Bienvenido a la Tierra Pura de la Luz Serena, un recurso sobre el Verdadero Budismo (一乘佛教), y sus posteriores ramificaciones, a la luz de las Enseñanzas Perfectas y Completas (圓教). Aquí presentamos el Budismo como religión, filosofía y estilo de vida, con énfasis en la Budología (Teología Budista), aspirando a presentar el Budismo balanceadamente entre la academia (estudios budistas) y la devoción, desde el punto de vista de una escuela tradicional de Budismo Japonés (Tendai-Escuela del Loto Reformada) y las enseñanzas universales del Sutra del Loto (法華経).


martes, 28 de julio de 2026

El Sutra de los Votos Pasados del Bodhisattva Kshitigarbha: Undécimo Capítulo - La Deidad de la Tierra (Resumido y Recontado)

 


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La Deidad de la Tierra

La gran asamblea continuaba reunida en el Palacio del Cielo Trayastrimsha, suspendida sobre el mundo humano como una constelación de sabiduría y compasión. Allí estaban los grandes Bodhisattvas, los devas de los cielos, los reyes fantasma, los guardianes de las direcciones y multitudes de seres procedentes de regiones visibles e invisibles. Las enseñanzas del Buda habían revelado ya el sufrimiento de los infiernos, el poder de la virtud, la ayuda que los vivos podían brindar a los muertos y la fuerza salvadora contenida en los nombres de los Budas. Sin embargo, todavía faltaba mostrar que el Dharma no protege únicamente la conciencia en el momento de la muerte ni acompaña solamente a quienes transitan por los mundos del más allá. El Dharma también desciende sobre la tierra habitada, entra en los hogares, fecunda los campos, custodia a las familias y convierte el lugar ordinario donde se vive en un espacio abierto a la santidad.

En aquel momento, la Deidad Suprema de la Tierra, Prithivi, se levantó entre la asamblea. Su presencia era vasta y serena. Parecía llevar en su cuerpo la estabilidad de las montañas, la paciencia de los valles, la generosidad de los campos cultivados y el silencio profundo de las piedras antiguas. De ella dependían las raíces ocultas bajo el suelo, los ríos que corrían entre las rocas, las semillas que se abrían en la oscuridad y todos los seres que recibían sustento de la tierra. No era una deidad distante ni encerrada en un palacio celestial: su ámbito era el suelo mismo sobre el cual caminaban los hombres, levantaban sus casas, enterraban a sus muertos, cultivaban el arroz y construían los templos.

Prithivi avanzó respetuosamente, juntó las palmas y se inclinó ante el Buda.

—Honrado por el Mundo —dijo—, durante incontables edades he contemplado y venerado a innumerables Bodhisattvas-Mahasattvas. He visto a grandes seres cuya sabiduría no puede ser medida, cuya compasión alcanza mundos enteros y cuyas emanaciones penetran los seis caminos de la existencia para rescatar a quienes sufren. He contemplado las obras de Manjushri, cuya espada de sabiduría corta las raíces de la ignorancia; he visto a Samantabhadra extender la práctica universal por todos los mundos; he presenciado cómo Avalokiteshvara escucha los lamentos de los seres y adopta innumerables formas para acudir en su ayuda; y conozco los votos del futuro Buda Maitreya, que descenderá para renovar el Dharma en una era venidera.

La Deidad de la Tierra hizo una pausa y dirigió una mirada reverente hacia Ksitigarbha.

—Sin embargo, entre todos ellos, el voto del Bodhisattva Ksitigarbha me parece particularmente vasto e insondable. Los demás grandes Bodhisattvas realizan obras inconcebibles y sus manifestaciones llenan innumerables mundos, pero sus votos poseen condiciones de cumplimiento. Ksitigarbha, en cambio, ha prometido liberar a todos los seres de los seis reinos. El tiempo necesario para consumar su juramento no puede contarse. Sería tan imposible medirlo como enumerar todos los granos de arena contenidos en billones de ríos Ganges.

Toda la asamblea escuchaba en silencio. Ksitigarbha permanecía humilde, sin levantar la cabeza, como si las alabanzas no fueran dirigidas a él. Prithivi continuó:

—Este gran Bodhisattva posee una afinidad especialmente profunda con los seres de Jambudvipa. Sus votos penetran las ciudades, los campos, las aldeas y los hogares. Su compasión no se limita a las regiones infernales. Allí donde una familia recuerda su nombre, guarda su imagen o recita este Sutra con reverencia, su poder comienza a actuar.

Entonces la Deidad de la Tierra describió una escena sencilla, semejante a muchas que podrían ocurrir en cualquier aldea del mundo humano. Habló de una familia que, en un rincón limpio situado al sur de su casa, levantaba un pequeño santuario. No era necesario que fuese un edificio espléndido. Podía construirse con arcilla moldeada por manos humildes, con piedra o mármol si la familia poseía recursos, o con bambú y madera recogidos en los bosques cercanos. Lo esencial no era la riqueza del material, sino la limpieza del lugar, la sinceridad del corazón y la intención de convertir una parte del hogar en morada del Dharma.

