El Ohigan o Equinoxio de Primavera es un momento donde reflexionamos sobre el Camino del Bodhisattva, que comienza con el despertar del Bodhicitta, esa Mente Primordial que no nace de nosotros, sino que despierta en nosotros como eco del llamado del Buda Eterno. Así, cuando el Bodhicitta surge, no lo hace como algo ajeno, sino como la revelación de lo que siempre ha sido: la Naturaleza Búdica que mora silenciosa en todos los seres, esperando el momento propicio para manifestarse. En ese instante, el practicante deja de vivir para sí mismo y comienza a vivir como órgano del Dharma, como extensión viva de la Compasión Infinita que, desde el origen sin principio, sostiene y guía el Cosmos entero.
Entonces, inevitablemente, surge la Gran Resolución: “Alcanzaré la Budeidad para liberar a todos los seres.” Pero observa bien: no se trata de un acto de voluntad individual, sino de una resonancia con la Actividad Eterna del Buda. En el Sutra del Loto, el Buda revela que todos los seres son, en su dimensión última, Hijos del Buda, destinados sin excepción a la Iluminación. Así, el Bodhicitta no es sino el momento en que el hijo recuerda su linaje, el instante en que el extraviado reconoce su hogar.
A partir de este despertar, el Camino se despliega como una disciplina sagrada, una arquitectura espiritual cuya estructura está formada por los Seis Paramitas. Estas no son meros ideales éticos, ni simples prácticas aisladas, sino manifestaciones dinámicas de la Budeidad misma operando en el mundo. Son, por así decirlo, las seis corrientes del gran río que conduce desde la orilla del Samsara hasta la revelación del Nirvana aquí y ahora.
Se contempla, entonces, el surgimiento del Bodhicitta no como un acto meramente individual, sino como la irrupción silenciosa y majestuosa del Buda Eterno en la conciencia del ser. No es que el practicante, en sentido estricto, “decida” despertar esta mente, sino que es despertado por ella, como si una memoria profunda —anterior a todo nacimiento— emergiera desde lo más hondo de su existencia. En ese instante, el mundo deja de percibirse como un escenario para la afirmación del yo, y se revela como un vasto campo de interdependencia donde innumerables seres, unidos en una misma red, experimentan el peso del sufrimiento. Así, el Bodhicitta se manifiesta como el reconocimiento vivo de esta unidad, como la comprensión de que la vida no es propiedad del individuo, sino expresión de una Vida Infinita que se despliega a través de todos los seres. Esta realización transforma radicalmente la orientación del practicante: ya no busca la liberación aislada, sino que entra en el Sendero del Bodhisattva, aspirando a la Budeidad como medio supremo para la salvación universal.
La primera de estas perfecciones, Dana Paramita, la Perfección de la Generosidad, se revela como el fundamento indispensable de todo el sendero, pues es a través del acto de dar que el practicante comienza a desarraigar la ilusión del yo separado y a reconocer su unidad esencial con todos los seres. En la profundidad de esta práctica, el Bodhisattva comprende que aquello que ha considerado como propio —su cuerpo, sus posesiones, sus capacidades— no es sino el resultado de una red infinita de causas y condiciones, una manifestación momentánea de la interdependencia universal. A la luz de esta comprensión, el acto de dar deja de ser un sacrificio y se convierte en un restablecimiento del orden natural del Dharma, donde todo fluye, se comparte y se sostiene mutuamente. Así, la generosidad no empobrece, sino que libera; no disminuye, sino que expande; no priva, sino que revela la abundancia inherente de la vida misma.
Esta perfección se manifiesta, en primer lugar, a través de la entrega de bienes materiales, tanto en su dimensión externa como interna. La riqueza externa —alimentos, recursos, refugio— responde a las necesidades inmediatas de los seres, permitiéndoles sostener la vida y abrir un espacio donde el Dharma pueda ser escuchado y practicado. El Bodhisattva reconoce que, mientras un ser esté atrapado en la urgencia de la supervivencia, difícilmente podrá orientarse hacia la liberación; por ello, ofrecer sustento no es un acto secundario, sino una condición necesaria para el florecimiento espiritual. Sin embargo, más profunda aún es la riqueza interna, aquella que se expresa en el esfuerzo, el tiempo, la energía y las capacidades que se ponen al servicio de otros. Cada gesto de ayuda, cada acto de servicio, cada sacrificio realizado con pureza de intención constituye una forma de Dana que purifica el corazón y debilita el apego. A medida que esta práctica se vuelve más constante y desinteresada, el practicante experimenta una liberación creciente: al poseer menos, se preocupa menos; al retener menos, se abre más; y descubre, con claridad cada vez mayor, que la verdadera satisfacción no reside en acumular, sino en compartir.
