En los próximos días, nos acercamos nuevamente a otro fin de año, allí donde un ciclo se inclina ante otro. De muchas formas, el fin del año no es solo un mero punto cronológico, sino un acto pedagógico del Dharma, una enseñanza silenciosa mediante la cual el Buda Eterno nos muestra, con infinita paciencia, la verdad de la impermanencia y la oportunidad constante del Despertar. Todo cierre es una forma de enseñanza; todo comienzo, una invitación renovada.
Al contemplar el año que se extingue, no debemos hacerlo con juicio ni con nostalgia, sino con discernimiento compasivo. Debwmos de ver en él un tejido complejo de causas y condiciones: acciones acertadas y errores, avances luminosos y momentos de oscuridad, silencios fecundos y palabras que quizá debieron ser más sabias. Aunque no lo veamos ahora mismo así, nada de ello ha sido inútil. Todo ha formado parte del campo kármico en el cual nuestra Naturaleza Búdica ha seguido obrando, aun cuando no supimos reconocerla. El año que termina no es un fracaso ni un triunfo: es una lección completa, entregada con precisión por el Dharma.
Este momento nos invita a detenernos y a revisar la dirección del corazón. ¿Hemos vivido conforme a la fe que profesamos? ¿Hemos estudiado el Dharma con profundidad, o solo lo hemos rozado con la superficie de la mente? ¿Hemos practicado de forma constante, o hemos relegado la práctica a los márgenes de la vida? Estas preguntas no se formulan para condenarnos, sino para despertarnos. El Buda no exige perfección inmediata; exige sinceridad. Y la sinceridad comienza cuando reconocemos, sin máscaras, dónde nos encontramos realmente en el Camino.
Sin embargo, no basta con desear que el nuevo año sea mejor; somos llamados a algo más profundo: a renovar conscientemente nuestro Voto del Bodhisattva. El año que termina nos ha mostrado, con claridad a veces dolorosa, los límites de nuestra fuerza individual. El año que comienza nos recuerda que no caminamos solos, sino sostenidos por un Voto más antiguo que nuestras vacilaciones, un Voto que nace del Buda Eterno mismo y que se expresa a través de nosotros. Renovar el Voto en este momento significa decir interiormente: aunque el cansancio sea real, aunque el mundo parezca más confuso, no abandono el Camino. Significa aceptar que las circunstancias cambian, pero el propósito permanece. Cada nuevo año no inaugura un Voto distinto, sino que reconfigura el mismo Voto en condiciones nuevas, pidiéndonos creatividad, paciencia y fidelidad. Así, el paso del tiempo no debilita el compromiso; lo depura.
El cierre del ciclo anual nos recuerda que el tiempo no es infinito desde la perspectiva de esta vida condicionada. Cada año que pasa es un año menos para posponer la práctica, para diferir la conversión del corazón, para aplazar la manifestación consciente de la Budeidad en este mismo cuerpo. Por ello, el fin del año no debe ser vivido con tristeza, sino con urgencia serena: la urgencia de quien comprende que la vida es preciosa y que el Dharma no debe ser dejado para “más adelante”. Y sin embargo, junto a esta gravedad luminosa, el comienzo de un nuevo ciclo se abre ante nosotros como pura misericordia. El nuevo año no llega como una exigencia imposible, sino como una nueva oportunidad concedida por el Buda Eterno. A pesar de nuestras faltas, de nuestras caídas y de nuestras distracciones, el Dharma vuelve a ofrecernos un espacio limpio donde sembrar de nuevo. Esto es el verdadero sengido de la Gracia del Buda Eterno, no una Gracia que anula la responsabilidad, sino una Gracia que la hace posible. Esgto nos lleva a los tres ejes de toda nuestra enseñanza en el Budismo del Loto: fe, estudio y práctica (que lleva a la Realización o Budeidad).
En materia de fe, entrar en un nuevo año es, en términos espirituales, renovar nuestro Refugio; es volver a decir, con la vida misma y no solo con palabras: confío en el Buda como guía supremo; confío en el Dharma como verdad que ordena y libera; confío en la Sangha como comunidad viva de apoyo y corrección. Esta reafirmación no es un gesto externo, sino un reposicionamiento interior, una orientación clara del corazón hacia el Vehículo Único que conduce a todos los seres a la Budeidad.
El nuevo ciclo nos llama también a profundizar el estudio del Dharma, no como acumulación intelectual, sino como iluminación progresiva de la mente. Estudiar es permitir que la Palabra del Buda nos cuestione, nos desinstale y nos transforme. Cada Sutra leído, cada enseñanza contemplada, es una lámpara encendida en medio del camino. Un año nuevo sin estudio se vuelve fácilmente un año repetido; un año vivido en diálogo profundo con el Dharma se convierte en año de verdadera maduración.
