Bienvenido a la Tierra Pura de la Luz Serena, un recurso sobre el Verdadero Budismo (一乘佛教), y sus posteriores ramificaciones, a la luz de las Enseñanzas Perfectas y Completas (圓教). Aquí presentamos el Budismo como religión, filosofía y estilo de vida, con énfasis en la Budología (Teología Budista), aspirando a presentar el Budismo balanceadamente entre la academia (estudios budistas) y la devoción, desde el punto de vista de una escuela tradicional de Budismo Japonés (Tendai-Escuela del Loto Reformada) y las enseñanzas universales del Sutra del Loto (法華経).


jueves, 18 de junio de 2026

Roku Kannon: Las Seis Manifestaciones de Kannon en el Cosmos Budista

 


Entre las innumerables manifestaciones de la compasión budista que encontramos en las tradiciones del Budismo, pocas poseen la profundidad doctrinal, la riqueza simbólica y la fuerza devocional de las Seis Kannon (Roku Kannon). Estas seis manifestaciones del Bodhisattva Avalokiteshvara —Kannon Bosatsu en Japón— (el nombre sánscrito Avalokiteshvara significa “El Señor que Contempla con Misericordia los Lamentos del Mundo”) representan la actividad salvífica universal de la Mente Iluminada que desciende a cada uno de los Seis Reinos del Samsara para guiar, consolar, proteger y conducir a los seres hacia el Despertar. Así como la lluvia cae sobre montañas, bosques, campos y desiertos sin hacer distinción, la misericordia de Kannon alcanza a todos los seres sin excepción, adaptándose a sus necesidades, sufrimientos y capacidades particulares.

La tradición de las Seis Kannon posee raíces antiguas que se remontan a la doctrina de los Seis Reinos del Samsara desarrollada en China y posteriormente transmitida al Japón. En particular, la veneración organizada de las Seis Kannon tiene su génesis en los escritos del Gran Maestro Chih-i (538–597), fundador de la escuela Tiantai, cuya obra monumental, el Makashikan (Gran Calma y Concentración), estableció las bases doctrinales para comprender la relación entre la mente, los estados de existencia y la actividad compasiva de los Budas y Bodhisattvas. A través de los siglos, esta visión fue asumida y desarrollada por la escuela Tendai japonesa, donde las Seis Kannon llegaron a desempeñar un papel central en prácticas devocionales, rituales funerarios y contemplaciones meditativas destinadas al bienestar de los vivos y los difuntos. Posteriormente, la escuela Shingon incorporó también esta agrupación a sus tradiciones litúrgicas y esotéricas.

El Samsara es el ciclo interminable de nacimientos y muertes al que los seres están sometidos mientras permanezcan atrapados por la ignorancia y el deseo. En las enseñanzas budistas, este ciclo no es un simple lugar de castigo, sino un espejo del funcionamiento de la mente condicionada: cada reino refleja una modalidad de apego, aversión o ilusión que esclaviza la conciencia.

Los Seis Reinos son:

  1. Naraka (Infierno, Jigoku) – El reino del odio, la violencia y el dolor extremo.
  2. Preta (Espíritu Hambriento, Gaki) – El reino de la avidez insaciable, de los deseos imposibles de colmar.
  3. Tiryagyoni (Animales, Chikusho) – El reino de la ignorancia instintiva y el sometimiento a los impulsos.
  4. Asura (Dioses combatientes, Shura) – El reino de la envidia, la rivalidad y la guerra interminable.
  5. Manuṣya (Humanos, Ningen) – El reino de la fragilidad, pero también de la oportunidad única para despertar.
  6. Deva (Dioses celestiales, Ten) – El reino del gozo, la belleza y el poder, pero también de la complacencia y el olvido de la verdad.

Estos Seis Reinos están estrechamente conectados entre sí. No son compartimentos cerrados, sino dimensiones interdependientes de la existencia condicionada, como seis radios de una misma rueda que gira incesantemente bajo la ley del karma.

En el Budismo Tendai, se enfatiza que estos reinos no deben ser entendidos solo como lugares externos, sino también como estados mentales que los seres humanos atraviesan cotidianamente. Así, cuando nos dejamos dominar por el odio ardiente, vivimos en el Infierno; cuando caemos en la voracidad del deseo interminable, somos como fantasmas hambrientos; cuando actuamos sin reflexión, guiados solo por instinto, compartimos la condición animal. Asimismo, la envidia que divide y enfrenta nos convierte en asura; la capacidad de reflexión y compasión nos sitúa en el reino humano; y la experiencia de gozo, sabiduría y éxtasis nos aproxima a los Devas.

El Gran Maestro Chih-i, en su Makashikan, enseña la doctrina de los Diez Reinos Mutuamente Contenidos, según la cual cada reino contiene a todos los demás. Esto significa que incluso en el Infierno arde una chispa de Budeidad, y que incluso en los Cielos se esconde la posibilidad de caer en la ilusión. Así, los Seis Reinos son una cartografía del corazón humano y, al mismo tiempo, un escenario cósmico donde se despliega la compasión de los Budas y Bodhisattvas.

La tradición budista contempla estos seis destinos no como condena eterna, sino como oportunidades pedagógicas del Buda Eterno para que los seres despierten. En cada reino, la compasión se manifiesta de un modo particular: en el Infierno, como alivio del odio; en el reino de los Espíritus Hambrientos, como generosidad que calma la avidez; en el mundo animal, como sabiduría que ordena los instintos; en el reino de los Asura, como paz que detiene la rivalidad; en el humano, como enseñanza directa que abre el camino; en los Cielos, como recordatorio de la impermanencia. Por esta razón, Avalokiteshvara/Kannon asume seis formas específicas, cada una ajustada a la necesidad de un reino. Estas seis manifestaciones son la respuesta compasiva a los seis venenos principales que encadenan la mente: odio, avidez, ignorancia, envidia, orgullo y complacencia. La compasión del Bodhisattva no se limita a los mundos más accesibles, sino que desciende a todos los estados de existencia, incluso los más oscuros. Ningún ser, por perdido que esté, queda fuera de la mirada misericordiosa de Kannon. Este es un principio esencial de la Doctrina del Vehículo Único (Ekayana): todos los caminos conducen a la Budeidad, porque todos están abrazados por la compasión del Buda Eterno.

Cada una de las Seis Kannon se corresponde con un reino del Samsara:

  1. Sho Kannon (Kannon Santo o Puro) – Protector de los seres del Infierno
  2. Senju Kannon (Kannon de los Mil Brazos) – Protector de los Pretas o Espíritus Hambrientos
  3. Bato Kannon (Kannon de Cabeza de Caballo) – Protector de los Animales
  4. Juichimen Kannon (Kannon de Once Rostros) – Protector de los Asura
  5. Juntei Kannon (Kannon Puro) – Protector de los Humanos
  6. Nyoirin Kannon (Kannon de la Joya y la Rueda) – Protector de los Devas

Las Seis Kannon no representan seis seres distintos. Constituyen, más bien, seis expresiones de una única compasión. Son seis rostros de un mismo corazón. Son seis rayos de una misma luz. Cada una de ellas responde a una condición específica del Samsara: Sho Kannon guía a los seres del Infierno; Senju Kannon extiende sus mil brazos hacia los Espíritus Hambrientos; Bato Kannon protege a los Animales; Juichimen Kannon pacifica a los Ashura; Juntei Kannon acompaña a los Humanos; y Nyoirin Kannon instruye a los Devas. Juntas forman un mandala compasivo que abraza la totalidad de la existencia condicionada.

Sin embargo, en la comprensión de la Escuela del Loto Reformada, estas seis manifestaciones deben ser entendidas a la luz del principio más profundo del Vehículo Único. Kannon Bosatsu no es una deidad independiente ni una entidad separada del Buda. Es una manifestación hábil (upaya) del Buda Eterno, una emanación compasiva de la Mente Iluminada que adopta formas diversas para acercarse a los seres. Del mismo modo que un prisma descompone la luz blanca en múltiples colores sin alterar su unidad esencial, así la sabiduría y la compasión del Buda Eterno se despliegan en innumerables Bodhisattvas, divinidades protectoras y manifestaciones salvíficas. Kannon es uno de los reflejos más perfectos de esa luz eterna. Por ello, cuando contemplamos a las Seis Kannon, no estamos simplemente observando figuras artísticas o personajes religiosos. Estamos contemplando la actividad misma de la Mente Iuminada obrando en el mundo. Estamos contemplando la forma que adopta el amor del Buda cuando entra en contacto con el sufrimiento. Allí donde existe odio, aparece Sho Kannon. Allí donde existe avidez, aparece Senju Kannon. Allí donde reina la ignorancia, surge Bato Kannon. Allí donde se desatan la rivalidad y la envidia, se manifiesta Juichimen Kannon. Allí donde los seres humanos buscan sentido en medio de la impermanencia, se acerca Juntei Kannon. Allí donde incluso los dioses olvidan la verdad, Nyoirin Kannon hace girar nuevamente la Rueda del Dharma.

Las Seis Kannon nos enseñan una de las verdades más consoladoras del Mahayana: no existe lugar donde la compasión no pueda llegar. No existe oscuridad tan profunda que la luz del Dharma no pueda penetrar. No existe caída tan grande que el Buda Eterno no pueda transformar en sendero. En los fuegos del Infierno, en la sed de los Espíritus Hambrientos, en la ignorancia animal, en las guerras de los Ahura, en las alegrías y dolores humanos, e incluso en los cielos de los Devas, la voz de Kannon continúa escuchando los lamentos del mundo y respondiendo con infinita misericordia. Contemplar a las Seis Kannon es, por tanto, contemplar el misterio mismo de la salvación budista: la certeza de que el Buda Eterno jamás abandona a los seres, sino que desciende una y otra vez a los caminos del Samsara, adoptando formas innumerables, para conducir a todos los seres hacia la paz, la sabiduría y la Perfecta Iluminación.

Sho Kannon, la Esencia Pura de la Compasión

Sho Kannon, cuyo nombre podemos traducir como “Kannon Santo” o “Kannon Puro”, es considerada la representación fundamental de Avalokiteshvara en la tradición japonesa. A diferencia de las otras formas más elaboradas, con múltiples brazos, rostros o atributos esotéricos, Sho Kannon aparece con sencillez majestuosa: un bodhisattva de pie o sentado, portando a veces un loto en la mano, con expresión serena y mirada compasiva. Esta imagen simboliza la esencia desnuda de la misericordia, la compasión en su estado original, libre de ornamentos, directa y cercana. Es la forma que el creyente reconoce de inmediato como el rostro maternal y protector que escucha sus plegarias. En los templos Tendai, Sho Kannon ocupa un lugar central, pues representa el corazón mismo de Avalokiteshvara antes de desplegarse en otras formas más complejas.

Dentro del esquema de los Seis Kannon, Sho Kannon corresponde al reino de los Naraka (Infiernos). Este es el mundo del odio extremo, del sufrimiento insoportable, donde los seres arden en llamas o se congelan en hielos, víctimas de su propia violencia kármica. Según los Sutras, los tormentos del Infierno son tan intensos que parecen interminables; y, sin embargo, no son eternos: tarde o temprano cesan, pues todo lo condicionado es impermanente.

¿Quién podría descender hasta estas profundidades y ofrecer alivio? Allí donde la oscuridad parece absoluta, aparece Sho Kannon. En su pureza resplandeciente, se convierte en el refugio de los condenados, recordándoles que aún en medio del dolor no han sido olvidados. Su presencia no elimina mágicamente el karma acumulado, pero sí abre una grieta de esperanza: muestra que el odio no es la última palabra, que existe un horizonte de liberación incluso en los abismos.

La asociación de Sho Kannon con el Infierno tiene un profundo sentido espiritual. El Infierno no es solo un lugar de castigo postmortem, sino un estado interior que todos conocemos: la ira ardiente, el rencor que quema, la desesperación que nos consume. En esos momentos de la vida en que el corazón se siente atrapado por el odio y el sufrimiento, Sho Kannon es la forma de Avalokiteshvara que se acerca a nosotros. Su imagen pura y serena actúa como un espejo: al contemplarla, reconocemos que la compasión es posible incluso en medio de la furia. El loto que sostiene Sho Kannon, símbolo de pureza inmaculada que surge del fango, nos enseña que aun en las condiciones más adversas puede florecer la belleza del despertar. Así, este Kannon Santo encarna la verdad de que ningún infierno es definitivo y de que la budeidad es inherente incluso en quienes parecen consumidos por el odio.

