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Elogios al Tathagata
La asamblea permanecía reunida en el Cielo Trayastrimsas. Los innumerables Bodhisattvas seguían contemplando al Buda, y los devas permanecían inmóviles como si temieran perturbar la serenidad de aquel momento. Entonces ocurrió algo extraordinario. El cuerpo del Buda Shakyamuni comenzó a irradiar una luz inconcebible. No era una luz ordinaria. No era la luz del sol, ni la de la luna, ni siquiera la de los cielos más elevados. Era una luminosidad nacida de la sabiduría perfecta y de la compasión ilimitada del Tathagata. Aquella radiancia se expandió en todas las direcciones. Atravesó montañas y océanos. Cruzó continentes y sistemas de mundos. Penetró los cielos de los devas y las profundidades de los infiernos. Iluminó mundos tan numerosos como los granos de arena contenidos en billones de ríos Ganges.
Dondequiera que aquella luz llegaba, los seres levantaban la mirada. Los devas abandonaban momentáneamente sus placeres celestiales. Los espíritus interrumpían sus vagabundeos. Los Bodhisattvas suspendían sus meditaciones. Incluso los seres que sufrían en los caminos dolorosos percibían una claridad repentina en medio de la oscuridad.
Entonces el Buda habló. Y su voz fue escuchada simultáneamente en innumerables universos. Era como un trueno lleno de ternura. Como el sonido de una campana capaz de atravesar el tiempo. La voz misma del Dharma llamando a todos los seres.
—Escuchad, Bodhisattvas de las Diez Direcciones. Escuchad, devas, nagas, yakshas, gandharvas, asuras, garudas, kinnaras y mahoragas. Escuchad, hombres y espíritus de todos los mundos.
La asamblea entera se inclinó. Y el Buda continuó:
—Hoy alabo al Bodhisattva-Mahasattva Ksitigarbha. A través de innumerables kalpas ha manifestado poderes inconcebibles y una compasión que desafía toda descripción. Ha descendido a los lugares donde nadie desea ir. Ha buscado a los seres olvidados. Ha protegido a quienes estaban aterrorizados. Ha guiado a quienes habían perdido el camino.
Mientras hablaba, muchos recordaron las historias narradas anteriormente. La mujer brahmánica. La hija Ojos Brillantes. El rey que renunció a la Budeidad. Las innumerables visitas de Ksitigarbha a los infiernos. Los rescates realizados en los lugares más oscuros del Samsara.
Entonces el Buda añadió:
—Después de que yo entre en el Parinirvana, vosotros debéis proteger este Sutra. Debéis preservarlo, difundirlo y ayudar a quienes lo practiquen. De este modo innumerables seres podrán encontrar el camino hacia el Nirvana.
Al escuchar estas palabras, la asamblea sintió el peso de una responsabilidad sagrada. Porque comprendieron que el tiempo del Buda histórico no sería eterno. Llegaría un día en que Shakyamuni abandonaría este mundo. Y cuando eso ocurriera, las enseñanzas de Ksitigarbha serían aún más necesarias para los seres de la Era Final del Dharma.
En ese momento, un gran Bodhisattva llamado Samantavipula se levantó respetuosamente. Con las palmas juntas, preguntó:
—Venerable del Mundo, hemos escuchado tus alabanzas hacia Ksitigarbha. Hemos oído hablar de sus votos y de sus poderes. Pero para beneficio de los seres futuros, te ruego que expliques concretamente qué beneficios reciben quienes veneran a este Bodhisattva.
La pregunta fue recibida con aprobación por toda la asamblea. Porque innumerables seres del futuro necesitarían saber cómo acercarse a Ksitigarbha y cómo participar en sus méritos. El gran Bodhisattva Samantavipula permaneció arrodillado ante el Buda mientras toda la asamblea aguardaba la respuesta. Los innumerables devas guardaban silencio. Los Bodhisattvas observaban atentamente. Incluso los espíritus protectores parecían inclinarse para escuchar mejor.
Entonces el Honrado por el Mundo comenzó a hablar. Su voz era suave, pero cada palabra parecía resonar simultáneamente en incontables mundos.
