y sus necesidades legítimas encontrarán cumplimiento.
Sin embargo, el Buda enseñaba implícitamente que la cercanía al Bodhisattva también purificaba los deseos. Quien acudía inicialmente buscando una solución material podía descubrir que algunas de sus peticiones surgían del apego o la codicia. A través de la práctica aprendía a pedir con mayor sabiduría. En lugar de exigir éxito a cualquier precio, comenzaba a pedir condiciones para hacer el bien; en lugar de desear la derrota de un enemigo, pedía liberarse del odio; en lugar de buscar únicamente riqueza, aspiraba a tener lo suficiente para sostenerse y ayudar a otros.
—Si además suplican a Ksitigarbha que los proteja siempre con su gran compasión —añadió el Buda—, el Bodhisattva aparecerá en sus sueños, tocará sus cabezas y les concederá la predicción de la Iluminación.
Avalokiteshvara guardó estas palabras en su corazón. Comprendía que todos aquellos beneficios —conocer el destino de los fallecidos, recibir protección, obtener sustento y ver realizados los deseos virtuosos— no eran fines separados. Todos eran medios hábiles para acercar a los seres a la confianza, la práctica y el despertar. Ksitigarbha respondía a sus necesidades inmediatas porque sabía que una mente dominada por el terror, el hambre o la desesperación encontraba difícil escuchar el Dharma. Primero ofrecía refugio; después guiaba hacia la sabiduría.
Los rayos continuaban expandiéndose desde la corona del Buda. Algunos alcanzaban hogares donde las personas lloraban a familiares muertos; otros tocaban a practicantes que repetirían el nombre del Bodhisattva durante veintiún días; otros iluminaban caminos que aún no habían sido recorridos. Y, en la quietud del Palacio de Trayastrimsas, el Honrado por el Mundo se preparó para explicar cómo Ksitigarbha podía disipar las obstrucciones de quienes amaban los Sutras Mahayana pero eran incapaces de recordarlos, cómo transformaba la pobreza y las desgracias, y cómo protegía a los viajeros que debían atravesar montañas, bosques, ríos y mares llenos de peligros.
El Honrado por el Mundo permaneció rodeado por los innumerables rayos que todavía surgían de su ushnisha y llenaban el Palacio del Cielo de Trayastrimsha con una claridad imposible de describir. Algunos de aquellos resplandores parecían formar ruedas enjoyadas; otros se extendían como nubes multicolores; otros iluminaban los mundos con la frescura de la luna o con la fuerza del sol. Sin embargo, a pesar de aquella magnificencia, la voz del Buda continuaba siendo serena y cercana, como si hablara individualmente a cada ser presente. Avalokiteshvara seguía arrodillado ante él, con las palmas juntas, y escuchaba no sólo por sí mismo, sino por todos los hombres y mujeres que en las edades futuras encontrarían obstáculos en el estudio, sufrirían pobreza, temerían por sus hogares o tendrían que atravesar caminos peligrosos.
—Además, Avalokiteshvara —dijo el Buda—, en las generaciones futuras habrá hombres y mujeres virtuosos que sentirán un profundo amor por los Sutras Mahayana. Al escuchar las palabras de la Gran Vía, sus corazones se llenarán de reverencia y despertarán el deseo sincero de memorizar, recitar y transmitir las enseñanzas. Algunos querrán conservarlas para que no se pierdan; otros desearán enseñarlas a sus hijos, a sus discípulos o a comunidades enteras; otros se propondrán estudiar cada frase hasta comprender su significado más profundo. Sin embargo, a pesar de su buena intención, encontrarán una dificultad dolorosa: aquello que lean se borrará rápidamente de su memoria.
La asamblea contempló entonces la imagen de un joven estudiante del Dharma que había viajado desde muy lejos para aprender junto a un maestro célebre. Se levantaba antes del amanecer, limpiaba el salón de estudio y se sentaba con el Sutra abierto ante él. Repetía una estrofa veinte veces, cincuenta veces, cien veces. Por la noche creía finalmente haberla retenido, pero al despertar descubría que las palabras se habían desordenado en su mente. Volvía a comenzar, copiaba el pasaje, lo recitaba en voz alta y escuchaba pacientemente las explicaciones del maestro. Sin embargo, días después apenas recordaba unas pocas frases. No era perezoso ni indiferente. Su deseo de aprender era sincero, y precisamente por ello cada olvido le producía mayor tristeza.