En Japón, Shō Kannon es una de las imágenes más difundidas y queridas. Numerosos templos, desde el famoso Kiyomizudera en Kioto hasta las pequeñas ermitas rurales, albergan estatuas de este Kannon puro. Los fieles acuden a él para orar por la liberación de las penas, por la salvación de los difuntos que pudieron haber caído en los infiernos, y por la paz interior. Los textos litúrgicos del Tendai y del Shingon lo incluyen en prácticas funerarias y memoriales, precisamente porque su función es acompañar a las almas a través de los estados dolorosos del más allá, suavizando el karma y conduciéndolas hacia un renacimiento más favorable.

En nuestra tradición, la figura de Sho Kannon nos recuerda que el Buda Eterno nunca abandona a ningún ser. Incluso allí donde parece reinar solo la desesperación, la compasión se hace presente. Sho Kannon es la promesa viva de que no hay condena absoluta ni alma olvidada; todos están dentro del abrazo del Dharma. Así, cuando recitamos los Sutras o meditamos en silencio, podemos invocar a Sho Kannon como quien abre un resquicio de luz en nuestras propias oscuridades, enseñándonos que el odio puede transformarse en paz, y que el infierno mismo puede convertirse en un lugar de práctica y despertar.

Senju Kannon, la Compasión Infinita en Acción

El nombre Senju Kannon significa literalmente “Kannon de los Mil Brazos”. En su iconografía más solemne se le representa con once cabezas y mil brazos, aunque con frecuencia, por razones artísticas, las estatuas muestran solo cuarenta brazos, cada uno de los cuales simbólicamente multiplica su acción hasta alcanzar los mil. Cada mano sostiene un ojo, signo de que no solo actúa, sino que también ve con claridad los sufrimientos de los seres. La multiplicidad de brazos y ojos expresa la idea de que la compasión de Avalokiteshvara no es limitada ni parcial, sino capaz de extenderse simultáneamente en todas direcciones, alcanzando a todos los rincones del universo. Ninguna súplica escapa a su mirada, ninguna miseria queda fuera de su abrazo.

El reino de los Pretas (Gaki) es uno de los más desgarradores del Samsara. Los Espíritus Hambrientos son seres que sufren tormentos de avidez insaciable: sus bocas son como agujeros de aguja, mientras que sus estómagos son vastos y ardientes; aunque intenten alimentarse, la comida se convierte en fuego o cenizas. Este destino refleja la condición de quienes, en vida, cultivaron codicia, egoísmo y deseo desmesurado, negándose a compartir con los demás.

Es precisamente aquí donde Senju Kannon se manifiesta. Con sus mil brazos, sostiene ofrendas de agua, de alimento, de joyas, de flores, para calmar la sed y el hambre de estos seres. Con sus mil ojos, contempla las raíces de la avidez y las suaviza con la sabiduría de la compasión. Allí donde todo parece insuficiente e imposible de colmar, Senju Kannon muestra que el deseo puede transformarse en generosidad ilimitada.

El hambre insaciable de los Pretas no es un mito lejano: lo llevamos dentro de nosotros. Es ese vacío interior que nunca se llena, el anhelo constante de posesiones, de reconocimientos, de experiencias, que solo deja insatisfacción. En este sentido, Senju Kannon es el antídoto contra nuestra sed perpetua: nos enseña que el camino de la compasión no consiste en acumular, sino en dar y compartir. Los mil brazos no son meras manos físicas, sino símbolos del infinito repertorio de medios hábiles (Upaya) que el Bodhisattva emplea para aliviar el sufrimiento. Cada mano es una acción compasiva; cada ojo es una visión lúcida de la realidad. Así, Senju Kannon revela que la respuesta al deseo desmesurado no es la represión, sino la transfiguración: convertir la avidez en entrega, transformar la obsesión en cuidado del otro.

En Japón, las imágenes de Senju Kannon son especialmente veneradas en el marco del Peregrinaje Saigoku, la ruta de treinta y tres templos dedicada a Kannon, donde se le considera uno de los iconos más poderosos. Templos como el Sanjusangen-do en Kioto resguardan imponentes estatuas de mil brazos, ante las cuales los fieles rezan para obtener protección contra la escasez, las enfermedades y las angustias de la vida cotidiana. En los ritos Tendai y Shingon, Senju Kannon ocupa un lugar central como fuente de bendiciones inagotables, capaz de nutrir tanto a los vivos como a los difuntos que sufren en los estados de hambre espiritual. Se recitan mantras y dhāraṇīs que invocan su poder para saciar las carencias de los seres.

Para nosotros, Senju Kannon encarna la certeza de que la compasión del Buda Eterno es infinita en recursos y nunca se agota. Si el Sho Kannon nos recordaba que incluso en el infierno hay esperanza, Senju Kannon nos enseña que incluso en el vacío de la avidez hay alimento, pues la generosidad del Dharma no conoce límite. La práctica devocional nos invita a contemplar a Senju Kannon como el Bodhisattva que multiplica nuestros propios brazos: cuando ayudamos a otro, es su mano la que actúa en la nuestra; cuando consolamos a un doliente, es su mirada la que ve a través de nuestros ojos. Así, el creyente se convierte en extensión de la compasión del Buda, participando en la misión de nutrir a un mundo sediento de amor.

Bato Kannon, la Furia Compasiva

A diferencia de las formas serenas y maternales de Avalokiteshvara, Bato Kannon se manifiesta con aspecto feroz y protector. En su representación más característica, aparece con un rostro colérico y una cabeza de caballo sobre la suya propia. Sus ojos flamean, sus colmillos sobresalen, y sus múltiples brazos sostienen armas rituales que ahuyentan la ignorancia y la crueldad. El caballo en la tradición asiática simboliza la fuerza indomable de la energía vital, pero también la nobleza que debe ser domada y guiada. En Bato Kannon, la cabeza equina representa tanto el poder protector contra la brutalidad de la existencia animal como la capacidad de purificar la violencia. Este Kannon no es violento por odio, sino que despliega una “compasión colérica”, semejante a las formas iracundas de los Budas esotéricos: su ira es la del amor que se niega a permitir que los seres continúen en la oscuridad.

El reino animal se caracteriza por la ignorancia, el instinto y la sumisión a las necesidades inmediatas: comer, huir, reproducirse, luchar por la supervivencia. Es un estado de conciencia dominado por la pasividad y la falta de discernimiento, donde los seres carecen de la libertad para reflexionar y elegir el camino del Dharma. Batōo Kannon, en su aspecto fiero, actúa como despertador y guardián. Con su rugido equino, sacude la somnolencia de los seres; con sus armas rituales corta la red de la estupidez. Su compasión no es la de una caricia suave, sino la de un trueno que estremece, obligando a abrir los ojos en medio de la oscuridad. Así, protege no solo a los animales propiamente dichos, sino también a los humanos cuando caen en estados de ignorancia e inercia.

La condición animal no está lejos de nosotros: cada vez que nos dejamos llevar solo por el instinto, sin reflexión ni discernimiento, estamos en ese reino. Cuando la vida se reduce a comer y consumir, a satisfacer placeres inmediatos sin cultivar la mente ni el espíritu, entonces nos hemos convertido en bestias. Bato Kannon es el antídoto contra este estado. Su furia iluminada nos recuerda que la ignorancia es un enemigo a vencer, y que el Despertar exige sacudirnos de la inercia. La cabeza de caballo, altiva y fuerte, representa la dirección que la energía vital debe tomar: en lugar de perderse en el fango de lo instintivo, debe canalizarse hacia la sabiduría y la práctica.

En Japón, Batōo Kannon es venerado especialmente como protector de los animales domésticos y de carga. Agricultores, viajeros y comerciantes lo invocaban para la salud de sus caballos y bueyes, esenciales para la vida rural y el transporte. Incluso hoy, templos y santuarios conservan estatuas de Bato Kannon donde los fieles oran por sus mascotas, caballos y ganado. En el ámbito esotérico Tendai y Shingon, Bato Kannon ocupa un rol de protección cósmica: se le invoca para disipar la ignorancia, vencer la violencia y brindar fuerza contra los enemigos internos y externos. Sus mantras son recitados con la convicción de que su rugido disuelve los karmas más densos.

Para nuestra tradición, Bato Kannon es la encarnación del principio de que la sabiduría debe ser firme y audaz. El Buda Eterno no se limita a consolar dulcemente, sino que también despierta con energía allí donde la ignorancia se adueña de los corazones. Bato Kannon nos enseña que la compasión puede ser fuerte, directa y hasta aparentemente dura, pero siempre con la finalidad de conducir al Despertar. En nuestras prácticas, Bato Kannon nos inspira a reconocer los momentos en que nos dejamos arrastrar por la inercia de la vida animal, y a transformar esa energía en disciplina, estudio y meditación. Es un recordatorio de que incluso lo instintivo y lo corporal pueden ser integrados en el camino del Dharma, si se orientan hacia la Iluminación.

Juichimen Kannon, el Rostro Multiforme de la Compasión

Juichimen significa literalmente “once rostros”. En esta manifestación, Avalokiteshvara aparece con su forma tradicional de bodhisattva, pero coronado con once cabezas adicionales que rodean la suya principal. Cada rostro expresa un matiz distinto de la compasión: desde la serenidad y la sonrisa hasta la firmeza colérica que disipa los engaños. La multiplicidad de rostros simboliza la capacidad infinita de Avalokiteshvara para mirar en todas direcciones y responder a las múltiples necesidades de los seres. Allí donde el odio divide, donde la envidia enfrenta, donde la sospecha rompe la confianza, Jūichimen Kannon responde mostrando un rostro apropiado para cada situación. Su presencia es la de la compasión atenta, capaz de hablar a cada corazón en su propio lenguaje.

El reino de los Asura es quizás el más cercano al humano, pero teñido de una intensidad conflictiva. Los ashura son seres poderosos, semejantes a deidades guerreras, que viven en perpetua lucha: batallan entre sí, envidian a los devas, y buscan con violencia lo que creen que les pertenece. Son los “dioses combatientes”, atrapados en la rueda de la rivalidad y del orgullo herido. Aquí es donde interviene Juichimen Kannon. Con sus once rostros, este Bodhisattva contempla todas las direcciones del conflicto, ve los múltiples ángulos de cada disputa y ofrece a cada contendiente la medicina que necesita. Su función es apagar el fuego de la envidia y la ira, recordando a los Asura que su lucha es inútil y que la verdadera victoria se encuentra en la serenidad del Dharma.

El reino de los Ahura no está lejos de nosotros: lo vivimos cada vez que nos dejamos arrastrar por la comparación, la rivalidad, la competencia desmedida. El resentimiento por lo que otro tiene, el deseo de imponerse, la lucha constante por una victoria efímera: todo esto es el sello del estado Asura. Juichimen Kannon nos ofrece un espejo múltiple. Sus once rostros nos recuerdan que la realidad no puede ser vista desde un solo ángulo; que nuestras peleas nacen, muchas veces, de la visión estrecha que absolutiza un punto de vista. Este Kannon nos invita a ampliar la mirada, a comprender la multiplicidad de perspectivas, y a hallar en esa amplitud la serenidad que disuelve la rivalidad. Así, la práctica de contemplar a Juichimen Kannon se convierte en una escuela de humildad: nos ayuda a reconocer que la paz no se alcanza conquistando al otro, sino conquistando la propia envidia.

En Japón, Juichimen Kannon es una de las formas más populares de Avalokiteshvara, venerada en numerosos templos, rutas devocionales dedicadas a las distintas manifestaciones de Kannon. Sus estatuas muestran con detalle los once rostros que lo coronan, cada uno con expresión diferente: sonriente, sereno, colérico, compasivo. En los ritos Tendai y Shingon, así como en el Shugendo (Juichimen Kannon es el Bodhisattva principal de uno de mis maestros Shugendo), Juichimen Kannon es invocado como pacificador de conflictos, tanto internos como externos. Se le ora por la reconciliación de familias, por la paz en las comunidades, e incluso por el cese de guerras. Su Dharani, recogida en textos esotéricos, promete purificar los karmas de envidia y rencor.

Para nuestra tradición, esta manifestación nos recuerda que la compasión no es ciega ni uniforme: tiene múltiples rostros, porque las necesidades de los seres son diversas. El Buda Eterno, a través de Kannon, se manifiesta en la pluralidad de perspectivas, enseñándonos a ver más allá de nuestro ego y de nuestras pasiones. El creyente que medita en Juichimen Kannon aprende a reconocer sus propios estados asura: las discusiones que parecen interminables, la comparación que genera amargura, la lucha por imponer la propia opinión. Y, al mismo tiempo, descubre la posibilidad de abrir la mirada y acoger la multiplicidad. En este sentido, Juichimen Kannon no solo pacifica guerras externas, sino también las batallas interiores que libramos en nuestro corazón.

