Bienvenido a la Tierra Pura de la Luz Serena, un recurso sobre el Verdadero Budismo (一乘佛教), y sus posteriores ramificaciones, a la luz de las Enseñanzas Perfectas y Completas (圓教). Aquí presentamos el Budismo como religión, filosofía y estilo de vida, con énfasis en la Budología (Teología Budista), aspirando a presentar el Budismo balanceadamente entre la academia (estudios budistas) y la devoción, desde el punto de vista de una escuela tradicional de Budismo Japonés (Tendai-Escuela del Loto Reformada) y las enseñanzas universales del Sutra del Loto (法華経).


lunes, 22 de junio de 2026

Los Textos Esotéricos: La Contemplación Abreviada de la Tierra Pura de la Tesorería Secreta del Loto del Maestro Kakuban

 


La "Contemplación Abreviada de la Tierra Pura de la Tesorería Secreta del Loto", compuesta por el Maestro Kakuban (1095–1144), es una de esas obras breves en extensión, pero vastas en significado, donde la palabra doctrinal se vuelve visión, la visión se vuelve mandala, y el mandala se vuelve una puerta abierta hacia la Presencia viviente del Buda. No estamos ante una descripción ordinaria de una Tierra Pura, ni ante un tratado meramente devocional que coloque el paraíso búdico en una lejanía celestial. Nos encontramos, más bien, ante una contemplación esotérica del Reino del Dharma (Dharmadhatu) mismo, donde la Tierra Pura no es simplemente un lugar al cual se aspira después de la muerte, sino la revelación profunda de la realidad cuando es vista desde la Sabiduría Iluminada del Buda Mahavairocana (Dainichi Nyorai, el Buda Cósmico). En este texto, el universo entero es leído como un mandala; los Budas, las deidades, los elementos, las montañas, los océanos, los sonidos, los colores, los palacios, los árboles, las aves y las luces no son decoraciones literarias, sino signos sacramentales de una verdad: que todos los fenómenos, cuando son comprendidos desde su fuente secreta, son manifestaciones del Cuerpo, la Palabra y la Mente del Buda.

La obra comienza con una afirmación grandiosa: la Tierra Pura de la Tesorería Secreta del Loto es la capital de loto del Buda Mahavairocana, la tierra áurea del Soberano del Dharma que ilumina universalmente, la morada de los adornos secretos y el ámbito puro y maravilloso del mandala. Desde la primera línea, Kakuban desplaza la imaginación religiosa del lector desde una geografía común hacia una cosmología iluminada. Esta Tierra Pura no está compuesta de materia vulgar ni gobernada por las leyes limitadas del nacimiento y la destrucción. Su forma es tan vasta como el espacio; su naturaleza y sus características permanecen eternamente; las tierras puras de las diez direcciones son como su jardín delantero, y las tierras maravillosas de todos los Budas son como su jardín posterior. Con esta imagen, el texto declara que la Tierra Pura de la Tesorería Secreta no es una tierra entre otras, sino el centro secreto donde todas las tierras puras son integradas, resumidas y elevadas a su significado último.

El lenguaje del texto es deliberadamente mandálico. No describe la realidad en línea recta, sino en círculos concéntricos, en correspondencias simbólicas, en niveles de profundidad. En el centro aparece la tierra mental de la única realidad; alrededor surgen siete montañas de oro; entre las cumbres de los siete factores de la iluminación se extiende un océano de ocho virtudes; en el océano aparece una tortuga dorada de gran compasión; sobre la tortuga se abre un loto precioso de conciencia pura; sobre el loto se alza el Monte Sumeru; en la cima se revela el mandala. Esta secuencia no debe leerse sólo como una imagen fantástica. Es una arquitectura espiritual. La tierra mental de la única realidad indica que el fundamento de la Tierra Pura es la Mente Iluminada; las montañas de oro sugieren estabilidad, dignidad y perfección; el océano de ocho virtudes señala la plenitud de las cualidades purificadas; la tortuga de compasión sostiene el mundo de la práctica; el loto de conciencia pura revela la apertura de la mente liberada; el Sumeru indica el eje cósmico; y el mandala en la cumbre muestra que toda la realidad culmina en la organización sagrada de la Budeidad.