Pero la generosidad no se limita al ámbito de lo material. Existe una dimensión más sutil y, en muchos casos, más urgente: la necesidad de consuelo, de esperanza, de estabilidad interior. Así, el Bodhisattva cultiva el don de la fortaleza y la paz mental, ofreciendo a los seres aquello que no puede medirse ni pesarse, pero que sostiene la vida en sus momentos más oscuros. Una palabra amable puede disipar la desesperación; una presencia serena puede apaciguar la ansiedad; una actitud comprensiva puede restaurar la dignidad de quien se ha perdido a sí mismo. En este nivel, el Bodhisattva se convierte en refugio viviente, en un punto de apoyo en medio de la incertidumbre, en una manifestación concreta de la compasión que no abandona a ningún ser. Al aliviar los temores, al sostener a los caídos, al infundir confianza, se abre en los otros la posibilidad de reencontrarse con su propia valía y de orientarse hacia una vida más consciente.
Sin embargo, incluso estas formas elevadas de generosidad encuentran su culminación en el don supremo: el Dharma. Pues todo alivio material y toda estabilidad emocional, aunque valiosos, permanecen dentro del ámbito de lo condicionado y, por tanto, son impermanentes. Solo el conocimiento de la Verdad, solo la comprensión de la naturaleza última de la Realidad, puede conducir a una liberación duradera. El Bodhisattva, consciente de esto, se dedica a transmitir el Dharma no como una doctrina fría, sino como una enseñanza viva que ilumina, orienta y libera. Enseñar el camino no requiere perfección ni erudición extraordinaria, sino sinceridad, coherencia y compasión. A través del ejemplo, de la palabra oportuna, de la guía paciente, el practicante ayuda a otros a descubrir por sí mismos la senda hacia el bien, la claridad y la libertad. Así, al ofrecer el Dharma, no solo se responde a las necesidades inmediatas, sino que se siembran semillas de Despertar que, con el tiempo, conducirán a la plena realización de la Budeidad.
Al contemplar más profundamente esta práctica, surge una comprensión aún más vasta: la existencia misma es sostenida por una generosidad incesante. Cada respiración depende del aire, cada alimento de la tierra, cada momento de vida del trabajo visible e invisible de innumerables seres. Los ancestros, con sus luchas y sacrificios, han abierto el camino para la existencia presente; los elementos —el sol, el agua, el viento— sostienen la vida sin exigir nada a cambio; la sociedad entera, a través de incontables esfuerzos, permite que cada individuo viva con cierta estabilidad. Todo esto puede ser comprendido como la expresión continua de la compasión del Buda Eterno manifestándose en el mundo. Ante esta realidad, la práctica del Dana se transforma en una respuesta natural, en un acto de gratitud consciente, en una forma de devolver al todo aquello que constantemente se recibe. De este modo, la Perfección de la Generosidad no es simplemente el primer paso del camino, sino su raíz viva. A través de ella, el corazón se abre, el apego se debilita, la unidad se revela y el practicante comienza a vivir no como un individuo aislado, sino como una expresión activa de la compasión universal. Y así, habiendo establecido este fundamento, el Bodhisattva se encuentra preparado para avanzar hacia las Perfecciones siguientes, donde esta apertura inicial será refinada, disciplinada y llevada a su plena consumación en la sabiduría.
Habiéndose establecido, pues, el fundamento de la generosidad como apertura del corazón y disolución progresiva del apego, el camino del Bodhisattva continúa su despliegue natural hacia el Sila Paramita, la Perfección de la Moralidad, donde aquello que ha sido comprendido interiormente comienza a tomar forma visible en la conducta por medio de los Preceptos o Mandamientos Budistas. Si el Dana abre la mano y libera, el Sila ordena la vida y armoniza la existencia con el ritmo profundo del Dharma. Aquí, el practicante comprende que no basta con sentir compasión ni con tener aspiraciones elevadas: es necesario encarnar el Dharma en cada acto, hacer de la propia vida un campo donde la Voluntad del Buda Eterno se manifieste de manera concreta y constante.
