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Las Retribuciones Kármicas a las Acciones de los Seres en Jambudvipa
El Cielo Trayastrimsas seguía resplandeciendo con luces imposibles de describir. Las flores celestiales continuaban descendiendo lentamente desde las alturas, y los sonidos sutiles de campanas invisibles parecían mezclarse con el perfume de incienso que llenaba el Palacio Divino. Allí permanecían reunidos incontables Budas, Bodhisattvas, devas y espíritus protectores, escuchando las enseñanzas del Honrado por el Mundo, el Buda Shakyamuni.
En medio de aquella inmensa asamblea, el Bodhisattva Ksitigarbha se encontraba de pie ante el Buda con las manos juntas y el corazón lleno de humildad. Entonces habló:
—Venerable del Mundo, solamente gracias al Poder Espiritual y la gran compasión del Tathagata puedo manifestar mis emanaciones a través de billones de mundos para rescatar a los seres que sufren. Si no fuera sostenido por el Poder del Buda, jamás podría descender a tantos lugares oscuros ni adoptar tantas formas distintas para salvar a los seres atrapados en el Samsara.
Mientras hablaba, muchos de los presentes contemplaban en silencio a aquel Bodhisattva que había recorrido infiernos, reinos de fantasmas y mundos enteros de sufrimiento durante incontables kalpas.
Ksitigarbha continuó:
—Ahora el Honrado por el Mundo me ha encomendado la liberación de todos los seres en los seis reinos hasta la llegada del futuro Buda Maitreya. No os preocupéis, Venerable del Mundo. Cumpliré fielmente esta tarea.
El Buda lo observó con una mirada llena de compasión. Y entonces habló acerca de la condición dolorosa de los seres.
—Ksitigarbha —dijo lentamente—, la naturaleza de los seres sintientes es inestable y cambiante. Sus pensamientos surgen y desaparecen sin cesar. Cuando encuentran circunstancias favorables, realizan actos buenos; cuando encuentran condiciones negativas, generan karma oscuro. Sus corazones son arrastrados constantemente por deseos, temores, odios y engaños.
La voz del Buda era tranquila, pero llena de una tristeza profunda, como quien contempla una enfermedad antigua que parece repetirse eternamente. Entonces utilizó una imagen que conmovió a toda la asamblea.
—Los seres son como peces atrapados en redes —dijo—. Confunden las redes con corrientes abiertas y luchan desesperadamente por escapar. A veces consiguen soltarse temporalmente, pero poco después vuelven a quedar atrapados.
Muchos devas bajaron la mirada al escuchar esto. Porque comprendían perfectamente aquella comparación. Los seres humanos escapan del sufrimiento momentáneamente, sólo para caer otra vez en deseos, violencia, orgullo o ignorancia. Renacen una y otra vez, girando sin descanso en el círculo del Samsara. El Buda continuó:
—Estos son precisamente los seres que más preocupan mi corazón.
Luego miró profundamente a Ksitigarbha.
—Sin embargo, tú has sostenido tus grandes votos durante incontables kalpas. Has prometido permanecer junto a ellos hasta liberarlos completamente. Por eso ya no tengo preocupación.
En ese momento, un gran Bodhisattva de la asamblea, llamado Samadhisvararaja, se levantó respetuosamente de su asiento. Con las palmas juntas, preguntó:
—Venerable del Mundo, ¿qué votos tan extraordinarios realizó el Bodhisattva Ksitigarbha para recibir tan profundos elogios del Tathāgata? Deseamos escucharlos.
Entonces el Buda sonrió suavemente.
—Escuchad con atención —dijo—, porque os hablaré de tiempos tan antiguos que incluso los dioses han olvidado sus nombres.
El Honrado por el Mundo comenzó entonces a narrar una historia de edades remotas, tan lejanas que ni siquiera las estrellas actuales existían aún.