Juntei Kannon, la Pureza que Guía a los Humanos

El nombre Juntei puede traducirse como “Pureza Original” o “Fuente Inmaculada”. En la tradición esotérica (particularmente en la Shingon y en la Tendai Esotérica), Juntei Kannon es venerada como una manifestación femenina de Avalokiteshvara, madre de los Budas y Bodhisattvas, que encarna la energía pura y nutricia de la compasión. Su iconografía suele mostrarla con dieciocho brazos, cada uno sosteniendo un símbolo del Dharma, con los cuales ayuda a los seres humanos en todas sus necesidades: desde disipar enfermedades y dificultades hasta fortalecer la fe y la práctica. Su figura irradia serenidad maternal, invitando a los devotos a contemplarla como la madre universal que protege, enseña y purifica.

El reino humano (Ningen-do) ocupa un lugar único en la cosmología budista. No es un estado de sufrimiento extremo como el infierno, los pretas o el mundo animal, ni de gozo desbordante como el de los devas. Es un estado intermedio, marcado por la fragilidad, el dolor y la muerte, pero también por la conciencia reflexiva y la posibilidad de practicar el Dharma. Por ello, se dice que nacer como humano es una oportunidad preciosa. Los sutras comparan esta ocasión con la probabilidad de que una tortuga ciega, que nada en el océano, suba a la superficie y meta la cabeza por un aro que flota al azar: una posibilidad casi imposible, y sin embargo real.

Aquí es donde se manifiesta Juntei Kannon. Su función es proteger la condición humana como terreno de práctica, ayudando a los hombres y mujeres a no desperdiciar esta rara oportunidad. Ella inspira a mantener la pureza en medio de las tentaciones, a cultivar la fe en medio de la duda, y a recordar que la fragilidad de la vida no es un obstáculo, sino precisamente el estímulo para buscar la liberación.

Juntei Kannon encarna la verdad de que en el corazón humano habita la Budeidad Innata (Hongaku). Si Sho Kannon desciende a los infiernos y Senju Kannon a los Espíritus Hambrientos, Juntei se dirige a los humanos no para sacarlos de un extremo, sino para recordarles la dignidad de su condición. La humanidad no es un reino intermedio sin valor: es el escenario donde puede brotar el loto de la iluminación. La pureza que Juntei representa no es la pureza de un mundo sin manchas, sino la pureza de la naturaleza búdica que permanece intacta en todos los seres, más allá de los errores y las faltas. Por ello, contemplar a Juntei es contemplar el recordatorio de que, aun en nuestra debilidad, poseemos la capacidad de Despertar.

En Japón, Juntei Kannon es venerada especialmente como protectora de la longevidad, la salud y la prosperidad humana. Su mantra Dharani (conocido como Juntei Shingon) es considerado uno de los más eficaces dentro del corpus esotérico, recitado para purificar el karma y fortalecer el sendero de la práctica. En la tradición Tendai, se asocia con la función maternal del Bodhisattva, cuidando a los devotos como una madre cuida de sus hijos, y asegurando que no se pierda la oportunidad de avanzar hacia la Budeidad en esta vida. Su culto está muy presente en rituales de protección y en oraciones por la familia y la comunidad.

Para nuestra tradición, Juntei Kannon es el símbolo de la centralidad del ser humano en el plan del Buda Eterno. Nacer como humano no es un accidente, sino una misión: en esta existencia podemos escuchar el Dharma, estudiarlo y practicarlo. Juntei es la que nos recuerda este llamado, purificando nuestros pensamientos y despertándonos a la dignidad de nuestra vocación. Al invocarla, el devoto reconoce que su vida es preciosa y que no debe desperdiciarla en la indiferencia o en la superficialidad. Bajo su amparo, entendemos que nuestra fragilidad no es motivo de desesperanza, sino el terreno fértil donde florece la Iluminación.

Nyoirin Kannon, el Poder Compasivo que Todo lo Concede

El nombre Nyoirin significa literalmente “Joya y Rueda que Conceden los Deseos”. La “joya” (cintamani) es símbolo de la compasión que satisface las necesidades de todos los seres; la “rueda” (chakra) es emblema de la enseñanza del Dharma, que todo lo transforma y guía hacia la liberación.

A diferencia de las formas coléricas o maternales de otras manifestaciones, Nyoirin Kannon aparece con elegancia majestuosa, sentado en postura relajada sobre un loto, con la pierna derecha elevada y apoyada, gesto que indica cercanía al mundo de los seres. Su expresión es serena, y sin embargo su poder es ilimitado: se le reconoce como aquel que puede cumplir cualquier aspiración legítima, tanto en lo mundano como en lo espiritual, siempre orientando los deseos hacia la realización del Dharma.

En el esquema de los Seis Kannon, Nyoirin se corresponde con el reino de los Devas, los dioses celestiales. Estos seres disfrutan de placeres sublimes, de poder y de longevidad; sin embargo, precisamente por ello corren el riesgo de caer en la complacencia, olvidando la impermanencia y el camino del Despertar. Nyoirin Kannon se manifiesta en este reino recordando a los Devas —y a quienes viven en estados de privilegio y satisfacción— que todo gozo condicionado está destinado a desvanecerse. Con la joya y la rueda en sus manos, les ofrece no solo la abundancia pasajera, sino la riqueza inmutable del Dharma.

Cada gesto y cada objeto que porta Nyoirin Kannon encarna un voto compasivo dirigido a salvar a los seres de cada uno de los seis destinos. Así, este Bodhisattva concentra en sí mismo el compromiso universal de Avalokiteśvara:

  • Mano derecha tocando la mejilla – Representa el voto de salvar a los seres del Infierno, levantándolos de la desesperación con la cercanía de su mirada misericordiosa.
  • Mano derecha sosteniendo la joya que concede deseos – Representa el voto de salvar a los seres del reino de los Espíritus Hambrientos (Pretas), saciando su sed y hambre insaciable con la abundancia de la compasión.
  • Mano derecha sosteniendo un rosario – Representa el voto de salvar a los seres del reino animal, guiándolos con la práctica y el ritmo de la recitación hacia la sabiduría.
  • Mano izquierda tocando el trono de loto – Representa el voto de salvar a los Asuras, apaciguando sus luchas y ofreciéndoles estabilidad en la pureza del Dharma.
  • Mano izquierda sosteniendo un capullo de loto – Representa el voto de salvar a los humanos, mostrando la flor aún cerrada de su budeidad innata, que tarde o temprano se abrirá.
  • Mano izquierda sosteniendo la Rueda del Dharma – Representa el voto de salvar a los Devas, enseñándoles la impermanencia y conduciéndolos hacia la Sabiduría Suprema.

Así, Nyoirin Kannon reúne en su figura los votos de todas las manifestaciones anteriores, actuando como síntesis y plenitud del ministerio compasivo de Avalokiteshvara en los seis mundos.

Nyoirin Kannon es la imagen de la compasión integral, que no discrimina entre altos y bajos, entre dolorosos y dichosos. Al reunir en sus manos los votos de salvar a todos los seres, nos recuerda que el Bodhisattva no se limita a atender un aspecto de la existencia, sino que abraza la totalidad del Samsara. En términos espirituales, Nyoirin representa la unión de dos fuerzas inseparables: la generosidad que otorga todo lo que los seres necesitan (la joya) y la enseñanza que transforma (la rueda). Es el recordatorio de que la verdadera satisfacción de los deseos humanos no proviene de los objetos efímeros, sino de la orientación de nuestra vida hacia el Dharma eterno.

En Japón, Nyoirin Kannon ha sido especialmente venerado en templos esotéricos. Se lo invoca tanto para obtener prosperidad, fertilidad, salud y protección, como para recibir la sabiduría que transforma estos bienes en medios para el Despertar. Su iconografía, de gran belleza, suele colocarlo en un altar central rodeado de flores de loto, donde los devotos depositan ofrendas de agua, incienso y oraciones, reconociendo en él la fuente inagotable de bienes espirituales.

Para nosotros, Nyoirin Kannon manifiesta con claridad la unidad del Vehículo Único. En sus seis manos se condensa la certeza de que todos los caminos, todas las condiciones y todos los reinos del Samsara, aun en su diversidad, convergen en el mismo destino: la Budeidad. El devoto que contempla a Nyoirin aprende a ver su propia vida como un microcosmos de los seis reinos: en sus luchas hay infiernos, en sus deseos hay hambre, en sus instintos hay animalidad, en sus rivalidades hay asura, en su dignidad hay humanidad, y en sus gozos hay devas. Pero sobre todo, aprende que la compasión del Buda Eterno abraza todos estos estados, transformándolos en caminos hacia la Iluminación.

Con Nyoirin Kannon completamos la visión de los Seis Kannon. Juntas, estas seis formas nos muestran que la compasión de Avalokiteshvara no tiene fronteras y que el Buda Eterno obra siempre, en cada rincón del Samsara, para conducirnos a todos al Reino de la Iluminación.

Abrazados para Nunca Ser Abandonados: Recordando que Siempre somos Sostenidos por la Gracia del Buda - Consejos Budistas para Momentos Difíciles

 


"Mis ojos, velados por las pasiones ciegas,
no pueden percibir la Luz que me abraza y me sostiene;
sin embargo, la Gran Compasión, sin cansancio ni abandono,
me ilumina siempre." - Ojoyoshu

En estas palabras del Gran Maestro Genshin, que resuenan como una campana en medio de la noche del alma, encontramos una de las confesiones más humanas, más tiernas y más profundamente budistas de toda la espiritualidad dentro de la Gran Corriente del Loto. No se trata aquí de una doctrina fría, ni de una mera fórmula devocional, ni de una declaración hecha desde una altura inaccesible, sino del clamor sereno de quien ha mirado honestamente dentro de sí mismo y ha descubierto, al mismo tiempo, dos verdades inseparables: primero, que el ser humano se halla muchas veces oscurecido por sus propias pasiones, pensamientos, temores, ansiedades, apegos y confusiones; segundo, que aun así, aun cuando no sabe ver, aun cuando no sabe responder, aun cuando no sabe sostenerse por sus propias fuerzas, la Gracia del Buda no se aparta jamás de él. Este pasaje es, por tanto, una medicina para los momentos en que la vida se torna pesada, una lámpara para las horas en que el corazón se siente cercado por sombras, y una exhortación a recordar que el Buda no espera a que estemos puros para acercarse a nosotros, sino que precisamente nos busca, nos abraza y nos sostiene en medio de nuestra impureza, como el médico que acude no al sano, sino al enfermo, y como el padre misericordioso que no abandona al hijo que vaga por regiones peligrosas.

Cuando Genshin dice: “Mis ojos, velados por las pasiones ciegas”, no habla solamente de los ojos físicos, ni tampoco de una ceguera intelectual en sentido ordinario. Habla de la visión interior, de esa capacidad espiritual por la cual reconocemos la realidad tal como es, contemplamos la obra invisible de la Gracia del Buda en nuestras vidas, discernimos la dirección del Dharma en medio de los acontecimientos, y descubrimos que aun el dolor, cuando es iluminado por la Sabiduría y la Compasión, puede convertirse en parte del Camino. Las “pasiones ciegas” no son únicamente deseos groseros o faltas evidentes; son también pensamientos negativos que se repiten como nubes oscuras, resentimientos que endurecen el pecho, miedos que nos hacen desconfiar de todo, ansiedades que nos roban el presente, tristeza que nos hace creer que estamos solos, orgullo que nos impide recibir ayuda, culpa que nos hace pensar que ya no somos dignos, y desesperanza que nos susurra que nada puede cambiar. Estas pasiones son “ciegas” porque no ven el bien que nos rodea, no ven la paciencia del Buda, no ven la Semilla de Budeidad que permanece intacta bajo el barro de nuestras caídas, no ven que la existencia no está cerrada en su dolor presente, sino abierta a una transformación misteriosa por medio del Dharma. Son ciegas porque, aunque el sol esté brillando, ellas miran solamente la pared de la habitación oscura.