Con el paso de los años, aquel estudiante comenzó a pensar que carecía de capacidad espiritual. Observaba cómo otros compañeros aprendían rápidamente capítulos enteros, mientras él continuaba luchando con las mismas líneas. Algunos lo juzgaban; otros le aconsejaban abandonar el estudio. Él mismo llegó a preguntarse si el Dharma estaba cerrado para alguien como él.
Entonces el Buda explicó la causa.
—Estas personas no fracasan necesariamente por falta de inteligencia ni porque sus votos sean falsos. En muchas ocasiones, sus dificultades proceden de obstrucciones kármicas acumuladas en vidas anteriores. Tal vez despreciaron los Sutras, ocultaron enseñanzas, impidieron que otros estudiaran o usaron sus conocimientos para fomentar la arrogancia. Los frutos de aquellas acciones todavía no se han agotado, y por eso, aunque encuentren buenos maestros y se esfuercen durante años, no pueden conservar lo aprendido.
Aquellas palabras no fueron pronunciadas como condena, sino como diagnóstico compasivo. Si el obstáculo tenía una causa, también podía transformarse mediante nuevas causas. El Buda instruyó entonces:
—Cuando tales hombres y mujeres vean una imagen de Ksitigarbha o escuchen su nombre, deben dirigirse a él con respeto y revelar sinceramente su dificultad. Deben ofrecer incienso, flores, vestiduras, alimentos y objetos hermosos destinados a dignificar el santuario. Después colocarán ante la imagen una pequeña copa de agua limpia y la dejarán allí durante un día y una noche.
El estudiante preparó entonces un sencillo altar. No poseía riquezas, por lo que ofreció una flor silvestre, un pequeño cuenco de arroz y un trozo de tela limpia. Lavó cuidadosamente una copa, la llenó con agua fresca y la colocó frente a la imagen de Ksitigarbha. Durante todo aquel día continuó recitando el nombre del Bodhisattva. Por la noche encendió una lámpara y confesó en silencio su desánimo.
—Gran Bodhisattva —dijo—, no deseo aprender para ser admirado. Quiero conservar estas enseñanzas para beneficiar a otros. Si mis acciones pasadas han oscurecido mi memoria, ayúdame a purificarlas. Permíteme recordar siquiera una frase si esa frase puede aliviar algún día el sufrimiento de un ser.
A la mañana siguiente juntó las palmas, hizo reverencias y tomó la copa con ambas manos. Siguiendo la instrucción, se volvió hacia el sur, dirección vinculada a la morada pura de Ksitigarbha, y bebió el agua con un corazón reverente. No la consideró una sustancia mágica independiente de la conducta. El agua había permanecido frente al Bodhisattva como soporte de su voto; al beberla, asumía también una disciplina.
El Buda explicó que, durante siete días o durante tres períodos de siete días, el practicante debía abstenerse de las cinco plantas picantes, del alcohol y de la carne. Debía abandonar la mala conducta sexual, la mentira y toda acción de matar. No bastaba con pedir sabiduría mientras se continuaba oscureciendo la mente mediante hábitos perjudiciales. El cuerpo, la palabra y la intención debían alinearse con el propósito de la práctica.
El joven cumplió aquellas instrucciones. Los primeros días experimentó irritación y cansancio. Algunas costumbres parecían más difíciles de abandonar de lo que había imaginado. Sin embargo, cada vez que surgía una tentación, recordaba la copa de agua y el voto pronunciado ante la imagen. Continuó recitando el nombre de Ksitigarbha y dedicó cada jornada a purificar las causas de su olvido.
Al llegar la vigésima primera noche, soñó que se encontraba en una vasta sala construida con piedras preciosas. En el centro se alzaba Ksitigarbha con un cuerpo tan inmenso que parecía tocar los límites del cielo. El Bodhisattva extendió una mano luminosa y colocó un dedo sobre la coronilla del estudiante. De aquel contacto surgió una corriente fresca que atravesó su cabeza, su garganta y su corazón. Luego escuchó una voz:
—No estudies para engrandecerte. Estudia para abrir caminos a quienes todavía no pueden ver.
