El Cielo Trayastrimsa permanecía envuelto en una solemnidad profunda después de las palabras del Buda y de los grandes votos de Kshitigarbha. Los devas seguían derramando flores celestiales, y los innumerables Bodhisattvas reunidos contemplaban aquella escena con recogimiento silencioso. Sin embargo, entre todos los presentes, había una figura cuya expresión mostraba una mezcla de compasión y preocupación maternal: la Reina Maya, la madre del Buda Shakyamuni.
Ella había escuchado hablar sobre los sufrimientos de los seres, sobre los votos de Kshitigarbha y sobre los abismos infernales donde incontables criaturas permanecían atrapadas por sus propias acciones. Y al contemplar aquello, surgió en su corazón una pregunta que no nacía de la curiosidad, sino de la compasión.
Con las palmas juntas y el rostro inclinado respetuosamente, se dirigió al Bodhisattva Kshitigarbha:
—Santo ser, ¿podrías explicar con más detalle las consecuencias de las acciones maliciosas de los seres de Jambudvipa?
Su voz era suave, pero toda la asamblea comprendió la importancia de aquella pregunta. Porque preguntar sobre el karma no es preguntar simplemente sobre castigos, sino sobre la naturaleza misma de las causas y consecuencias que gobiernan el Samsara.
Kshitigarbha levantó lentamente la mirada. Su rostro reflejaba la serenidad de alguien que había contemplado los cielos y los infiernos durante innumerables kalpas. Y respondió primero con una enseñanza amplia, como quien desea que la asamblea comprenda que el universo es vasto y diverso:
—Existen innumerables mundos y tierras. En algunos hay infiernos y en otros no. En algunos existen mujeres y en otros no. En algunos el Dharma florece y en otros jamás ha sido oído. Algunos poseen Budas, Shravakas y Pratyekabuddhas, mientras otros permanecen sumidos en la oscuridad.
Con esto, el Bodhisattva mostraba que los mundos son tan variados como los karmas de los seres que los habitan. No todos los universos poseen las mismas condiciones; no todos los seres enfrentan las mismas circunstancias. Sin embargo, la ley del karma permanece inmutable en todos ellos.
Pero la Reina Maya insistió con humildad:
—Deseo escuchar específicamente acerca de los infiernos surgidos de las malas acciones de los seres de Jambudvipa.
Entonces el Bodhisattva comprendió que había llegado el momento de hablar claramente sobre aquello que muchos temen escuchar. Y respondió:
—Santa Madre, ya que deseas oírlo, lo explicaré brevemente.
La asamblea quedó en silencio. Incluso los sonidos celestiales parecieron desvanecerse. Porque todos sabían que aquello que iba a describirse no sería agradable para los oídos, pero sí necesario para despertar a los seres del engaño. Entonces Ksitigarbha comenzó a enumerar las acciones que conducen hacia el más terrible de los destinos.
Habló primero de quienes olvidan la gratitud hacia sus padres, de aquellos que desprecian el vínculo filial e incluso llegan a dañarlos o asesinarlos. Dijo que tales actos generan un karma tan pesado que conduce al Infierno Avichi, el infierno del sufrimiento ininterrumpido.
Luego habló de quienes derraman la sangre de un Buda, calumnian las Tres Joyas o desprecian los sutras sagrados. Habló también de quienes roban propiedades de monasterios, dañan a monjes y monjas, o usan el nombre del Dharma para engañar y corromper.
Y mientras el Bodhisattva pronunciaba estas palabras, la asamblea no escuchaba odio en su voz, sino tristeza. Porque el problema no era que existiera un juez castigando arbitrariamente a los seres. El verdadero horror era que los propios actos moldean el destino de quien los comete. El karma se adhiere a la conciencia como una sombra inseparable.
Kshitigarbha explicó además que algunos aparentan ser monásticos mientras sus corazones permanecen dominados por la avaricia y el engaño. Tales personas utilizan las ofrendas de los fieles para beneficio propio, rompen sus votos y mancillan el Dharma. Y debido a ello, su caída es aún más profunda, pues traicionan no sólo a otros, sino también la fe depositada en ellos.
Entonces el Bodhisattva concluyó:
—Quienes cometen estas acciones caen en el Infierno Avichi, donde no existe ni un instante de descanso del sufrimiento.
Al escuchar el nombre de aquel infierno, un estremecimiento recorrió incluso a muchos devas.
Y la Reina Maya, movida tanto por el temor como por el deseo de comprender plenamente, volvió a preguntar:
—¿Qué es exactamente ese Infierno llamado Avichi?
Entonces Kshitigarbha comenzó a ver en ese mismo instante la visión del más terrible de los reinos infernales. Y mientras los visitaba mentalmente, parecía como si las sombras mismas de los mundos inferiores se reflejaran en el silencio de la asamblea celestial.
El Bodhisattva Ksitigarbha guardó silencio durante unos instantes antes de responder, como si incluso para él las visiones del Infierno Avichi fueran demasiado terribles para describirse apresuradamente. Luego habló. Y mientras su voz resonaba en el Palacio Celestial, las imágenes parecían surgir ante la mente de todos los presentes con una claridad insoportable.
—Los diversos infiernos —dijo— se encuentran dentro de las Grandes Montañas Cakravada. Existen dieciocho grandes infiernos, quinientos infiernos mayores y cientos de miles de infiernos menores, todos diferentes entre sí.
Pero entre todos ellos, explicó, existe uno cuya oscuridad supera a los demás. Avichi. El Infierno del Sufrimiento Ininterrumpido.