La moralidad, en este contexto, no es una imposición externa ni un código rígido que limita la libertad, sino la expresión natural de una mente que comienza a despertar a su Verdadera Naturaleza. Cuando la ignorancia disminuye, la conducta se purifica espontáneamente; cuando la visión se aclara, el daño hacia uno mismo y hacia otros se vuelve inconcebible. Por ello, el Sila Paramita se articula en tres dimensiones que abarcan la totalidad de la vida ética del Bodhisattva: evitar el mal, hacer el bien y beneficiar a todos los seres. Estas tres no son prácticas separadas, sino aspectos interdependientes de una misma realización.
Evitar el mal implica una vigilancia constante de la mente, pues es en ella donde surgen las raíces de toda acción. Pensamientos de odio, palabras que hieren, acciones que perjudican: todos ellos tienen su origen en estados mentales aflictivos que, si no son reconocidos y transformados, perpetúan el ciclo del sufrimiento. El Bodhisattva, consciente de la ley del karma, cultiva la atención y la claridad para no alimentar estas tendencias, comprendiendo que el verdadero cambio no comienza en el mundo exterior, sino en el interior del corazón. Así, cada vez que se abstiene de actuar desde la ignorancia, no solo evita el daño, sino que purifica el tejido mismo de la Realidad.
Pero la moralidad no se limita a la abstención; encuentra su plenitud en el hacer el bien. Aquí, el practicante cultiva activamente las raíces de la virtud, transformando cada circunstancia en una oportunidad para manifestar la bondad, la honestidad, la generosidad y la compasión. No se trata de actos extraordinarios, sino de una constancia silenciosa: una palabra sincera, un gesto justo, una acción realizada con integridad. De este modo, el Bodhisattva se convierte en una luz en el mundo, no por buscar reconocimiento, sino porque su vida, alineada con el Dharma, irradia naturalmente bienestar a su alrededor.
Sin embargo, estas dos dimensiones alcanzan su verdadera profundidad cuando se integran en la tercera: beneficiar a todos los seres. Pues una práctica que se limita al perfeccionamiento personal, aunque virtuosa, aún no encarna plenamente el espíritu del Bodhisattva. El camino exige trascender la preocupación por uno mismo y orientarse hacia el alivio del sufrimiento universal. Cada acción, entonces, es evaluada no solo por su pureza, sino por su capacidad de contribuir al bienestar de otros. Así, la moralidad deja de ser un asunto privado y se convierte en una actividad cósmica, en la participación consciente en la Obra Salvífica del Buda.
Esta ética se concreta, de manera fundamental, en la observancia de los Cinco Preceptos: no matar, no mentir, no robar, no abusar de la sexualidad y no intoxicar la mente. Estos Preceptos no deben entenderse como simples prohibiciones, sino como puertas hacia la libertad. No matar es respetar la vida en todas sus formas, reconociendo en cada ser la presencia de la Naturaleza Búdica; no mentir es alinear la palabra con la Verdad, creando confianza y claridad; no robar es honrar la interdependencia, evitando la apropiación indebida de lo que no nos corresponde; no abusar de la sexualidad es preservar la dignidad y el respeto en las relaciones; y no intoxicar la mente es proteger la lucidez, evitando aquello que oscurece la conciencia. A través de estos Preceptos, el practicante establece una base sólida sobre la cual la sabiduría puede florecer.
En la medida en que esta práctica se profundiza, la moralidad deja de ser un esfuerzo consciente y se convierte en una expresión espontánea de la naturaleza iluminada. El Bodhisattva ya no actúa correctamente por obligación, sino porque no puede actuar de otro modo: su mente, habiendo sido transformada, se mueve naturalmente en armonía con el Dharma. Y, sin embargo, este proceso requiere tiempo, paciencia y perseverancia, pues las tendencias kármicas acumuladas durante incontables existencias no se disuelven de inmediato.