Por eso Genshin no dice que la Luz no exista, ni que la Luz se haya retirado, ni que la Luz brille solamente para los santos, los monjes perfectos, los practicantes avanzados o las almas sin conflicto. Dice algo mucho más delicado y mucho más consolador: “no pueden percibir la Luz que me abraza y me sostiene.” La incapacidad está en nuestra percepción, no en la ausencia de la Luz. La distancia está en nuestro reconocimiento, no en el corazón del Buda. Esta distinción es de enorme importancia para la vida espiritual, porque muchas veces, cuando atravesamos pruebas difíciles, concluimos apresuradamente que hemos sido abandonados. Si no sentimos consuelo, pensamos que no hay consuelo; si no vemos salida, pensamos que no existe salida; si no percibimos la cercanía del Buda, pensamos que el Buda está lejos; si nuestra mente se llena de pensamientos oscuros, pensamos que la oscuridad es la verdad última de nuestra vida. Pero Genshin nos enseña a corregir esa interpretación. La nube no destruye el sol; solo lo oculta a nuestros ojos. La noche no apaga el fuego; solo nos exige caminar con más cuidado hacia su resplandor. El sufrimiento no prueba que la Compasión se haya agotado; revela, más bien, cuánto necesitamos aprender a descansar en ella.

La imagen de la “Luz que me abraza y me sostiene” es profundamente maternal, paternal y cósmica a la vez. No es una luz distante, como una estrella fría que contemplamos desde lejos, sino una Luz que toma, recoge, envuelve y mantiene. En la tradición de la Tierra Pura, esta Luz es la manifestación de la Compasión del Buda Amida, cuyo Voto Primal se dirige precisamente a los seres incapaces de salvarse por la mera acumulación de sus propios méritos. Esa Luz es una expresión concreta de la actividad salvífica del Buda en el mundo de los seres sufrientes. Es la Compasión que adopta nombres, formas, votos, enseñanzas, prácticas y puertas de entrada según la necesidad de cada ser. Para unos, aparece como la voz del Buda; para otros, como un maestro; para otros, como el silencio de la meditación; para otros, como una palabra de consuelo recibida en el momento exacto; para otros, como la fuerza inexplicable que les permite levantarse una vez más cuando creían no poder hacerlo. La Luz del Buda no siempre se presenta como una visión extraordinaria; muchas veces se manifiesta como la perseverancia humilde que nos impide rendirnos.

Aquí el devoto debe detenerse y mirar su propia vida con honestidad. ¿Cuántas veces hemos creído estar completamente solos, y sin embargo algo nos sostuvo? ¿Cuántas veces hemos pensado que no podríamos continuar, y sin embargo un día más se abrió ante nosotros? ¿Cuántas veces la mente nos ha dicho que nada tenía sentido, y sin embargo, en medio de lo incomprensible, una pequeña chispa de dirección apareció? ¿Cuántas veces nuestras propias pasiones nos ocultaron el rostro del Buda, pero luego, mirando hacia atrás, descubrimos que no habíamos sido abandonados? La Gracia del Buda no siempre se reconoce en el instante mismo de la prueba. Muchas veces se comprende después, cuando la tormenta ha pasado, cuando el corazón se aquieta, cuando vemos que aquello que parecía un abismo fue también un lugar donde la Compasión trabajaba secretamente. Así como la raíz crece bajo la tierra sin ser vista, así también la actividad del Buda obra muchas veces bajo la superficie de nuestra conciencia. El hecho de que no la percibamos no significa que no esté obrando; significa que nuestros ojos, todavía velados, necesitan ser purificados por la fe, el estudio, la práctica y la paciencia.

“Sin embargo”, dice el pasaje, y en esa expresión se abre una puerta inmensa. “Sin embargo” significa que nuestras pasiones no tienen la última palabra. “Sin embargo” significa que nuestra confusión no vence a la Sabiduría del Buda. “Sin embargo” significa que la depresión, el miedo, la culpa, el cansancio, la enfermedad, la pérdida, la incertidumbre económica, las tensiones familiares, los fracasos, los errores y las noches de soledad no agotan el horizonte de nuestra existencia. “Sin embargo” es la palabra de la fe cuando la mente no encuentra pruebas visibles. Es la pequeña lámpara que se enciende ante el altar cuando todo alrededor parece oscuro. Es la respiración del devoto que, aun sin sentir fervor, junta sus manos y recuerda que el Buda no lo ha soltado. En el camino budista, la fe no siempre aparece como entusiasmo ardiente; muchas veces aparece como una fidelidad pequeña, casi imperceptible, que dice: “No veo, pero soy visto; no siento, pero soy sostenido; no comprendo, pero soy guiado; no puedo abrazar plenamente al Buda, pero el Buda me abraza plenamente a mí.”

Por eso Genshin continúa: “la Gran Compasión, sin cansancio ni abandono, me ilumina siempre.” Aquí se revela el corazón del pasaje. La Compasión del Buda no es intermitente, no se cansa como se cansan nuestras emociones, no se enfría como se enfrían nuestras resoluciones, no se retira por la lentitud de nuestro progreso, no se ofende como se ofende nuestro orgullo humano. La Compasión del Buda es grande precisamente porque supera la medida de nuestras fluctuaciones. Nosotros hoy creemos y mañana dudamos; hoy practicamos con fervor y mañana nos distraemos; hoy sentimos gratitud y mañana nos hundimos en quejas; hoy prometemos comenzar de nuevo y mañana tropezamos en el mismo lugar. Pero la Compasión del Buda no depende de la estabilidad de nuestro ánimo. Ella no es un premio para los que nunca caen, sino el suelo mismo que permite levantarse a los caídos. No es un adorno de los perfectos, sino el refugio de los imperfectos. No es una luz reservada a quienes ya ven, sino una luz que precisamente ilumina a quienes no pueden ver.

Este punto debe ser proclamado con firmeza, porque muchos devotos, al experimentar pensamientos negativos, concluyen que han fracasado espiritualmente. Piensan que un verdadero practicante no debería sentir tristeza, no debería sentir ansiedad, no debería enojarse, no debería ser tentado por el desánimo, no debería atravesar confusión, no debería tener días de sequedad interior. Pero tal juicio nace de una comprensión incompleta del camino. El Budismo no comienza negando nuestra condición humana; comienza mirándola directamente bajo la luz del Dharma. Las pasiones existen; los pensamientos difíciles surgen; el karma pasado madura en circunstancias complejas; el cuerpo se cansa; la mente se agita; el mundo cambia; las relaciones duelen; la muerte se acerca; la impermanencia atraviesa todo lo compuesto. El camino no consiste en fingir que nada de esto ocurre, sino en descubrir que nada de esto puede separarnos de la Compasión del Buda cuando nos volvemos hacia ella. Aun nuestras heridas, si son ofrecidas al Dharma, pueden convertirse en puertas de humildad. Aun nuestras lágrimas, si caen ante el Buda, pueden volverse agua que limpia el corazón. Aun nuestros pensamientos oscuros, si los reconocemos sin identificarnos totalmente con ellos, pueden enseñarnos a depender menos del ego y más de la Luz que nos sostiene.

De este modo, el pasaje de Genshin nos invita a una esperanza sobria, no superficial. No nos dice que la vida carecerá de sufrimientos, ni promete una felicidad ingenua, ni nos invita a negar las dificultades. Al contrario, parte de la realidad de que nuestros ojos están velados. Reconoce la condición concreta del ser humano atrapado en pasiones, limitaciones y karmas. Pero precisamente desde ese reconocimiento, proclama una esperanza más honda que el optimismo mundano. El optimismo mundano dice: “todo saldrá bien porque mis circunstancias cambiarán como yo deseo.” La esperanza budista dice: “aun si las circunstancias son difíciles, la Compasión del Buda no me abandona; aun si no comprendo, puedo seguir caminando; aun si no veo la Luz, la Luz me ve; aun si mi mente tiembla, hay un Voto más firme que mi mente.” Esta esperanza no depende de que todo sea fácil, sino de que el Buda es fiel. No depende de que desaparezcan inmediatamente los problemas, sino de que aun dentro de los problemas existe una guía, una presencia, una fuerza salvífica que trabaja para nuestra liberación.

Por eso, cuando la vida se torne pesada, el devoto debe aprender a recordar. Recordar es una práctica espiritual. Recordar la Gracia del Buda es abrir una ventana en la habitación del sufrimiento. Recordar que somos sostenidos es impedir que la mente oscura se convierta en tirana absoluta. Recordar que la Compasión no se cansa es corregir la mentira interior que nos dice: “ya no hay ayuda para ti.” Recordar que la Luz nos abraza aun cuando no la percibimos es permitir que la fe respire bajo las cenizas. En los días de claridad, practicamos con gratitud; en los días de oscuridad, practicamos con confianza. En los días de fortaleza, ofrecemos nuestra energía; en los días de debilidad, ofrecemos nuestra debilidad misma. En los días de gozo, alabamos la Luz que vemos; en los días de tristeza, nos dejamos sostener por la Luz que no vemos. Así, la vida entera se convierte en un altar: no porque todo sea hermoso según los ojos del mundo, sino porque todo puede ser entregado al Buda y transfigurado por su Compasión.

El corazón humano, cuando sufre, tiene una tendencia dolorosa a encerrarse sobre sí mismo. La tristeza se contempla a sí misma, el miedo se alimenta de sí mismo, la culpa se repite a sí misma, la ira se justifica a sí misma, y así la conciencia, como un ave atrapada dentro de una habitación, golpea una y otra vez contra las mismas paredes. Pero el Dharma abre una ventana. La enseñanza del Buda no niega que haya paredes, no niega que haya encierro, no niega que la mente se agite en su propio laberinto; pero nos revela que la habitación nunca estuvo completamente sellada, porque la Luz de la Compasión entra por rendijas que el ego no sabe cerrar. Aun cuando el devoto no puede ver con claridad, aun cuando no puede orar con fervor, aun cuando no puede meditar con serenidad, aun cuando no puede ordenar sus pensamientos, la Compasión continúa entrando, respirando, iluminando, acompañando, sosteniendo. Tal es el consuelo inmenso de este pasaje: no somos salvados porque nuestra mirada sea pura, sino porque la mirada del Buda nunca se aparta de nosotros.

Cuando decimos que somos sostenidos por la Gracia del Buda, no hablamos de una simple emoción religiosa ni de un consuelo imaginario fabricado por la necesidad humana. Hablamos de la actividad viviente de la Actividad Iluminada, de la fuerza del Voto que busca a los seres en los lugares mismos donde ellos se han perdido, de la energía salvífica del Buda que, sin violentar nuestra libertad ni negar nuestra responsabilidad, nos rodea de condiciones favorables para Despertar. La Gracia del Buda no elimina mágicamente todo karma en el instante en que deseamos ser aliviados, porque el Dharma no es una fantasía que destruye la ley de causa y efecto; más bien, la Gracia obra dentro de la causalidad, la transforma desde adentro, abre caminos donde antes solo veíamos consecuencias, convierte el dolor en aprendizaje, la caída en humildad, la pérdida en desapego, la espera en madurez, y aun la oscuridad en ocasión de fe. El Buda no nos acompaña solamente cuando las cosas salen como deseamos; nos acompaña también cuando nuestros deseos se rompen y descubrimos que debajo de ellos había un anhelo más profundo: el anhelo de ser liberados, de ser purificados, de ser conducidos hacia la Budeidad que siempre ha estado sembrada en el fondo de nuestro ser.

En este punto conviene comprender que las pasiones ciegas no son invencibles, aunque a veces se presenten como si lo fueran. Ellas nublan, pero no destruyen; oscurecen, pero no anulan; confunden, pero no pueden borrar la Naturaleza de Buda. La mente afligida suele confundir una nube con el cielo entero. Cuando surge un pensamiento negativo, decimos: “yo soy esto”; cuando aparece la tristeza, decimos: “mi vida es tristeza”; cuando llega el miedo, decimos: “todo está perdido”; cuando la culpa nos oprime, decimos: “no hay perdón para mí”; cuando el cansancio nos pesa, decimos: “no puedo más.” Pero el Dharma nos enseña a separar la aparición pasajera de la verdad profunda. Un pensamiento negativo es un fenómeno condicionado; no es nuestra esencia. Una emoción dolorosa es una ola; no es el océano completo. Una circunstancia adversa es una estación en el camino; no es el destino final del alma. Aun el karma más pesado, cuando entra en contacto con el Dharma, puede ser redirigido hacia la sabiduría. Por eso, el devoto no debe hablarse a sí mismo con la dureza de Mara, sino con la memoria del Buda. Mara acusa, estrecha, desespera, aísla y exagera la sombra; el Buda llama, abre, espera, ilumina y revela que aun en el ser confundido permanece una capacidad inconcebible de Despertar.