—Hace incontables kalpas —dijo el Buda— apareció en el mundo un Tathagata llamado Sarvajnasiddharta. Antes de alcanzar la Iluminación perfecta, aquel Buda había sido rey de un pequeño país. Y tenía un amigo íntimo: el rey de una nación vecina. Ambos gobernantes eran virtuosos. Protegían a sus pueblos, practicaban las diez acciones benéficas y deseaban sinceramente aliviar el sufrimiento de los seres. Pero el reino vecino estaba lleno de violencia, engaño y codicia. Las personas robaban, mataban, mentían y destruían sus propias vidas mediante acciones oscuras. Una noche, ambos reyes caminaron juntos por los jardines del palacio. Las antorchas iluminaban débilmente los senderos de piedra mientras escuchaban, a lo lejos, los lamentos de personas enfermas y hambrientas. Entonces uno de ellos suspiró profundamente.
—Nuestro pueblo sufre —dijo—. Incluso cuando intentamos guiarlos hacia el bien, vuelven una y otra vez a las acciones negativas. ¿Cómo podremos salvarlos?
El otro rey permaneció largo tiempo en silencio. Finalmente respondió:
—Debemos hacer un gran voto.
Ambos se detuvieron bajo un cielo lleno de estrellas. Entonces el primer rey dijo:
—Yo alcanzaré rápidamente la Budeidad. Me convertiré en un Buda perfecto para poder liberar a estos seres mediante la sabiduría suprema.
El segundo rey guardó silencio por un momento. Luego habló lentamente:
—Yo no puedo hacerlo así.
—¿Por qué? —preguntó el primero.
El rey levantó la mirada hacia los cielos oscuros.
—Porque no soportaría alcanzar la paz mientras aún existan seres atrapados en el sufrimiento. Haré otro juramento: primero liberaré a todos los seres pecadores y sufrientes. Sólo cuando todos hayan encontrado tranquilidad y despertado la sabiduría suprema, entonces yo mismo aceptaré convertirme en Buda.
Al escuchar aquellas palabras, incluso los devas invisibles temblaron. Porque aquel voto era inmenso. Era una promesa de permanecer voluntariamente en el samsara por incontables kalpas.
Entonces el Buda reveló a la asamblea:
—El rey que prometió alcanzar primero la Budeidad se convirtió en Sarvajnasiddharta Tathāgata. Y el rey que juró permanecer junto a los seres sufrientes era Ksitigarbha.
Toda la asamblea quedó sobrecogida. Pero el Buda continuó:
—Sin embargo, esa no fue la única vez que realizó un voto semejante.
Entonces comenzó a relatar otra historia aún más conmovedora. Una historia nacida del amor filial y del dolor de una hija por el sufrimiento de su madre. En otra era inconcebiblemente lejana apareció un Buda conocido como Tathagata de los Ojos de Loto Puro.
Durante aquel tiempo vivía una mujer llamada Prabhacaksuh, “Ojos Brillantes”. Era bondadosa y respetuosa, pero cargaba una tristeza constante. Su madre había muerto. Y aunque la mujer realizaba ofrendas y actos meritorios diariamente, no sabía dónde había renacido.
Un día encontró a un venerable monje y le ofreció comida con profunda reverencia. El monje, observando su dolor, preguntó:
—Buena mujer, ¿qué deseo guardas en tu corazón?
Ella comenzó a llorar.
—Desde la muerte de mi madre intento acumular méritos para ayudarla. Pero ignoro dónde ha renacido y temo que esté sufriendo.
Compadecido, el monje entró en Samadhi.
Largo tiempo permaneció inmóvil.
Y cuando abrió los ojos, había tristeza en su rostro.
—Tu madre ha caído en los Infiernos.
Prabhacaksuh sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Por qué? —preguntó temblando.
—¿Qué acciones realizó en vida?
La mujer respondió entre lágrimas:
—Mi madre amaba comer seres vivos. Especialmente peces pequeños y crías de tortuga. Los consumía constantemente, sin pensar en el sufrimiento que causaba.
El monje suspiró profundamente. Luego dijo:
—Aún hay esperanza. Manda pintar una imagen del Buda de los Ojos de Loto Puros y recita sinceramente su nombre.
