En este día de flores que despiertan la tierra y perfuman el aire, yo, Fugyō, me inclino ante cada uno de ustedes con un corazón lleno de gratitud y serenidad. Hoy recuerdo, junto a ustedes, el nacimiento del Buda en este mundo, y al contemplarlo, no puedo evitar sonreír suavemente, pues sé que ese nacimiento no ocurrió solo una vez, sino que sigue ocurriendo en cada instante en que uno de ustedes decide actuar con bondad, pensar con claridad y abrir su corazón a los demás.
Mientras veo el dulce néctar caer sobre la imagen del Niño Buda, también veo cómo esas mismas gotas tocan lo más profundo de sus corazones. Yo sé —aunque a veces ustedes lo duden— que dentro de cada uno hay una luz intacta, una Naturaleza Búdica que nunca ha sido dañada por los errores ni por el sufrimiento. Por eso, en este día, les invito a confiar, aunque sea un poco más, en esa bondad fundamental que vive en ustedes.
Yo también he visto cómo la mente se inquieta, cómo el mundo parece pesado y lleno de dificultades, pero les aseguro que el camino no es tan duro como parece cuando se camina con el Dharma. Den un paso, solo uno, con sinceridad, y verán cómo el siguiente se revela por sí mismo. No necesitan ser perfectos, solo necesitan continuar.
Hoy, más que pedir, les invito a agradecer. Agradecer por estar vivos, por tener la oportunidad de escuchar el Dharma, por poder comenzar de nuevo una y otra vez. Cuando el corazón agradece, algo en su interior se suaviza, y entonces el camino se vuelve más claro.
Yo camino con ustedes, en silencio, en cada pequeño esfuerzo, en cada intento de hacer el bien. Y en este Hanamatsuri, deseo que sus vidas florezcan como los árboles en primavera, y que puedan ver, aunque sea por un instante, que el Buda nunca ha estado lejos de ustedes.
