La Inscripción sobre la Mente
(Xin Ming - Niutou Farong/Gozu Hoyu)
La naturaleza de la mente jamás ha nacido; ¿para qué multiplicar entonces los conocimientos y las opiniones? En su origen no existe una sola cosa: ¿qué habría, pues, que cultivar o corregir? El ir y el venir no poseen comienzo ni término; aunque uno los persiga y los busque, nunca podrá apresarlos. No fabriques nada, no añadas nada: la claridad silenciosa se revelará por sí misma.
Lo que precede a todo pensamiento es vasto como el espacio vacío; pero, tan pronto como se pretende señalarlo y decir: "Aquí se encuentra", ya se ha perdido el principio verdadero. Cuando la atención se dirige hacia un objeto y se aferra a su propia iluminación, esa misma luz se convierte nuevamente en oscuridad. Basta que una sola cosa obstruya la mente para que los diez mil fenómenos dejen de circular libremente. El venir y el partir acontecen por sí mismos, de acuerdo con las circunstancias; ¿por qué empeñarse en perseguirlos hasta el agotamiento?
El nacimiento carece, en verdad, de la naturaleza del nacimiento; por ello, nacer y despertar no son dos realidades separadas. Si deseas que la mente sea pura, practica sin albergar una mente que se considere practicante. Permanece libre en todas direcciones, sin aferrarte siquiera a la idea de iluminación: allí se encuentra lo más profundo y maravilloso. Conocer el Dharma consiste en alcanzar el no-conocimiento, y ese no-conocimiento es precisamente la sabiduría verdadera.
Emplear la mente para conservar la quietud significa no haberse liberado aún de la enfermedad. Cuando se abandona toda ansiedad respecto del nacimiento y de la muerte, se manifiesta la naturaleza original. El principio supremo no puede encerrarse en palabras: no es liberación ni cautiverio. Su luminosidad espiritual responde a cada circunstancia y, sin embargo, se encuentra siempre aquí, directamente ante nuestros ojos.
Ante nuestros ojos no hay cosa alguna; no obstante, esa ausencia de cosas se manifiesta con perfecta claridad. No es necesario agotarse en distinciones y razonamientos: la esencia es, desde el principio, vacía, profunda y misteriosa. Los pensamientos aparecen y desaparecen, pero entre el pensamiento anterior y el posterior no existe una sustancia continua. Cuando el pensamiento que habría de seguir no llega a nacer, el pensamiento precedente se extingue naturalmente.
En los tres tiempos —pasado, presente y futuro— no puede encontrarse cosa alguna; no existe una mente sustancial ni existe un Buda separado que pueda ser poseído. Los seres vivientes carecen de una mente fija y surgen precisamente apoyándose en aquello que no puede llamarse mente. Distinguir entre lo ordinario y lo santo solo incrementa las aflicciones. Medir, comparar y calcular se aparta de lo constante; buscar una verdad como objeto exterior es alejarse de la rectitud.
Cuando los dos extremos y todo intento de corregirlos se extinguen al mismo tiempo, permanece una claridad serena y diáfana. No se necesitan artificios ni esfuerzos extraordinarios: basta conservar la sencillez de un niño recién nacido. Mantenerse deliberadamente alerta, pensando: «Ahora conozco con claridad», solo extiende aún más la red de las opiniones. Pero hundirse en una quietud muda, sin visión ni comprensión, equivale a permanecer inmóvil en una habitación oscura.
La lucidez debe estar libre de engaño, y la quietud ha de permanecer plenamente luminosa. Las diez mil formas son, en su talidad, eternamente verdaderas; toda la multiplicidad del universo participa de una única naturaleza. Al caminar, regresar, sentarse o permanecer de pie, no te aferres a nada. La verdadera estabilidad no posee dirección ni lugar determinado; ¿quién podría, entonces, entrar en ella o salir de ella?
No hay reunión ni separación, ni lentitud ni rapidez. La claridad silenciosa brota espontáneamente y no puede alcanzarse mediante palabras. La mente no contiene una segunda mente, y tampoco es necesario combatir violentamente la codicia o el deseo. Puesto que su naturaleza es vacía, las pasiones se disuelven por sí mismas cuando uno deja de alimentarlas y responde libremente a las circunstancias.
La mente no es pura ni impura, superficial ni profunda. Aquello que existe originariamente no pertenece al pasado, y lo que se manifiesta ahora tampoco queda limitado al presente. Lo que aparece en este instante no mora en ningún lugar fijo; sin embargo, esto mismo que ahora aparece es la mente original. Lo originario no permanece como una entidad aparte: lo originario se manifiesta precisamente en este mismo ahora.
La Iluminación está originalmente presente; no es necesario custodiarla como si pudiera perderse. Las aflicciones carecen originalmente de sustancia; no es preciso destruirlas como si fueran realidades permanentes. La sabiduría espiritual resplandece por sí misma, y las diez mil cosas retornan naturalmente a la Talidad. Pero no existe un lugar al cual regresar ni una realidad que pueda recibirse o poseerse. Abandona, por tanto, la contemplación artificiosa y olvida incluso la idea de conservar la mente.
Las Cuatro Virtudes no son producidas, y los Tres Cuerpos se hallan originalmente completos. Cuando las seis facultades entran en contacto con sus objetos, la discriminación que surge no posee una conciencia sustancial. Cuando la mente única está libre de engaño, las innumerables condiciones se armonizan y encuentran su justa disposición. La naturaleza de la mente es originalmente igual en todos; convive con las cosas, pero no es arrastrada por ellas.