Cuando Genshin nos dice que la Gran Compasión “sin cansancio ni abandono” nos ilumina siempre, también nos enseña algo sobre la paciencia divina del Buda. Nosotros nos cansamos de nosotros mismos. Nos cansamos de repetir errores. Nos cansamos de luchar contra las mismas inclinaciones. Nos cansamos de pedir perdón por aquello que vuelve a aparecer en nuestro corazón. Nos cansamos de intentar disciplinar la mente y verla dispersarse otra vez. Nos cansamos de comenzar. Y precisamente porque nosotros nos cansamos, imaginamos que el Buda también se cansa. Proyectamos sobre la Compasión iluminada nuestros propios límites emocionales. Pensamos: “si yo estoy decepcionado de mí, seguramente el Buda también lo está; si yo no me soporto, seguramente el Buda ya se alejó; si yo he fallado tantas veces, seguramente la Luz ya no me busca.” Pero el pasaje de Genshin quiebra esa mentira con dulzura y autoridad: la Gran Compasión no se fatiga. La Compasión del Buda no es una emoción cambiante, sino la expresión perfecta de la Sabiduría que conoce la raíz de nuestro sufrimiento y el camino de nuestra liberación. El Buda ve nuestras caídas, pero las ve junto con nuestra Naturaleza de Buda; ve nuestra confusión, pero la ve junto con el potencial de claridad; ve nuestro presente, pero lo contempla desde la amplitud de innumerables causas y condiciones que pueden madurar hacia el Despertar.

Esta verdad debe entrar lentamente en el corazón del devoto, como lluvia suave sobre tierra endurecida. No debemos esperar a sentirnos dignos para volver al Buda, porque precisamente al volver al Buda aprendemos nuestra verdadera dignidad. No debemos esperar a que la mente esté serena para confiar, porque precisamente la confianza comienza muchas veces en medio de la agitación. No debemos esperar a haber vencido todas las pasiones para recibir la Luz, porque precisamente la Luz se nos da para que podamos atravesar las pasiones. Si el enfermo esperara sanar antes de visitar al médico, nunca recibiría medicina. Si el viajero perdido esperara encontrar el camino antes de pedir dirección, jamás saldría del bosque. Si el niño caído esperara levantarse perfectamente antes de extender la mano, no conocería el auxilio del padre. Del mismo modo, el devoto no necesita presentar ante el Buda una mente perfecta; necesita presentar una mente sincera. Y aun cuando esa sinceridad sea pequeña, vacilante, mezclada con miedo, mezclada con lágrimas, mezclada con cansancio, la Compasión la recibe, porque el Buda no desprecia el primer movimiento del corazón que desea volver a la Luz.

Desde esta perspectiva, los problemas de la vida no son negados, sino colocados dentro de una visión mayor. Hay sufrimientos que no podemos resolver de inmediato. Hay heridas que toman años en cerrar. Hay pérdidas que dejan una ausencia permanente en la forma exterior de nuestra existencia. Hay conflictos familiares, enfermedades, preocupaciones económicas, responsabilidades abrumadoras, soledades íntimas, traiciones, fracasos y duelos que no desaparecen por el simple hecho de pronunciar palabras piadosas. El Budismo auténtico no nos pide mentir sobre esto. Pero sí nos pide no entregar a esas circunstancias el trono último de nuestra conciencia. Las circunstancias son reales, pero no son absolutas. El dolor es real, pero no es soberano. La noche es real, pero no es eterna. El karma es real, pero no está separado de la posibilidad de transformación. La muerte es real, pero no cancela la actividad del Buda. La impermanencia hiere cuando nos aferramos, pero también libera cuando comprendemos que ninguna sombra puede permanecer fija para siempre. Así, la esperanza budista no nace de negar la dificultad, sino de descubrir que la dificultad misma está contenida dentro de un universo iluminado por la Compasión.

Cuando las circunstancias sean difíciles, pues, volvamos a este pasaje como quien vuelve a una fuente en el desierto. Digámoslo lentamente, como una confesión propia: “Mis ojos, velados por las pasiones ciegas…” Sí, mis ojos se nublan. Sí, a veces no veo. Sí, a veces mis pensamientos me arrastran. Sí, a veces la tristeza me hace olvidar. Sí, a veces el miedo habla más fuerte que la fe. Pero no termina ahí. “No pueden percibir la Luz que me abraza y me sostiene…” La Luz ya está obrando antes de que yo la perciba. El abrazo existe antes de que yo lo sienta. El sostén permanece antes de que yo lo comprenda. Y entonces llega la proclamación que debe quedar grabada en el corazón: “sin embargo, la Gran Compasión, sin cansancio ni abandono, me ilumina siempre.” Siempre: no solo cuando estoy fuerte, sino cuando estoy débil; no solo cuando soy claro, sino cuando estoy confundido; no solo cuando merezco según mi juicio, sino cuando necesito según la mirada del Buda; no solo cuando canto con alegría, sino cuando apenas puedo susurrar; no solo cuando camino rectamente, sino cuando debo levantarme del polvo. Puede haber días en que se sienta solo, pero el sentimiento no es la verdad completa. Puede haber noches en que no vea la Luz, pero la ceguera momentánea no cancela el amanecer. Puede haber problemas que parezcan montañas, pero ninguna montaña es más alta que la Compasión que abarca los mundos. Puede haber pasiones que oscurezcan los ojos, pero ninguna pasión es más profunda que la Naturaleza del Buda que el Buda mismo reconoce en nosotros. 

El Gran Maestro Genshin, con pocas palabras, nos da una doctrina de inmensa ternura: somos criaturas heridas, sí, pero heridas bajo una Luz; somos seres confundidos, sí, pero buscados por el Buda; somos caminantes cansados, sí, pero acompañados por una Compasión que no se fatiga; somos devotos de ojos velados, sí, pero abrazados por una claridad que nunca deja de brillar. Por eso, aun en medio de las circunstancias más difíciles, no desesperemos. Volvamos al altar, volvamos al Sutra, volvamos a la práctica, volvamos a la confianza. Dejemos que la mente llore cuando tenga que llorar, pero no dejemos que olvide. Dejemos que el corazón confiese su debilidad, pero no dejemos que niegue el abrazo. Y cuando no podamos ver la Luz, recordemos con gratitud que la Luz todavía nos ve, nos busca, nos acompaña, nos ayuda, nos sostiene y nos ilumina siempre.

martes, 16 de junio de 2026

Perlas de la Tesorería del Loto: Los Escritos del Gran Maestro Zhanran - El Gran Significado del Sutra del Loto - Capítulos 3-5

 


Capítulo Tercero: Parábola

Este volumen contiene nueve mil ochocientas sesenta palabras; este capítulo contiene seis mil quinientas noventa y una palabras.

Ahora, al explicar este capítulo, se emplean tres puertas: primero, exponer el significado general de todo el capítulo; segundo, explicar el nombre del capítulo; tercero, entrar en el texto para clasificarlo e interpretarlo.

Primero, al exponer el significado general: el gran sabio Shariputra, habiendo comprendido, expresa lo que corresponde tanto a los de capacidad media como inferior; el gran compasivo Héroe del Mundo responde adaptándose y despliega la enseñanza mediante parábolas, y por ello establece estas comparaciones. Los tres carros son colocados fuera de la puerta, y los niños salen de la casa en llamas: esto describe la enseñanza de los tres vehículos como medio de atracción. El carro único conduce hacia el terreno abierto, y los hijos avanzan hasta el lugar del Despertar: esto manifiesta la enseñanza del Vehículo Unico.

Primero se expone la casa en llamas, y luego se concede el carro tirado por el buey blanco. La casa en llamas de los Tres Mundos es el lugar donde habitan los seres; la casa provisional de los cinco agregados es la morada de los seres sintientes. El pilar de la vida se apoya en las raíces, pero las cuatro características la desgastan y la destruyen; las paredes de tierra y agua se exponen a las dos luminarias y, aun así, se mantienen en sus límites.

Las ocho aves vuelan y se agitan en los cuatro modos de comportamiento; las ocho clases de criaturas luchan y se irritan en relación con los cinco objetos de los sentidos. En el vasto campo, la ignorancia se coagula, y los seres, confundidos por las cuatro inversiones, corren sin cesar. Los lobos y zorros de la codicia y el deseo abrazan los cinco polvos y los recorren; los yakṣas de las opiniones erróneas niegan causa y efecto y devoran a los hombres.

Los que se aferran a los Preceptos como perros y los espíritus devoradores giran dentro de la casa en llamas y se entregan al juego; los grandes demonios de la visión del yo se aferran al “yo” y a lo “mío” sin sentir vergüenza ni culpa. La garganta de las opiniones erróneas toma la vida como fundamento y se aferra a ella como garantía; el toro de las visiones extremas, con su cuerno izquierdo, se adhiere a la aniquilación o la permanencia y destruye causa y efecto; con su cuerno derecho, se aferra al antes y al después y se dispersa como la paja arrastrada por el viento.

Las cinco facultades torpes, como bestias, espantan a los practicantes al amanecer y al anochecer; las cinco facultades agudas, como espíritus mezquinos, perturban a los sabios día y noche. Solo el gran compasivo Shakyamuni rescata de estos peligros; el gran compasivo Avalokiteshvara protege de estos temores.

Los seres de los tres mundos son todos hijos del Buda; todos los seres sintientes de los Seis Destinos comparten la misma mente. Si se busca la verdad en las diez direcciones, no existe ningún otro vehículo; ¿quién mantendría los Tres Vehículos? En todas las tierras de los Budas de las diez direcciones, solo existe el Vehículo Unico; ¿quién sostendría las cinco naturalezas? Quien calumnia a las personas o al Dharma recibe retribución en los Tres Malos Destinos; quien busca buenos amigos y el Dharma obtiene auspicio durante innumerables edades. Tal es el significado general de este capítulo.

Segundo, en cuanto a la explicación del nombre: “bi” significa comparación, “yu” significa instrucción esclarecedora. Se toma esto para comparar aquello, y mediante lo superficial se instruye sobre lo profundo. Este capítulo adopta principalmente la parábola como su denominación, por ello se llama “Capítulo de Parábolas”.

Tercero, al entrar en el texto para clasificarlo e interpretarlo: desde el inicio del capítulo hasta el final de los versos donde se dice “hace girar la rueda insuperable del Dharma”, se presenta, en segundo lugar, dentro del ciclo de la exposición del Dharma, la sección de comprensión. Dentro de ella hay dos partes: primero, en prosa, se muestra la comprensión de Shariputra; segundo, en versos, en veinticinco líneas, Śāriputra la reexpone.

Desde “entonces el Buda dijo a Shariputra: ahora yo…” hasta “la enseñanza para los Bodhisattvas protegida por el Buda”, se presenta la sección en la que el Tathagata confirma y desarrolla lo comprendido dentro del ciclo de la exposición del Dharma.

Desde “Shariputra, en el futuro…” hasta “ese ser eres tú mismo, debes alegrarte”, se presenta la sección de la predicción dentro del ciclo de la exposición del Dharma. Dentro de ella hay dos partes: primero, en prosa, el Tathagata otorga la predicción; segundo, en versos, en once líneas y media, el Tathagata la reitera.

Desde “en ese momento las cuatro asambleas…” hasta “y al ver los méritos del Buda, todos los dedican al camino del Buda”, se presenta la sección en la que las cuatro asambleas comprenden dentro del ciclo de la exposición del Dharma. Dentro de ella hay tres partes: primero, en prosa, las cuatro asambleas comprenden; segundo, en versos de seis líneas y media, lo reiteran.

Con esto concluye el primer ciclo, el de la exposición del Dharma.

Desde “entonces Shariputra le dijo al Buda: Honrado por el Mundo, ahora no tengo dudas ni arrepentimientos” hasta el capítulo de la Predicción, comienza la segunda gran sección, en la que, para los seres de capacidad media, se expone mediante parábolas. Este conjunto consta de cuatro capítulos: el primer capítulo contiene la parábola propiamente dicha en la que el Tathagata abre los Tres Vehículos y revela el único; el capítulo de la Fe y Comprensión muestra cómo los cuatro grandes oyentes comprenden; el capítulo de las Plantas Medicinales muestra la confirmación del Tathagata; el capítulo de la Predicción muestra la concesión de la predicción por el Tathagata.

Dentro del primer capítulo, el texto se divide en dos partes: desde “entonces Shariputra dijo…” hasta “explicó sus causas y condiciones y disipó las dudas”, se muestra la solicitud de Shariputra; desde “entonces el Buda dijo a Śāriputra: ¿no te dije antes…?” hasta el final de los versos donde se dice “debes explicar esto”, se muestra la respuesta del Tathagata.