—Escuchad atentamente. Explicaré brevemente los méritos y bendiciones que obtienen los seres humanos y celestiales mediante su relación con el Bodhisattva Ksitigarbha.
Samantavipula respondió:
—Venerable del Mundo, escucharemos con alegría.
Entonces el Buda comenzó a revelar algo extraordinario. No habló primero de complejas meditaciones. No habló de prácticas reservadas para sabios. No habló de austeridades imposibles. Comenzó con algo que incluso el más humilde de los seres podía realizar.
—En los mundos futuros —dijo— habrá hombres y mujeres virtuosos que escucharán el nombre de Ksitigarbha. Al oírlo, sentirán respeto. Unirán las palmas de sus manos. Lo alabarán. Se inclinarán ante él. Admirarán sus votos y su compasión.
El Buda hizo una pausa.
—Aquellos que hagan esto se liberarán de karmas negativos que de otro modo les habrían causado sufrimiento durante treinta kalpas.
La asamblea quedó maravillada. Porque el simple acto de escuchar el nombre del Bodhisattva con fe sincera ya comenzaba a transformar el destino de los seres. Entonces el Buda continuó.
—Habrá quienes pinten imágenes de Ksitigarbha. Habrá quienes esculpan sus estatuas en arcilla, madera, piedra, hierro, plata u oro. Habrá quienes las contemplen con respeto y les rindan homenaje.
Mientras hablaba, muchos imaginaban a los devotos del futuro. Algunos serían ricos y construirían grandes imágenes. Otros serían pobres y apenas podrían ofrecer una pequeña figura de barro. Pero el Buda no estaba observando el valor material de la ofrenda. Observaba el corazón.
—Quienes hagan esto —continuó— renacerán repetidamente en el Cielo de los Treinta y Tres (Trayastrimsas). Incluso cuando agoten las bendiciones celestiales, renacerán como reyes y gobernantes virtuosos entre los seres humanos.
Los devas escucharon con aprobación. Sabían que aquellas bendiciones no eran recompensas arbitrarias. Eran la maduración natural de la fe, la gratitud y la reverencia hacia la compasión.
Entonces el Buda habló sobre algo que reflejaba las preocupaciones de la sociedad de aquella época. Explicó que algunas mujeres sufrían profundamente debido a las limitaciones y dificultades que enfrentaban en el mundo antiguo. Muchas deseaban escapar de condiciones sociales difíciles, inseguridades o sufrimientos asociados a sus circunstancias. Por ello dijo:
—Si una mujer realiza ofrendas sinceras al Bodhisattva Ksitigarbha, ofreciendo incienso, flores, telas, lámparas o alimentos con profunda devoción, podrá liberarse de muchas condiciones dolorosas en sus futuras existencias.
Pero el significado profundo de estas palabras iba más allá del género. El Sutra estaba enseñando que la práctica sincera transforma las condiciones futuras del karma. La devoción cambia el curso de la existencia. La fe se convierte en una causa de renacimientos más favorables. Entonces el Buda añadió algo aún más conmovedor.
—Si hay mujeres que sufren debido a enfermedades, deformidades o una apariencia que les causa tristeza, y contemplan devotamente al Bodhisattva Ksitigarbha aunque sea durante el tiempo que tarda en consumirse una comida, obtendrán belleza, dignidad y bienestar durante muchas vidas futuras.
Muchos de los presentes comprendieron inmediatamente la enseñanza oculta. Ksitigarbha no sólo ayuda a los seres después de la muerte. También los ayuda a sanar heridas del corazón. Porque muchos sufrimientos humanos nacen de la vergüenza, la inseguridad y el rechazo de uno mismo. Y el Bodhisattva trabaja precisamente allí donde la compasión es más necesaria.
Entonces el Buda continuó describiendo otras prácticas. Habló de quienes cantan alabanzas. De quienes ofrecen flores. De quienes realizan música sagrada. De quienes organizan ceremonias para honrar al Bodhisattva.
—Aquellos que hagan estas cosas —dijo— serán protegidos constantemente por innumerables devas y espíritus virtuosos.