Al despertar, el joven sintió una claridad desconocida. Abrió el Sutra y leyó una estrofa. Horas después podía repetirla con exactitud. Leyó una segunda y luego una tercera. Las frases ya no se desvanecían. Cada palabra parecía encontrar un lugar preciso en su mente. Con el tiempo, llegó a comprender que el beneficio no consistía solamente en adquirir una memoria extraordinaria, sino en recordar el Dharma sin convertirlo en motivo de vanidad.
—Quienes practiquen así —dijo el Buda— contemplarán en sueños el cuerpo inconmensurable de Ksitigarbha y recibirán su poder. Al despertar, obtendrán gran agudeza y sabiduría. Cuando escuchen un Sutra una sola vez, lo conservarán en su memoria. No olvidarán ni siquiera una estrofa o una frase durante incontables vidas.
Avalokiteshvara comprendió que este beneficio tenía un alcance inmenso. Una persona capaz de conservar fielmente las enseñanzas podía transmitirlas a generaciones futuras. El auxilio concedido a un solo estudiante podía transformarse en la salvación de miles de seres que escucharían algún día aquellas palabras.
El Buda continuó:
—Habrá también personas cuya vida esté dominada por la escasez y la desgracia. No tendrán suficiente alimento ni vestido. Sus aspiraciones se verán frustradas una y otra vez. Padecerán enfermedades, disputas familiares y accidentes. Algunos verán dispersarse a sus seres queridos. Otros vivirán en hogares donde nunca hay paz. Incluso durante el sueño serán perseguidos por pesadillas y despertarán con miedo.
La escena cambió ante la conciencia de la asamblea. Apareció una familia que habitaba una casa deteriorada en las afueras de una ciudad. El padre había perdido su trabajo; la madre estaba enferma; uno de los hijos se había marchado después de una discusión y nadie conocía su paradero. Las lluvias entraban por el techo, las deudas se acumulaban y cada nueva jornada parecía traer una dificultad diferente. Por las noches, la madre soñaba con figuras oscuras que rondaban la vivienda. El padre apenas dormía, atormentado por la vergüenza de no poder sostener a los suyos. Los hermanos discutían por cosas pequeñas porque el miedo había consumido su paciencia.
Un día, una anciana vecina les habló de Ksitigarbha. Les entregó una imagen sencilla y les enseñó a recitar su nombre. Al principio lo hicieron sólo porque ya no sabían a quién recurrir. Colocaron la imagen en una mesa limpia, ofrecieron agua y encendieron una pequeña lámpara. Luego comenzaron a repetir juntos la invocación.
Durante los primeros días nada extraordinario ocurrió. La casa continuó necesitando reparaciones, la enfermedad no desapareció de inmediato y el dinero siguió siendo escaso. Sin embargo, la recitación introdujo un instante de calma en medio de cada jornada. Mientras pronunciaban el nombre del Bodhisattva, dejaban de acusarse mutuamente. La madre dormía con menos temor. El padre recuperó la claridad suficiente para buscar nuevas posibilidades de trabajo. Uno de los hijos decidió visitar a un familiar que podía ayudarles. La devoción comenzó a reorganizar sus acciones y a abrir caminos que la desesperación les impedía ver.
—Si estas personas —explicó el Buda— escuchan el nombre de Ksitigarbha, contemplan su imagen y recitan devotamente su nombre diez mil veces, las desgracias que las rodean comenzarán a desaparecer gradualmente. Alcanzarán condiciones más felices, tendrán alimento y vestido suficientes y disfrutarán de tranquilidad tanto al dormir como al soñar.
El cambio podía ser paulatino. Una enfermedad encontraba tratamiento; una deuda podía renegociarse; un miembro de la familia regresaba; surgía una oportunidad de trabajo; un peligro era evitado. Pero, junto a estos beneficios visibles, ocurría algo todavía más importante: la mente dejaba de estar completamente sometida al miedo. Quien ya no vivía dominado por la desesperación era menos propenso a mentir, robar, herir o abandonar a los demás. Así, la protección del Bodhisattva no sólo modificaba circunstancias externas, sino que interrumpía la creación de nuevas causas de sufrimiento.
Después el Buda habló de los viajeros.
