Bienvenido a la Tierra Pura de la Luz Serena, un recurso sobre el Verdadero Budismo (一乘佛教), y sus posteriores ramificaciones, a la luz de las Enseñanzas Perfectas y Completas (圓教). Aquí presentamos el Budismo como religión, filosofía y estilo de vida, con énfasis en la Budología (Teología Budista), aspirando a presentar el Budismo balanceadamente entre la academia (estudios budistas) y la devoción, desde el punto de vista de una escuela tradicional de Budismo Japonés (Tendai-Escuela del Loto Reformada) y las enseñanzas universales del Sutra del Loto (法華経).


martes, 9 de junio de 2026

El Sutra de los Votos Pasados del Bodhisattva Kshitigarbha: Séptimo Capítulo - Beneficiando a los Vivos y a los Muertos (Resumido y Recontado)

 


7

Beneficiando a los Vivos y a los Muertos

Después de que el Bodhisattva Samantavipula recibiera las enseñanzas sobre los méritos inconcebibles de Ksitigarbha, la gran asamblea permaneció reunida en el Palacio Celestial del Cielo Trayastrimsas. Los devas seguían derramando flores celestiales. Los Bodhisattvas permanecían inmóviles en profunda contemplación. El Buda irradiaba una serenidad que parecía envolver todos los mundos.

Entonces el Bodhisattva Ksitigarbha se levantó lentamente de su asiento. Inclinándose ante el Honrado por el Mundo, habló con voz profunda y llena de compasión:

—Honrado por el Mundo, observo constantemente a los seres de Jambudvipa. Veo cómo cada pensamiento que surge en sus corazones produce semillas de karma. Veo cómo luchan por avanzar hacia la virtud y cómo, una y otra vez, son arrastrados nuevamente hacia la confusión.

Mientras hablaba, parecía contemplar simultáneamente millones de vidas humanas. Veía comerciantes dominados por la codicia. Veía gobernantes cegados por el poder. Veía familias consumidas por disputas. Veía personas sinceras que comenzaban a practicar el Dharma y luego abandonaban su esfuerzo. Veía hombres y mujeres que obtenían una oportunidad para despertar, pero que terminaban distraídos por los placeres pasajeros del mundo. Entonces dijo:

—Aquellos que logran obtener algún mérito suelen apartarse de sus aspiraciones originales. Aquellos que encuentran influencias negativas ven cómo sus corazones son lentamente seducidos. Casi nunca caen de golpe; se desvían paso a paso.

El Buda escuchaba atentamente. Y toda la asamblea permanecía en silencio. Entonces Ksitigarbha utilizó una imagen extraordinariamente vívida.

—Los seres son como viajeros que cargan enormes piedras sobre sus espaldas mientras atraviesan un camino cubierto de barro.

Muchos devas levantaron la mirada.

—Con cada paso se hunden más profundamente. Cuanto más avanzan, más pesado se vuelve el fardo. Cuanto más pesado es el fardo, más difícil resulta caminar.

Mientras pronunciaba estas palabras, parecía que todos podían ver aquella escena. Un viajero agotado. Cubierto de sudor. Con las piernas hundidas en el lodo. Llevando una carga que aumenta a cada instante. 

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Sin embargo, algunas veces aparece una persona virtuosa.

La imagen cambió.  Ahora el viajero encontraba a alguien compasivo. Alguien más fuerte. Alguien que comprendía su sufrimiento.

—Esta persona puede ayudarlo a sostener la carga. Puede retirar algunas piedras. O incluso, gracias a su gran fuerza, puede cargar temporalmente todo el peso por él.

Muchos comprendieron inmediatamente la metáfora. La persona virtuosa representa a los Budas. A los Bodhisattvas. A los maestros espirituales. A los amigos de virtud. A todos aquellos que ayudan a los seres a liberarse de sus cargas kármicas. Pero Ksitigarbha añadió algo importante.

