En este Ohigan de Otoño, cuando la naturaleza comienza lentamente a recogerse sobre sí misma, cuando la luz y la oscuridad vuelven a encontrarse en el equilibrio del equinoccio, nosotros también hacemos una pausa dentro del movimiento incesante de nuestras vidas y volvemos la mirada hacia el Dharma. Ohigan significa, literalmente, la "Otra Orilla". Es la Orilla del Despertar, la Orilla del Nirvana, la Tierra Pura hacia la cual se dirige todo discípulo del Buda que ha comprendido que esta existencia humana, preciosa y fugaz, no debe ser desperdiciada. Frente a ella se encuentra esta orilla, la del Samsara: el mundo de la ignorancia, del apego, de la insatisfacción y de la muerte, pero también el lugar concreto en el cual hemos recibido la extraordinaria posibilidad de escuchar la Enseñanza, practicar el Camino y transformar nuestra vida. El Ohigan nos recuerda, por ello, que no hemos nacido simplemente para permanecer en esta orilla, sino para emprender la travesía.
El Buda enseñó que este viaje hacia la Otra Orilla se realiza mediante las Paramitas, las "Perfecciones" o, más literalmente, aquellas prácticas que "nos llevan más allá". Tradicionalmente hablamos de Seis Paramitas: Dana, la Generosidad; Sila, la Conducta Ética y los Preceptos; Kshanti, la Paciencia; Virya, el Esfuerzo diligente; Dhyana, la Meditación; y Prajna, la Sabiduría Trascendente. Estas seis prácticas resumen en buena medida la Vida del Bodhisattva. La Generosidad nos enseña a abrir las manos con las que el ego intenta aferrarse a las cosas; los Preceptos ordenan nuestra vida de acuerdo con nuestra Naturaleza Búdica; la Paciencia nos permite permanecer firmes frente a las dificultades sin sucumbir al odio ni a la desesperación; el Esfuerzo nos impide abandonar el Camino; la Meditación aquieta las aguas turbulentas de la mente; y la Sabiduría nos permite contemplar todas las cosas a la luz de su verdadera naturaleza, penetrando la Vacuidad, la interdependencia y la presencia de la Budeidad en todos los seres. Las Paramitas no son, por tanto, virtudes abstractas reservadas para grandes santos del pasado. Son formas concretas de vivir. Cada acto de compasión, cada renuncia al egoísmo, cada momento en que escogemos la paciencia sobre la ira, cada vez que volvemos a nuestra práctica cuando la pereza intenta apartarnos de ella, cada instante de contemplación sincera y cada esfuerzo por ver el mundo con los Ojos del Buda son pasos hacia la Otra Orilla.
Pero ninguna persona comienza esta travesía completamente sola. Antes de que nosotros llegáramos a este mundo, otros ya habían vivido, luchado, amado, sufrido, trabajado y muerto. Somos el fruto visible de innumerables vidas invisibles. Nuestros cuerpos proceden de otros cuerpos; nuestro lenguaje fue recibido de otras voces; nuestros nombres nos fueron dados; nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestros recuerdos y hasta muchas de las circunstancias que han permitido nuestra existencia fueron preparados por manos que ya no podemos estrechar. Incluso aquello que consideramos enteramente nuestro descansa sobre una red inconmensurable de causas y condiciones. Por ello, durante el Ohigan recordamos especialmente a nuestros ancestros. No sólo porque sentimos gratitud hacia quienes compartieron nuestra sangre o nuestra historia, sino porque contemplarlos correctamente nos revela una de las verdades fundamentales del Dharma: nadie existe por sí mismo. Es por eso que el Ohigan es también un momento para conmemorar a nuestros ancestros.
Podemos imaginar nuestra vida como una gran barca construida a través del tiempo. La madera de esa barca procede de nuestros ancestros. Cada generación ha colocado una tabla. Algunas son fuertes y hermosas; otras llevan grietas, cicatrices y huellas del sufrimiento. Algunas fueron colocadas con sabiduría; otras arrastran los errores, las pasiones y las heridas de quienes vinieron antes que nosotros. Nuestra herencia nunca es absolutamente pura ni absolutamente defectuosa. Como todo aquello que pertenece al Samsara, está hecha de luz y sombra, de virtud y equivocación, de causas saludables y causas que todavía esperan ser transformadas. Sin embargo, precisamente con esa madera hemos recibido nuestra embarcación. No escogimos todas sus tablas, pero ahora somos responsables de cómo navegar con ellas. Los ancestros son, de este modo, la barca que nos ha permitido aparecer en medio del inmenso océano de la existencia. Ellos nos han traído hasta aquí. Algunos quizá practicaron el Dharma; otros jamás escucharon siquiera el Santo Nombre del Buda. Algunos dejaron tras de sí ejemplos que todavía podemos imitar; otros dejaron sufrimientos que quizá nos corresponde sanar. Pero todos forman parte de la corriente causal que hizo posible que hoy nosotros podamos sentarnos ante el altar, ofrecer incienso, escuchar la Palabra del Buda y aspirar conscientemente al Despertar. Cuando recordamos a nuestros ancestros durante el Ohigan no los contemplamos únicamente con nostalgia. Los contemplamos a la luz de la interdependencia. Comprendemos que nuestra vida no comienza con nosotros y que nuestro destino espiritual tampoco termina solamente en nosotros.