Es precisamente aquí donde el camino se adentra en la siguiente Perfección, el Kshanti Paramita, la Perfección de la Paciencia, que surge como la fuerza silenciosa que sostiene todo el proceso de transformación. El Sendero del Bodhisattva, aunque luminoso, no está exento de dificultades; exige enfrentar resistencias internas, soportar incomprensiones externas y atravesar periodos de oscuridad donde la fe parece vacilar. Sin paciencia, incluso las mejores intenciones se desgastan; sin paciencia, la práctica se abandona ante el primer obstáculo.
La paciencia del Bodhisattva no es resignación pasiva, sino una fortaleza profunda que nace de la comprensión de la Realidad. En primer lugar, se establece un norte claro, una misión que orienta la vida hacia la Budeidad y el bienestar de todos los seres. Con esta visión, los estados aflictivos como el enojo y la envidia son reconocidos como obstáculos que deben ser transformados, no reprimidos ni alimentados. El practicante aprende a perdonar, no como un acto de debilidad, sino como una liberación del propio corazón; aprende a sanar el pasado, a no quedar atrapado en él, y a avanzar con claridad hacia su propósito.
En segundo lugar, se cultiva una fuerza espiritual capaz de sostener la aspiración incluso en medio de la adversidad. El mundo, con sus dificultades, deja de ser visto como un enemigo y se revela como un campo de práctica donde cada obstáculo es una oportunidad para profundizar en el Dharma. Las dificultades internas —dudas, miedos, hábitos— y las externas —conflictos, pérdidas, incertidumbres— son comprendidas como sombras que esperan ser iluminadas por la sabiduría. Así, el Bodhisattva no huye de ellas, sino que las enfrenta con serenidad y determinación.
Finalmente, la paciencia culmina en una estabilidad inquebrantable en la verdad. A medida que la práctica madura, el practicante comienza a vislumbrar la naturaleza última de la realidad y a reconocer su propia esencia como inseparable de ella. Desde esta comprensión, las fluctuaciones del mundo pierden su poder de perturbar la mente. La alabanza y la crítica, el éxito y el fracaso, el placer y el dolor, son vistos como fenómenos transitorios que no afectan la profundidad de la conciencia. Esta inmovilidad no es rigidez, sino libertad: la libertad de permanecer en la verdad en medio del cambio constante. Así, sostenido por la generosidad, la moralidad y la paciencia, el Bodhisattva avanza con paso firme en el sendero, preparado para adentrarse en las perfecciones restantes, donde el esfuerzo, la meditación y la sabiduría llevarán esta transformación a su culminación.
Sostenido, pues, por la apertura de la generosidad, por la rectitud de la conducta y por la firmeza de la paciencia, el Bodhisattva avanza hacia una dimensión aún más exigente del sendero: el Virya Paramita, la Perfección del Esfuerzo, donde la aspiración deja de ser un impulso intermitente y se convierte en una corriente constante que atraviesa toda la vida. Aquí se comprende con claridad que el camino hacia la Budeidad no se recorre por inspiración momentánea, sino por una energía sostenida, por una diligencia que no decae ante la dificultad ni se dispersa ante las distracciones. Este esfuerzo no es agitación ni tensión, sino una fuerza serena, profundamente arraigada en la compasión, que impulsa al practicante a perseverar sin descanso en la realización del Dharma. En este punto, el Bodhisattva reconoce que su mayor obstáculo no se encuentra en las circunstancias externas, sino en su propia mente: en los hábitos arraigados, en las inclinaciones kármicas, en las pasiones y deseos que oscurecen la claridad de su naturaleza verdadera. Pero, lejos de desanimarse, comprende que debajo de estas capas se encuentra una realidad inmutable, pura y luminosa: la Naturaleza Búdica, siempre presente, esperando ser manifestada.
Para sostener este esfuerzo, el Bodhisattva se reviste, en primer lugar, con la armadura de la compasión, que actúa como antídoto contra la pereza, la desidia y la procrastinación. No practica para sí mismo, sino para todos los seres; no avanza por ambición personal, sino por la urgencia de aliviar el sufrimiento universal. Esta orientación transforma el esfuerzo en gozo, pues cada paso en el camino se convierte en un acto de servicio, en una ofrenda al bienestar de la totalidad. En segundo lugar, empuña la espada de la sabiduría, cultivando el estudio profundo del Dharma, la reflexión constante y la guía de la Sangha. A través de este discernimiento, la ignorancia es progresivamente disipada, y la mente, antes oscurecida, comienza a brillar con claridad. Esta sabiduría no es abstracta, sino práctica: se manifiesta en la capacidad de actuar con precisión, de responder adecuadamente a las situaciones, de no ser arrastrado por las emociones desordenadas. Finalmente, el Bodhisattva hace uso de los medios hábiles, adaptando su práctica y su enseñanza a las condiciones concretas de los seres. Comprende que no existe un único método aplicable a todos, y que la verdadera compasión requiere flexibilidad, creatividad y discernimiento. Así, el esfuerzo se vuelve inteligente, dinámico, siempre orientado hacia el despertar de los seres.