—Cuando el viajero finalmente alcanza tierra firme, debe recordar el sufrimiento que experimentó en el barro. Debe recordar las consecuencias de sus errores. Debe evitar volver voluntariamente al mismo camino.

Entonces el Bodhisattva dirigió la mirada hacia toda la asamblea.

—Del mismo modo, los seres suelen comenzar con pequeñas faltas.

Su voz se volvió grave.

—Una pequeña mentira. Una pequeña crueldad. Un pequeño robo. Un pequeño acto de ira.

La asamblea escuchaba atentamente.

—Pero si estas semillas no son detenidas, crecen. Y aquello que comenzó siendo pequeño se convierte en algo inmenso.

Entonces Ksitigarbha habló de la muerte. Y al hacerlo, el silencio se hizo aún más profundo.

—Por esta razón, cuando una persona está a punto de morir, sus familiares deberían realizar buenas obras en su nombre.

Muchos devas inclinaron la cabeza. Porque conocían la importancia de aquel momento. Ksitigarbha explicó que los familiares podían encender lámparas, ofrecer flores, levantar estandartes sagrados, recitar sutras y pronunciar los nombres de Budas y Bodhisattvas cerca del moribundo.

—Que los escuche —dijo—. Que esos nombres lleguen a su conciencia. Que la mente del moribundo sea tocada por las causas de la iluminación antes de abandonar este mundo.

Y entonces reveló algo profundamente consolador. Incluso si la persona había acumulado suficiente karma negativo para caer en los reinos del sufrimiento, aquellas causas virtuosas generadas por familiares sinceros podían aliviar enormemente las consecuencias futuras. 

Cuando el Bodhisattva Ksitigarbha terminó de explicar cómo las buenas obras realizadas en nombre de los moribundos podían ayudarlos en su tránsito hacia la próxima existencia, toda la asamblea quedó profundamente conmovida. Muchos devas recordaban a familiares que habían perdido en vidas pasadas. Muchos Bodhisattvas recordaban los incontables seres a quienes habían acompañado en el momento de la muerte. Y el propio Buda observaba a la multitud con una compasión que parecía abarcar todos los mundos. 

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Honrado por el Mundo, también deseo advertir a los seres de Jambudvipa acerca de algo que frecuentemente hacen por ignorancia cuando mueren sus seres queridos.

Su voz se volvió más grave. 

—Cuando un padre muere, cuando una madre abandona este mundo, cuando un esposo, una esposa o un hijo fallecen, muchas familias, dominadas por el dolor, realizan actos que creen beneficiosos, pero que en realidad sólo aumentan el sufrimiento de los difuntos.

La asamblea escuchó atentamente.

—Algunos sacrifican animales. Algunos derraman sangre. Algunos realizan ofrendas a espíritus errantes. Algunos buscan ayuda de demonios y entidades oscuras. Otros consultan prácticas equivocadas creyendo que así ayudarán a los muertos.

Ksitigarbha negó lentamente con la cabeza.

—Nada de esto beneficia al difunto.

El silencio se hizo más profundo.

—Por el contrario, estas acciones generan nuevo karma negativo precisamente en el momento en que el fallecido más necesita ayuda.

Entonces utilizó otra imagen.

—Es como un viajero agotado que ha caminado durante días llevando una carga inmensa. Apenas puede mantenerse en pie. Y cuando está a punto de llegar a un lugar seguro, alguien añade nuevas piedras sobre sus hombros.

Muchos de los presentes comprendieron inmediatamente. El difunto ya carga con el peso de su propio karma. Añadir nuevos actos negativos en su nombre sólo hace más difícil su camino. Entonces Ksitigarbha explicó algo extraordinariamente importante. Después de la muerte, la conciencia de muchos seres no encuentra inmediatamente un nuevo renacimiento. Existe un período de incertidumbre. Un período de transición. Un período durante el cual las consecuencias del karma están madurando.

—Durante cuarenta y nueve días —explicó— muchos de estos seres permanecen en gran ansiedad.

