Bienvenido a la Tierra Pura de la Luz Serena, un recurso sobre el Verdadero Budismo (一乘佛教), y sus posteriores ramificaciones, a la luz de las Enseñanzas Perfectas y Completas (圓教). Aquí presentamos el Budismo como religión, filosofía y estilo de vida, con énfasis en la Budología (Teología Budista), aspirando a presentar el Budismo balanceadamente entre la academia (estudios budistas) y la devoción, desde el punto de vista de una escuela tradicional de Budismo Japonés (Tendai-Escuela del Loto Reformada) y las enseñanzas universales del Sutra del Loto (法華経).


miércoles, 24 de junio de 2026

El Sutra de los Votos Pasados del Bodhisattva Kshitigarbha: Noveno Capítulo - El Tesoro de los Nombres Sagrados (Resumido y Recontado)

 


9

El Tesoro de los Nombres Sagrados

La gran asamblea seguía reunida en el Palacio Celestial del Cielo Trayastrimsa. Los Bodhisattvas permanecían sentados sobre tronos de loto. Los devas escuchaban con atención inquebrantable. Los reyes fantasmas, los espíritus guardianes y las incontables multitudes procedentes de los diez mundos seguían recibiendo el Dharma que emanaba del Honrado por el Mundo. Fue entonces cuando el Bodhisattva Ksitigarbha volvió a levantarse. Sus ojos contemplaban no solamente a los seres presentes, sino también a las generaciones futuras. Veía los siglos por venir. Veía los tiempos en que el Dharma se debilitaría. Veía a hombres y mujeres confundidos, incapaces de practicar austeridades profundas o meditaciones elevadas. Veía a seres cargados de sufrimiento, ignorancia y karma negativo, buscando desesperadamente una puerta de esperanza.

Inclinándose ante el Buda, dijo:

—Venerable del Mundo, por el bien de los seres sintientes del futuro deseo exponer algunos métodos sencillos mediante los cuales podrán obtener grandes beneficios. Son métodos que incluso las personas más humildes podrán practicar.

El Buda lo observó con aprobación. Entonces respondió:

—Excelente, Ksitigarbha. Tu compasión es verdaderamente inmensa. Deseas rescatar a los seres de los seis reinos del samsara incluso después de mi entrada en el Parinirvana. Habla ahora sin demora para beneficio de las generaciones futuras.

Al escuchar estas palabras, Ksitigarbha juntó las palmas de sus manos. Y comenzó a revelar un secreto extraordinario. No habló de rituales complejos. No habló de conocimientos difíciles. No habló de austeridades reservadas para sabios. Habló del poder de los nombres de los Budas. Porque los nombres de los Budas no son simples palabras. Son manifestaciones vivientes de sus votos. Son puertas hacia su compasión. Son Semillas de Iluminación depositadas en la mente de los seres. 

Entonces Ksitigarbha comenzó a relatar historias de Budas de épocas inconcebiblemente antiguas.

—Hace incontables kalpas —dijo— apareció en el mundo un Buda llamado Anantakaya, el Tathagata del Cuerpo Ilimitado.

La asamblea escuchaba atentamente.

—Si un hombre o una mujer escucha sinceramente el nombre de este Buda y despierta aunque sea un instante de fe, podrá liberarse de karmas que de otro modo lo habrían mantenido girando en los ciclos del nacimiento y la muerte durante cuarenta kalpas.

Muchos devas quedaron maravillados. Pero Ksitigarbha continuó:

—Y si además realiza ofrendas, pinta imágenes de este Buda, construye estatuas o canta sus alabanzas, las bendiciones se vuelven aún más vastas e inconmensurables.

Entonces habló de otro Buda antiguo.

—En épocas remotas apareció el Buda Ratnasuabhava, el Tathagata Joya de la Naturaleza. Quien escuche su nombre y busque sinceramente refugio en él jamás se apartará del sendero que conduce a la Iluminación Perfecta.

La asamblea escuchaba con creciente asombro. Porque cada nombre parecía contener un universo entero de méritos. Luego Ksitigarbha habló del Buda Supremo Padma, el Tathagata Supremo Loto.

—Quienes escuchen su nombre renacerán repetidamente en los cielos del Reino del Deseo. Y quienes reciten devotamente su nombre recibirán bendiciones aún mayores.

Entonces narró la gloria del Buda Simhananda, el Tathagata Rugido del León.

—Si alguien escucha su nombre y genera fe, innumerables Budas tocarán su cabeza y profetizarán su futura iluminación.