Este ejercicio constante del esfuerzo transforma la vida entera en práctica. No hay momento que quede fuera del camino: cada dificultad es una oportunidad, cada desafío un entrenamiento, cada caída una ocasión para levantarse con mayor claridad. El Bodhisattva, al recordar que ha atravesado incontables existencias y ha superado innumerables adversidades, encuentra en sí mismo la confianza necesaria para continuar. Reconoce que es portador de una Vida Infinita, que la luz que lo sostiene no es limitada ni frágil, y que, por ello, puede perseverar más allá de las circunstancias cambiantes.
A medida que este esfuerzo se estabiliza, surge de manera natural el Dhyana Paramita, la Perfección de la Meditación, donde la mente, antes dispersa y agitada, comienza a recogerse y a reflejar la realidad con claridad y comulga con el Buda Eterno que mora en el Corazón de todos los seres. La meditación no es aquí una práctica aislada del resto de la vida, sino el corazón mismo de la experiencia espiritual, el espacio donde el Bodhisattva entra en comunión consciente con el Buda Eterno y reconoce su propia identidad con la totalidad de la existencia. A través de la práctica de Samatha, la mente es conducida hacia la calma, hacia un estado de estabilidad en el que las fluctuaciones disminuyen y emerge una paz profunda, independiente de las condiciones externas. Esta calma no es un fin en sí mismo, sino la base necesaria para la visión penetrante. Sobre este fundamento, se desarrolla Vipassana, la contemplación profunda que permite observar con claridad los procesos de la mente, reconocer los patrones de apego, aversión e ignorancia, y trascender las limitaciones del yo ilusorio. Al contemplar los pensamientos, emociones y percepciones como fenómenos impermanentes y condicionados, el practicante comienza a desidentificarse de ellos y a vislumbrar la Naturaleza Ultima de la Realidad.
Con el tiempo, estas dos dimensiones —Samatha o Calma y Vipassana o Contemplación— dejan de ser prácticas separadas y se integran en una presencia continua que permea toda la vida. La meditación ya no se limita al acto de sentarse en silencio, sino que se extiende a cada momento: al caminar, al hablar, al trabajar, al relacionarse con otros. El mundo entero es percibido como el Cuerpo del Buda, y cada ser como portador de su Espíritu. En esta visión, la distinción entre práctica y vida se disuelve, y el Bodhisattva vive en un estado de atención despierta, donde cada acción se convierte en expresión de la sabiduría y la compasión. La tradición del Shikan, propia del Budismo Tendai, encarna precisamente esta integración de calma y visión, mostrando que la meditación abarca tanto lo pasivo como lo activo, tanto el recogimiento interior como la participación en el mundo. Así, la meditación se revela como un elemento indispensable del camino, una perfección que no solo conduce a la Iluminación, sino que la manifiesta en el aquí y ahora.
Finalmente, todas estas Perfecciones encuentran su culminación en el Prajna Paramita, la Perfección de la Sabiduría Trascendental, donde el camino alcanza su plena madurez. La sabiduría no es aquí un conocimiento conceptual, sino una comprensión directa de la Verdadera Naturaleza de la Realidad, del Dharmata, que se revela a través de la práctica, la contemplación y la gracia de la comunión con los Budas. Esta sabiduría permite ver que la separación entre el yo y los otros es ilusoria, que todos los fenómenos son interdependientes y vacíos de existencia inherente, y que, en su esencia, todo es expresión de una misma Realidad infinita. Al reconocer esto, el Bodhisattva se libera del sufrimiento, no porque escape del mundo, sino porque ve el mundo tal como es. Y, al mismo tiempo, adquiere la capacidad de guiar a otros hacia esa misma realización, convirtiéndose en un puente hacia la Otra Orilla del Nirvana.