Dentro de esta respuesta hay tres partes: primero, desde “entonces el Buda dijo a Shariputra: ¿no te dije antes…?” hasta “los que tienen sabiduría comprenden mediante parábolas”, se presenta la apertura del discurso por parte del Tathagata; segundo, desde “Shariputra, si en un país o ciudad…” hasta los versos donde se dice “yo soy el Rey del Dharma, libre en el Dharma, y por el bienestar de los seres aparezco en el mundo”, se presenta la exposición mediante parábolas; tercero, desde “Shariputra, este sello del Dharma mío…” hasta el final de los versos donde se dice “debes explicar el maravilloso Sutra del Loto”, se presenta la exhortación a la fe por parte del Tathagata.

Dentro de la exposición mediante parábolas hay dos partes: primero, la prosa; segundo, los versos. Dentro de la prosa hay dos partes: desde “si en un país o ciudad…” hasta “bien dicho, bien dicho, como has dicho”, se presenta la apertura de la parábola; desde “Shariputra, el Tathagata es también así…” hasta “explica los tres dentro del Vehículo Unico del Buda”, se presenta la correspondencia de la parábola.

Dentro de la apertura de la parábola hay dos partes: primero, la parábola general; segundo, la parábola particular. Dentro de la parábola general hay seis comparaciones. Dentro de la parábola particular hay cuatro comparaciones.

Dentro de la correspondencia de la parábola hay dos partes: primero, la correspondencia de la parábola general; segundo, la correspondencia de la parábola particular.

El Buda, deseando reiterar este significado, expone versos de ciento sesenta y cinco líneas, divididos en dos partes: las primeras cien líneas reiteran la prosa anterior; las siguientes sesenta y cinco líneas exponen el método de transmisión general del Sutra.

En la prosa anterior había apertura de la parábola y correspondencia de la parábola; en los versos también hay dos partes: primero, sesenta y cinco líneas y media reiteran la apertura de la parábola; luego, treinta y cuatro líneas y media reiteran la correspondencia de la parábola.

En la prosa anterior había parábola general y parábola particular; en los versos también hay dos partes: primero, treinta y tres líneas reiteran la parábola general, dentro de la cual hay seis comparaciones; luego, treinta y dos líneas y media reiteran la parábola particular, dentro de la cual hay seis comparaciones, seguidas de cuatro comparaciones, y así sucesivamente.

En cuanto a la correspondencia de la parábola, hay también dos partes: la correspondencia de la parábola general y la correspondencia de la parábola particular, y así sucesivamente.

En cuanto a la segunda parte, el método general del sutra, también se denomina exhortación al progreso, y dentro de ella se explican sus diversos aspectos.

Capítulo Cuarto: Fe y Comprensión

Este capítulo contiene tres mil doscientas sesenta y nueve palabras.

Al explicar este capítulo, se emplean tres puertas: primero, exponer el significado general; segundo, explicar el nombre del capítulo; tercero, entrar en el texto para clasificarlo e interpretarlo.

Primero, al exponer el significado general: el hijo pobre retorna a la casa del padre y se incorpora temporalmente entre los trabajadores contratados; el padre compasivo le confía la herencia familiar y determina así su naturaleza celestial. Por ello, los dos vehículos, aunque antes no tenían parte alguna, de pronto obtienen la casa del Tathagata; el Vehículo Unico, aunque aún no se había completado, se convierte en el espejo de la luna llena. El salario de un día provoca vergüenza ante la puerta donde se abandona lo provisional; los huéspedes de los Tres Vehículos guardan alegría en el atrio de la Verdadera Realidad. El gran fruto sin impurezas brota en las ramas del Pequeño Vehículo (Hinayana), exuberante y abundante; el loto insuperable florece en el estanque de las ovejas y los ciervos, desplegando pétalos espléndidos. Los oyentes de la enseñanza perfecta son llamados “oyentes” porque hacen oír a todos el sonido del Camino del Buda; los Arhats, plenamente explicados, deben recibir ofrendas en todos los mundos. Antes del Sutra del Loto, las tres virtudes dentro del nacimiento y muerte limitado se manifestaban dentro del reino; después del Sutra del Loto, las tres virtudes de la transformación del nacimiento y muerte se muestran fuera del reino. Conocer la deuda y retribuir la deuda era oscuridad en los años anteriores; conocer la virtud y agradecer la virtud es despertar en el tiempo presente. Ciertamente se sabe que el apego separado a los tres vehículos es oscuridad dentro de la oscuridad, mientras que la perfecta interpenetración del único vehículo es claridad dentro de la claridad. Tal es el significado general de este capítulo.

Segundo, en cuanto a la explicación del nombre: al oír al principio la enseñanza abreviada, se movió el apego y surgió la duda; al escuchar ampliamente acerca de los cinco Budas, todavía permanecía una confusión nebulosa y no se comprendía claramente. Ahora, al escuchar la parábola, hay alegría y júbilo; nace la fe y surge la comprensión; la duda se aparta y el principio se vuelve claro. Este capítulo destaca principalmente el Dharma como su nombre, por ello se llama “Capítulo de Fe y Comprensión”.

Tercero, al entrar en el texto para clasificarlo e interpretarlo: en este capítulo, dentro del ciclo de la exposición mediante parábolas, se presenta la segunda sección, donde los cuatro grandes oyentes manifiestan su comprensión. El texto se divide en dos partes: desde “en aquel momento, los poseedores de vida de sabiduría” hasta “contemplaron reverentemente el rostro venerable”, primero se muestra la narración del compilador del Sutra acerca de su alegría; desde “dijeron al Buda” hasta el final del rollo, segundo se muestra su propia declaración de comprensión. Dentro de esta hay dos partes: primero, la prosa; segundo, los versos.

Dentro de la prosa hay dos partes: desde “y dijeron al Buda” hasta “innumerables tesoros preciosos se obtienen espontáneamente sin buscarlos”, primero se muestra la comprensión abreviada; desde “Honrado por el Mundo, nosotros” hasta “todo lo que al Buda le corresponde obtener, ya lo hemos obtenido”, segundo se muestra la comprensión amplia. Dentro de esta hay dos partes: desde “Honrado por el Mundo, nosotros” hasta “ahora este tesoro ha llegado espontáneamente”, primero se expone la parábola; desde “Honrado por el Mundo” hasta “todo lo que al Buda le corresponde obtener, ya lo hemos obtenido”, segundo se presenta la correspondencia de la parábola.

Dentro de la exposición de la parábola hay dos partes: desde “Honrado por el Mundo, nosotros” hasta “para aclarar este significado”, primero se muestra el deseo de abrir la explicación, tal como aparece en el texto; desde “por ejemplo, si hubiera alguien” en adelante, segundo se expone ampliamente la parábola. Dentro de esta exposición hay cinco partes: desde “por ejemplo, si” hasta “ya no hubo más preocupación ni ansiedad”, primero se muestra la parábola del padre y el hijo que se pierden mutuamente; desde “Honrado por el Mundo, en aquel momento el hijo pobre, trabajando por salario” hasta “todavía seguía codiciando y aferrándose”, segundo se muestra la parábola del padre y el hijo que se ven mutuamente; desde “entonces envió a personas cercanas” hasta “siempre lo hizo retirar el estiércol”, tercero se muestra la parábola de perseguirlo y atraerlo; desde “después de esto” hasta “aún no podía abandonar su mente inferior”, cuarto se muestra la parábola de confiarle los asuntos de la casa; desde “después de pasar un poco de tiempo” hasta “llegó espontáneamente”, quinto se muestra la parábola de entregarle la herencia familiar.

En cuanto a la segunda parte, la correspondencia de la parábola, hay cuatro secciones, y así sucesivamente. Desde “en aquel momento Mahakashyapa”, comienza la segunda parte, los versos, que constan de ochenta y seis líneas y media. Se dividen en dos: primero, setenta y tres líneas y media reiteran la prosa anterior; luego, trece versos alaban la profundidad de la deuda de gratitud hacia el Buda. Dentro de la primera parte, a su vez, hay dos divisiones: primero, dos líneas reiteran la enseñanza doctrinal; después, setenta y una líneas y media reiteran la exposición mediante parábola. Dentro de esta, hay dos partes: primero, cuarenta y una líneas reiteran la apertura de la parábola; luego, treinta líneas y media reiteran la correspondencia de la parábola, y así sucesivamente.

Capítulo Quinto: La Parábola de las Plantas Medicinales

Este rollo contiene nueve mil doscientas ochenta y seis palabras; este capítulo contiene mil seiscientas cincuenta y nueve palabras.

Al explicar este capítulo, se emplean tres puertas: primero, exponer el significado general; segundo, explicar el nombre del capítulo; tercero, entrar en el texto para clasificarlo e interpretarlo.

Primero, al exponer el significado general: la vasta tierra de la sabiduría, igual a la gran tierra, sostiene las cinco naturalezas; los innumerables seres, espesos como bosques, rivalizan como hierbas y árboles y se diferencian en los cinco vehículos. Entonces, la nube del Dharma del Vehículo Unico cubre los tres mil mundos y los refresca; la lluvia de la enseñanza de un solo sabor humedece los cinco vehículos y los hace crecer de manera distinta. Por ello, el Rey del Dharma que destruye la existencia, siguiendo las diversas capacidades de los seres, primero expone aquello que es provisional; y el Buda, respondiendo a las capacidades ya maduras, después enseña esto que es real, usando así lo provisional como medio. Las tres hierbas, cada una según su propio cuerpo, retornan a la tierra original; los dos árboles de los medios hábiles vuelven cada uno su mente hacia el camino verdadero. La gran sabiduría supremamente real ruge con voz de león, y entonces los frutos menores de lo provisional abandonan la forma de chacales. Kashyapa, de raíces deterioradas, comprende las tres hierbas en la realidad; los Bodhisattvas que han pasado por kalpas comprenden los dos árboles en el bosque perfecto. “Lo que vosotros practicáis es el Camino del Bodhisattva”: así queda regulado esto. Tal es el significado general de este capítulo.

Segundo, en cuanto a la explicación del nombre: la tierra es aquello que puede hacer nacer; las nubes y la lluvia son aquello que puede humedecer; las hierbas y los árboles son aquello que nace y aquello que es humedecido. Todos, en común, poseen función; pero la función de las plantas medicinales es particularmente fuerte. Todas las buenas acciones con impurezas pueden curar el mal; entre ellas, las libres de impurezas son las supremas. Dentro de la multitud libre de impurezas, los cuatro grandes discípulos comprendieron la parábola del Buda mediante una parábola, y se unieron profundamente a la mente santa. El Buda los alabó diciendo: “¡Excelente, excelente! Es algo sumamente raro”, y confirmó que habían obtenido comprensión. Como se compara a esas personas mediante una parábola, se llama “Capítulo de la Parábola de las Plantas Medicinales”.

Tercero, al entrar en el texto para clasificarlo e interpretarlo: este capítulo es, dentro del ciclo de la exposición mediante parábolas, la tercera sección, la confirmación de lo comprendido. Dentro de ella hay dos partes: desde “en aquel momento el Honrado por el Mundo dijo a Mahakashyapa” hasta “aunque se hablara de ello, no podría agotarse”, primero se confirma brevemente su comprensión; desde “Kashyapa, debes saber” hasta “practicando y aprendiendo gradualmente, todos alcanzarán el camino del Buda”, segundo se confirma ampliamente su comprensión. Dentro de la parte breve hay dos secciones: primero, se confirma doblemente con “excelente”; desde “el Tathagata, además, posee” en adelante, segundo se confirma aquello que su comprensión no alcanza.

Dentro de la exposición amplia hay dos partes: primero, la prosa; segundo, los versos. Dentro de la prosa hay dos partes: desde “Kashyapa, debes saber” hasta “la sabiduría de todas las especies”, primero se confirma la apertura de los tres vehículos y la revelación del único; desde “vosotros, Kashyapa” hasta “difícil de comprender y difícil de conocer”, segundo se muestra la conclusión y alabanza del Tathagata. Dentro de la apertura de los tres y la revelación del uno hay dos partes: desde “Kāśyapa, debes saber” hasta “toda sabiduría”, primero se muestra la exposición doctrinal, dentro de la cual hay dos secciones, y así sucesivamente; desde “Kashyapa, por ejemplo” hasta “la sabiduría de todo lo penetrante”, segundo se muestra la exposición mediante parábola.