La Tierra Pura aquí descrita no es estática. Todo en ella predica. Las olas enseñan las Diez Moradas de la Mente; las flores adornan los palacios de meditación; los árboles preciosos manifiestan los colores del Despertar; las aves cantan el retorno a los Tres Tesoros; las campanas movidas por el viento proclaman el gozo del Dharma de los tres vajras; los sonidos celestiales expresan las melodías de la sabiduría. La naturaleza entera se ha vuelto liturgia. En el mundo ordinario, el ser ignorante oye ruido, ve multiplicidad dispersa y experimenta separación. En esta Tierra Pura, en cambio, todo fenómeno tiene voz dhármica. La brisa no es sólo brisa: es movimiento de la enseñanza. Las aves no son sólo aves: son ministros del Dharma. Las flores no son sólo flores: son símbolos de la Iluminación. Los océanos no son sólo océanos: son estanques preciosos donde se refleja la sabiduría. Esta es una característica fundamental de la visión esotérica de Kakuban: la realidad, purificada por la contemplación, no deja de ser mundo, pero aparece como mundo transfigurado.

En el centro de esta Tierra Pura se levanta el palacio del Reino del Dharma, vasto, elevado, luminoso, adornado y perfecto. Allí se disponen caminos, columnas, puertas, estandartes, ofrendas, lámparas, vasos rituales, flores, guirnaldas, redes de perlas, músicas y alabanzas. Todo elemento arquitectónico posee significado doctrinal y ritual. El palacio no es simplemente residencia; es el cuerpo ordenado del Dharma. Sus puertas abren los accesos de la práctica; sus columnas sostienen la estructura de la enseñanza; sus ofrendas manifiestan la reciprocidad entre devoción y sabiduría; sus luces representan la disipación de la ignorancia; sus sonidos son la palabra del Buda que se despliega en formas audibles. La Tierra Pura se revela así como un templo cósmico, y el templo como una Tierra Pura condensada. Para el practicante esotérico, entrar en el mandala, entrar en el palacio, entrar en la contemplación y entrar en la presencia del Buda son movimientos distintos sólo en apariencia; en realidad, todos apuntan a la misma comunión con el cuerpo iluminado de Mahavairocana.

El texto alcanza su punto central cuando la semilla se transforma en una Estupa del Reino del Dharma, formada por los Cinco Grandes Elementos (Tierra, Agua, Fuego, Aire y Ether, los componentes básicos del Cosmos), y esa Estupa se transforma en Mahavairocana, el Dharmakaya puro y maravilloso que llena todo el Reino del Dharma. Aquí se condensa la lógica sacramental del esoterismo: una sílaba puede desplegar un cuerpo; un cuerpo puede revelarse como Estupa; una Estupa puede manifestar el universo; el universo puede aparecer como el Cuerpo del Buda. No existe una separación absoluta entre signo y realidad, porque el signo, cuando es recibido dentro del mandala, participa de aquello que revela. La semilla no es una mera letra; es potencia búdica. La Estupa no es un monumento externo; es la forma cósmica del Dharma. Mahavairocana no es una deidad localizada; es el cuerpo de sabiduría que ilumina todas las direcciones, contiene las Cinco Sabidurías, manifiesta las diez mil virtudes y abarca en sus poros los principios y fenómenos de los tres tiempos.

La descripción del cuerpo de Mahavairocana es extensa, minuciosa y reverente. Cada marca corporal, cada color, cada luz, cada rasgo y cada ornamento expresa una virtud. La corona de las Cinco Sabidurías, los collares de las diez mil virtudes, la luz que elimina la oscuridad, la protuberancia craneal que llena el espacio, el mechón blanco que ilumina el Reino del Dharma, los ojos como lotos azules, la lengua sobre la cual se derrama néctar, las palmas con ruedas de mil radios, los poros que emiten la luz de las Cinco Sabidurías: todo esto pertenece a una teología del cuerpo búdico. El Cuerpo del Buda no es carne ordinaria ni forma limitada; es un cuerpo-signo, un cuerpo-mandala, un cuerpo-cosmos. En Mahsvairocana, la forma no oculta la verdad; la manifiesta. El cuerpo no encierra al Buda; irradia el Dharma. La belleza no es adorno superficial; es la aparición visible de la sabiduría y de la compasión.

Uno de los aspectos más profundos del texto es su insistencia en la interpenetración entre lo interno y lo externo. Las virtudes internas realizadas por el Buda son vastas, profundas y lejanas; su función externa de compasión se extiende universalmente y lo llena todo. El gozo dhármico de los Tres Misterios atraviesa eternamente los tres tiempos; el deleite meditativo de los cuatro mandalas trasciende las cuatro marcas y no cambia. Esto significa que Mahavairocana no permanece encerrado en una trascendencia muda. Su realización interna se desborda como actividad compasiva. Su cuerpo ilumina; su palabra predica; su mente bendice. Su sabiduría no es una quietud inerte, sino una presencia dinámica que transforma, convoca, recibe, purifica y conduce a los seres. La Tierra Pura de la Tesorería Secreta del Loto es, por ello, una Tierra Pura de actividad iluminada: no sólo se contempla, sino que actúa; no sólo resplandece, sino que salva.