Al escuchar aquello, muchos Bodhisattvas sonrieron. Porque recibir una profecía de Budeidad es uno de los mayores honores que un practicante puede alcanzar. Y así, uno tras otro, Ksitigarbha fue pronunciando los nombres de Budas de edades olvidadas. Cada nombre era una lámpara. Cada nombre era una semilla. Cada nombre era un puente entre el sufrimiento y la Iluminación. Y toda la asamblea comprendió que los nombres sagrados no eran meras designaciones. Eran manifestaciones vivientes de la compasión de los Budas.

Mientras la gran asamblea permanecía inmóvil escuchando las palabras del Bodhisattva Ksitigarbha, el Cielo Trayastrimsa parecía haberse transformado en un inmenso océano de serenidad. Los devas escuchaban con los ojos llenos de asombro. Los Bodhisattvas contemplaban profundamente el significado de aquellas enseñanzas. Incluso los reyes fantasma permanecían inmóviles, pues comprendían que se estaba revelando uno de los métodos más accesibles y poderosos para la liberación de los seres.

Entonces Ksitigarbha continuó pronunciando los nombres de Budas de épocas inconcebiblemente remotas.

—Hace incontables kalpas apareció en el mundo el Buda Krakucchanda. Quienes escuchen su nombre, le rindan homenaje y lo alaben con sinceridad, renacerán en futuras edades junto a los mil Budas del Bhadrakalpa y recibirán la predicción de su futura Budeidad.

Muchos devas quedaron maravillados. Porque incluso para los habitantes de los cielos, recibir una profecía de iluminación es algo extraordinariamente raro.

Luego Ksitigarbha habló del Buda Vipasyin.

—Quienes escuchen su nombre jamás caerán en los reinos del sufrimiento. Renacerán repetidamente entre los hombres y los devas, disfrutando de bendiciones sutiles y elevadas.

La asamblea parecía escuchar una corriente interminable de compasión. Un nombre tras otro. Un Buda tras otro. Una puerta de salvación tras otra. Entonces Ksitigarbha habló del Buda Ratnasambhava.

—Quien escuche su nombre evitará los caminos dolorosos y renacerá frecuentemente en los cielos para recibir grandes bendiciones.

Luego mencionó al Buda Ratnalaksana.

—Quien escuche su nombre y despierte fe sincera avanzará rápidamente hacia la Iluminación.

Después habló del Buda Kasayadhvaja.

—Quien escuche este nombre podrá liberarse de karmas que lo habrían mantenido girando en el ciclo del nacimiento y la muerte durante cien kalpas.

Al escuchar esto, muchos seres sintieron una profunda esperanza. Porque comprendían la inmensidad de los karmas acumulados por los seres ordinarios. Y sin embargo, el poder de los Budas era todavía mayor. Entonces Ksitigarbha habló de uno de los nombres más majestuosos.

—En una época remota apareció el Buda Mahabhijna-Sumeru.

Su voz parecía contener la solemnidad de una montaña sagrada.

—Quien escuche este nombre se encontrará con tantos Budas como granos de arena hay en el río Ganges. Todos ellos le enseñarán el Dharma y lo conducirán hacia la Iluminación.

La asamblea quedó profundamente conmovida. Porque aquello significaba que ningún acto de fe era insignificante. Ni siquiera el simple hecho de escuchar un nombre sagrado. Entonces Ksitigarbha comenzó a enumerar muchos otros Budas. El Buda Sudhacandra. El Buda  Sumeru. El Buda Jnanajina. El Buda Vimalanamanraja. El Buda Jnanasaddhi.  El Buda Anuttara. El Buda Sughosa. El Buda Purnacandra. Y el Buda Cara de Luna. La lista parecía no tener fin. Porque los Budas son innumerables. Y su compasión llena las diez direcciones.

Entonces Ksitigarbha dijo:

—Para los seres del presente y del futuro, ya sean hombres o mujeres, devas o humanos, el simple acto de recitar devotamente el nombre de un solo Buda genera méritos inconmensurables.

Los presentes guardaron silencio. Aquella enseñanza era extraordinariamente sencilla. Y precisamente por ello era tan valiosa. Porque incluso los seres más humildes podían practicarla. Incluso quienes carecían de educación. Incluso quienes estaban enfermos. Incluso quienes se encontraban cerca de la muerte. Todos podían pronunciar un nombre sagrado. Todos podían invocar un Buda. Todos podían plantar una Semilla de Iluminación.