La asamblea escuchaba con creciente admiración. Porque cada nueva enseñanza mostraba un aspecto diferente de la relación entre el Bodhisattva y los seres. Ksitigarbha no era simplemente un salvador de los infiernos. Era también un protector de los vivos. Un amigo de los afligidos. Un guía de quienes buscan acumular méritos. Un refugio para quienes intentan caminar por el sendero del Dharma. Pero entonces el tono del Buda cambió. Su voz se volvió más grave. Porque iba a advertir sobre las terribles consecuencias de burlarse o despreciar la fe sincera de otros.
La gran asamblea permanecía en silencio mientras escuchaba las bendiciones que el Bodhisattva Ksitigarbha otorgaba a quienes lo honraban con sinceridad. Muchos devas sonreían al escuchar aquellos beneficios. Los espíritus protectores asentían con la cabeza. Incluso algunos seres recién liberados de los reinos del sufrimiento derramaban lágrimas de gratitud al recordar cómo habían sido auxiliados por la compasión del Bodhisattva. Sin embargo, el Buda sabía que no todos los seres reaccionan con fe ante las cosas sagradas. Algunos se conmueven. Otros permanecen indiferentes. Y otros, dominados por la arrogancia y la ignorancia, se burlan de aquello que no comprenden. Por ello el tono de la enseñanza cambió. Y el Honrado por el Mundo dijo:
—Samantavipula, en los tiempos futuros habrá hombres y mujeres virtuosos que realizarán ofrendas al Bodhisattva Ksitigarbha. Harán reverencias. Encenderán incienso. Recitarán este Sutra. Construirán imágenes. Difundirán las enseñanzas. Ayudarán a otros a practicar el Dharma.
El Bodhisattva Samantavipula inclinó la cabeza. Pero el Buda continuó:
—Sin embargo, también habrá personas malvadas, demonios y espíritus confundidos que verán estas prácticas y se burlarán de ellas.
La asamblea quedó en silencio.
—Algunos se reirán abiertamente de los devotos. Otros los insultarán a sus espaldas. Otros persuadirán a sus amigos para que también los ridiculicen. Otros dirán que estas prácticas no tienen mérito alguno. Incluso puede haber quienes generen simplemente un pensamiento de desprecio en sus corazones.
Entonces el Buda describió las consecuencias de tales actos. No porque deseara asustar a los seres. Sino porque deseaba mostrar cuán grave es destruir la fe de otros.
—Aquellos que ridiculicen o calumnien sinceramente las prácticas de otros acumularán un karma extremadamente pesado.
Muchos devas bajaron la mirada. Porque comprendían que una persona puede destruir con una sola palabra la fe que otra ha tardado años en cultivar. El Buda explicó que tales seres podrían sufrir largos períodos en los reinos dolorosos, pasando por infiernos, estados de fantasmas hambrientos y nacimientos difíciles. La razón era sencilla. Cuando alguien ridiculiza una práctica virtuosa, no sólo se perjudica a sí mismo. También intenta apartar a otros del camino de la liberación. Y por ello las consecuencias son especialmente graves.
Entonces el Buda guardó silencio por un momento. Y luego comenzó a hablar de otro tema que despertó gran compasión en la asamblea. Habló de los enfermos.
—Samantavipula, en los tiempos futuros habrá hombres y mujeres que permanecerán postrados durante largos años.
Muchos escuchaban atentamente. Porque el sufrimiento de la enfermedad es conocido por todos los seres.
—Desearán vivir, pero no podrán recuperarse. Desearán morir, pero tampoco podrán partir. Verán apariciones extrañas. Tendrán pesadillas aterradoras. Escucharán voces durante la noche. Soñarán con familiares fallecidos. Verán demonios, fantasmas o caminos peligrosos.
Mientras el Buda hablaba, muchos de los presentes recordaban personas que habían experimentado exactamente tales condiciones.
El Buda continuó:
—A veces parecerá que fuerzas invisibles los presionan durante el sueño. Otras veces sentirán que algo les roba la energía vital. Algunas personas gritarán mientras duermen. Otras despertarán aterradas noche tras noche.