Sin vacilar, la mujer vendió sus posesiones más preciadas. Mandó pintar una imagen magnífica del Buda y pasó días enteros haciendo ofrendas, rezando y llorando ante ella.
Entonces, una noche, el Buda apareció en sus sueños. Su cuerpo dorado brillaba como miles de soles. Y le dijo:
—Tu madre pronto renacerá cerca de ti.
Pocos días después, una sirvienta dio a luz a una niña.
Y apenas dos días después de nacer, el bebé habló.
Llorando profundamente, dijo:
—Yo fui tu madre.
Prabhacaksuh quedó paralizada por el dolor y el asombro.
La niña explicó que había sufrido terriblemente en los infiernos debido al karma de matar animales y despreciar la ley de causa y efecto. Sólo gracias a los méritos de su hija había obtenido aquel breve renacimiento humano. Pero agregó algo terrible:
—Mi vida durará apenas trece años. Después volveré a caer en los reinos del sufrimiento.
Entonces Prabhacaksuh levantó los ojos hacia el cielo y gritó con toda la fuerza de su alma:
—¡Oh Budas de las Diez Direcciones! ¡Escuchad mi voto! Si mi madre puede liberarse para siempre del sufrimiento, entonces juro que desde este día y durante incontables kalpas liberaré a todos los seres atrapados en los infiernos, entre los fantasmas hambrientos y entre los animales. ¡No alcanzaré la Budeidad hasta que todos ellos hayan despertado!
En ese instante, los mundos temblaron. Y el Buda de los Ojos de Loto Puros apareció nuevamente para anunciar que su madre sería finalmente liberada y alcanzaría elevados renacimientos.
Entonces el Honrado por el Mundo reveló el gran secreto:
—Prabhacaksuh era Ksitigarbha.
Toda la asamblea quedó en silencio absoluto. Porque comprendieron que la compasión de Ksitigarbha había nacido del dolor de ver sufrir a otros. Y que desde entonces, kalpa tras kalpa, continúa descendiendo hacia los lugares más oscuros del samsara para rescatar a los seres perdidos.
Después de revelar aquellas historias antiguas, el Buda se dirigió nuevamente a la gran asamblea. Explicó que el Bodhisattva Ksitigarbha continúa utilizando incontables medios hábiles para enseñar a los seres sobre las consecuencias del karma. Entonces describió numerosas retribuciones kármicas.
—Quienes matan —dijo— reciben vidas cortas y muertes violentas.
—Quienes roban experimentan pobreza e indigencia.
—Quienes se entregan a deseos descontrolados renacen entre animales dominados por el instinto.
—Quienes insultan y calumnian nacen mudos o incapaces de hablar correctamente.
—Quienes odian y buscan venganza renacen deformes o despreciados.
—Quienes son arrogantes renacen en posiciones bajas.
—Quienes dañan a sus padres encuentran muertes terribles.
—Quienes destruyen templos o roban propiedades del Dharma sufren largos tormentos infernales.
Cada acción deja una huella. Cada pensamiento construye lentamente el mundo futuro del ser.
Entonces los Cuatro Reyes Celestiales preguntaron algo profundamente importante:
—Si Ksitigarbha ha hecho estos votos durante incontables kalpas, ¿por qué aún no ha terminado de liberar a todos los seres?
El Buda respondió con gran tristeza:
—Porque los seres continúan creando nuevo karma constantemente.
Los seres caen, se levantan y vuelven a caer. Salen temporalmente de la oscuridad sólo para regresar a ella nuevamente. Y precisamente por eso Ksitigarbha vuelve a hacer sus votos una y otra vez. No abandona a los seres. Nunca se cansa de ellos. Jamás deja de extender su mano hacia quienes sufren.
Los Reyes Celestiales inclinaron sus cabezas llenos de tristeza y reverencia. Porque comprendieron que el samsara es profundo y difícil de escapar. Pero también comprendieron algo aún más importante: mientras exista la compasión del Bodhisattva Ksitigarbha, ningún ser estará completamente perdido.