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Los Elogios al Rey Yama y a Otros
Mientras la gran asamblea permanecía reunida en el Palacio Celestial del Cielo Trayastrimsa, escuchando las enseñanzas sobre el beneficio que los vivos pueden ofrecer a los muertos, ocurrió un acontecimiento extraordinario. Desde las profundidades de las Montañas Cakravada, desde las regiones invisibles donde se administran las consecuencias del karma, comenzaron a llegar innumerables seres poderosos. No descendían desde los cielos luminosos, sino que ascendían desde los reinos donde se vigilan las acciones de los hombres.
A la cabeza de aquella inmensa procesión avanzaba el gran Yama, Señor de los Juicios y Gobernante del Inframundo. Tras él venían incontables reyes fantasmas, cada uno encargado de una función distinta dentro del orden kármico del universo. Algunos supervisaban enfermedades. Otros vigilaban accidentes. Otros observaban la riqueza, las cosechas, los nacimientos o las desgracias. Algunos tenían ojos innumerables para contemplar las acciones de los seres. Otros poseían formas temibles destinadas a inspirar temor en quienes se apartaban del camino recto. Aunque sus apariencias eran aterradoras, sus funciones no eran malignas. Eran administradores de la ley del karma, guardianes de un orden moral que ningún ser podía eludir.
Cuando llegaron ante el Buda, todos se inclinaron respetuosamente. Entonces el Rey Yama avanzó. Apoyó una rodilla en el suelo celestial y juntó sus palmas. Su actitud era humilde. Su voz carecía de arrogancia. Aunque gobernaba vastos dominios del más allá, delante del Buda se comportaba como un discípulo respetuoso.
—Venerable del Mundo —dijo—, gracias al Poder del Buda y del Bodhisattva Ksitigarbha, nosotros, los reyes fantasma, hemos podido llegar hasta esta asamblea y escuchar el Dharma. Ya hemos recibido grandes beneficios. Sin embargo, existe una duda que desde hace mucho tiempo habita en mi corazón.
El Buda sonrió levemente.
—Pregunta libremente, Rey Yama. Te responderé.
Yama inclinó nuevamente la cabeza.
Antes de formular su pregunta, contempló largamente al Bodhisattva Ksitigarbha. Lo observó con una mezcla de admiración y desconcierto. Porque durante incontables edades había sido testigo directo de la labor del gran Bodhisattva. Había visto a Ksitigarbha descender a los Infiernos. Lo había visto rescatar a los condenados. Lo había visto consolar a los desesperados. Lo había visto liberar a incontables seres de los caminos dolorosos. Y sin embargo, había algo que no lograba comprender.
Finalmente habló.
—Venerable del Mundo, observo constantemente cómo el Bodhisattva Ksitigarbha rescata a los seres de los Seis Reinos del Samsara. Veo cómo emplea medios hábiles y poderes inconcebibles para liberarlos de sus sufrimientos. Veo cómo los saca de los infiernos, cómo los guía hacia renacimientos mejores y cómo les muestra el camino de la liberación.
Yama hizo una pausa. La asamblea entera escuchaba atentamente.
—Pero también observo algo más. Muchos de esos mismos seres, después de ser rescatados, vuelven a cometer malas acciones. Vuelven a seguir sus viejos hábitos. Vuelven a caer en los caminos del sufrimiento. Vuelven a regresar a los infiernos.
Su voz se volvió más grave.
—Si el poder de Ksitigarbha es tan inmenso, ¿por qué no permanecen salvados? ¿Por qué no siguen definitivamente el camino virtuoso? ¿Por qué continúan regresando una y otra vez al sufrimiento?
Aquella pregunta hizo que toda la asamblea guardara silencio. Era una pregunta que no concernía solamente a los habitantes de los Infiernos. Era una pregunta sobre la naturaleza misma de los seres sintientes. ¿Por qué los seres vuelven a caer en aquello que saben que les hace sufrir? ¿Por qué repiten errores que ya conocen? ¿Por qué regresan a caminos que ya los hirieron?
Entonces el Buda dirigió una mirada compasiva hacia Yama.
Y comenzó a responder mediante una enseñanza que se convertiría en una de las parábolas más profundas de todo el Sutra.
—Rey Yama, los seres de Jambudvipa poseen una naturaleza extremadamente difícil de domar.
Su voz era tranquila. No había condena en ella. Sólo comprensión.
—Sus corazones son inconstantes. Sus hábitos están profundamente arraigados. Aunque vean el sufrimiento, vuelven a acercarse a él. Aunque encuentren la felicidad, regresan a las causas de la desgracia. Aunque sean liberados, muchas veces regresan voluntariamente a sus antiguas cadenas.