La presencia de los cuatro Budas —Akshobhya, Ratnasambhava, Amitabha y Amoghasiddhi (o a veces Shakyamuni)— alrededor de Mahavairocana muestra la estructura de las Cinco Sabidurías y de las Cinco Familias, pero también expresa una verdad devocional: todas las formas búdicas retornan al centro del Dharmakaya. Akshobhya ofrece el oro verdadero de las Cinco Sabidurías; Ratnasambhava presenta las joyas de las diez mil virtudes; Amitabha ofrece la lámpara de loto de la sabiduría omnisciente y canta alabanzas; Shakyamuni realiza el karma de los dos beneficios y ofrece incienso al Gran Ser de los Seis Elementos (Tierra, Agua, Fuego, Aire, Ether y Consciencia). No se trata de una competencia entre Budas, sino de una liturgia cósmica de mutua reverencia. Cada Buda manifiesta una función; cada función retorna a Mahavairocana; Mahavairocana, a su vez, contiene y sostiene todas las funciones. Esta visión impide una comprensión fragmentada del panteón budista. Los Budas no son poderes aislados, sino manifestaciones de una misma Talidad, diferenciada por compasión para responder a las capacidades de los seres.

La sección final del texto posee un carácter especialmente salvífico. Si una persona se refugia en Mahāvairocana y desea renacer en esta Tierra, el Buda convoca a los Budas de las otras direcciones, reúne a los Cuatro Dharmakayas de esencia común, se levanta del lecho del gozo dhármico y acude a la puerta que responde a la capacidad del practicante y cumple sus votos. Esta imagen es de una ternura inmensa: el Buda no permanece distante esperando que el ser ascienda por sus propias fuerzas; el Buda sale al encuentro. Los Budas y sus séquitos vienen desde las cuatro direcciones, montados en elefantes, caballos, pavos reales y garuḍas, acompañados por multitudes de bodhisattvas, guardianes, consortes celestiales, reyes de sabiduría y devas. La llegada de Mahavairocana para recibir al practicante expresa la convergencia entre contemplación, refugio, voto y gracia. El renacimiento en esta Tierra no es mero traslado espacial; es entrada en la comunión mandálica del Buda.

En ese momento, dice el texto, las nubes de ilusión se despejan, la Luna de la Iluminación aparece, el ojo de la sabiduría se abre y el ámbito búdico se revela. La ermita de hierba se transforma en recinto de oro; la tierra impura es precisamente tierra pura; los árboles y hierbas son el Dharmakaya de las tres igualdades; los seres que se mueven son Budas de la Naturaleza de los Seis Grandes Elementos; los sonidos de lo sensible y lo insensible son mandala; los pensamientos de lo iluminado y de lo no iluminado son concentración y sabiduría. Este pasaje es la clave hermenéutica de toda la obra. La Tierra Pura no aparece solamente después de abandonar este mundo; aparece cuando el mundo es visto según su verdad secreta. La impureza no es una sustancia definitiva, sino una percepción oscurecida. Cuando el Buda y el practicante se unen secretamente, cuando el Honrado principal y el devoto se interpenetran, el lugar mismo donde uno se encuentra se revela como campo búdico. El mundo no es destruido para que aparezca la Tierra Pura; el mundo es iluminado, y en esa iluminación se descubre que la Tierra Pura estaba oculta bajo el velo de la ignorancia.

Esta obra debe ser leída, por tanto, como una contemplación de la Tierra Pura no dual. No separa radicalmente aquí y allá, Samsara y Nirvana, práctica y fruto, devoto y Buda, mundo impuro y Tierra Pura. Reconoce las diferencias en el plano de la experiencia y de la capacidad, pero las integra en una visión superior donde todo retorna al Reino del Dharma. Para aquellos cuyos votos y práctica aún son débiles, el texto admite una recepción provisional en Tierras Puras de respuesta y transformación; pero su horizonte último es la maravillosa tierra de la Naturaleza del Dharma, donde se trascienden las causas ilusorias de los nueve reinos y se abre, en este mismo cuerpo, el fruto búdico de los Tres Misterios. Esta frase final muestra la orientación culminante del texto: la Tierra Pura no es sólo recompensa futura, sino realización esotérica; no es sólo refugio después de la muerte, sino despertar de la Verdadera Naturaleza en el cuerpo, palabra y mente del practicante.