Entonces Samantavipula preguntó:
—Venerable del Mundo, ¿por qué ocurren estas cosas?
El Buda respondió:
—Porque muchos de estos casos están relacionados con deliberaciones kármicas aún no resueltas.
La asamblea escuchó con atención.
—Su destino todavía no ha sido determinado. El karma acumulado está madurando. Las condiciones para su próxima existencia aún se están formando.
Por eso el Buda enseñó un método de ayuda. Dijo que los familiares y amigos debían acudir ante imágenes de Budas y Bodhisattvas. Debían recitar devotamente el Sutra de Ksitigarbha. Debían realizar actos de generosidad en nombre del enfermo. Debían ofrecer ropa, joyas, dinero, propiedades o recursos para imprimir sutras, construir templos o apoyar a la Sangha. Y todo ello debía hacerse con sinceridad.
Entonces el Buda explicó algo profundamente hermoso.
—Si el enfermo escucha estas acciones y estas recitaciones, recibirá grandes beneficios. Incluso si ha perdido la conciencia. Incluso si ya ha fallecido. Incluso si se encuentra en estados intermedios difíciles. El mérito generado por familiares sinceros puede ayudar enormemente a aliviar las cargas kármicas y abrir caminos favorables para el renacimiento.
Muchos en la asamblea se sintieron profundamente conmovidos. Porque comprendieron que la compasión no termina cuando alguien enferma. Ni siquiera termina cuando alguien muere. La compasión continúa actuando más allá de la muerte. Y precisamente por ello Ksitigarbha sigue siendo llamado el gran salvador de los seres atrapados entre los mundos.
Pero el Buda aún no había terminado. Todavía quedaban enseñanzas sobre los espíritus de los antepasados, los sueños misteriosos y los extraordinarios beneficios de recitar este Sutra para los recién nacidos y las familias. La gran asamblea permanecía inmóvil. Las palabras del Buda sobre los enfermos habían despertado profunda compasión en todos los presentes. Muchos devas pensaban en los sufrimientos de los seres humanos. Los Bodhisattvas contemplaban silenciosamente la inmensa red de causas y condiciones que une a los vivos y a los muertos.
Entonces el Honrado por el Mundo continuó:
—Samantavipula, también ocurrirá que muchos hombres y mujeres tengan sueños extraños. En los tiempos futuros, algunos verán durante la noche figuras llorando. Verán hombres y mujeres vestidos con harapos. Escucharán sollozos. Verán seres llenos de tristeza, ansiedad y temor.
El Bodhisattva Samantavipula preguntó:
—¿Quiénes son esos seres, Venerable del Mundo?
Entonces el Buda respondió:
—Con frecuencia son padres, madres, hermanos, hermanas, esposos, esposas, hijos o parientes de vidas anteriores. Algunos pertenecen a vidas recientes. Otros proceden de cientos o miles de existencias pasadas.
La asamblea escuchó con atención.
—Estos seres han caído en reinos de sufrimiento. Desean ayuda, pero no encuentran quién los socorra. Por eso buscan a quienes tuvieron vínculos kármicos con ellos. Se presentan en sueños para pedir auxilio.
Muchos devas sintieron compasión. Porque comprendían la desesperación de aquellos espíritus. No podían abandonar fácilmente sus sufrimientos. No podían encontrar por sí mismos el camino hacia la liberación. Y por ello buscaban ayuda entre aquellos con quienes compartieron antiguas conexiones. Entonces el Buda explicó qué debía hacerse.
—Quienes tengan tales sueños deben acudir ante imágenes de Budas y Bodhisattvas. Deben recitar devotamente este Sutra. Deben hacerlo personalmente o pedir a otros que lo hagan en nombre de aquellos seres.
Luego añadió:
—Después de tres o siete recitaciones sinceras, esos espíritus obtendrán liberación. Dejarán de sufrir. Y ya no aparecerán nuevamente en sueños.
Muchos miembros de la asamblea sintieron gran alivio al escuchar esto. Porque el sufrimiento de los muertos no era permanente. La compasión podía alcanzarlos. El mérito podía beneficiarlos. La práctica del Dharma podía abrir puertas incluso en los reinos invisibles.