Ahora bien, una barca formada únicamente por tablas no puede atravesar el océano. Las tablas deben permanecer unidas. Deben existir clavos que soporten la presión de las aguas y eviten que la estructura se deshaga durante la tormenta. Esos clavos son las Paramitas. Más ampliamente, son todas las prácticas del Dharma: la fe, el estudio, la meditación, la recitación de los Sutras, la observancia de los Preceptos, la veneración del Buda, la compasión, la generosidad, la confesión, la disciplina espiritual, el servicio a los demás y cada acto realizado con la intención de Despertar para beneficio de todos los seres. Sin esos clavos, incluso la mejor madera se dispersaría sobre las aguas. Del mismo modo, sin una práctica real y constante, nuestra existencia corre el riesgo de fragmentarse entre deseos contradictorios, preocupaciones inmediatas y hábitos que nos arrastran continuamente hacia diferentes direcciones.
Cada Paramita sostiene una parte de nuestra embarcación. Dana une nuestra vida a la vida de los demás y nos recuerda que nada nos pertenece de manera absoluta. Sila fortalece el casco de nuestra conducta para que no entre por él el agua de acciones destructivas. Kshanti permite que la barca resista los golpes de las olas sin quebrarse. Virya mantiene nuestras manos sobre los remos cuando el cansancio nos invita a abandonar la travesía. Dhyana estabiliza la embarcación cuando las aguas de la mente se agitan. Prajna nos permite distinguir las corrientes, comprender el océano y reconocer la dirección de la Otra Orilla. Así comprendemos que las Paramitas no son adornos espirituales añadidos a nuestra vida ordinaria. Son precisamente aquello que mantiene nuestra vida unida y orientada hacia el Despertar.
Y tampoco navegamos solos. Al mirar cuidadosamente alrededor descubrimos incontables barcas sobre este mismo océano. Algunas se encuentran cerca; otras apenas son visibles en el horizonte. Algunas pertenecen a seres que conocemos y amamos; otras a seres cuyos nombres jamás conoceremos. Pero todas se encuentran sujetas a las mismas aguas de nacimiento y muerte. Todas sienten el viento del Karma. Todas buscan, consciente o inconscientemente, liberarse del sufrimiento. Así, nuestra travesía no puede consistir simplemente en salvar nuestra propia embarcación. El ideal del Bodhisattva nos llama a ayudar también a los demás a reparar sus tablas, fortalecer sus clavos, encontrar su dirección y cruzar con nosotros. La Otra Orilla no es una propiedad privada. El Camino del Buda no culmina en una salvación egoísta, sino en el despertar de todos los seres.
En esta imagen podemos comprender también algo profundo acerca de nuestros ancestros. Nosotros no sólo recibimos la barca de quienes vinieron antes; también estamos modificándola para quienes vendrán después. Cada decisión nuestra añade una nueva tabla. Cada acto crea un nuevo clavo o retira uno existente. Cada hábito que cultivamos, cada herida que sanamos, cada virtud que fortalecemos y cada enseñanza que transmitimos pasa a formar parte de la embarcación que otros heredarán. Un día nosotros mismos seremos los ancestros. Llegará un momento en que nuestro nombre será recordado por otros, o quizá desaparecerá completamente de la memoria humana; pero las consecuencias de nuestra vida continuarán propagándose a través de la red del Karma. Por ello, honrar a nuestros ancestros significa también vivir de tal manera que podamos convertirnos en buenos ancestros para quienes aún no han nacido.