Yama escuchaba atentamente. Aquellas palabras describían exactamente lo que había observado durante incontables siglos.
Entonces el Buda continuó:
—Por esta razón, Ksitigarbha ha dedicado innumerables kalpas a rescatarlos una y otra vez. No sólo los libera de los infiernos. También les muestra las causas de su sufrimiento. Les permite recordar vidas pasadas. Les enseña las consecuencias de sus acciones. Les muestra los caminos que conducen a la felicidad y los caminos que conducen al dolor.
El Buda hizo una pausa.
—Sin embargo, sus viejos hábitos son difíciles de abandonar.
Entonces decidió ilustrar esta verdad mediante una parábola. Toda la asamblea escuchó con atención.
—Imaginad a un grupo de viajeros que se ha perdido.
Los presentes comenzaron a visualizar la escena.
—Mientras vagan sin dirección, entran accidentalmente en una región extremadamente peligrosa. Allí habitan tigres hambrientos, leones feroces, lobos salvajes, serpientes venenosas, escorpiones mortales y toda clase de criaturas capaces de matar en cualquier momento.
Los devas escuchaban inmóviles.
—Los viajeros no comprenden el peligro que los rodea. Avanzan sin saber que cada paso puede ser el último.
Entonces el Buda continuó:
—Pero cerca de allí vive una persona sabia.
La escena comenzó a cambiar. Apareció un hombre de aspecto sereno. Un guía. Un protector. Un amigo de virtud.
—Esta persona conoce perfectamente aquellos caminos. Sabe dónde están los precipicios. Sabe dónde se esconden las bestias. Conoce cada uno de los peligros.
Entonces encuentra a los viajeros. Y les pregunta:
—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿No sabéis que este lugar conduce a la muerte?
Los viajeros, al escuchar sus palabras, comienzan a comprender el peligro. Observan las huellas de los tigres. Escuchan los rugidos lejanos. Ven las serpientes ocultas entre las piedras. Y el miedo despierta finalmente su prudencia. Entonces suplican ayuda.
—Por favor, sálvanos.
La persona sabia acepta. Y comienza a guiarlos. Paso a paso. Con paciencia. Con vigilancia. Los conduce fuera de la región peligrosa. Los lleva a caminos seguros. Los conduce hasta tierras fértiles donde pueden descansar. Y finalmente les dice:
—Recordad bien lo que habéis visto. No regreséis jamás a aquellos senderos. Si volvéis a entrar en ellos, será difícil escapar nuevamente.
La asamblea comprendió inmediatamente. El guía era Ksitigarbha. Los caminos peligrosos eran los caminos del karma negativo. Los viajeros eran los seres sintientes. Entonces el Buda continuó:
—Cuando aquellos viajeros encuentran a otras personas acercándose a los mismos senderos peligrosos, les advierten inmediatamente. "¡No vayáis por allí!" "¡Nosotros estuvimos allí!" "¡Casi perdimos la vida!" "¡Regresad mientras aún es posible!"
Muchos Bodhisattvas sonrieron. Porque así actúan quienes verdaderamente han aprendido del sufrimiento. No sólo evitan el peligro para sí mismos. También intentan proteger a otros. Entonces el Buda reveló el significado profundo de la parábola.
—De la misma manera actúa Ksitigarbha. Rescata a los seres de los infiernos. Les permite renacer entre los humanos o los devas. Les muestra la diferencia entre el sufrimiento y la felicidad. Les enseña el Dharma.
Su voz se volvió más suave.
—Muchos comprenden la lección y jamás regresan a los caminos oscuros.
Pero luego añadió:
—Otros olvidan.
El silencio volvió a descender sobre la asamblea.
—Algunos vuelven a engañarse. Algunos vuelven a seguir sus antiguos hábitos. Algunos vuelven a elegir los senderos que ya los habían destruido. Y entonces Ksitigarbha debe volver a buscarlos. Volver a descender. Volver a extender la mano. Volver a rescatarlos. Una y otra vez. Kalpa tras kalpa. Vida tras vida. Infierno tras infierno. Y precisamente en eso consiste la inmensidad de su compasión. No abandona a los seres porque fallen. No los rechaza porque recaigan. No los olvida porque vuelvan a equivocarse. Mientras exista un ser atrapado en los caminos peligrosos, Ksitigarbha seguirá entrando en ellos para buscarlo.
Al escuchar estas palabras, muchos de los reyes fantasma inclinaron la cabeza con profundo respeto. Yama también comprendió mejor el misterio que había preguntado. El problema no estaba en la compasión del Bodhisattva. La compasión era perfecta. El problema estaba en la obstinación de los seres. Pero aun así, Ksitigarbha jamás se rendía.