En esta sabiduría se comprende que los deseos y pasiones que han mantenido al ser atrapado en el Samsara no son enemigos externos, sino manifestaciones de la Ignorancia Fundamental, de ese aferramiento al yo finito y falso. La tarea del Bodhisattva no es destruir estas energías, sino transformarlas, iluminarlas, integrarlas en la vía del Despertar. Así, las llamas del deseo se convierten en luz de sabiduría, y el mundo, antes percibido como un lugar de sufrimiento, se revela como el campo donde la Budeidad puede ser realizada.
Cuando estas Seis Perfecciones son cultivadas de manera integral, el practicante deja de actuar desde el yo limitado y comienza a manifestar su Verdadero Ser. La orilla del Samsara, descrita como un mundo en llamas, es apaciguada por el agua de la sabiduría; la Oscuridad de la Ignorancia es iluminada por la Luz del Dharma. Y entonces se comprende una verdad profunda: la Otra Orilla no es un lugar distante al que se llega tras abandonar este mundo, sino una realidad que se manifiesta aquí mismo cuando la práctica es realizada. No es la práctica la que conduce al Nirvana como algo externo, sino que es la práctica misma la manifestación del Nirvana en el seno del Samsara.
De este modo, los Paramitas no son solo un camino personal, sino una vía de transformación universal. A través de ellas, no solo se purifica el individuo, sino que se contribuye a la purificación del mundo entero, haciendo posible la realización de una Tierra Pura en medio de este mismo mundo. Y todo ello tiene su origen en el primer movimiento del corazón: el despertar del Bodhicitta, donde el inicio y el fin se unen en un círculo eterno, y la vida misma se convierte en la expresión viva del Dharma.
El Ohigan, entonces, es un llamado a la responsabilidad espiritual. No basta con admirar el camino ni con comprenderlo intelectualmente; es necesario recorrerlo, encarnarlo, hacerlo vida. El mundo, con sus sufrimientos, sus conflictos y sus ilusiones, no es un obstáculo para la práctica, sino su campo más fértil. Es precisamente en medio de este mundo donde el Bodhisattva es llamado a actuar, a transformar, a iluminar. Cada ser encontrado, cada dificultad enfrentada, cada momento vivido, es una oportunidad para manifestar la Naturaleza Búdica y contribuir a la gran obra de convertir este mundo en una Tierra Pura.
Al mismo tiempo, este periodo invita a una profunda reflexión de gratitud. Nada de lo que somos ni de lo que tenemos ha surgido de manera aislada. Nuestra vida es el resultado de incontables causas y condiciones: los ancestros que nos precedieron, los seres que sostienen nuestra existencia, los elementos que nos nutren, la sociedad que nos acoge. Todo esto es la expresión viva de la compasión del Buda Eterno manifestándose sin cesar. Reconocer esto es despertar a una verdad fundamental: vivimos sostenidos por el don continuo de la vida. Y ante este don, la única respuesta auténtica es la práctica del Dharma, el compromiso de devolver al mundo, a través de nuestras acciones, la misma generosidad que hemos recibido.
Así, el Ohigan de Primavera se convierte en un momento de renovación del Voto del Bodhisattva. No importa cuántas veces se haya caído ni cuántas veces la mente haya sido arrastrada por la ignorancia; cada instante es una nueva oportunidad para levantarse, para volver al camino, para reavivar el Bodhicitta. En este renacer continuo se encuentra la verdadera práctica: no en la perfección inmediata, sino en la perseverancia sincera, en la fidelidad al Dharma, en la confianza en que la Naturaleza Búdica, aunque velada, nunca ha sido perdida.
Y así, con el corazón sereno y la mente clara, el practicante cruza simbólicamente hacia la Otra Orilla, no abandonando este mundo, sino transformándolo desde dentro. Porque cuando el Dharma es vivido, cuando los Paramitas son encarnadaos, cuando el Bodhicitta guía cada paso, el Samsara mismo se ilumina, y el mundo, tal como es, se revela como el campo sagrado donde la Budeidad florece. En este reconocimiento, Ohigan deja de ser un momento pasajero y se convierte en una realidad permanente: el eterno cruce hacia la Verdad, realizado en cada instante de una vida consagrada al Despertar de todos los seres. Que todos los seres alcancen el Despertar. Svaha.