Los devas escuchaban atentamente.

—No saben con certeza cuál será su destino. Ignoran dónde renacerán. Perciben las fuerzas de sus acciones pasadas aproximándose. Y mientras los resultados de su karma son evaluados, viven en gran inquietud.

Muchos espíritus presentes en la asamblea recordaban haber atravesado aquel estado. Era una condición de incertidumbre. Una espera angustiosa. Una sensación de estar suspendidos entre dos vidas. Entonces Ksitigarbha reveló algo profundamente conmovedor.

—Durante esos cuarenta y nueve días, estos seres esperan constantemente ayuda de sus familiares.

La asamblea quedó en silencio.

—Esperan que alguien rece por ellos. Esperan que alguien genere mérito. Esperan que alguien realice actos virtuosos en su nombre. Porque incluso una pequeña luz resulta preciosa cuando uno se encuentra rodeado de oscuridad.

Entonces el Bodhisattva volvió la mirada hacia todos los presentes.

—Por eso digo que los familiares deben aprovechar esos cuarenta y nueve días para generar méritos sinceros. Deben recitar Sutras. Deben hacer ofrendas. Deben practicar la generosidad. Deben apoyar a la Sangha. Deben ayudar a los necesitados. Deben crear causas de virtud. Y luego dedicar esos méritos al difunto. Cada acto de bondad se convierte entonces en una lámpara encendida en medio de la oscuridad. Cada acto de generosidad se convierte en una ayuda para el viajero que atraviesa el valle de la muerte. Cada recitación del Dharma se convierte en una voz que llama al ser perdido hacia caminos más luminosos.

Pero entonces ocurrió algo interesante. De entre la asamblea se levantó un anciano extraordinario. Su apariencia era la de un hombre muy viejo, pero sus ojos brillaban con la sabiduría de incontables kalpas. Y tenía una pregunta que beneficiaría a innumerables generaciones futuras. No era un anciano ordinario. Era un gran Bodhisattva que había elegido manifestarse bajo aquella apariencia para beneficiar a los seres. Su nombre era Mahapratibhana, el Anciano de la Gran Elocuencia. Durante incontables kalpas había recorrido los Diez Mundos enseñando el Dharma y ayudando a innumerables seres a despertar la Mente de la Iluminación. 

Con las palmas juntas, inclinó respetuosamente la cabeza ante Ksitigarbha y preguntó:

—Gran Bodhisattva, cuando los seres de Jambudvipa mueren y sus familias realizan actos virtuosos en su nombre, ¿realmente reciben ellos algún beneficio? Si los familiares ofrecen alimentos vegetarianos a la Sangha, imprimen Sutras, realizan ofrendas o generan méritos, ¿pueden los difuntos abandonar los reinos del sufrimiento?

La pregunta era importante. Muchos devas escucharon atentamente. Muchos espíritus se acercaron. Porque era una duda que incontables seres humanos se harían durante generaciones. 

Entonces Ksitigarbha respondió:

—Anciano, mediante el poder del Buda explicaré brevemente esta cuestión para beneficio de los seres presentes y futuros.

La asamblea guardó silencio.

—Cuando una persona se encuentra próxima a morir, si logra escuchar aunque sea una sola vez el nombre de un Buda, de un Bodhisattva o de un Pratyekabuddha, ese contacto con la santidad genera una causa inmensamente poderosa. 

Muchos devas asintieron. Porque conocían el poder transformador de la mente en los últimos momentos de la vida.

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Incluso una persona que haya cometido numerosos errores puede recibir ayuda gracias a esa conexión con los seres iluminados.

 Pero inmediatamente añadió una enseñanza muy importante.

—Sin embargo, cuando los familiares realizan actos virtuosos después de la muerte, sólo una parte del mérito alcanza directamente al difunto.

Muchos quedaron sorprendidos. Entonces el Bodhisattva explicó:

—El difunto recibe aproximadamente una séptima parte del mérito generado.