A la luz del Budismo del Loto, esta contemplación del Maestro Kakuban puede ser recibida como una formulación esotérica de la misma verdad que el Sutra del Loto proclama en su lenguaje propio: el Buda es eterno, su actividad compasiva no cesa, el mundo es transformado por la mirada de la sabiduría, y todos los seres están destinados a participar de la Budeidad. El Sutra del Loto revela que Shakyamuni no es simplemente un Buda histórico limitado por nacimiento y muerte, sino la manifestación salvífica del Buda Eterno (Mahavairocana), cuya vida inconcebible sostiene el drama entero del Dharma. Kakuban, desde la visión esotérica, contempla ese mismo misterio desde el mandala: el Buda como luz que llena el espacio, como cuerpo de los Seis Elementos, como centro de las Cinco Sabidurías, como Tierra Pura donde todos los Budas y todas las prácticas retornan a una sola realidad. Así, el lenguaje del Loto y el lenguaje esotérico no tienen que ser enfrentados como mundos incompatibles, sino comprendidos como dos modos de acercarse a una misma profundidad: la universalidad viva del Buda.

En la tradición del Budismo del Loto, Kakuban es recibido como un Maestro complementario a los Grandes Maestros Ennin, Enchin y Annen. Ennin abrió con fuerza la dimensión ritual, devocional y esotérica dentro del horizonte Tendai, mostrando que la práctica del mantra, la devoción, la liturgia y la contemplación podían servir al camino integral del Buda. Enchin profundizó la relación entre el esoterismo y la Enseñanza Perfecta, insistiendo en la potencia práctica de los rituales secretos sin abandonar la visión unificadora del Ekayana. Annen elaboró una arquitectura doctrinal donde las enseñanzas exotéricas y esotéricas, las tierras puras, los Budas, las clasificaciones doctrinales y la interpenetración de todos los dharmas se integran en una visión de extraordinaria amplitud. Kakuban, desde la herencia Shingon, ofrece una contemplación que puede enriquecer este mismo horizonte: nos enseña a ver la Tierra Pura como Tesorería Secreta del Loto, el mandala como mundo transfigurado, Mahavairocana como presencia cósmica del Dharmakāya, y la salvación como unión viva entre el Buda y el practicante.

Por eso, esta "Contemplación Abreviada de la Tierra Pura de la Tesorería Secreta del Loto" debe ser leída con reverencia, estudio y discernimiento. Es un texto para contemplar, no sólo para entender; para saborear, no sólo para analizar; para entrar en él como se entra en un templo, cruzando sus puertas con la mente recogida. En sus imágenes se unen la Tierra Pura, el mandala, el Dharmakaya, los Tres Misterios, los cinco Budas, las Cinco Sabidurías, los Seis Elementos y la aspiración del practicante. Su enseñanza final es clara y luminosa: cuando el Buda es contemplado en su profundidad, todo se vuelve campo de salvación; cuando la mente se abre a la sabiduría, las nubes de ilusión se dispersan; cuando el devoto entra en comunión con el Honrado principal, el mundo entero revela su rostro secreto. Allí, en esa visión, la Tesorería Secreta del Loto no es solamente una tierra futura, sino la verdad oculta del Reino del Dharma, esperando ser descubierta en el corazón de la práctica.

Contemplación Abreviada de la Tierra Pura de la Tesorería Secreta del Loto

Compuesto por Kakuban

La Tierra Pura de la Tesorería Secreta del Loto  es la capital de loto del Tathagata Mahavairocana; es la tierra áurea del Soberano del Dharma que ilumina universalmente; es la morada de los adornos secretos; es el ámbito puro y maravilloso del mandala. Su forma y cuerpo son vastos, iguales al espacio vacío; su naturaleza y sus características permanecen eternamente, trascendiendo el Reino del Dharma. Las tierras puras de las diez direcciones son como su jardín delantero; las maravillosas tierras de todos los Budas son como su parque posterior. Los cuerpos y tierras de las diez mil deidades se despliegan en el yin y el yang; los tres cuerpos, junto con sus reinos dependientes y principales, llenan por completo el cielo y la tierra. Está formada por la naturaleza propia de la sabiduría omnisciente de las cinco ruedas; está adornada con la propia esencia de las diez mil virtudes de los Tres Misterios.