—Avalokiteshvara, en el futuro habrá hombres y mujeres que, por razones de sustento, obligaciones oficiales, asuntos familiares, emergencias o necesidad de escapar de algún desastre, tendrán que atravesar lugares peligrosos. Algunos cruzarán montañas remotas y bosques salvajes. Otros viajarán por ríos traicioneros o mares agitados. Algunos pasarán por regiones donde actúan ladrones, soldados, animales feroces o espíritus hostiles.
La asamblea contempló entonces a un mercader que debía cruzar una cordillera antes de que comenzara el invierno. Llevaba medicinas y provisiones destinadas a una aldea aislada. El camino atravesaba desfiladeros estrechos, bosques donde se habían visto tigres y regiones frecuentadas por bandidos. Sus familiares le suplicaron que no viajara, pero si permanecía en casa muchas personas quedarían sin ayuda.
La noche anterior a su partida, el mercader acudió a un pequeño templo. Se postró ante la imagen de Ksitigarbha, ofreció incienso y recitó su nombre con sinceridad. No pidió que el camino se volviera cómodo ni que desapareciera toda dificultad. Suplicó protección suficiente para cumplir su tarea sin causar daño ni recibirlo.
—Quienes deban emprender tales viajes —dijo el Buda— deben recitar devotamente el nombre de Ksitigarbha diez mil veces antes de partir. Entonces las deidades y los espíritus tutelares de cada región por la que pasen recibirán la instrucción de protegerlos.
El mercader inició su camino. Al segundo día encontró un puente destruido por las lluvias. Cuando se disponía a buscar un cruce, un pastor apareció y le mostró una ruta más segura. Más adelante escuchó rugidos en el bosque, pero los animales no se acercaron. Una noche vio luces sospechosas entre los árboles y decidió detenerse antes de avanzar; al amanecer descubrió que una banda de ladrones había esperado en el sendero principal. En otra ocasión, una tormenta repentina obligó a su grupo a refugiarse en una cueva, y poco después un desprendimiento bloqueó el camino que habrían recorrido.
Ninguna figura celestial se manifestó abiertamente ante él, pero la protección apareció mediante intuiciones oportunas, encuentros inesperados y peligros desviados. El mercader llegó finalmente a la aldea, entregó las provisiones y regresó sano a su hogar.
—Aunque encuentren tigres, lobos, leones, serpientes venenosas, espíritus malignos o cualquier otra amenaza —continuó el Buda—, quienes viajen bajo esta protección no sufrirán daño.
Avalokiteshvara escuchó todas estas enseñanzas y comprendió que resultaría imposible enumerar cada forma en que Ksitigarbha ayudaba a los seres. El Bodhisattva se adaptaba a las necesidades de cada uno. A los moribundos les ofrecía una vía para evitar los reinos dolorosos. A quienes lloraban a sus familiares les mostraba su destino. A los estudiantes les ayudaba a recordar los Sutras. A los pobres les abría caminos hacia el sustento. A los viajeros les concedía protección. A quienes aspiraban a la Bodhi les fortalecía los votos. Sin embargo, cada beneficio inmediato estaba dirigido finalmente hacia una misma meta: liberar a los seres del ciclo de nacimientos y muertes.
Entonces el Buda dijo:
—Ksitigarbha posee una afinidad particularmente profunda con los seres de Jambudvipa. Aunque hablara durante cientos de miles de kalpas, no podría enumerar todos los beneficios que reciben quienes contemplan su imagen, escuchan su nombre, le hacen ofrendas o buscan refugio en sus votos.
Luego dirigió su mirada directamente hacia Avalokiteshvara.
—Por ello debes emplear tu poder espiritual para difundir este Sutra. Haz que los seres del Mundo Saha conozcan estas enseñanzas y reciban sus beneficios durante decenas de miles de millones de kalpas.
Avalokiteshvara se inclinó profundamente. Aquel encargo unía ahora los votos de dos grandes Bodhisattvas. Quien escucha los lamentos del mundo ayudaría a difundir las enseñanzas de quien desciende a los reinos más oscuros para salvar a los seres. La compasión adoptaba formas distintas, pero su corazón era uno solo.