El Ohigan nos coloca así en medio de una inmensa cadena de interconexiones. Miramos hacia atrás y vemos a quienes hicieron posible nuestra llegada. Miramos alrededor y contemplamos a los seres que comparten con nosotros esta travesía. Miramos hacia delante y pensamos en aquellos que recibirán las consecuencias de nuestras acciones. Y cuando miramos profundamente dentro de nosotros mismos comprendemos que todas estas direcciones se encuentran unidas. Pasado, presente y futuro convergen en este instante de práctica. Es aquí, precisamente ahora, donde podemos transformar el Karma heredado y donde comenzamos a crear el Karma que heredarán otros. Por eso, el Ohigan no debe convertirse solamente en una conmemoración de los muertos ni en una hermosa tradición estacional. Es, sobre todo, una invitación a preguntarnos hacia dónde está navegando nuestra vida. Podemos poseer una barca magnífica y, sin embargo, dejarnos arrastrar sin rumbo por las corrientes. Podemos tener remos y no utilizarlos. Podemos conocer la dirección de la Otra Orilla y, aun así, distraernos contemplando las olas. La práctica budista exige intención. Exige recordar constantemente cuál es nuestro destino espiritual. La Budeidad Innata es nuestra naturaleza más profunda, pero debe manifestarse en pensamientos, palabras y acciones concretas. La Gracia y la Luz del Buda nos rodean incesantemente, pero nosotros debemos levantar las velas de la fe y tomar los remos de la práctica.
Al llegar a este Ohigan de Otoño, es apropiado recordar también las metas espirituales que establecimos al comenzar el año. En aquellos primeros días, cuando un nuevo ciclo parecía abrirse ante nosotros, quizá nos prometimos estudiar más profundamente el Dharma, meditar con mayor regularidad, observar con mayor cuidado los Preceptos, acudir con mayor constancia al templo y a la Sangha, leer determinados Sutras, abandonar ciertos hábitos, cultivar determinadas virtudes, reconciliarnos con alguien, servir más a los demás o sencillamente tomar nuestra vida espiritual con una seriedad renovada. Durante el Ohigan de Primavera volvimos sobre esas aspiraciones y nos comprometimos a fortalecerlas. Ahora, en el Ohigan de Otoño, las contemplamos una vez más.
La pregunta que debemos hacernos es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: ¿qué ha ocurrido con aquellas promesas? ¿En qué dirección hemos navegado durante estos meses? ¿Qué Paramitas hemos fortalecido y cuáles hemos descuidado? ¿Qué tablas de nuestra barca necesitan ser reparadas? ¿Qué clavos se han aflojado? ¿Hemos utilizado las circunstancias de este año para acercarnos al Despertar, o simplemente hemos permitido que los días pasen sobre nosotros como olas que se levantan y desaparecen?
Todavía queda camino antes de que termine este año. Todavía podemos retomar aquello que hemos abandonado. Podemos renovar nuestros votos, reparar nuestras faltas y regresar al Camino. Pero el Ohigan nos recuerda algo aún más urgente: no solamente se aproxima el final de un año; también, de manera silenciosa e inevitable, se aproxima el final de nuestra vida. No sabemos cuántos equinoccios más contemplaremos. No sabemos cuántas veces más podremos reunirnos alrededor del altar, escuchar el Dharma, encender incienso por nuestros ancestros o formular nuevamente nuestros propósitos. La Impermanencia no es una enseñanza destinada a producir tristeza, sino claridad. Precisamente porque nuestro tiempo es limitado, cada día posee un valor inconmensurable.
Que este Ohigan de Otoño sea, entonces, un momento para detener nuestra barca por un instante, contemplar el océano y comprobar nuestra dirección. Recordemos con gratitud a los ancestros cuya madera sostiene nuestra existencia. Fortalezcamos con las Seis Paramitas los clavos que mantienen unida nuestra vida. Reconozcamos las innumerables barcas que viajan junto a nosotros y renovemos nuestro voto de no buscar la liberación únicamente para nosotros mismos. Y volvamos a tomar los remos. Porque la Otra Orilla no es solamente un lugar distante que alcanzaremos después de incontables vidas. Cada acto de generosidad ya pertenece a ella. Cada Precepto observado abre una puerta hacia ella. Cada instante de paciencia, cada esfuerzo sincero, cada momento de meditación y cada destello de Sabiduría hace presente aquí mismo algo del Nirvana. Cuando vivimos de acuerdo con el Dharma, la distancia entre las dos orillas comienza a desaparecer.
Que antes de que termine este año podamos cumplir las promesas espirituales que hemos realizado. Y, más importante aún, que antes de que termine nuestra vida podamos mirar atrás sobre la estela de nuestra barca y saber que no navegamos en vano: que recibimos con gratitud aquello que nuestros ancestros nos entregaron, que lo transformamos mediante el Dharma, que ayudamos a otros durante la travesía y que orientamos nuestra existencia, día tras día, hacia la Gran Otra Orilla del Despertar. Svaha.