Mahapratibhana escuchó atentamente.

—Las otras seis partes permanecen con quienes realizaron las buenas acciones.

Muchos comprendieron entonces una verdad profunda. Nadie puede transferir completamente su mérito a otro. El karma sigue siendo personal. La responsabilidad sigue siendo individual. La ayuda existe. La dedicación existe. La compasión existe. Pero cada ser debe finalmente caminar con sus propios pies.

Por ello Ksitigarbha dijo:

—Los seres no deberían esperar hasta la muerte para acumular méritos. Deben practicar mientras gozan de salud y poseen capacidad para hacerlo.

La asamblea aprobó estas palabras. Porque muchos seres pasan toda su vida posponiendo la práctica espiritual. Dicen: "Lo haré más adelante." "Lo haré cuando tenga tiempo." "Lo haré cuando sea viejo." Pero la muerte rara vez anuncia su llegada. Y precisamente entonces Ksitigarbha habló acerca de uno de los grandes misterios del tránsito entre vidas.

—La muerte llega de manera inesperada.

Muchos devas bajaron la mirada. Todos conocían esa verdad.

—Cuando una persona abandona el cuerpo, a menudo se encuentra confundida. No sabe dónde está. No comprende qué ha ocurrido. No conoce todavía cuál será su próximo destino.

El Bodhisattva hizo una pausa.

—Durante los cuarenta y nueve días posteriores a la muerte, muchos seres permanecen en estados de gran incertidumbre.

La asamblea escuchaba con total atención. 

—Su conciencia parece envuelta en niebla. No saben si ascenderán o descenderán. No saben qué karma prevalecerá. No saben qué destino les espera.

Entonces Ksitigarbha describió una escena conmovedora. Aquellos seres observan constantemente. Esperan. Buscan ayuda. Recuerdan a sus familias. Recuerdan a quienes amaron. Y desean desesperadamente que alguien genere méritos en su favor.

—Cada pensamiento de ellos —dijo Ksitigarbha— espera la llegada de una ayuda virtuosa.

Aquellas palabras llenaron de emoción a la asamblea. Porque mostraban la importancia de las acciones realizadas por los vivos. Una recitación. Una ofrenda. Una lámpara. Una obra de caridad. Una impresión de Sutras. Todo ello podía convertirse en una luz para quien atravesaba la oscuridad de la transición.

 El anciano Mahapratibhana permanecía inmóvil, escuchando cada palabra del Bodhisattva Ksitigarbha. A su alrededor, la inmensa asamblea celestial guardaba un silencio reverente. Nadie quería perder una sola sílaba de aquellas enseñanzas que revelaban los misterios del tránsito entre la vida y la muerte.

Entonces el Bodhisattva continuó:

—Anciano, existe además otro método mediante el cual los vivos pueden beneficiar a quienes han partido.

Su voz era suave y compasiva.

—Después de la muerte de padres, madres, hermanos, hermanas, esposos, esposas o cualquier ser querido, las familias pueden ofrecer alimentos puros al Buda y a la Sangha.

Muchos devas asintieron. Desde tiempos antiguos, las ofrendas de alimentos habían sido consideradas una de las formas más nobles de generosidad. Pero Ksitigarbha explicó que tales ofrendas debían realizarse con una actitud especial.

—La preparación de los alimentos debe hacerse con respeto y atención. No debe desperdiciarse nada.

Entonces comenzó a describir algo aparentemente simple, pero profundamente significativo.

—Ni siquiera las hojas de las verduras deben ser arrojadas negligentemente. Ni siquiera el agua utilizada para lavar el arroz debe desperdiciarse descuidadamente.

Muchos miembros de la asamblea comprendieron inmediatamente la enseñanza oculta. La diligencia espiritual no se expresa solamente en grandes ceremonias. También se manifiesta en los pequeños actos cotidianos. En la atención. En el cuidado. En la gratitud. En la reverencia hacia aquello que se ofrece.