Dentro de la exposición mediante parábola hay dos partes: primero, la exposición de la parábola, en la que hay apertura de la parábola y correspondencia de la parábola. Dentro de la apertura de la parábola hay dos partes: desde “Kashyapa” hasta “las flores y los frutos se despliegan y maduran”, primero se muestra la parábola de la diferencia; desde “aunque nacen de una sola tierra” hasta “cada uno posee diferencia”, segundo se muestra la parábola de la no diferencia, que tiene tres secciones, y así sucesivamente. En cuanto a la segunda parte, la correspondencia de la parábola, hay dos partes: desde “Kashyapa, debes saber, el Tathagata también es así” hasta “cada uno obtiene nacimiento y crecimiento”, primero se corresponde con la parábola de la diferencia, dentro de la cual hay dos secciones, y así sucesivamente; desde “el Tathagata predica el Dharma con un solo aspecto y un solo sabor” hasta “la sabiduría de todas las especies”, segundo se corresponde con la parábola de la no diferencia, dentro de la cual hay tres secciones, y así sucesivamente. Desde “vosotros, Kashyapa” en adelante, segundo se retoma el principio y se expresa alabanza, y así sucesivamente.

La segunda parte, los versos, consta de cincuenta y cuatro líneas y media, y reitera la confirmación de la comprensión acerca de la apertura de los Tres Vehículos y la revelación del único. Dentro de ella hay dos partes: primero, cuatro líneas reiteran la exposición doctrinal, dentro de la cual hay dos secciones, y así sucesivamente; luego, cincuenta líneas y media reiteran la exposición mediante parábola, dentro de la cual hay dos partes: primero, diez líneas y media reiteran la apertura de la parábola; luego, cuarenta líneas reiteran la correspondencia de la parábola. Dentro de la apertura de la parábola hay dos partes: primero, nueve líneas reiteran la parábola de la diferencia; luego, una línea y media reitera la no diferencia. Dentro de la segunda parte, la correspondencia de la parábola, hay dos partes: primero, treinta y cinco líneas reiteran la correspondencia con la parábola de la diferencia, y así sucesivamente; luego, cinco líneas reiteran la correspondencia con la parábola de la no diferencia, y así sucesivamente.

lunes, 15 de junio de 2026

Nueva Publicación: Historias del Canon Budista - Una Antología de Cuentos basados en los Sermones del Buda. Vol. 1

 


Si bien llevo más de una década escribiendo sobre Budismo, siempre lo he hecho desde un lente neutral, objetivo y real; no ficción. Nunca hubiese imaginado que escribiría "ficción". Siempre he reconocido que escribir ficción estaba era otro nivel. Un nivel superior. Pero con el pasar de los años, el tratar de presentar las enseñanzas del Buda en términos simples y originales han suavizado y permitido mi acercamiento a eso que pensé era para mi imposible. 

Por los últimos dos aHoy, me complazco en anunciar que he publicado mi primer libro de cuentos budistas. ños, he estado escribiendo en secreto lo que originalmente iba a ser una novela de la vida del Buda, que incorporara sus enseñanzas, de acuerdo con el Plan Dhármico de Salvación de los Cinco Periodos expuesto por le Gran Maestro Chih-i, fundador de la escuela Tiantai (Tendai) en China. Sin embargo, a medida que escribía, el proyecto metamorfó de muchas maneras, terminando en una antología de cuentos basados en el Canon Budista. El segundo volúmen, en progreso, tratará sobre la vida y obra de los Grandes Maestros de la Tradición Budista, así como de piezas originales sobre personajes secundarios, como Mara, entre otros. 

A lo largo de más de dos mil quinientos años, las historias del Buda han sido contadas y recontadas en monasterios, palacios, aldeas y hogares de todo el mundo. Generaciones enteras han encontrado inspiración en su vida, consuelo en sus enseñanzas y esperanza en su promesa de que todos los seres poseen el potencial de alcanzar la iluminación. Sin embargo, detrás de los innumerables sutras, parábolas, milagros y doctrinas del Canon Budista existe una gran historia unificadora: la historia de cómo la Sabiduría y la Compasión descendieron al mundo para guiar a la humanidad desde la ignorancia hacia el Despertar.

Historias del Canon Budista es una invitación a redescubrir esa historia. A través de una amplia colección de relatos inspirados directamente en los Sutras y las escrituras sagradas del Budismo, este volumen recorre la vida completa del Buda Shakyamuni y las enseñanzas más importantes del Canon Budista, presentándolas en forma de narraciones fluidas, accesibles y profundamente evocadoras. Desde los prodigios que rodearon el embarazo de la Reina Maya y el nacimiento del Bodhisattva en Lumbini, hasta la Gran Renuncia, los años de austeridades, la Iluminación bajo el Árbol Bodhi, los primeros sermones, los encuentros con reyes, mendigos, asesinos, dioses y Bodhisattvas, el lector caminará junto al Maestro a través de cada etapa de su misión en el mundo. Pero este libro es mucho más que una biografía del Buda. Es también un viaje por el corazón mismo del Dharma.

A lo largo de estas páginas cobran vida las grandes enseñanzas budistas: las Cuatro Nobles Verdades, el Noble Sendero Óctuple, la ley del Karma, la compasión universal, la práctica del Bodhisattva, la Perfección de la Sabiduría, las Tierras Puras, la Naturaleza Búdica, los Votos de los Bodhisattvas, la misión salvadora del Buda Amida, la revelación del Sutra del Loto y las enseñanzas finales del Sutra del Nirvana.

Siguiendo la visión tradicional de los Cinco Períodos del Dharma, este libro presenta el Canon Budista como una revelación orgánica y armoniosa, donde cada enseñanza ocupa un lugar dentro de un único plan compasivo. Las doctrinas tempranas y tardías, las enseñanzas de los discípulos y las de los Bodhisattvas, el Hinayana y el Mahayana, la meditación, la devoción y la sabiduría aparecen integradas dentro de una sola corriente espiritual: el Vehículo Único que conduce a todos los seres hacia la Budeidad.

Estas historias no pertenecen únicamente al pasado. Hablan de nosotros. Hablan de nuestras pérdidas, nuestras dudas, nuestros errores y nuestras esperanzas. Hablan de la búsqueda humana de sentido, de la lucha contra el sufrimiento y del anhelo universal de encontrar paz, sabiduría y compasión. En cada personaje, en cada encuentro y en cada enseñanza, el lector descubrirá reflejos de su propia vida y de su propio camino espiritual.

Ya sea que te acerques al Budismo por primera vez o que hayas recorrido el sendero del Dharma durante muchos años, este libro te invita a sentarte nuevamente bajo el Árbol Bodhi, a escuchar la voz del Buda y a contemplar la gran historia de la salvación budista desplegarse ante tus ojos. Porque la historia del Buda no terminó en la India antigua. Continúa allí donde alguien descubre que la luz de la Budeidad siempre ha estado presente en lo más profundo de su corazón.

Este libro es una caminata junto al Buda a través de episodios de su vida, a medida que aprendemos su Verdadero Dharma, y nos comprometemos a ponerlo en práctica en nuestra vida diaria.

Disponible aquí.

martes, 9 de junio de 2026

El Sutra de los Votos Pasados del Bodhisattva Kshitigarbha: Séptimo Capítulo - Beneficiando a los Vivos y a los Muertos (Resumido y Recontado)

 


7

Beneficiando a los Vivos y a los Muertos

Después de que el Bodhisattva Samantavipula recibiera las enseñanzas sobre los méritos inconcebibles de Ksitigarbha, la gran asamblea permaneció reunida en el Palacio Celestial del Cielo Trayastrimsas. Los devas seguían derramando flores celestiales. Los Bodhisattvas permanecían inmóviles en profunda contemplación. El Buda irradiaba una serenidad que parecía envolver todos los mundos.

Entonces el Bodhisattva Ksitigarbha se levantó lentamente de su asiento. Inclinándose ante el Honrado por el Mundo, habló con voz profunda y llena de compasión:

—Honrado por el Mundo, observo constantemente a los seres de Jambudvipa. Veo cómo cada pensamiento que surge en sus corazones produce semillas de karma. Veo cómo luchan por avanzar hacia la virtud y cómo, una y otra vez, son arrastrados nuevamente hacia la confusión.

Mientras hablaba, parecía contemplar simultáneamente millones de vidas humanas. Veía comerciantes dominados por la codicia. Veía gobernantes cegados por el poder. Veía familias consumidas por disputas. Veía personas sinceras que comenzaban a practicar el Dharma y luego abandonaban su esfuerzo. Veía hombres y mujeres que obtenían una oportunidad para despertar, pero que terminaban distraídos por los placeres pasajeros del mundo. Entonces dijo:

—Aquellos que logran obtener algún mérito suelen apartarse de sus aspiraciones originales. Aquellos que encuentran influencias negativas ven cómo sus corazones son lentamente seducidos. Casi nunca caen de golpe; se desvían paso a paso.

El Buda escuchaba atentamente. Y toda la asamblea permanecía en silencio. Entonces Ksitigarbha utilizó una imagen extraordinariamente vívida.

—Los seres son como viajeros que cargan enormes piedras sobre sus espaldas mientras atraviesan un camino cubierto de barro.

Muchos devas levantaron la mirada.

—Con cada paso se hunden más profundamente. Cuanto más avanzan, más pesado se vuelve el fardo. Cuanto más pesado es el fardo, más difícil resulta caminar.

Mientras pronunciaba estas palabras, parecía que todos podían ver aquella escena. Un viajero agotado. Cubierto de sudor. Con las piernas hundidas en el lodo. Llevando una carga que aumenta a cada instante. 

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Sin embargo, algunas veces aparece una persona virtuosa.

La imagen cambió.  Ahora el viajero encontraba a alguien compasivo. Alguien más fuerte. Alguien que comprendía su sufrimiento.

—Esta persona puede ayudarlo a sostener la carga. Puede retirar algunas piedras. O incluso, gracias a su gran fuerza, puede cargar temporalmente todo el peso por él.

Muchos comprendieron inmediatamente la metáfora. La persona virtuosa representa a los Budas. A los Bodhisattvas. A los maestros espirituales. A los amigos de virtud. A todos aquellos que ayudan a los seres a liberarse de sus cargas kármicas. Pero Ksitigarbha añadió algo importante.

—Cuando el viajero finalmente alcanza tierra firme, debe recordar el sufrimiento que experimentó en el barro. Debe recordar las consecuencias de sus errores. Debe evitar volver voluntariamente al mismo camino.

Entonces el Bodhisattva dirigió la mirada hacia toda la asamblea.

—Del mismo modo, los seres suelen comenzar con pequeñas faltas.

Su voz se volvió grave.

—Una pequeña mentira. Una pequeña crueldad. Un pequeño robo. Un pequeño acto de ira.

La asamblea escuchaba atentamente.

—Pero si estas semillas no son detenidas, crecen. Y aquello que comenzó siendo pequeño se convierte en algo inmenso.

Entonces Ksitigarbha habló de la muerte. Y al hacerlo, el silencio se hizo aún más profundo.

—Por esta razón, cuando una persona está a punto de morir, sus familiares deberían realizar buenas obras en su nombre.

Muchos devas inclinaron la cabeza. Porque conocían la importancia de aquel momento. Ksitigarbha explicó que los familiares podían encender lámparas, ofrecer flores, levantar estandartes sagrados, recitar sutras y pronunciar los nombres de Budas y Bodhisattvas cerca del moribundo.

—Que los escuche —dijo—. Que esos nombres lleguen a su conciencia. Que la mente del moribundo sea tocada por las causas de la iluminación antes de abandonar este mundo.

Y entonces reveló algo profundamente consolador. Incluso si la persona había acumulado suficiente karma negativo para caer en los reinos del sufrimiento, aquellas causas virtuosas generadas por familiares sinceros podían aliviar enormemente las consecuencias futuras. 

Cuando el Bodhisattva Ksitigarbha terminó de explicar cómo las buenas obras realizadas en nombre de los moribundos podían ayudarlos en su tránsito hacia la próxima existencia, toda la asamblea quedó profundamente conmovida. Muchos devas recordaban a familiares que habían perdido en vidas pasadas. Muchos Bodhisattvas recordaban los incontables seres a quienes habían acompañado en el momento de la muerte. Y el propio Buda observaba a la multitud con una compasión que parecía abarcar todos los mundos. 

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Honrado por el Mundo, también deseo advertir a los seres de Jambudvipa acerca de algo que frecuentemente hacen por ignorancia cuando mueren sus seres queridos.

Su voz se volvió más grave. 

—Cuando un padre muere, cuando una madre abandona este mundo, cuando un esposo, una esposa o un hijo fallecen, muchas familias, dominadas por el dolor, realizan actos que creen beneficiosos, pero que en realidad sólo aumentan el sufrimiento de los difuntos.

La asamblea escuchó atentamente.

—Algunos sacrifican animales. Algunos derraman sangre. Algunos realizan ofrendas a espíritus errantes. Algunos buscan ayuda de demonios y entidades oscuras. Otros consultan prácticas equivocadas creyendo que así ayudarán a los muertos.