Dentro de aquel santuario, la familia colocaba una pintura o una estatua de Ksitigarbha. Algunas imágenes podían ser de oro o plata; otras, de bronce o hierro; otras apenas serían figuras de barro cuidadosamente formadas. Sin embargo, ante el ojo de la compasión, una sencilla imagen hecha por una familia pobre no era inferior a una estatua cubierta de joyas. La verdadera ofrenda residía en el respeto con que era contemplada.

Al amanecer, antes de que comenzaran los trabajos del día, los habitantes de la casa encendían incienso. A veces ofrecían flores recién recogidas. Otras veces depositaban frutas, arroz, agua limpia o una lámpara. Juntaban las palmas, se inclinaban y recitaban alabanzas al Bodhisattva. Los niños aprendían a hacerlo observando a sus padres; los ancianos encontraban allí un lugar de serenidad; los enfermos dirigían hacia la imagen una mirada esperanzada. Poco a poco, aquel rincón se convertía en el corazón espiritual de la vivienda.

Prithivi explicó entonces:

—Honrado por el Mundo, las familias que establezcan de este modo un santuario limpio y veneren sinceramente a Ksitigarbha recibirán diez grandes beneficios.

Su voz resonó como un murmullo procedente del interior de la tierra.

—Primero, el suelo que rodea sus residencias se volverá fértil.

La asamblea pudo imaginar los campos reverdeciendo, las semillas germinando, los árboles dando fruto y la tierra respondiendo generosamente al trabajo humano. No significaba que la devoción sustituyera el cultivo, sino que la armonía entre virtud, gratitud y esfuerzo crearía condiciones favorables. Una familia que veneraba al Bodhisattva aprendía también a cuidar el suelo, a evitar el desperdicio y a tratar con respeto aquello que sostenía la vida.

—Segundo —continuó Prithivi—, sus hogares permanecerán en paz.

Las disputas disminuirían. Los espíritus perturbadores no encontrarían entrada fácil. Las enfermedades y las influencias malignas perderían fuerza. La paz del santuario se extendería desde aquel rincón hacia las habitaciones, los patios y los corazones de quienes vivían allí.

—Tercero, sus antepasados podrán renacer en los cielos.

Las ofrendas, recitaciones y actos de respeto realizados por los descendientes generarían méritos que podrían dedicarse a padres, madres y familiares fallecidos. Aquellos que vagaran en estados dolorosos recibirían ayuda, y quienes ya hubieran alcanzado destinos favorables aumentarían sus bendiciones. De este modo, el santuario se convertiría en un puente entre las generaciones.

—Cuarto, la vida de los habitantes será prolongada.

No se trataba de una promesa de inmortalidad, sino de la protección frente a muertes prematuras, accidentes evitables y condiciones adversas. Quienes cultivaran virtud, moderación y reverencia crearían causas para una vida más estable y provechosa.

—Quinto, sus deseos rectos encontrarán cumplimiento.

Prithivi no hablaba de deseos nacidos de la codicia o del perjuicio ajeno. Se refería a aspiraciones legítimas: alimento para la familia, salud, seguridad, oportunidad de practicar, reconciliación, aprendizaje y condiciones necesarias para vivir con dignidad. Cuando los deseos eran guiados por la virtud, el mérito acumulado podía ayudar a que sus causas maduraran.

—Sexto, calamidades como incendios e inundaciones no destruirán sus residencias.

La Deidad de la Tierra prometía protección frente a las fuerzas destructivas que podían consumir una casa en una sola noche. Los guardianes invisibles advertirían peligros, fortalecerían condiciones favorables y ayudarían a que la familia evitara los peores desastres.

—Séptimo, los fantasmas y demonios que roban las bendiciones no podrán entrar.

Existen seres perturbadores que se alimentan de la confusión, el miedo y el deterioro del mérito. Pero un hogar donde se mantiene una práctica sincera no es un espacio desprotegido. La imagen de Ksitigarbha, las recitaciones y el perfume del incienso forman una frontera espiritual que tales entidades difícilmente pueden atravesar.

—Octavo, los habitantes no serán atormentados por pesadillas.

Las noches se volverán más tranquilas. Los niños dormirán sin sobresaltos; los enfermos descansarán con mayor serenidad; los adultos no despertarán dominados por visiones de persecución, muerte o espíritus hostiles. Allí donde la mente se orienta constantemente hacia el Dharma, incluso los sueños comienzan a transformarse.

—Noveno, las deidades protegerán a la familia tanto dentro como fuera de la residencia.

Los guardianes no permanecerían solamente junto al altar. Acompañarían a los habitantes cuando salieran al camino, fueran al trabajo, viajaran, cultivaran los campos o cruzaran lugares peligrosos. La protección del Dharma no quedaría encerrada entre cuatro paredes.

—Décimo, quienes vivan en esos hogares encontrarán frecuentemente causas para la santidad.

