Entre los Sutras dedicados al Bodhisattva Ksitigarbha en el Canon Budista, hay uno poco conocido llamado el "El Sutra sobre la Predicción dada al Rey Yama" que, aunque de origen tardío y probablemente surgido en el ámbito del Budismo popular del Asia Oriental, revela una intuición profundamente coherente con la vasta economía salvífica del Dharma tal como es comprendida en la Tradición del Loto. Es un Sutra que, bajo su lenguaje simbólico y su imaginería vívida, encierra una enseñanza sobre la compasión universal del Buda y la función redentora de aquellos seres que, aun habitando los ámbitos más oscuros del Samsara, operan como instrumentos de liberación.
En el umbral del Parinirvana del Buda Shakyamuni, el Sutra sitúa su escena fundacional: ese momento liminal en el que el Buda, habiendo consumado su enseñanza en el mundo, irradia una luz que no solo ilumina a los seres visibles, sino que convoca a las jerarquías invisibles del Cosmos—dioses, espíritus, reyes infernales y guardianes del karma. Esta reunión no es accidental, sino profundamente significativa: ella manifiesta la unidad del Dharmadhatu, donde no existe división última entre lo puro y lo impuro, entre los cielos y los infiernos, sino una red interdependiente donde todos los seres participan, consciente o inconscientemente, en la obra del Buda Eterno.
Es precisamente en este contexto donde emerge la figura del Rey Yama (Enma-o), tradicionalmente temido como juez del inframundo y ejecutor del karma. El Sutra, sin embargo, subvierte esta imagen unilateral, revelando una dimensión más profunda: Yama no es simplemente un soberano del castigo, sino un Bodhisattva oculto (de hecho, es una manifestación hábil de Jizo), cuya función dentro del orden kármico responde a votos antiguos y a una compasión que se despliega incluso a través de la severidad. Así, cuando el Buda anuncia su futura budeidad bajo el nombre de Tathagata Rey Samantabhadra, el texto nos invita a reconsiderar radicalmente la naturaleza del sufrimiento y del juicio: lo que parece condena es, en última instancia, pedagogía; lo que parece castigo es, en su raíz, un medio hábil para conducir a los seres al Despertar. El Rey Yama, en este sentido, puede ser comprendido como una manifestación funcional de la actividad del Buda Eterno, un agente que, en el tejido de la causalidad kármica, refleja la justicia compasiva que ordena el Cosmos.
El Sutra introduce también la noción de la “práctica anticipada”, mediante la cual los practicantes, aún en vida, realizan actos meritorios destinados a influir en su destino post-mortem y en el de otros seres. Esta práctica, lejos de ser meramente ritualista, encierra una comprensión profunda del tiempo kármico: el pasado, el presente y el futuro no son compartimentos cerrados, sino dimensiones interpenetrantes donde la intención, la acción y la aspiración pueden transformar radicalmente el curso de la existencia. Así, la enseñanza de los “siete renacimientos en la Tierra Pura” no debe ser leída de manera literalista, sino como una expresión simbólica del proceso gradual de purificación y aproximación al estado búdico. De este modo, al introducirnos en este sutra, no entramos simplemente en un relato doctrinal, sino en un campo contemplativo donde la muerte, el juicio y la salvación se entrelazan en una visión más amplia del Dharma. Aquí, el lector es conducido, paso a paso, a reconocer que incluso los aspectos más temidos de la existencia—la muerte, el karma, el inframundo—son, en última instancia, manifestaciones del mismo principio iluminador que, en el corazón del Sutra del Loto, proclama que todos los seres son, desde el origen, hijos del Buda y herederos de su Iluminación.
Así, al abrir este texto, conviene hacerlo no con temor, sino con una mirada penetrante y serena, sabiendo que en sus líneas se despliega una enseñanza que, aunque revestida de símbolos severos, apunta incesantemente hacia la liberación universal, donde incluso el juez del inframundo se revela, finalmente, como un futuro Buda que guía a los seres, desde las sombras, hacia la luz sin ocaso.
El Sutra sobre la Predicción dada al Rey Yama
Así he oído. Una vez, el Buda se hallaba en la ciudad de Kushinagara, a orillas del río Ajitavati, entre los árboles gemelos de sala, cuando estaba a punto de entrar en el Parinirvana. En ese momento, el cuerpo del Buda emitió una gran luz que iluminó a los seres. Los Bodhisattvas Mahasattvas, los reyes de los dragones y deidades, el rey celestial Indra, los Cuatro Grandes Reyes Celestiales, el gran rey Brahma, los reyes asuras, los grandes reyes del mundo, el príncipe celestial Yama, el señor del gran monte, los oficiales del destino y del registro, los grandes dioses de los cinco caminos, y los funcionarios del inframundo, todos acudieron y, juntando las palmas de las manos, rindieron homenaje al Honrado por el Mundo.
En ese momento, la luz del Buda fue emitida, iluminando a dragones, espíritus, humanos y dioses; tanto los monjes como las deidades celestiales y los funcionarios del inframundo fueron iluminados, y todos se reunieron para rendir homenaje al Buda. Entonces el Buda declaró: “El príncipe celestial Yama, en el mundo futuro, llegará a ser un Buda. Su nombre será Tathagata Rey Samantabhadra, y el nombre de su tierra será Guirnalda de Flores. Su tierra será resplandeciente y pura, y en ella habrá una gran multitud de Bodhisattvas dedicados a la práctica.”
En ese momento, Ananda se dirigió al Buda y dijo: “Oh Honrado por el Mundo, ¿por qué el príncipe celestial Yama gobierna el reino de los muertos? ¿Y por qué recibe ahora esta predicción de que alcanzará la Budeidad?”
El Buda respondió: “Existen dos causas y condiciones por las cuales se ha convertido en el rey del mundo de los muertos. La primera es que, cuando era un Bodhisattva en el estado de la liberación inconcebible y la tierra inamovible, deseó guiar a aquellos que sufrían en los Infiernos; por ello adoptó la forma de rey Yama. La segunda es que, en diversas vidas pasadas, quebrantó los Preceptos, y por ello cayó en el cielo de Yama, convirtiéndose en un gran rey demonio que gobierna a los espíritus. En el continente de Jambudvipa encarcela a todos los pecadores que han cometido las Diez Malas Acciones y los Cinco Actos Graves, haciéndoles sufrir día y noche, y dentro del ciclo del Samsara les hace experimentar los frutos de sus acciones kármicas; a quienes nacen, inevitablemente los conduce a la muerte. De este modo gobierna todas estas cosas. Sin embargo, ahora las causas y condiciones de este príncipe celestial Yama han madurado. Por ello yo hago esta predicción: en una vida futura llegará a ser llamado Tesoro Perfecto y alcanzará la Gran Iluminación. No debes dudarlo.”
Cuando el Buda terminó de predicar este Sutra, toda la asamblea se llenó de gran alegría, creyó, aceptó y lo puso en práctica.