Sobre la tierra mental de la única realidad, siete montañas de oro la rodean. Entre las cumbres dhármicas de los Siete Factores de la Iluminación, un océano de ocho virtudes la llena por completo. En medio del océano hay una gran tortuga dorada de compasión; sobre la tortuga se abre un loto precioso de conciencia pura; sobre el pedestal hay un Monte Sumeru; y en la cima de la montaña se halla el mandala. Esa montaña es el cuerpo entero del Dharmakaya puro y maravilloso, la forma verdadera de la gran Mente Bodhi. Su altura y amplitud no tienen límites, de modo que el Sumeru del mundo parece bajo y pequeño ante ella. Su naturaleza y sus características son eternas, de modo que el Meru del reino de los seres finalmente se lamenta por su destrucción.

Si se habla de su forma, posee ocho ángulos, manifestando las preciosas y maravillosas excelencias de las ocho conciencias. Si se habla de aquello que la constituye, está hecha de cuatro tesoros, irradiando la prodigiosa luz espiritual de las Cuatro Sabidurías. Árboles de kalpa incontables se alinean en todas partes; bosques de sándalo más allá de todo número perfuman cada ámbito. Delicadas y maravillosas vestiduras celestiales cuelgan universalmente de sus ramas; espléndidas redes preciosas descienden por todas partes desde aquellos árboles. Flores de iluminación de cinco colores brotan de un solo tronco y, sin embargo, muestran diversos matices. Aves dhármicas de las seis horas emiten un mismo sonido y, sin embargo, cantan con picos diferentes. Frutos dulces y sabrosos inclinan sus ramas; flores de oro y cálices de plata cubren sus hojas. Una brisa sutil mueve campanas y cascabeles, y sus sonidos armoniosos predican el gozo dhármico de los tres vajras. Flores y aves hacen girar sus cantos entre los árboles preciosos, y sus voces delicadas entonan el deleite meditativo de los cinco tesoros.

Los ocho océanos inmensos son allí estanques preciosos. Las siete montañas elevadas son también adornos de joyas. Lotos de cuatro colores se abren en medio del océano. Árboles preciosos de cinco colores se alzan densos sobre las montañas. Las olas, al moverse, predican la enseñanza de las diez moradas de la mente. Flores y hojas, cayendo en abundancia, adornan el palacio meditativo de las cinco cumbres. El espejo del estanque de las cinco sabidurías no tiene parcialidad: ¿qué color de los diez mil colores del Reino del Dharma podría escapar de él? La lámpara luminosa de los cinco ojos no conoce oscuridad: ¿cómo podrían permanecer las tinieblas de la ignorancia? Los seis grandes elementos son como incienso, y, siguiendo el viento de la iluminación, perfuman las diez direcciones. El sabor del Dharma de las cuatro estaciones responde a los deseos y alegrías, extendiéndose por los tres tiempos. Pavos reales y loros emiten una y otra vez cantos que hacen regresar la mente a los Tres Tesoros. Patos, gansos y parejas de aves acuáticas producen continuamente trinos que deleitan en los tres vajras. La grulla blanca de la unidad danza en la ribera de la no-dualidad. Los patos azul oscuro de los Tres Misterios juegan en las aguas del mandala. El viento de los pinos de las tres iluminaciones suspende la cítara de los ocho sonidos. Las olas de la orilla de los cinco aspectos afinan el tambor de las cuatro elocuencias. Los cinco sonidos de las tres igualdades compiten en ejecutar melodías celestiales. Los cuatro sellos y las ocho virtudes reposan serenamente y se conservan por sí mismos. Los devas de los mundos superiores e inferiores ejecutan música a través de las diez edades. Los santos de los patios interiores y exteriores llenan los nueve espacios con ofrendas.

En la cima de la montaña y sobre su cumbre, todo es amplio e igualitario. Sus acontecimientos maravillosos y ámbitos espirituales son distintos, numerosos y extraordinarios. Alrededor hay un muro de vajra. En las cuatro direcciones se abre una puerta. En la puerta oriental de vajra se encuentra la Tierra Pura de Akshobhya. En la puerta meridional de maṇi se contiene la tierra maravillosa de Ratnasaṃbhava. En la puerta occidental de loto, la Suprema Felicidad de Amitabha no queda fuera de ella. En la puerta septentrional de karma, también se edifica la Tierra Pura de Shakyamuni. Cada una de aquellas Tierras Puras es, a su manera, sutil y maravillosa.