Este era el beneficio más elevado. No sólo recibirían prosperidad, salud o seguridad. Encontrarían maestros, escucharían Sutras, conocerían compañeros virtuosos, tendrían oportunidades de practicar y despertarían una y otra vez pensamientos de compasión y sabiduría. Cada una de esas circunstancias sería una puerta hacia la liberación.

Después de enumerar los diez beneficios, Prithivi volvió a inclinarse ante el Buda.

—Honorable por el Mundo, si en el futuro existen hombres o mujeres virtuosos que conserven en sus hogares imágenes de Ksitigarbha y copias de este Sutra, si lo recitan, le ofrecen incienso y flores y practican de acuerdo con sus enseñanzas, emplearé mi poder para protegerlos día y noche. No permitiré que inundaciones, incendios, ladrones, asaltantes ni accidentes graves o leves les causen daño. Haré cuanto esté a mi alcance para apartar de ellos los acontecimientos perjudiciales.

Al escuchar estas palabras, el Buda contempló a Prithivi con aprobación.

—Deidad de la Tierra —dijo—, pocas divinidades pueden compararse contigo en poder y mérito. Todo Jambudvipa descansa bajo tu cuidado. Las montañas, los campos, las hierbas, los árboles, la arena, las piedras, el cáñamo, el bambú, los juncos, el arroz, los frutos y las gemas surgen de la tierra mediante la fuerza que sostienes. Los hombres caminan sobre ti, construyen sobre ti y reciben de ti los materiales que permiten la continuidad de la vida.

La Deidad de la Tierra escuchó con humildad.

—Y ahora —prosiguió el Buda— alabas además los beneficios del Bodhisattva Ksitigarbha y prometes proteger a quienes practiquen este Sutra. Por esta razón, tu mérito y tu poder superan cientos de miles de veces los de las deidades terrestres ordinarias.

Prithivi inclinó todavía más la cabeza. El Buda continuó:


—En las generaciones futuras habrá hombres y mujeres que hagan ofrendas a Ksitigarbha, reciten este Sutra o realicen cualquiera de las prácticas enseñadas en él. Debes protegerlos. No permitas que calamidades, desgracias ni influencias dañinas se acerquen a ellos. No esperes a que el peligro entre en sus casas: detenlo antes de que llegue.

Entonces el Buda reveló que Prithivi no estaría sola en esta tarea. Los servidores de los Cuatro Reyes Celestiales, los subordinados de Shakra y las huestes de Brahma también acompañarían y custodiarían a aquellos devotos. Serían protegidos desde la tierra y desde los cielos; por las deidades que cuidaban los campos y por aquellas que gobernaban los mundos superiores; por guardianes visibles en sus obras y por protectores invisibles en sus caminos.

—¿Por qué —preguntó el Buda— tantos seres sagrados habrán de protegerlos? Porque quienes veneran a Ksitigarbha, conservan su imagen y recitan el Sutra de sus Votos Fundamentales están estableciendo causas que los conducirán fuera del Samsara. No buscan solamente bienestar temporal. Aun cuando inicialmente pidan protección para sus hogares, salud para sus familias o alivio para sus dificultades, el contacto con los votos del Bodhisattva siembra en ellos una aspiración más profunda. Gradualmente abandonarán las acciones negativas, cultivarán virtud, despertarán compasión y avanzarán hacia la paz del Nirvana.

La gran asamblea comprendió entonces que los diez beneficios no eran simples recompensas materiales. La fertilidad de la tierra enseñaba generosidad. La paz del hogar permitía la práctica. La protección frente a calamidades preservaba la vida para que pudiera dedicarse al Dharma. La liberación de los ancestros fortalecía la gratitud filial. La ausencia de pesadillas serenaba la mente. Y las frecuentes causas para la santidad orientaban toda aquella protección hacia su verdadera finalidad: la liberación.

Así, el pequeño santuario situado al sur de una residencia se convirtió en la imagen de una verdad mucho mayor. Allí donde una familia abre un espacio para Ksitigarbha, también abre un espacio para la compasión. Allí donde se enciende una lámpara ante el Bodhisattva, se enciende una lámpara dentro de la conciencia. Allí donde se recita el Sutra, la casa deja de ser únicamente un refugio contra la lluvia y el viento y comienza a convertirse en una morada del Dharma.

Y mientras Prithivi regresaba respetuosamente a su lugar en la asamblea, parecía que toda la tierra de Jambudvipa respondía a su promesa. En las montañas, las raíces se aferraban con mayor firmeza a las rocas. En los campos, las semillas aguardaban silenciosamente la lluvia. En los bosques, el bambú se inclinaba bajo el viento. En las aldeas, incontables hogares dormían sin saber todavía que algún día una imagen de Ksitigarbha sería colocada en su interior, que una familia encendería incienso frente a ella y que, desde aquel sencillo acto de devoción, una red invisible de protección comenzaría a extenderse alrededor de sus vidas.