Luego Ksitigarbha continuó:

—Nadie debe probar los alimentos antes de que hayan sido ofrecidos al Buda y a la Sangha.

El anciano Mahapratibhana escuchaba atentamente. Entonces el Bodhisattva explicó por qué.

—Si alguien consume las ofrendas antes de presentarlas adecuadamente, la pureza de la intención se debilita y el beneficio para los difuntos disminuye.

No se trataba simplemente de una regla ceremonial. Era una cuestión de sinceridad. La ofrenda debía realizarse con un corazón completamente entregado. Sin egoísmo. Sin apropiación. Sin distracción. Porque aquello que verdaderamente generaba mérito no era la comida en sí misma. Era la intención compasiva que la acompañaba. Entonces Ksitigarbha reveló nuevamente una enseñanza que había mencionado anteriormente.

—Cuando estas ofrendas se realizan correctamente, el difunto recibe una séptima parte del mérito generado.

Muchos devas reflexionaron sobre ello. Parecía una porción pequeña. Pero para un ser que se encontraba atravesando la incertidumbre de los estados posteriores a la muerte, incluso una pequeña cantidad de mérito podía convertirse en una diferencia inmensa. Una lámpara puede parecer pequeña. Pero para quien se encuentra perdido en una caverna oscura, una sola lámpara puede mostrar el camino. Así también sucede con el mérito. Una sola acción virtuosa realizada con sinceridad puede producir consecuencias mucho mayores de lo que los seres imaginan. Entonces Ksitigarbha volvió a dirigirse a toda la asamblea.

—Por ello, cuando vuestros padres, madres o seres queridos abandonen este mundo, no os consumáis únicamente en el llanto.

Muchos espíritus presentes inclinaron la cabeza. Porque conocían la profundidad del dolor humano.

—Las lágrimas nacidas del amor son naturales. Pero transformad también vuestro dolor en virtud.

Su voz parecía abrazar a todos los seres. 

—Recitad sutras. Haced ofrendas. Ayudad a los necesitados. Apoyad a la Sangha. Encended lámparas. Imprimid enseñanzas. Generad mérito. Y luego dedicad todo ello a quienes han partido. Porque el verdadero amor no termina en la tumba. El verdadero amor continúa actuando. Continúa ayudando. Continúa iluminando el camino de quienes han partido antes que nosotros.

Cuando Ksitigarbha terminó de hablar, ocurrió algo extraordinario. Toda la inmensa multitud de devas, espíritus, guardianes celestiales y seres sobrenaturales procedentes de Jambudvipa sintió una profunda transformación interior. Las palabras del Bodhisattva habían penetrado hasta lo más profundo de sus corazones. Comprendieron la fragilidad de la vida. Comprendieron la realidad del karma. Comprendieron la importancia de la compasión. Comprendieron el valor de cada acto virtuoso. Y entonces, como una sola mente, innumerables seres despertaron el Bodhicitta. El Gran Corazón de la Iluminación. El deseo supremo de alcanzar la Budeidad para liberar a todos los seres.

Los cielos parecieron iluminarse aún más. Flores celestiales descendieron nuevamente desde las alturas. Los sonidos de instrumentos invisibles llenaron el espacio. Y el anciano Mahapratibhana, profundamente conmovido, juntó las palmas de sus manos y realizó una reverencia ante Ksitigarbha. No formuló más preguntas. Porque había recibido exactamente la enseñanza que buscaba. Había comprendido que la muerte no es el final. Que el karma continúa. Que el mérito puede compartirse. Que la compasión puede atravesar los mundos. Y que incluso después de la muerte, los lazos de bondad y amor pueden convertirse en puentes hacia la liberación.

Entonces el anciano se retiró silenciosamente. Y la gran asamblea permaneció contemplando al Bodhisattva Ksitigarbha, cuya compasión descendía hasta los infiernos y cuya misericordia alcanzaba incluso a aquellos que ya habían abandonado este mundo.