Ksitigarbha negó lentamente con la cabeza.

—Nada de esto beneficia al difunto.

El silencio se hizo más profundo.

—Por el contrario, estas acciones generan nuevo karma negativo precisamente en el momento en que el fallecido más necesita ayuda.

Entonces utilizó otra imagen.

—Es como un viajero agotado que ha caminado durante días llevando una carga inmensa. Apenas puede mantenerse en pie. Y cuando está a punto de llegar a un lugar seguro, alguien añade nuevas piedras sobre sus hombros.

Muchos de los presentes comprendieron inmediatamente. El difunto ya carga con el peso de su propio karma. Añadir nuevos actos negativos en su nombre sólo hace más difícil su camino. Entonces Ksitigarbha explicó algo extraordinariamente importante. Después de la muerte, la conciencia de muchos seres no encuentra inmediatamente un nuevo renacimiento. Existe un período de incertidumbre. Un período de transición. Un período durante el cual las consecuencias del karma están madurando.

—Durante cuarenta y nueve días —explicó— muchos de estos seres permanecen en gran ansiedad.

Los devas escuchaban atentamente.

—No saben con certeza cuál será su destino. Ignoran dónde renacerán. Perciben las fuerzas de sus acciones pasadas aproximándose. Y mientras los resultados de su karma son evaluados, viven en gran inquietud.

Muchos espíritus presentes en la asamblea recordaban haber atravesado aquel estado. Era una condición de incertidumbre. Una espera angustiosa. Una sensación de estar suspendidos entre dos vidas. Entonces Ksitigarbha reveló algo profundamente conmovedor.

—Durante esos cuarenta y nueve días, estos seres esperan constantemente ayuda de sus familiares.

La asamblea quedó en silencio.

—Esperan que alguien rece por ellos. Esperan que alguien genere mérito. Esperan que alguien realice actos virtuosos en su nombre. Porque incluso una pequeña luz resulta preciosa cuando uno se encuentra rodeado de oscuridad.

Entonces el Bodhisattva volvió la mirada hacia todos los presentes.

—Por eso digo que los familiares deben aprovechar esos cuarenta y nueve días para generar méritos sinceros. Deben recitar Sutras. Deben hacer ofrendas. Deben practicar la generosidad. Deben apoyar a la Sangha. Deben ayudar a los necesitados. Deben crear causas de virtud. Y luego dedicar esos méritos al difunto. Cada acto de bondad se convierte entonces en una lámpara encendida en medio de la oscuridad. Cada acto de generosidad se convierte en una ayuda para el viajero que atraviesa el valle de la muerte. Cada recitación del Dharma se convierte en una voz que llama al ser perdido hacia caminos más luminosos.

Pero entonces ocurrió algo interesante. De entre la asamblea se levantó un anciano extraordinario. Su apariencia era la de un hombre muy viejo, pero sus ojos brillaban con la sabiduría de incontables kalpas. Y tenía una pregunta que beneficiaría a innumerables generaciones futuras. No era un anciano ordinario. Era un gran Bodhisattva que había elegido manifestarse bajo aquella apariencia para beneficiar a los seres. Su nombre era Mahapratibhana, el Anciano de la Gran Elocuencia. Durante incontables kalpas había recorrido los Diez Mundos enseñando el Dharma y ayudando a innumerables seres a despertar la Mente de la Iluminación. 

Con las palmas juntas, inclinó respetuosamente la cabeza ante Ksitigarbha y preguntó:

—Gran Bodhisattva, cuando los seres de Jambudvipa mueren y sus familias realizan actos virtuosos en su nombre, ¿realmente reciben ellos algún beneficio? Si los familiares ofrecen alimentos vegetarianos a la Sangha, imprimen Sutras, realizan ofrendas o generan méritos, ¿pueden los difuntos abandonar los reinos del sufrimiento?

La pregunta era importante. Muchos devas escucharon atentamente. Muchos espíritus se acercaron. Porque era una duda que incontables seres humanos se harían durante generaciones. 

Entonces Ksitigarbha respondió:

—Anciano, mediante el poder del Buda explicaré brevemente esta cuestión para beneficio de los seres presentes y futuros.

La asamblea guardó silencio.

—Cuando una persona se encuentra próxima a morir, si logra escuchar aunque sea una sola vez el nombre de un Buda, de un Bodhisattva o de un Pratyekabuddha, ese contacto con la santidad genera una causa inmensamente poderosa. 

Muchos devas asintieron. Porque conocían el poder transformador de la mente en los últimos momentos de la vida.

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Incluso una persona que haya cometido numerosos errores puede recibir ayuda gracias a esa conexión con los seres iluminados.

 Pero inmediatamente añadió una enseñanza muy importante.

—Sin embargo, cuando los familiares realizan actos virtuosos después de la muerte, sólo una parte del mérito alcanza directamente al difunto.

Muchos quedaron sorprendidos. Entonces el Bodhisattva explicó:

—El difunto recibe aproximadamente una séptima parte del mérito generado.

Mahapratibhana escuchó atentamente.

—Las otras seis partes permanecen con quienes realizaron las buenas acciones.

Muchos comprendieron entonces una verdad profunda. Nadie puede transferir completamente su mérito a otro. El karma sigue siendo personal. La responsabilidad sigue siendo individual. La ayuda existe. La dedicación existe. La compasión existe. Pero cada ser debe finalmente caminar con sus propios pies.

Por ello Ksitigarbha dijo:

—Los seres no deberían esperar hasta la muerte para acumular méritos. Deben practicar mientras gozan de salud y poseen capacidad para hacerlo.

La asamblea aprobó estas palabras. Porque muchos seres pasan toda su vida posponiendo la práctica espiritual. Dicen: "Lo haré más adelante." "Lo haré cuando tenga tiempo." "Lo haré cuando sea viejo." Pero la muerte rara vez anuncia su llegada. Y precisamente entonces Ksitigarbha habló acerca de uno de los grandes misterios del tránsito entre vidas.

—La muerte llega de manera inesperada.

Muchos devas bajaron la mirada. Todos conocían esa verdad.

—Cuando una persona abandona el cuerpo, a menudo se encuentra confundida. No sabe dónde está. No comprende qué ha ocurrido. No conoce todavía cuál será su próximo destino.

El Bodhisattva hizo una pausa.

—Durante los cuarenta y nueve días posteriores a la muerte, muchos seres permanecen en estados de gran incertidumbre.

La asamblea escuchaba con total atención. 

—Su conciencia parece envuelta en niebla. No saben si ascenderán o descenderán. No saben qué karma prevalecerá. No saben qué destino les espera.

Entonces Ksitigarbha describió una escena conmovedora. Aquellos seres observan constantemente. Esperan. Buscan ayuda. Recuerdan a sus familias. Recuerdan a quienes amaron. Y desean desesperadamente que alguien genere méritos en su favor.

—Cada pensamiento de ellos —dijo Ksitigarbha— espera la llegada de una ayuda virtuosa.

Aquellas palabras llenaron de emoción a la asamblea. Porque mostraban la importancia de las acciones realizadas por los vivos. Una recitación. Una ofrenda. Una lámpara. Una obra de caridad. Una impresión de Sutras. Todo ello podía convertirse en una luz para quien atravesaba la oscuridad de la transición.

 El anciano Mahapratibhana permanecía inmóvil, escuchando cada palabra del Bodhisattva Ksitigarbha. A su alrededor, la inmensa asamblea celestial guardaba un silencio reverente. Nadie quería perder una sola sílaba de aquellas enseñanzas que revelaban los misterios del tránsito entre la vida y la muerte.

Entonces el Bodhisattva continuó:

—Anciano, existe además otro método mediante el cual los vivos pueden beneficiar a quienes han partido.

Su voz era suave y compasiva.

—Después de la muerte de padres, madres, hermanos, hermanas, esposos, esposas o cualquier ser querido, las familias pueden ofrecer alimentos puros al Buda y a la Sangha.

Muchos devas asintieron. Desde tiempos antiguos, las ofrendas de alimentos habían sido consideradas una de las formas más nobles de generosidad. Pero Ksitigarbha explicó que tales ofrendas debían realizarse con una actitud especial.

—La preparación de los alimentos debe hacerse con respeto y atención. No debe desperdiciarse nada.

Entonces comenzó a describir algo aparentemente simple, pero profundamente significativo.

—Ni siquiera las hojas de las verduras deben ser arrojadas negligentemente. Ni siquiera el agua utilizada para lavar el arroz debe desperdiciarse descuidadamente.

Muchos miembros de la asamblea comprendieron inmediatamente la enseñanza oculta. La diligencia espiritual no se expresa solamente en grandes ceremonias. También se manifiesta en los pequeños actos cotidianos. En la atención. En el cuidado. En la gratitud. En la reverencia hacia aquello que se ofrece.

Luego Ksitigarbha continuó:

—Nadie debe probar los alimentos antes de que hayan sido ofrecidos al Buda y a la Sangha.

El anciano Mahapratibhana escuchaba atentamente. Entonces el Bodhisattva explicó por qué.

—Si alguien consume las ofrendas antes de presentarlas adecuadamente, la pureza de la intención se debilita y el beneficio para los difuntos disminuye.

No se trataba simplemente de una regla ceremonial. Era una cuestión de sinceridad. La ofrenda debía realizarse con un corazón completamente entregado. Sin egoísmo. Sin apropiación. Sin distracción. Porque aquello que verdaderamente generaba mérito no era la comida en sí misma. Era la intención compasiva que la acompañaba. Entonces Ksitigarbha reveló nuevamente una enseñanza que había mencionado anteriormente.

—Cuando estas ofrendas se realizan correctamente, el difunto recibe una séptima parte del mérito generado.

Muchos devas reflexionaron sobre ello. Parecía una porción pequeña. Pero para un ser que se encontraba atravesando la incertidumbre de los estados posteriores a la muerte, incluso una pequeña cantidad de mérito podía convertirse en una diferencia inmensa. Una lámpara puede parecer pequeña. Pero para quien se encuentra perdido en una caverna oscura, una sola lámpara puede mostrar el camino. Así también sucede con el mérito. Una sola acción virtuosa realizada con sinceridad puede producir consecuencias mucho mayores de lo que los seres imaginan. Entonces Ksitigarbha volvió a dirigirse a toda la asamblea.

—Por ello, cuando vuestros padres, madres o seres queridos abandonen este mundo, no os consumáis únicamente en el llanto.

Muchos espíritus presentes inclinaron la cabeza. Porque conocían la profundidad del dolor humano.

—Las lágrimas nacidas del amor son naturales. Pero transformad también vuestro dolor en virtud.

Su voz parecía abrazar a todos los seres. 

—Recitad sutras. Haced ofrendas. Ayudad a los necesitados. Apoyad a la Sangha. Encended lámparas. Imprimid enseñanzas. Generad mérito. Y luego dedicad todo ello a quienes han partido. Porque el verdadero amor no termina en la tumba. El verdadero amor continúa actuando. Continúa ayudando. Continúa iluminando el camino de quienes han partido antes que nosotros.

Cuando Ksitigarbha terminó de hablar, ocurrió algo extraordinario. Toda la inmensa multitud de devas, espíritus, guardianes celestiales y seres sobrenaturales procedentes de Jambudvipa sintió una profunda transformación interior. Las palabras del Bodhisattva habían penetrado hasta lo más profundo de sus corazones. Comprendieron la fragilidad de la vida. Comprendieron la realidad del karma. Comprendieron la importancia de la compasión. Comprendieron el valor de cada acto virtuoso. Y entonces, como una sola mente, innumerables seres despertaron el Bodhicitta. El Gran Corazón de la Iluminación. El deseo supremo de alcanzar la Budeidad para liberar a todos los seres.

Los cielos parecieron iluminarse aún más. Flores celestiales descendieron nuevamente desde las alturas. Los sonidos de instrumentos invisibles llenaron el espacio. Y el anciano Mahapratibhana, profundamente conmovido, juntó las palmas de sus manos y realizó una reverencia ante Ksitigarbha. No formuló más preguntas. Porque había recibido exactamente la enseñanza que buscaba. Había comprendido que la muerte no es el final. Que el karma continúa. Que el mérito puede compartirse. Que la compasión puede atravesar los mundos. Y que incluso después de la muerte, los lazos de bondad y amor pueden convertirse en puentes hacia la liberación.

Entonces el anciano se retiró silenciosamente. Y la gran asamblea permaneció contemplando al Bodhisattva Ksitigarbha, cuya compasión descendía hasta los infiernos y cuya misericordia alcanzaba incluso a aquellos que ya habían abandonado este mundo.