Entonces continuó hablando. Y su voz se volvió todavía más tierna. Porque ahora iba a referirse a los seres que se encuentran en el momento más frágil de toda existencia: el instante en que una vida llega a su fin.

—Escuchad bien —dijo—. Cuando una persona se aproxima a la muerte, las fuerzas del karma acumulado durante toda su vida comienzan a manifestarse.

La asamblea escuchaba atentamente.

—Las acciones virtuosas aparecen como luz. Las acciones negativas aparecen como sombras. Los pensamientos habituales se vuelven poderosos. Los recuerdos afloran. Los temores despiertan. Los apegos intentan aferrarse a lo que está desapareciendo.

Muchos devas inclinaron la cabeza. Porque conocían la dificultad de aquel tránsito. Incluso los seres virtuosos podían experimentar confusión. Incluso quienes habían vivido rectamente podían sentir temor. Y por ello Ksitigarbha reveló una enseñanza llena de misericordia.

—Si en ese momento un familiar, un amigo o una persona compasiva recita el nombre de un Buda junto al moribundo, grandes beneficios pueden producirse.

La asamblea se conmovió.

—Si el oído aún funciona, el nombre entra en la conciencia. Si la mente todavía puede percibir, el nombre siembra una semilla luminosa. Incluso cuando la persona ya no puede hablar, incluso cuando parece inconsciente, incluso cuando sus ojos están cerrados, la conciencia puede seguir escuchando.

Entonces Ksitigarbha continuó:

—Por esta razón, cuando alguien se encuentra cerca de la muerte, es beneficioso que escuche los nombres de los Budas, de los Bodhisattvas y de los seres santos.

Muchos recordaron inmediatamente las enseñanzas del capítulo anterior sobre los cuarenta y nueve días posteriores a la muerte. Pero ahora se revelaba algo aún más profundo. La ayuda puede comenzar antes de que la muerte ocurra. Puede comenzar en la misma cabecera del lecho. Puede comenzar con una sola invocación sincera. Entonces Ksitigarbha explicó:

—Incluso una persona que haya cometido numerosos errores durante su vida puede recibir una disminución de sus cargas kármicas gracias al poder de los nombres de los Budas.

Los presentes escuchaban con asombro. Porque aquello revelaba una inmensa esperanza. Ningún ser estaba completamente abandonado. Ningún ser estaba completamente perdido. Mientras la conciencia pudiera entrar en contacto con el Dharma, la posibilidad de transformación seguía existiendo. Sin embargo, Ksitigarbha hizo una aclaración.

—Existen acciones extremadamente graves cuyos frutos no desaparecen de inmediato.

La asamblea comprendió que se refería a los cinco actos de extrema gravedad descritos en otros Sutras. Pero incluso en esos casos, dijo el Bodhisattva, el poder del nombre de un Buda podía comenzar a erosionar lentamente las consecuencias del karma, como el agua que desgasta una montaña durante siglos.

Entonces añadió:

—Y aún mayores son los beneficios para quienes recitan los nombres de los Budas por sí mismos mientras están sanos y conscientes.

Aquellas palabras hicieron que muchos Bodhisattvas sonrieran. Porque ése era el verdadero propósito de la enseñanza. No esperar hasta la muerte. No esperar hasta la enfermedad. No esperar hasta el sufrimiento. Sino comenzar ahora. En este mismo instante. Mientras aún hay tiempo. Mientras aún existe fuerza para practicar. Mientras aún puede cultivarse la fe. 

Entonces Ksitigarbha levantó la mirada hacia toda la asamblea. Y dijo:

—Un solo nombre de Buda contiene océanos de mérito. Un solo nombre de Buda contiene votos ilimitados. Un solo nombre de Buda contiene la compasión acumulada durante innumerables kalpas.

Las flores celestiales comenzaron nuevamente a caer desde los cielos. Los devas se regocijaron. Los Bodhisattvas sintieron alegría. Y muchos seres comprendieron que los nombres de los Budas no son simples sonidos. Son manifestaciones del Dharma. Son puentes tendidos desde la Iluminación hacia el Samsara. Son llamados de compasión dirigidos a los seres perdidos. 

Incluso en las edades más oscuras, incluso cuando el Dharma parezca distante, incluso cuando los seres se sientan débiles e incapaces de grandes prácticas, siempre permanecerá abierta una puerta sencilla y accesible hacia la liberación: recordar, invocar y confiar en los nombres sagrados de los Budas, cuyas voces continúan llamando a los seres desde las diez direcciones y los tres tiempos hacia la Otra Orilla de la Iluminación.