Entonces el Honrado por el Mundo expresó nuevamente la enseñanza en versos. Su voz se extendió como música a través del palacio celestial:
—El poder de Ksitigarbha no puede describirse ni siquiera durante tantos kalpas como granos de arena hay en los ríos Ganges. Quien por un solo instante contempla su imagen, escucha su nombre o se inclina con respeto genera beneficios ilimitados entre los hombres y los devas. Cuando las bendiciones celestiales se agotan y los seres están a punto de caer, el refugio sincero en este Mahasattva prolonga su vida virtuosa y disuelve el karma que conduce a los mundos de dolor.
—Quienes perdieron a sus padres, hermanos o seres amados durante la juventud y desconocen el lugar donde han renacido deben crear o venerar una imagen de Ksitigarbha, contemplarla con diligencia y recitar su nombre durante veintiún días. El Bodhisattva manifestará su cuerpo inconmensurable y revelará los mundos donde se encuentran aquellos seres. Si están atrapados en reinos de sufrimiento, recibirán liberación. Si el practicante no abandona su propósito, Ksitigarbha tocará su cabeza y le concederá la predicción de la Iluminación.
—Quienes aspiran al Despertar Supremo, desean abandonar el sufrimiento de los tres mundos o han despertado la gran compasión deben venerar primero al Mahasattva. Sus votos se cumplirán y las obstrucciones kármicas no frustrarán sus propósitos.
—Quienes quieren memorizar los Sutras, pero olvidan cuanto leen debido a acciones pasadas, deben ofrecer incienso, flores, vestiduras, alimentos y objetos dignos ante Ksitigarbha. Deben colocar agua limpia frente a su imagen durante un día y una noche, beberla con reverencia mirando hacia el sur, purificar su conducta y abstenerse de matar, mentir, embriagarse y actuar de manera impura. Entonces verán en sueños el cuerpo ilimitado del Bodhisattva y despertarán con una memoria penetrante. Al escuchar una enseñanza una sola vez, no la olvidarán durante incontables vidas.
—Quienes viven en pobreza, enfermedad y desgracia, quienes ven dispersarse a sus familias, quienes no encuentran paz ni siquiera durante el sueño, deben postrarse ante la imagen de Ksitigarbha y recitar su nombre. Sus dificultades disminuirán, los espíritus virtuosos los protegerán y encontrarán alimento, vestido y serenidad.
—Quienes atraviesen montañas, bosques, ríos o mares; quienes teman a animales feroces, hombres violentos, espíritus malignos, tormentas o caminos funestos, deben hacer ofrendas al Bodhisattva y buscar refugio en su nombre. Los peligros se disiparán y llegarán con seguridad a su destino.
—Avalokiteshvara, escucha con atención. El poder de Ksitigarbha es ilimitado e inconcebible. Ni siquiera decenas de miles de millones de kalpas bastarían para describirlo. Quien escuche su nombre, le rinda homenaje y le ofrezca incienso, flores, vestiduras o alimento recibirá incontables bendiciones. Si dedica ese mérito al Dharmadhatu, finalmente alcanzará la Budeidad y cruzará para siempre más allá del nacimiento y de la muerte. Por ello debes proclamar esta enseñanza en mundos tan numerosos como las arenas de todos los ríos Ganges.
Cuando el Buda terminó de recitar los versos, el Palacio del Cielo Trayastrimsha quedó nuevamente en silencio. Los rayos de su corona continuaron iluminando las diez direcciones, pero ahora cada uno parecía contener la imagen de Ksitigarbha descendiendo hacia una forma distinta de sufrimiento. En un mundo, acompañaba a un moribundo; en otro, consolaba a una hija que buscaba a su madre fallecida; en otro, tocaba la cabeza de un estudiante; en otro, protegía a un viajero en medio de una tormenta. Millones de emanaciones respondían a millones de necesidades, sin que el corazón del Bodhisattva se dividiera ni agotara.
Avalokiteshvara se postró ante el Buda y aceptó la responsabilidad de difundir el Sutra. Ksitigarbha permaneció en silencio, pero de su presencia emanaba una promesa más poderosa que cualquier palabra: mientras existiera un ser atrapado en la oscuridad, su voto permanecería activo; mientras alguien pronunciara su nombre con sinceridad, encontraría una puerta abierta; y mientras los seres continuaran girando entre el temor, la pérdida y la incertidumbre, él seguiría manifestándose en las formas necesarias para guiarlos hacia la libertad.