En el centro se halla el palacio del Reino del Dharma, vasto, elevado y maravilloso, adornado y resplandeciente hasta la transparencia. Ocho columnas se alinean; sus cuatro esquinas son rectas e iguales; posee las cuatro puertas completas; todos sus caminos están claramente delineados. Arriba y abajo de los caminos hay flores adornadas de múltiples colores. A la derecha y a la izquierda de las puertas hay estandartes auspiciosos de los siete tesoros. Constantemente llueven tesoros preciosos y supremos; continuamente surgen ofrendas divinas y espirituales. Sonidos amables, armónicos y deseables ejecutan diversas músicas; voces brahmánicas, ajustadas al ritmo, cantan numerosas alabanzas. Barandales y cercas lo rodean; los adornos se extienden por todas partes. En el suelo hay cuatro niveles de escalones y senderos. Sobre el palacio hay cinco pabellones. Cuelgan sedas, banderines de colores y doseles; se suspenden guirnaldas de flores y redes de perlas. Dentro del palacio se colocan vasos puros, maravillosos y virtuosos para el agua de ofrenda. Junto al altar arden lámparas y cirios de maṇi, luminosos y serenos. Los medios hábiles producen múltiples artes; la destreza sabia armoniza diversas músicas. Se canta el sonido del Dharma maravilloso, se ofrecen alabanzas al Dharmakaya puro. Las ocho ofrendas internas y externas se disponen sobre el altar. Los dos adornos de mérito y sabiduría llenan el palacio. Entre los Budas hay principal y séquito; entre los altares hay centro y periferia. En los cuatro lados se encuentra el altar de los factores mentales; en el centro está el mandala del Rey Mental. En él hay un pedestal de loto; sobre él, un trono de león; luego, un gran loto precioso; luego, un disco lunar puro y pleno; luego, el rey de flores de ocho pétalos. Sobre él está el Dharmakaya en forma de semilla. Su esencia es luminosa y pura; su resplandor es fresco y blanco; las diez mil virtudes están cumplidas; los dos beneficios son perfectos.

La semilla se transforma y llega a ser la Estupa del Reino del Dharma, formada por los Cinco Grandes Elementos que llegan a todas partes. Emite luces de los colores de las Cinco Sabidurías e ilumina ilimitadas tierras búdicas. Todas las virtudes están plenamente completas; los Tres Misterios están perfectamente presentes. La stūpa se transforma en el Dharmakaya puro y maravilloso, Mahavairocana, que llena todo el Reino del Dharma. Sus inagotables marcas están, una por una, perfectamente completas. Sus incontables señales excelentes están, cada una, adornadas. Lleva la corona preciosa de las cinco sabidurías y se ornamenta con los collares de las diez mil virtudes. Su cuerpo está cubierto por una vestidura dhármica de gasa fina y maravillosa. Su cuerpo emite la luz de sabiduría que elimina la oscuridad e ilumina universalmente. Su corona de uṣṇīṣa es elevada, maravillosa e invisible. Su cabello de color azul oscuro es uniforme e insondable. La protuberancia de carne sobre su cabeza llena el espacio vacío con luz. El mechón blanco entre sus cejas ilumina hasta el extremo el Reino del Dharma. Sus orejas, adornadas con perlas colgantes, son gruesas, amplias y largas. Su frente maravillosa, como rocío suspendido, es recta y amplia. El disco de su rostro es pleno, con la cualidad esencial de la luna otoñal. Su resplandor es sereno y jubiloso; las flores primaverales ceden ante su sonrisa. Sus dos cejas son brillantes y puras, sonriendo con luz de lapislázuli azul oscuro. Sus dos ojos son claros y puros, reluciendo con el color del loto azul. Su nariz, como una vara de oro tallada, es alta, larga, recta y correcta. Sus fosas nasales, ocultas a la vista humana, son puras por dentro y por fuera. Sus labios rojos como bimba armonizan arriba y abajo. Sus dientes blancos como nieve y concha están alineados, compactos y juntos, completamente puros. Sus cuatro colmillos son frescos, blancos, luminosos, puros y afilados. Su lengua, roja en tres pulgadas, es delgada, pura, amplia y larga. Bajo las tres pulgadas hay una joya preciosa; sobre la lengua se derrama néctar. Su garganta es como un tubo de lapislázuli; su forma parece una sucesión de lotos. Ningún sonido que emite carece de armonía y elegancia; todos los seres capaces de escuchar lo perciben por igual. De su cuello surge una luz circular; sobre su garganta hay una marca puntual. Nada queda sin iluminar; nada inagotable queda sin manifestarse.

