Entre las diversas oraciones atribuidas al Gran Maestro Saicho y conservadas dentro de su Obra Completa, esta invocación a los Tres Budas ocupa un lugar doctrinalmente luminoso, pues en pocas líneas condensa una visión profundamente Tendai de la unidad del Buda bajo múltiples nombres salvíficos. Saicho no se aproxima aquí a Mahavairocana (Dainichi), Shakyamuni (Shaka), Amitabha (Amida) y Bhaishajyaguru (Yakushi) como si fueran realidades aisladas, separadas por mundos, funciones o cultos particulares, sino como manifestaciones misericordiosas de una misma Verdad Búdica que se despliega en el Reino del Dharma (Dharmadhatu) para responder a las necesidades de los seres. La oración respira, por tanto, el espíritu del Vehículo Único (Ekayana): allí donde el devoto ve muchos Budas, la contemplación madura descubre una sola Compasión; allí donde la historia sagrada presenta diversos nombres, la fe iluminada reconoce un solo Cuerpo de Sabiduría que actúa en los tres tiempos.
La estructura de la oración revela una budología sintética de enorme riqueza. Mahavairocana aparece como el Buda que permea todo el Dharmadhatu, la dimensión cósmica y omnipresente de la Iluminación; Shakyamuni es confesado como el Maestro del Dharma Maravilloso, el Honrado del Mundo que manifiesta en la historia la Enseñanza final del Loto; Amitabha es contemplado como la Compasión que mora en la Tierra Pura de Occidente, acogiendo a los seres mediante la Luz y la Gracia; y Bhaishajyaguru, el Buda de la Medicina de Luz de Lapislázuli, surge como hábil medio para sanar las aflicciones del cuerpo, de la mente y del karma en la Era de la Ley Semblante. En esta sucesión no hay contradicción, sino armonía: el Buda Cósmico, el Buda histórico, el Buda de la Tierra Pura y el Buda Sanador son expresiones de una misma actividad liberadora. Por ello, esta breve plegaria puede leerse como una joya devocional y doctrinal a la vez. Es una oración, porque inclina el corazón ante la presencia viva de los Budas; es una confesión de fe, porque declara que la Compasión Búdica beneficia a los seres en pasado, presente y futuro; y es también una enseñanza, porque instruye al devoto en la unidad profunda de las formas búdicas. Al recitarla, uno no sólo invoca nombres sagrados, sino que entra en la contemplación de un misterio central: el Buda, aunque se manifieste con rostros diversos, permanece indiviso en su misericordia; aunque responda con distintos medios, obra siempre desde una sola Sabiduría; aunque aparezca en innumerables mundos, no abandona jamás a los seres que caminan, entre sombras y esperanzas, hacia el Despertar.