Sin producir nada por voluntad propia, responde compasivamente a todos los seres; dondequiera que se encuentre, permanece en un retiro silencioso. Se habla del despertar únicamente porque existe el no-despertar; pero cuando el despertar es completo, ya no queda nada que pueda llamarse despertar. Ganancia y pérdida constituyen dos extremos opuestos; ¿quién podría entonces establecer definitivamente lo bueno y lo malo? Todos los fenómenos condicionados carecen originalmente de un hacedor.
Conocer la mente significa comprender que no existe una mente sustancial que pueda ser encontrada. Cuando esto se comprende, no queda enfermedad ni medicina. Mientras se permanece en la ilusión, se desea huir de los asuntos del mundo; una vez realizada la comprensión, se descubre que los asuntos mundanos jamás estuvieron separados del Camino. Originalmente no existe nada que pueda ser tomado; ¿qué necesidad habría, por consiguiente, de rechazar cosa alguna?
Cuando se afirma obstinadamente que algo existe, surgen los demonios del apego; cuando se sostiene que todo es meramente vacío, aparecen incontables imágenes y concepciones. No intentes destruir los sentimientos ordinarios: permite simplemente que cese la intención discriminadora. Cuando la intención deja de apoyarse en una mente concebida como sustancia, se extingue; cuando la mente ya no opera mediante propósitos artificiales, toda fabricación llega a su fin. No es necesario probar o certificar el vacío: la claridad penetrante se manifiesta por sí misma.
Extinguir el nacimiento y la muerte y sumergir la mente en el principio verdadero no significa cerrar los ojos y apartarse del mundo. Al abrir los ojos y contemplar las formas, parece que la mente surge siguiendo a los objetos; sin embargo, donde se busca la mente no existe objeto alguno, y donde se busca el objeto no se encuentra una mente separada. Cuando se utiliza la mente para destruir los objetos, mente y objetos se invaden y se fortalecen mutuamente.
Cuando la mente está en silencio, los objetos permanecen en su Talidad, sin necesidad de expulsarlos ni conservarlos. Cuando los objetos desaparecen con la mente y la mente desaparece con los objetos, ninguno de los dos ámbitos produce ya una existencia separada. Entonces permanece una quietud vacía y luminosa; allí se refleja la imagen del Despertar, mientras las aguas de la mente se vuelven transparentes y serenas.
La virtud de la naturaleza puede parecer torpeza, pues no establece cercanía ni distancia. El honor y la humillación no consiguen alterarla, y ella no escoge un lugar especial donde habitar. Cuando todas las condiciones cesan repentinamente, ya no queda nada que deba recordarse. El día eterno es semejante a la noche, y la noche eterna es tan clara como el día.
Exteriormente, uno puede parecer sencillo, torpe e incapaz de hablar; interiormente, la mente permanece vacía, íntegra y recta. Al encontrarse con los objetos, no es sacudida por ellos: esta es la fuerza del verdadero ser humano del Camino. No hay una persona separada ni una visión que pueda poseerse; y precisamente esta ausencia de visión se manifiesta sin interrupción. Ella penetra y comprende todos los fenómenos, sin haber dejado jamás de estar presente en todas partes.
Cuanto más se piensa y se discurre, más oscura se torna la mente, y la corriente turbulenta de los conceptos perturba la esencia espiritual. Cuando se pretende utilizar la mente para detener su propio movimiento, cuanto más se intenta detenerla, con mayor violencia se precipita. Las diez mil cosas carecen de un lugar propio; solo existe una puerta. Pero esta puerta no admite entrada ni salida, y no puede definirse como quietud ni como movimiento.
Los Shravakas y los Pratyekabuddhas no pueden comprenderla únicamente mediante su sabiduría discriminativa. En verdad, no existe una sola cosa que pueda ser encontrada; solo permanece la sabiduría maravillosa. El fundamento original es vacío, profundo y abierto, y no puede ser agotado por la mente conceptual. El Despertar correcto no contiene algo llamado despertar; el verdadero vacío tampoco es una nada estéril.
Todos los Budas de los tres tiempos han recorrido este mismo principio. En la más diminuta partícula de esta verdad se contienen mundos innumerables como las arenas del Ganges. No te inquietes por cosa alguna; establece la mente allí donde no existe lugar en que establecerla. Cuando la mente reposa en el no-lugar, la claridad vacía se revela espontáneamente.
En la quietud silenciosa nada nace, y, sin embargo, uno se mueve libremente en todas direcciones. Ninguna actividad encuentra impedimento; permanecer y partir son igualmente serenos. El sol de la sabiduría brilla en medio del silencio, y la luz de la concentración resplandece clara y manifiesta. Ella ilumina el jardín carente de características y hace resplandecer la ciudad del Nirvana.
Cuando todas las condiciones han sido olvidadas, la esencia espiritual permanece firme y la naturaleza verdadera descansa en paz. Sin abandonar el asiento del Dharma, uno duerme serenamente en la morada vacía. Allí se deleita en el Camino y vaga libremente por la Realidad Verdadera.
No hay nada que fabricar ni nada que obtener. Apoyándose en el no-apoyo, todo surge espontáneamente. Las Cuatro Mentes Inmensurables y las Seis Perfecciones recorren el mismo sendero del Vehículo Único. Cuando la mente no nace, entre los fenómenos no existe oposición ni diferencia sustancial. Conocer que el nacimiento es, en su esencia, no-nacimiento es morar eternamente en la presencia inmediata de la Realidad.
Solo quien posee verdadera sabiduría puede comprenderlo. No es algo que pueda realizarse mediante explicaciones, conceptos o palabras.