Junto a la fe y el estudio, la práctica se presenta como el corazón palpitante del nuevo ciclo. Practicar no es retirarse del mundo, sino habitarlo de otro modo. Es sentarse, respirar, recitar, contemplar; pero también es hablar con rectitud, actuar con compasión y asumir la responsabilidad kármica de cada gesto. El nuevo año nos ofrece innumerables ocasiones para practicar: en el trabajo, en la familia, en la enfermedad, en el conflicto, en la alegría. Cada circunstancia se vuelve campo de realización cuando es abrazada desde la atención correcta.
Este es, además, un momento propicio para recordar una verdad central de nuestra tradición: la Budeidad no es un ideal lejano, sino una realidad que debe manifestarse aquí y ahora, en este cuerpo condicionado, en esta historia concreta. No esperamos convertirnos en Budas escapando del mundo; estamos llamados a transformar el mundo desde dentro, transfigurando el Samsara en la Tierra Pura mediante la sabiduría y la compasión encarnadas. Cuando hablamos de transformar este mundo en una Tierra Pura, no hablamos de fantasía ni de utopía ingenua. Hablamos de un proceso real, gradual y colectivo, que comienza en el corazón de cada practicante. Allí donde la ignorancia es reemplazada por comprensión, allí surge una Tierra Pura. Allí donde la ira se transforma en paciencia, allí el Reino del Buda se manifiesta. Allí donde el ego cede ante el voto del Bodhisattva, allí el mundo comienza a sanar. Por ello, al cruzar el umbral del año, no debemos hacer promesas vacías ni formular deseos dispersos. Renovemos, en cambio, una determinación silenciosa: vivir este nuevo ciclo con mayor coherencia entre fe, estudio y práctica; permitir que el Dharma penetre más profundamente en mi vida; colaborar, desde mi lugar, en la obra infinita del Buda Eterno que no cesa de predicar ni de salvar.
Este cuerpo que envejece, que se cansa, que a veces duele, es el campo real del Despertar. El nuevo año no nos ofrece un cuerpo nuevo, sino una nueva posibilidad de habitar el cuerpo con mayor atención, respeto y sabiduría. Cada respiración, cada paso, cada gesto cotidiano puede convertirse en práctica. Cuando comprendemos esto, dejamos de postergar la iluminación para un futuro abstracto y comenzamos a vivirla en lo concreto, aquí y ahora, en la carne misma de nuestra existencia.
No obstante, debemos recordar que el año que se extingue no ha sido vivido solo por nosotros. Ha sido un año del mundo, cargado de sufrimientos colectivos, de conflictos, de incertidumbre espiritual, pero también de gestos silenciosos de bondad que no siempre ocupan titulares. Todo ello constituye el karma compartido de nuestra época, un tejido complejo del cual formamos parte inseparable. Por eso, al cerrar el año, no miramos únicamente nuestra historia personal, sino también el estado del mundo que habitamos. Comprendemos que nuestra práctica no es un refugio privado frente al caos, sino una respuesta consciente al sufrimiento colectivo. Transformar este mundo en una Tierra Pura no es una metáfora piadosa; es una tarea histórica que comienza en el corazón, pero no termina allí. Cada acto de lucidez, cada palabra justa, cada renuncia al odio modifica imperceptiblemente el rumbo del todo. Entrar en el nuevo año con esta conciencia es aceptar que nuestro Despertar está ligado al Despertar de los demás, y que no hay salvación aislada del destino común de los seres.
Al final, cuando el año se retira y el nuevo aún no ha tomado forma completa, imagino el tiempo como una gran campana recién golpeada. El sonido inicial ya ha pasado, pero la vibración continúa. El año que termina aún resuena en nosotros: en hábitos, en recuerdos, en lecciones no del todo asimiladas. No lo silenciamos con prisa; lo escuchamos hasta el final. El nuevo año, entonces, no comienza con estruendo, sino con escucha atenta. Desde esa vibración que aún palpita, orientamos el corazón, ajustamos el paso y retomamos el Camino. Si sabemos escuchar bien, el eco del año que fue se convierte en enseñanza, y el año que llega se abre como un loto aún cerrado, esperando ser desplegado por la práctica fiel de cada día. Así, no cruzamos el umbral del tiempo como quienes huyen del pasado, sino como quienes caminan con conciencia, llevando consigo la vibración del Dharma, decididos a hacer del nuevo ciclo no solo un año más vivido, sino un año verdaderamente despertado.
Que el año que termina descanse en la sabiduría del Buda, con todo lo que fue y todo lo que nos enseñó. Que el año que comienza sea recibido con humildad, vigilancia y esperanza lúcida. Y que nosotros, caminantes del Budismo del Loto, sepamos vivir este tránsito no como espectadores del tiempo, sino como participantes conscientes del Plan Dhármico, manifestando la Budeidad paso a paso y preparando, con cada acto justo, el advenimiento de una Tierra Pura viva en medio de este mundo.
Con estas palabras, les deseo a todos un buen nuevo año a todos. Svaha.



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