Ksitigarbha describió entonces una gigantesca fortaleza de hierro negro, inmensa como un mundo entero. Sus muros se elevaban hacia los cielos infernales y estaban completamente cubiertos por llamas violentas que jamás se extinguían. El fuego brotaba desde abajo y descendía desde arriba al mismo tiempo, envolviendo todo el recinto en un océano de calor abrasador. No existía allí sombra ni refugio. Sobre aquellas murallas corrían perros de hierro y serpientes metálicas que escupían fuego por sus fauces. Sus ojos brillaban como brasas vivientes mientras perseguían sin descanso a los condenados.
Dentro de aquella fortaleza se extendía el gran potro de tortura. Era tan enorme que parecía abarcar el horizonte entero. Y, sin embargo, sucedía algo espantoso: cuando un solo pecador era castigado, veía su cuerpo cubriendo completamente aquel inmenso instrumento. Pero si millones de seres eran castigados juntos, cada uno percibía igualmente que el potro entero estaba ocupado sólo por su propio cuerpo. Así funciona el karma: el sufrimiento es íntimo y total para quien lo experimenta.
Entonces Kshitigarbha describió a los guardianes infernales. Yakshas monstruosos vagaban por Avichi portando lanzas ardientes y garras de bronce. Algunos tenían dientes como espadas; otros ojos que lanzaban relámpagos. Arrastraban a los condenados por el suelo de hierro ardiente, perforaban sus cuerpos y los lanzaban por los aires antes de hacerlos caer nuevamente sobre los instrumentos de tormento.
Halcones de hierro descendían para arrancar ojos y carne. Serpientes metálicas se enrollaban alrededor de los cuellos de los pecadores, estrangulándolos lentamente. Clavos ardientes atravesaban articulaciones y huesos. Lenguas eran arrancadas y aradas como campos. Bronce fundido era vertido en gargantas abrasadas por la sed. Y aun así, la muerte no llegaba como liberación. Porque en el Infierno Avichi los seres morían miles de veces sólo para renacer inmediatamente y continuar sufriendo. Cuando tenían hambre, eran obligados a comer bolas de hierro ardiente. Cuando tenían sed, se les vertía metal fundido en la boca. Y todo ello continuaba durante kalpas interminables.
La asamblea celestial escuchaba horrorizada. Muchos devas bajaron la mirada. Algunos espíritus temblaban. Incluso los grandes Bodhisattvas contemplaban en silencio la profundidad de la ignorancia humana y las consecuencias terribles del karma desenfrenado. Pero Ksitigarbha continuó. Explicó que, incluso cuando un mundo entero se destruye al final de un kalpa, los seres de Avichi no son liberados. Son trasladados a los infiernos de otros mundos para continuar allí sus sufrimientos. Y cuando esos mundos también perecen, vuelven a ser transportados una y otra vez, hasta que finalmente el karma negativo se agota. Sólo entonces pueden abandonar Avichi. Y entonces la Reina Maya comprendió que el verdadero horror del infierno no era sólo el dolor… sino la continuidad interminable de las consecuencias creadas por uno mismo.
El silencio en el Palacio Celestial se había vuelto pesado. Parecía como si incluso los cielos luminosos de Trayastrimsas Heaven hubiesen quedado oscurecidos por la visión del sufrimiento infernal. Y entonces la Reina Maya escuchó cómo el Bodhisattva Kshitigarbha explicaba por qué aquel lugar recibía el nombre de Avichi: “lo ininterrumpido”.
—Primero —dijo el Bodhisattva—, porque el sufrimiento allí continúa día y noche, kalpa tras kalpa, sin un solo instante de alivio. No existe descanso. No existe sueño. No existe pausa entre tormento y tormento.
—Segundo, porque una sola persona llena completamente el infierno, y millones también lo llenan completamente. El sufrimiento no disminuye por compartirse. Cada ser experimenta plenamente las consecuencias de su propio karma.
—Tercero, porque los castigos jamás cesan.
Y entonces Ksitigarbha volvió a describir las innumerables torturas: cuerpos triturados, serrados, perforados, hervidos en calderos, aplastados bajo bestias de hierro y atravesados por redes de agujas ardientes. Todo ello sin interrupción, durante incontables edades.
—Cuarto, porque allí no existe distinción alguna entre ricos y pobres, nobles o humildes, hombres o mujeres, devas o espíritus. El karma no puede ser sobornado ni engañado. En Avichi no existen privilegios. Todos reciben exactamente las consecuencias de sus propias acciones.
—Y quinto, porque desde el momento en que se entra en ese infierno, los seres mueren y renacen continuamente sin hallar descanso hasta que su karma finalmente se extingue.
Al escuchar esto, la Reina Maya sintió una profunda tristeza. No era miedo egoísta, sino compasión por los seres ignorantes que, sin comprender las consecuencias de sus actos, construyen lentamente las cadenas de su propio sufrimiento.
Entonces Kshitigarbha concluyó humildemente:
—Esto es sólo una breve descripción del Infierno Avichi. Hablar en detalle sobre todos sus sufrimientos y tormentos requeriría un kalpa entero.
La asamblea permaneció en silencio absoluto. Y la Reina Maya, conmovida hasta lo más profundo del corazón, juntó nuevamente las palmas y se inclinó reverentemente ante el Bodhisattva. Porque comprendió que estas enseñanzas no fueron reveladas para sembrar desesperación, sino para despertar la conciencia de los seres antes de que sea demasiado tarde.