Y cuando el Buda terminó esta explicación, uno de los reyes fantasma presentes se puso de pie. Era conocido como el Rey Fantasma Malvado. Y lo que dijo a continuación sorprendió a toda la asamblea. Se inclinó profundamente. Luego habló:
—Venerable del Mundo, aunque mi nombre es "Malvado", en realidad no disfruto causando daño a los seres.
Muchos devas sonrieron ligeramente. Aquella confesión parecía extraña. Entonces el rey fantasma continuó:
—Durante incontables kalpas he observado a los habitantes de Jambudvipa. He visto cómo sus pensamientos generan sufrimiento. He visto cómo se precipitan hacia el peligro. He visto cómo destruyen con sus propias manos la felicidad que podrían haber alcanzado.
Su voz parecía cargada de tristeza.
—Por ello, mi deber consiste en advertirlos. Intento alejarlos de las malas acciones. Intento impedir que acumulen karma que los conduzca a los infiernos. Sin embargo, muy pocos escuchan.
La asamblea permaneció en silencio. Aquellas palabras revelaban algo importante. Muchos de los llamados "reyes fantasma" no eran enemigos de los seres. Eran guardianes severos. Protectores invisibles. Funcionarios del Dharma que intentaban impedir que los seres se destruyeran a sí mismos. Entonces el Rey Fantasma Malvado continuó:
—Especialmente cuando los seres se acercan al momento de la muerte, procuro ayudarlos.
El Buda lo observó atentamente.
—Cuando alguien está a punto de abandonar este mundo, aparecen muchas fuerzas kármicas. Los pensamientos acumulados durante toda una vida comienzan a manifestarse. Las acciones pasadas regresan como sombras. Los caminos futuros comienzan a abrirse.
Muchos de los espíritus presentes asintieron. Conocían bien aquel momento crítico.
—En esos instantes —continuó el rey fantasma— nosotros intentamos protegerlos. Intentamos evitar que espíritus malignos los perturben. Intentamos impedir que entidades dañinas se aprovechen de su confusión.
La asamblea quedó sorprendida. Porque muchos seres humanos imaginan a los fantasmas únicamente como amenazas. Pero ahora descubrían que existían numerosos espíritus protectores trabajando silenciosamente para el bienestar de los seres. Entonces el rey fantasma reveló algo aún más conmovedor.
—Cuando una persona moribunda escucha el nombre de un Buda, de un Bodhisattva o de un Pratyekabudddha, incluso si ha cometido numerosos errores, nosotros nos alegramos profundamente.
Muchos devas sonrieron. Porque conocían el poder de aquel instante.
—Cuando vemos que familiares sinceros recitan Sutras, ofrecemos protección. Cuando observamos que generan mérito en favor del moribundo, sentimos alegría. Cuando escuchamos el nombre de Ksitigarbha, sabemos que existe esperanza.
Entonces el Rey Fantasma Malvado se volvió hacia Ksitigarbha. Y juntando nuevamente las palmas de sus manos, dijo:
—Por ello, Gran Bodhisattva, continuaremos ayudando a los seres. Continuaremos protegiéndolos durante el momento de la muerte. Continuaremos apoyando a quienes practican el Dharma.
Al escuchar estas palabras, muchos otros reyes fantasma se levantaron simultáneamente. Uno tras otro. Decenas. Cientos. Miles. Cada uno realizó la misma promesa. Algunos dijeron:
—Protegeremos a quienes reciten este Sutra.
Otros dijeron:
—Protegeremos a quienes invoquen el nombre de Ksitigarbha.
Otros prometieron:
—Alejaremos calamidades.
—Reduciremos obstáculos.
—Ayudaremos a quienes practiquen el Dharma.
—Custodiaremos a quienes generen mérito.
La escena era extraordinaria. Aquellos seres que los humanos temían se revelaban ahora como servidores de la compasión. No eran gobernantes del mal. Eran guardianes de la ley kármica. Eran asistentes invisibles del gran voto de Ksitigarbha.
Entonces el Buda sonrió. Y alabó a los reyes fantasma.
—Excelente, excelente.
Su voz llenó los cielos.
—Vosotros y Ksitigarbha poseéis una gran afinidad con los seres de Jambudvipa. Durante incontables kalpas habéis trabajado para protegerlos y guiarlos.
Las flores celestiales comenzaron nuevamente a descender desde los cielos. Los devas alabaron al Buda. Los Bodhisattvas se regocijaron. Y toda la asamblea comprendió una verdad profunda: incluso en los lugares más oscuros del samsara existen guardianes de la compasión. Incluso junto a las puertas de los infiernos trabajan seres dedicados a la liberación. Y mientras los votos de Ksitigarbha continúen resonando a través de los mundos, siempre habrá manos invisibles ayudando a los seres a encontrar nuevamente el camino hacia la luz.