Sus hombros y nuca son redondos y plenos. Sus axilas están llenas. Sus brazos y codos son largos, rectos, proporcionados, redondos y extraordinariamente maravillosos. En sus palmas aparece la rueda de mil radios. Sus dedos son redondos, plenos, densos, delicados y largos. En sus puntas nacen formas de svastika. Sus uñas son brillantes y puras; membranas como redes se entrelazan. Su mandíbula, pecho y mitad del cuerpo se asemejan al rey de los leones. En su pecho, la svastika manifiesta el sello de la verdadera realidad. La forma de su corazón es como un loto rojo. La piel de su cuerpo sobrepasa la blancura de la concha y de la nieve. La luz de su cuerpo ilumina espontáneamente los mundos de las diez direcciones. La luminosidad de su cuerpo resplandece naturalmente en los tres mundos. Sus marcas corporales son altas, amplias, dignas y extraordinarias. Las medidas verticales y horizontales de su cuerpo son iguales, completas y redondas. Su porte es vasto, pleno y recto. Su órgano oculto es puro y equilibrado. Sus siete partes están llenas y son todas agradables. Sus dos pantorrillas son gradualmente finas y redondas. Sus talones son amplios, largos y redondos, proporcionados con el empeine. Sus empeines son largos, altos, suaves y conformes a los talones. En sus empeines hay diseños de ruedas con radios. Bajo sus pies está completa la marca de ser planos y llenos. Cada poro emite la luz de las cinco sabidurías. Cada miembro irradia la claridad del Samadhi. Todo es como los collares de las diez mil virtudes, que se reflejan mutuamente y compiten en resplandor. Los cien méritos de las tres igualdades se adornan unos a otros, fundiendo colores diversos.

Los reinos dependientes y principales de los dos mandalas y las cinco familias manifiestan en conjunto la luz de Mahavairocana. Los principios y fenómenos de las diez direcciones y los tres tiempos aparecen todos en los poros de Aquel que ilumina universalmente. Las virtudes internas realizadas de su propia naturaleza son vastas, profundas y lejanas. La compasión de su función externa para beneficiar a otros se extiende universalmente y lo llena todo. El gozo dhármico de los Tres Misterios atraviesa eternamente los tres tiempos. El deleite meditativo de los cuatro mandalas trasciende las cuatro marcas y no cambia. Al emitir luz y predicar el Dharma, cumple juntamente los dos beneficios, el propio y el ajeno. Al jugar con poderes espirituales, atraviesa las dos funciones, interna y externa. Horizontalmente, disuelve los diez reinos, y los diez mil dharmas se funden mutuamente. Verticalmente, sobrepasa los tres tiempos, y todos los Budas retornan a lo mismo.

Akshobhya y Ratnasaṃbhava otorgan ofrendas a las deidades del juego y de las guirnaldas. Amitabha y Amoghasiddhi miran con benevolencia a las deidades del canto y de la danza. Los Budas reciben el sustento de sus séquitos, y su lealtad filial se vuelve todavía más profunda. Las diez mil deidades reciben su compasión, y su reverencia y alegría se hacen doblemente intensas. Finalmente, los cuatro Budas juntan las palmas y tocan con sus cabezas los dos pies de Mahavairocana; todas las deidades, con reverente sinceridad, inclinan la cabeza ante los dos empeines de Aquel que Ilumina Universalmente.

Akshobhya  refina el oro verdadero de las cinco sabidurías y lo ofrece al Dharmaksya permanente de los tres tiempos. Perfuma con el incienso maravilloso de la unidad y entra en el Buda de la Naturaleza que llena las diez direcciones. Ratnasaṃbhava, con las joyas preciosas de las diez mil virtudes, las presenta a Mahavairocana, en quien los cuatro mandalas son una sola realidad; esparce bellas flores de los dos adornos y embellece a Aquel que ilumina universalmente, de quien los Tres Misterios no son distintos. Amitabha, el Omnisciente de la semilla, emplea la lámpara de loto de la sabiduría omnisciente y la ofrece al Rey Mental del yoga; canta himnos con los ocho sonidos y alaba al Señor de la enseñanza del mandala. Shakyamuni, el Conocedor Universal, hace girar el karma de los dos beneficios y dirige su aspiración al Buda-Dharma de los tres vajras; levanta el incienso ungüento de cinco partes y lo ofrece al Gran Ser de los Seis Elementos.