Entonces el Buda dirigió su atención hacia otro grupo de seres particularmente vulnerables. Los recién nacidos.
—Samantavipula, en el futuro nacerán niños y niñas en incontables hogares. Durante los primeros siete días después del nacimiento, sus familias deberían recitar este Sutra con devoción. También deberían recitar diez mil veces el nombre del Bodhisattva Ksitigarbha en beneficio del recién nacido.
La asamblea escuchó con profunda atención. El Buda explicó que los recién nacidos llegan al mundo cargando tendencias kármicas acumuladas durante innumerables vidas. Algunos traen consigo antiguas dificultades. Otros poseen grandes bendiciones. Y precisamente por ello las prácticas realizadas durante esos primeros días tienen una influencia especialmente poderosa.
—Si las familias realizan estas prácticas —dijo el Buda— los niños se liberarán de muchos obstáculos kármicos heredados de existencias anteriores. Serán más fáciles de criar. Su esperanza de vida aumentará. Y si ya poseen grandes bendiciones, estas se incrementarán aún más.
Muchos devas sonrieron. Porque comprendían que el Bodhisattva protegía a los seres incluso desde el comienzo mismo de la vida. Pero el Buda aún deseaba revelar otra enseñanza. Entonces habló de ciertos días especiales del mes lunar. Los llamados Diez Días de Abstinencia. Explicó que durante esos días las acciones de los seres son observadas y pesadas particularmente por las fuerzas kármicas del universo.
—En esos días —dijo— los seres deberían recitar este Sutra ante imágenes de Budas y Bodhisattvas.
Y explicó que quienes mantuvieran esta práctica recibirían protección para sus hogares, sus familias y sus comunidades. Las calamidades disminuirían. Las enfermedades graves serían evitadas. Y abundarían el alimento, la ropa y las condiciones favorables para la práctica del Dharma.
Finalmente el Buda volvió a contemplar a toda la asamblea. Entonces dijo:
—Samantavipula, debes comprender que los poderes, méritos y beneficios del Bodhisattva Ksitigarbha son imposibles de describir completamente.
Miró hacia los innumerables seres reunidos.
—Incluso quienes escuchen sólo unas pocas palabras de este Sutra, o el nombre del Bodhisattva, o contemplen una de sus imágenes, recibirán grandes beneficios. En cientos y miles de vidas futuras encontrarán condiciones favorables para avanzar hacia la iluminación.
Al escuchar estas palabras, Samantavipula se sintió profundamente conmovido. Se arrodilló ante el Buda y dijo:
—Venerable del Mundo, desde hace mucho tiempo conozco el poder de este gran Bodhisattva. Sin embargo, he formulado estas preguntas para beneficio de los seres futuros. Ahora deseo preguntar algo más: ¿cómo debe llamarse este Sutra? ¿Y cómo debemos difundirlo?
Entonces el Buda sonrió. Y respondió:
—Este Sutra posee tres nombres.
La asamblea escuchó atentamente.
—Se llama “Los Votos Fundamentales del Bodhisattva Ksitigarbha”.
—También se llama “Las Acciones del Bodhisattva Ksitigarbha”.
—Y también se llama “El Poder de los Juramentos del Bodhisattva Ksitigarbha”.
Luego añadió:
—Durante incontables kalpas este Bodhisattva ha realizado grandes votos para beneficiar a los seres. Por ello, vosotros debéis difundir este Sutra de acuerdo con sus juramentos y ayudar a que permanezca en el mundo.
Samantavipula inclinó profundamente la cabeza. Las flores celestiales comenzaron nuevamente a descender desde los cielos. Los devas alabaron al Buda. Los Bodhisattvas se regocijaron. Y toda la asamblea comprendió que acababa de escuchar no sólo una descripción de méritos y bendiciones, sino una manifestación del corazón mismo de Ksitigarbha: una compasión tan vasta que alcanza a los vivos y a los muertos, a los enfermos y a los sanos, a los recién nacidos y a los ancianos, a los humanos, a los devas y hasta a los habitantes de los infiernos.