Así, estas ofrendas son capa sobre capa, inagotables. Tales cuatro Budas son, cada uno, innumerables. El polvo de las tierras sería aún escaso para contarlos; las gotas del océano serían todavía insuficientes. Cada uno encabeza séquitos sin medida y conduce asambleas inconcebibles. Constantemente establecen ofrendas de principio y fenómeno, y perpetuamente realizan la lealtad filial interna y externa. Los Budas de las diez direcciones los rodean y reverencian. Los Samadhis y los Cuatro Paramitas se acercan y sirven. Los dos grupos de ocho reyes de rueda hacen resonar cantos y alabanzas en el Reino del Dharma. Las doce consortes celestiales llenan el espacio vacío con ofrendas. Los diez mil Budas de la realización interna levantan los sellos del Dharma y protegen. Los veinte devas del patio exterior blandenen vajras y custodian como generales.

Todas estas deidades, habiendo recibido la autorización de Mahavairocana, regresan a sus propias tierras para realizar los dos beneficios, o, habiendo recibido el mandato de Aquel que Ilumina Universalmente, van a otras tierras para liberar a los seres. Si además hay una persona que se refugia en Mahavairocana y desea renacer en esta tierra, Mahavairocana Tathagata, Dharmakaya y Rey Mental, convoca y reúne a todos los Budas de cuerpos divididos de otras direcciones, guía y conduce los cuatro Dharmakayas de esencia común de su propio reino, se levanta del lecho del gozo dhármico y del deleite meditativo, y acude a la puerta que responde a la capacidad del ser y cumple sus votos.

Entonces Akshobhya aguijonea al rey de los elefantes y, acompañado por innumerables grandes seres como Sattva, Raja, Amor y Alegría, viene desde el reino oriental. Ratnasaṃbhava conduce velozmente el caballo precioso y, junto con servidores más numerosos que los granos del Ganges, como Luz Preciosa, Estandarte y Sonrisa, se reúne desde la tierra meridional. Amitabha vuela sobre el pavo real y, junto con seres transformados tan numerosos como partículas de polvo, como Beneficio del Dharma, Causa y Palabra, se presenta desde la tierra occidental. Shakyamuni agita el garuḍa dorado y, encabezando séquitos como las arenas del Ganges, tales como Protección del Karma, Colmillo y Puño, se congrega como nubes desde el norte.

En ese momento, Mahavairocana, Honrado por el Mundo, cima búdica del Rey Mental, monta sobre el rey león de la Gran Iluminación, junto con los séquitos formados por su propia naturaleza: los cuatro Budas, los Cuatro Paramitas, los dieciséis seres rectos, las doce consortes celestiales, los dos grupos de ocho reyes de rueda, los cinco grandes reyes de la sabiduría, los veinte devas y, más aún, incontables, indecibles, indecibles multitudes santas de deidades, tan numerosas como motas de polvo, tan numerosas como motas de polvo. Sin venir, vienen a recibir al practicante; sin irse, se van y retornan a la Tierra Original.

Los ritos y formas de ese momento son imposibles de nombrar plenamente. Unos manifiestan inconmensurables poderes espirituales. Otros predican profundos dharmas inconcebibles. Unos iluminan con la luz de la sabiduría búdica la cámara oscura de la confusión. Otros, con artes sagradas del Dharma, alaban y purifican la mente turbia de falsedad. En ese instante, las nubes de ilusión se despejan súbitamente; la Luna de la Iluminación aparece de inmediato. El ojo de la sabiduría se abre por primera vez; el ámbito búdico se revela nuevamente. Por ello, la ermita de hierba se transforma en recinto de oro; la tierra impura es, precisamente, tierra pura. Los árboles, hierbas y matorrales espesos son todos el Dharmakaya de las tres igualdades. Las múltiples criaturas que se mueven son todas Budas de la Naturaleza de los Seis Grandes Elementos. Los sonidos y ecos de lo sensible y lo insensible no son otra cosa que mandala. Los pensamientos de lo iluminado y lo no iluminado no dejan de ser concentración y sabiduría. El Honrado principal se une secretamente con el practicante; el practicante entra e interpenetra al Honrado principal. A veces ambos se distribuyen en las cinco familias y muestran principal y séquito. A veces ambos retornan al único cuerpo y funden sujeto y objeto. En un solo pensamiento se realizan las diez mil virtudes. En un breve instante se alcanzan en plenitud los dos beneficios.

Si, además, los votos y la práctica son superficiales y débiles, y las causas y condiciones aún no han madurado, se le establece provisionalmente en una Tierra Pura de respuesta y transformación, para luego recibirlo en la Maravillosa Tierra de la Naturaleza del Dharma. En ese mismo momento, trasciende las causas ilusorias de los nueve reinos y abre, en este mismo cuerpo, el fruto búdico de los Tres Misterios.